El presente, el futuro y la pesca podrida (I)

Para Dolores y Miguel

Tratar de vender la pesca cara es típico en quien realmente no tiene mucho que ofrecer. Esa venta de pesca cara es un clásico en los vendedores de humo de todos los tiempos, y una técnica de márketing bien conocida. Los franceses, por ejemplo, son maestros en envolver en celofán cosas de escasa valía, que empero venden a precio de oro.

Más de un champán carísimo está más cerca del alka-selzer que de un rico cava de lo más sencillito. Lo cierto es, sin embargo, que ese champán se bebe con sumo placer, satisfecho quien lo consume de estar degustando la quintaesencia de lo exquisito, al alcance de pocos. El naciente deseo y la carestía del producto, otorgan una satisfacción especial en quien logra hacerse con lo que anhela, aunque sea algo que bien mirado es una pequeña birria.

A esto se le llama vender la pesca cara.

Nuestros políticos emplean las mismas técnicas de márketing. En la democracia anoréxica que vivimos, las migajas de acierto se venden a precio de oro, envueltas con lazo, como si fueren de gran valor. Bien, pues es hora de decir que la verdad es que para ese viaje no hacían falta semejantes alforjas.

Hay sin embargo algo peor, que no se está diciendo en España, y es que el tinglado es, globalmente, insostenible. En 2012 la deuda bruta española (deuda pública, más deuda de los hogares, empresas y sector financiero) era de más del 400% del Producto Interior Bruto y creciendo. O sea, por cada euro que producimos un año, debemos más de cuatro.

La venta de pesca, sin embargo, continúa. Bien, pues por nuestra propia supervivencia es hora de exponerla.

La pesca y el ejercicio del ius imperii

La pompa y boato de la Iglesia y la Monarquía no eran pura afición al lujo: eran fundamentalmente un modo de vender cara la pesca, una venta que se ha perpetuado durante el reinado de Juan Carlos I.

Desprovista de prácticamente cualquier poder político de eficacia directa, la función de la Jefatura del Estado en España se contrae casi exclusivamente a representar al Estado en sí. El Estado no es sino la convivencia de una sociedad, asentada sobre un territorio, discurriendo por los (pacíficos) cauces del Derecho. Para ello, de entrada el Estado es quien dicta las leyes; y de seguido, es quien ostenta el monopolio de la violencia, caso de tener que reprimir a quien incumpla, privándole incluso de su libertad.

A esto acumula dos funciones esenciales: la de acuñar moneda y la de exigir el pago de tributos, pues como decía Madison, “sin dinero no hay Estado”. Estas dos funciones es evidente que tienen una incidencia directa en la propiedad, y ya se sabe que sin propiedad no hay libertad.

Bien pues ante el poder omnímodo del Estado, la función de la Monarquía no es sino la de garantizar el respeto del mandato constitucional por todos, ciudadanos y poderes públicos.

Nada de eso ocurre en España, pero la pesca, una pesca podrida desde hace años, se ha seguido vendiendo y carísima.

Un reinado fracasado

Empecemos por la Jefatura del Estado. Ante los discursos de que Don Juan Carlos como la salvación de que los españoles a la muerte de Franco no nos arrancásemos la piel a tiras, conviene responder racionalmente, pues ni los españoles están salvajes, ni Juan Carlos fue esencial. Lo esencial fueron los españoles “normales”, esa enorme masa gris que día a día atiende ordenadamente sus quehaceres, sacando adelante el país.

La Monarquía es el símbolo de la unidad y permanencia de la nación española. Bien, pues si se hace balance, Don Juan Carlos ha fracasado como Rey en dos aspectos importantísimos:

El primero de ellos es la unidad de la nación española. A la muerte de Franco no cabe duda que había ya ciertas tensiones nacionalistas. Para darles satisfacción es para lo que se crearon, precisamente, las Comunidades Autónomas que tantísimo dinero nos han costado. Sin embargo no cabe duda que las tensiones de aquél entonces no son nada si se comparan con las que hay hoy. ¿Ha servido la Jefatura del Estado a su función en este punto? En opinión de quien estas líneas escribe, no.

De nuevo, si España no se fractura, el mérito me temo que no es del Rey ni de las instituciones, sino de los españoles “normales”, de esa enorme masa gris, que es la que día a día saca adelante el país.

El segundo aspecto en que ha fracasado es en el de encarnar el Estado en sí, la convivencia a través de los cauces del Derecho. A la inabarcable verborrea normativa de muy dudosa calidad y utilidad real, sigue un servicio de prestación de Justicia que es, con demasiada frecuencia, inútil a sus fines. Hay una diferencia entre inmiscuirse en el ejercicio de otro poder del Estado, y no saber dar un toque de atención ante el descontrol y el flagrante incumplimiento de la ley. Juan Carlos I ha fracasado en esto.

Hoy la tolerancia ante el incumplimiento de las normas, el que quede sin consecuencia y las resoluciones judiciales abiertamente ilegales, son infinitamente más abundantes que hace treinta años.

La importancia del ejemplo

A Don Juan Carlos acompaña la Familia Real, la primera familia de España cuya misión es dar ejemplo. La única misión, la única función de la Familia Real es ser ejemplares. Precisamente porque no son como los demás, no se les trata como a los demás. Si no están dispuestos a ser ejemplares, que se bajen del candelero y que sean como los demás.

La de ejemplo moral es una función importantísima, pues todo el sistema de legalidad vigente se basa en que la mayoría de las personas cumplen espontáneamente la mayoría de las leyes, por sentir que es lo correcto, lo debido. Si eso no ocurre, no hay fuerza humana que pueda ponerle remedio.

Así, por ejemplo, si mañana todos los españoles decidiesen no pagar un sólo impuesto más, de lo que no cabe duda es de que dejarían de pagarlos y nada ocurriría, por el simple hecho de que Hacienda carece de los recursos necesarios para perseguir a todos.

Como ejemplo moral la Familia Real ha fracasado.

La pesca, podrida, se pretende sin embargo seguir vendiendo cara. Ese no es el futuro, me temo, ese es un pasado completamente periclitado, fracasado, y que no va a ninguna parte. Estos son los hechos: con y sin Juan Carlos, los españoles saben convivir perfectamente, y ni respecto de la unidad, del cumplimiento de la ley o el ejemplo moral, ha sido capaz la Monarquía de cumplir su alto papel. Las cosas están realmente mal, y esto es un hecho que mueve a una reflexión serena.

Continuará…

Sin categoría

Comentarios cerrados.