La alternativa republicana

Está muy bien —de hecho es lo razonable— estar descontento cuando las cosas no funcionan. Yendo a más, si uno ante ciertos acontecimientos no se sintiese abochornado, es que no sería normal pues habría perdido el sentido de la vergüenza, ese que tienen hasta los niños más pequeños. Sin embargo, por trágica que sea una situación, si en medio de la desolación no se hace un paréntesis para el análisis racional, difícilmente se hallará la mejor salida.

Esto, exactamente esto, es lo que ocurre con la Jefatura del Estado en España, que lleva años sin funcionar como debiere, aunque esto se esté percibiendo de manera especialmente intensa ahora.

De lo que no cabe duda es de que España es un Estado y como tal ha de tener una forma u otra de Jefatura del Estado, y que se sepa, hasta la fecha, existen dos opciones: Monarquía o República.

Este ciudadano parte de que muchas veces se critica al Rey, a la Familia Real y a su entorno por los enormes privilegios de que disfrutan. Ni qué decir tiene que tales prebendas personales son perfectamente prescindibles sin que por ello la institución vaya a dejar de existir: al contrario, un poquito de sana austeridad no mató nunca a nadie y a lo mejor les ayuda a concentrarse, que parece que andamos un poco dispersos últimamente. Sin embargo querer acabar con la Monarquía porque desde Patrimonio Nacional y en plena crisis se estén realizando dispendios de muy difícil justificación, o porque el estipendio anual que recibe el Rey se entienda deba reducirse, no es de recibo.

Estar al margen

La inmensa ventaja que presenta la Monarquía es que está al margen de los partidos.

Uno de los problemas de España es que se halla sumida en un pantano de corrupción e ineficiencia, que para mayor desgracia se nos han juntado el hambre con las ganas de comer. Que nadie dude que de esto tienen la culpa, mucha, muchísima culpa, los partidos políticos, que sólo dejan ascender a quienes se pliegan a la irregularidad. No siendo el sistema democrático, esta es la única manera de avanzar.

El esquema se ha reproducido en la judicatura: esto lo dijo un excelente Magistrado del Tribunal Supremo, sin pelos en la lengua, bien que la explicación —completita— ocurrió en petit comité.

Lo que los españoles nos tenemos que pensar muy mucho es si queremos otra institución más en manos de los partidos, o si preferimos que empiece a haber cosas al margen de ellos. Para quien estas líneas escribe, la segunda opción parece, en la actual coyuntura, más que deseable.

La República depende de los intereses de los partidos que no son los de los ciudadanos: el funcionamiento democrático que el artículo 6 de la Constitución prevé es ilusorio. Los intereses de los partidos son los de quienes ostentan los poderes fácticos, a saber quien en ellos elabora las listas electorales, quien detenta el poder económico y financiero, además de toda suerte de grupos de presión, algunos de ellos con aspiraciones ciertamente muy poco legítimas.

Entre los poderes fácticos deben tenerse en cuenta los del crimen organizado, hoy una realidad. Existe un pequeño ensayo de la revista Foreign Affairs, “Mafia States” de Moses Naim, en que plantea que desde hace tiempo el crimen organizado ha dejado de sobornar a políticos y funcionarios para colocar en esos puestos a su propio personal. Pone como ejemplos Bulgaria, Guinea-Bissau, Montenegro, Myanmar (Burma), Ucrania y Venezuela. En ellos, el interés del Estado es el interés de la mafia misma.

Este no es un peligro al cual sea ajeno un país tan profundamente corrupto como lo es España, con unas instituciones tremendamente debilitadas y en un momento económico dificilísimo, con numerosas situaciones de verdadera necesidad.

Casualidad o no, todos los Estados-Mafia que menciona el estudio de Moses Naim son repúblicas.

Nuestro sistema de partidos ha probado degenerar en una oligarquía putrefacta, incapaz de regenerarse a si misma, y una parte del entorno que rodea a la Jefatura del Estado padece el mismo estado de descomposición. Sin embargo, mientras la oligarquía es un entramado inmenso que todo lo permea, la Jefatura del Estado es una cúspide queremos pensar que con una parte aún sana, que debe empezar a resultar operativa ya.

La confianza institucional

Hoy por hoy los españoles sentimos algo más que desconfianza hacia nuestras instituciones: el sentimiento es uno que pendula entre el sonrojo, la desesperanza y el temor al mal de que son capaces; y creo que este triángulo resume bien el horror emocional cotidiano del lector de cualquier diario, con independencia de su línea editorial.

Bien, pues es desde la Jefatura del Estado que debe iniciarse la regeneración no digamos democrática, ¡quedémonos en lo simplemente ético! Desprovista de imperium, deberá hacer valer su auctoritas, y esa se basa en el respeto que se tenga por una persona. Desafortunadamente, el Rey se halla tocado. Entendemos, sin embargo, que ninguna persona es indispensable; no lo es siquiera una dinastía, que, dicho sea, ha dado algunos Reyes malísimos.

Pensemos que Felipe no haya incurrido en comportamientos indignos, y que es un hombre de su tiempo, con una buena preparación, los pies en la tierra y un orden de valores con el cual le importa bastante más cumplir que llenarse los bolsillos (a diferencia de algunos que parece que no hubiesen comido caliente en su vida).

Partiendo de ello se repite lo aquí dicho: el Jefe del Estado encarna el Estado mismo, cara al exterior, donde determina el prestigio de España, cuidando de nuestros intereses comerciales, políticos y defensivos en esquemas que se plantean a largo plazo. En las relaciones internacionales no hay amigos, sólo hay delicados equilibrios de intereses.

Luego, por lo que respecta a España, Felipe debe encarnar el Estado mismo, y el Estado, como se ha dicho antes en estas líneas, no es sino encauzar la vida de la Nación por la senda del Derecho. La ley se debe cumplir, debe basarse en un orden moral aceptable —cosa que no ocurre en España desde hace tiempo—, debe cumplirse con rectitud, y aplicarse puntualmente por los jueces, caso de inobservancia por cualquiera. Sólo de esta manera saldremos adelante, legislando con acierto, y cumpliendo luego lo previsto en las leyes.

El Derecho es la única defensa que tiene el ciudadano del común frente al poder omnímodo del Estado. Ese Derecho debe garantizar la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. Nada de eso ocurre hoy en día. La larga marcha hacia su recuperación debe encabezarse por quien no dependa de un partido político, y en quien los ciudadanos sientan que pueden empezar a confiar: y ese y no otro es el inmenso valor de la Monarquía en este momento.

Por lo demás, para quien estas líneas escribe, 75 años parece una edad inmejorable para ir pensando en jubilarse.

Derecho, Política

4 comentarios


  1. José Manuel Valle

    ¿Jubilarse un Borbón? nunca, estás pidiendo un imposible. Su abuelo Alfonso XIII, tuvo que abandonar España, por su conducta. D. Juan Carlos I seguirá la pauta de su mentor. Es posible que fallezca en la cama antes de abdicar.

    • Cristina Falkenberg

      La cosa va mas por jubilrLO que pensar que vaya a querer jubilarSE.

      La desconfiaza en el Rey determina la necesidad y oportunidad de empzar a hablar de un reemplazo que por otro lado solo es natural. lo relevante es el bien de España, a quien desde hace años no sirve el Rey de la manera que se entenderia optima por este ciudadadno.

      (perdon x alta acentos xo aqui no tengo)

  2. Sancho Amado

    Siendo soberbio todo el contenido del artículo, que comparto íntegramente, resumo mi atención en uno de sus párrafos:
    “La confianza institucional:
    Hoy por hoy los españoles sentimos algo más que desconfianza hacia nuestras instituciones: el sentimiento es uno que pendula entre el sonrojo, la desesperanza y el temor al mal de que son capaces; y creo que este triángulo resume bien el horror emocional cotidiano del lector de cualquier diario, con independencia de su línea editorial.”
    ¡Enhorabuena, Cristina!

    • Cristina Falkenberg

      Pues muchísimas gracias, Sancho. Pues sí, la verdad es que el periódico ya hay que leerlo por partes… y hay días que sólo apetece cerrarlo. Yo de hecho dosifico: una parte por la mañana, otra por la tarde y una vueltecita por la noche, porque todo de golpe es insoportable aún para el más calmado.