11 de julio de 2016 – Querido Pepe

Te escribo como Alcalde mío que eres.

En primer lugar déjame que aplauda el Plan de empleo municipal, cuyas condiciones económicas has mejorado notablemente. Para los que piensen que abrazo el keynesianismo apenas podría hablarse de tal y sí de que para quien nada tiene, esto ya es “algo” y le hace una diferencia que a veces no es poca.

(Dicho esto el experimento del millonario Keynes acabó en fracaso, de modo que ni creo ni dejo de creer en el keynesianismo: me limito a constatar lo evidente.)

Vengo del paseo marítimo, Pepe, de purgar mis pecados con el frigorífico y ni aunque me paguen por ello vuelvo a bajar pasadas las once de la mañana. Hace un calor de justicia.

En mi recorrido me he encontrado con unos quince trabajadores del Plan Municipal de Empleo. Seré directa: no hacían la “o” con un canuto. Y no les culpo, lo raro es que con esta calorina no sufran un desvanecimiento, a pleno sol como están.

Digo esto sin perjuicio del escaso contenido que parecen tener sus tareas, cosa que todo el mundo está viendo porque si en alguna parte hay gente, es en nuestro precioso paseo.

“No quiera uno para otro lo que no querría para si mismo” – y por si te cabe alguna duda vete a pasar una mañana ahí tú mismo —sólo una mañana— y verás lo que eso es.

A mi se me ocurre como alternativa que los trabajadores del Plan Municipal de Empleo pongan enchinado: que aprendan ese bonito y artístico oficio (quienes no lo conozcan) y de paso en la ciudad quedarán por los siglos de los siglos amén algo que fue obra suya. Es algo de lo cual estar orgulloso, porque embellece, y la belleza es siempre útil, Pepe.

Lo de poner los chinos se puede hacer en horas más fresquitas, que son unos trabajos con los que no se hace ruido y no es molesta a nadie.

Si me preguntas yo empezaría a pensar en embellecer el Casco y en quitar alguna de las horrendas rotondas “Leroy Merlín” de la pasada legislatura.

Con el sentido de la belleza que tienen los propios marbellíes —no hay más que ver qué cosas tan bonitas hay de arquitectura popular— yo convocaría un concurso de diseños y que la gente vote.

Marbella está patas arriba con las obras, me imagino que porque en las que paga Diputación, si no están terminadas para cierta fecha, no hay pasta. Esto será así pero demanda una solución. Es muy fácil desde un despacho fresquito poner una fecha, aunque a otro le vaya a dar un jamacuco al sol.

Una democracia avanzada es de entrada aquella que trata bien a sus ciudadanos, incluido al que le toca trabajar bajo el sol de Andalucía en verano.

En fin, es una idea: pero de las que parecen más bien obvias.

Un afectuoso saludo,

Cristina Falkenberg

 

 

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