El indudable atractivo de la Justicia

Cuando se invierte en un país se mira todo: un buen ejemplo eran los tradicionales estudios del Economist Intelligence Unit que a todos nos tocó leer en algún momento y que buscaban ofrecer un primer marco de referencia a partir del cual empezar a buscar información sobre las condiciones de inversión en un país.

Recuerdo hace ya muchos años que me ofendí profundamente cuando en una reunión de inversores internacionales que estaban mirando comprar suelo en España, uno de los factores que se tuvieron en cuenta fue lo podrida que estaba la justicia. En la misma reunión había un diputado y un magistrado, ambos callados mientras yo, ilusa de mí, consideraba aquello una ofensa casi personal y ciertamente intolerable.

Qué razón llevaban, y qué equivocada estaba yo.

“Lo podrida que estaba la justicia” resulta que era uno de los factores que aquellos inversores tenían en cuenta, como lo era la belleza del paisaje, el clima o los mapas de inundabilidad de los suelos limítrofes y que operaban como garantía —pensarían ellos— de que ahí no se edificaría.

No es misión de los ciudadanos estar denunciando y persiguiendo los delitos cometidos en el seno de las administraciones: los ciudadanos con hacer su trabajo, no dar guerra y tributar lo debido, hemos cumplido. Es misión de los funcionarios llamados a vigilar en las instituciones, dar la voz de alarma ante el incumplimiento de la ley, y no sólo en nimiedades sino sobre todo cuando están ante grandes desfalcos.

Esos funcionarios deben poder confiar en una justicia recta, valiente e inteligente, que sepa dar una respuesta eficaz, tempestiva y completa a las cuestiones que se le plantean. Ello tiene no sólo una función preventiva en el caso particular, sino que manda el mensaje a la sociedad de que la ley está para cumplirse y quien trasgreda sus límites, se verá ante el Juez.

Sin embargo cuando eso no ocurre el mensaje está claro: vengan todos aquí a hacer lo que les plazca, que aquí tenemos manga ancha.

Hay muchas maneras de mandar ese mensaje: desde la elección de tiempos y formas, a la manera de conducir una instrucción o dictar una resolución, sin el más mínimo sentido del decoro intelectual o moral.

La llamada a los quinquis del mundo está clara, el problema es que eso no deja más que mugre y miseria. Es sin embargo la realidad que hay hoy en España, y no se esperan cambios. Por tanto, “lo podrida que está la justicia” debe estimarse como un factor a la hora de hacer inversiones.

Por tanto, quinquis del mundo: vengan, que aquí algunos les esperan con los brazos abiertos.

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