Cuando los árboles no dejan ver el bosque… ¿o sí?

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La cuestión de la tala masiva de árboles en la zona centro de Marbella ha reabierto el debate sobre toda una serie de aspectos que van desde la probidad de funcionarios y cargos electos hasta si se tiene muy claro a dónde va esta ciudad. Negativos resultan la sensación de que ciertas prácticas siguen tan vivas como siempre y lo desatinados que parecen algunos proyectos, caso del helipuerto que se pretende colocar en plena Playa del Pinillo y que ciertamente casa mal con los grandes objetivos del Plan de Protección del Corredor Litoral Andaluz.

Tampoco es pacífica la gestión del actual equipo de gobierno municipal, ya se refiera a la situación de enteros barrios como La Concha, o a cuestiones puntales como las goteras en la Biblioteca Municipal, la falta de profesores sustitutos en el Conservatorio o la política de personal de un Ayuntamiento que es el campeón de España en empleo público.

A favor hay que decir que la ciudadanía —sin adscripción política concreta—, cada vez parece estar más despierta; y que el Ayuntamiento, ante la evidencia, sabe rectificar. Ambas son posturas muy de alabar y que sólo pueden redundar en bien de la ciudad: los destinatarios de la acción pública no temen expresar su opinión y el Consistorio entiende la rectificación como algo natural.

Vencer la omertà

No cabe duda que el sistema clientelar romano rige en amplias áreas del sur de Europa, Andalucía entre ellas. Sin entrar en un análisis profundo de sus varias causas, una de ellas es la corrupción; y sus consecuencias son entre otras, la injusticia y el subdesarrollo. Esto no es nada nuevo: esto es un lugar común, como lo es que se basa —entre otros mecanismos— en “la omertà”, el silencio acerca de las deficiencias o las culpas ajenas.

La omertà no es un silencio fruto del magnánimo perdón cristiano, no: su finalidad es la protección del interés propio. En italiano, la palabra tiene una acepción jurídico-penal, lindera con la española “encumbrimiento”.

Esa omertà sigue muy presente en Marbella, y en muchos casos no por protección de interés propio alguno: a veces, con excesiva frecuencia, su única raíz es el miedo a significarse uno y a las posibles consecuencias de hacerlo. Romper ese miedo —que ya es casi costumbre—, vencer la omertà, es un primer paso hacia el desarrollo y la prosperidad.

El dinero en serio huye del despilfarro, la incultura y la corrupción. Contra ellas, no hay nada mejor que una ciudadanía vigilante, informada y sin temor a hablar. La reacción contra los rascacielos y ahora contra las talas se ha interpretado como un primer paso en la buena dirección. La consecuencia sin duda será que se volverá a confiar en Marbella.

No coadyuvan empero la casi nula transparencia en los contratos —algunos inexplicables—, las finanzas sin sanear —ni visos de que vaya a hacerse—, o la proliferación de situaciones incomprensibles. Tampoco ayuda la fotopolítica, demodé y ya muy poco eficaz.

El Plan Marbella Centro

El Plan tiene un presupuesto de siete millones de euros destinados a la remodelación de varias calles que bajan desde Ricardo Soriano hasta el Paseo Marítimo. Se perderán aparcamientos en superficie y no cabe duda que los residentes y visitantes habrán de abonar estacionamientos bastante más costosos.

Es de esperar que mejore la calidad de vida de los vecinos pero el resultado para el comercio y la hostelería es mucho más dudoso. No hay nada que opere como ancla.

Tampoco está claro que todas las medidas que abarca el Plan Marbella Centro sean indispensables:

  • ¿Tantas averías hay en la red de saneamiento que haya de reponerse entera, levantando toda la calzada y debiendo volver a colocarla?
  • ¿Es incumbencia del Ayuntamiento sufragar la instalación de ciertas redes de suministro de gas, telecomunicaciones, etc. que aparecen en el contrato?
  • ¿Cuánto hace que se pusieron las nuevísimas farolas de bajo consumo? ¿Es necesario comprar ahora otras nuevas para LED? ¿No bastaría con cambiar la bombilla?
  • ¿De cuándo data la zona azul? ¿Ya no vale todo lo que se hizo como modo de organizar el tráfico de Marbella por unos años?
  • ¿No basta con arreglar los desperfectos que hay en las aceras? ¿Tan mal están que hayan de levantarse enteras?
  • Y, por supuesto, ¿es indispensable sacrificar el magnífico patrimonio forestal que hay, nuestros queridos árboles? ¿O bastaría con tratar aquellos que pudiesen tener alguna enfermedad y sustituir los que verdaderamente no tuviesen remedio?

Estas son preguntas que el ciudadano se hace, además de otras como el hecho de que el contrato de remodelación de la Calle Luis Oliver, Campos Turmo y Francisco Norte quede unos ochocientos euros por debajo del millón permitiendo que se acuda al procedimiento negociado (que no es obligatorio, es sólo una opción: se podía haber escogido lo contrario).

Ver el bosque

Marbella debe decidir si desea parecerse al extrarradio recién construido de cualquier gran urbe, o si por el contrario desea preservar su personalidad: las rotondas enmoquetadas de césped artificial, la propuesta de los rascacielos y otras iniciativas de dudoso gusto abren interrogantes.

En una ciudad fuertemente endeudada y con una estructura de costes fijos donde el 62% del presupuesto se va a pagar gastos de personal, uno piensa si de verdad se le está sacando todo el jugo a estos recursos humanos. En efecto, el Ayuntamiento emplea grosso modo: 25 fontaneros, 40 pintores, 60 electricistas, 100 albañiles y 200 operarios varios, además de 120 jardineros y 200 operarios de limpieza, entre otros. Así las cosas, ¿es indispensable adjudicar tantísimas pequeñas obras de manera directa a contratistas externos? La administración tiene la opción —de nuevo una mera opción— de adjudicar directamente los contratos de obras de hasta 50.000 €, pero nada le impide licitarlas en concurso público… caso de no poder hacerlas él mismo, claro.

Con zonas que requieren mejoras urgentes que harían por poco presupuesto una gran diferencia a sus vecinos, ¿es el Plan Marbella Centro lo más urgente? ¿Por qué este empeño en este Plan, de resultados estéticos y económicos muy dudosos?

Por mucho menos dinero, ¿no podría hacerse un jardín botánico susceptible de uso cultural o un buen teatro al aire libre, con cesión de suelo público? ¿Y una buena pinacoteca con espacio para música, una posible transformación del ruinoso e infrautilizado Palacio de Congresos que costando poco añadiría mucho? ¿O nos gusta más una acera de granito y unas farolas ya bautizadas como “las horcas”?

Igual que los rascacielos, la tala de Notario Luis Oliver suscita preguntas de calado.

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