Marbella: tocada y hundida (III)

Marbella lleva más de veinte años cuesta abajo y sin frenos, y la cosa no va a mejor ni es algo que vaya a ocurrir sin un diagnóstico certero de la situación, por doloroso que resulte.

Marbella era, como decimos, un sencillo pueblecito de la baja Andalucía, con un clima privilegiado. Su microclima, protegida como está por la Sierra de las Nieves, lo ha tenido siempre. En tiempos de los Romanos esta fue colonia de retiro y buen vivir. Después, cayó en el olvido de siglos.

En los años 50 vinieron unos tipos con visión, se dieron cuenta de las posibilidades, y de que la tranquilidad, la proximidad a numerosas capitales europeas y el clima ahí estaban… e iban a seguir estando: eran gratis, no se podían inventar y sólo era cuestión de aprovecharlos. Las cosas no salen porque sí, sino que se logran con visión, imaginación, arrojo empresarial y muchas, muchísimas horas de trabajo, olvidándose uno del horario y de que exista nada llamado fin de semana.

Bien, pues la crema vino, dio brillo y lustre y Marbella creció. En vez de fijarse y aprender, mucho de lo que vino luego simplemente carecía de la categoría humana indispensable para poner los valores —que sin eso no vamos a ninguna parte— y el mínimo sentido de lo que es tener un tris de clase y buen gusto, por encima de una codicia salvaje. Y no fueron ni uno ni dos personajes aislados: fueron muchos y a todos los niveles; y no hubo quien no hizo más, porque no pudo.

Si en España hoy la corrupción lo invade todo, es porque hay muchos que se han prestado a ello, sea de manera activa o pasiva, mediante un silencio cómplice simplemente egoísta y cobarde, o a la espera de la oportunidad propia de rebañar.

¿Previsión de futuro con estos mimbres? Ninguna, desde luego.

La idea del dinero fácil y la inmensa tolerancia local hacia la irregularidad en la cual han participado tantos —y siguen participando unos cuantos—, tiene un efecto llamada indudable sobre exactamente el perfil equivocado: personas que no vienen a aportar, sino que resultan lo que llamaremos con asepsia “un input neto negativo”.

La decencia y el comportamiento ético y eficiente es, entre otras cosas, la base de cualquier lujo que se pretenda. Eso, sin embargo, requiere haber tenido unos pañales a veces muy ausentes: demasiado. Y no se inventa. ¡Ojo! Digo pañales, educación: algo estadísticamente bastante independiente de la cuenta corriente.

Mercado, consumidor, producto

Andalucía tiene un paro galopante, de modo que puede que algo no se esté haciendo bien del todo. Por su parte, Marbella no es ajena a la triste coyuntura autonómica.

Toda la zona necesita diversificar su economía, y tiene potencial para hacerlo, pero no en la situación de torpeza y ceguera que hay. Empero mientras esa diversificación llega o no, la locomotora aquí es el turismo, en su segmento de lujo. La apuesta está bien hecha, no por la gran visión de los gobernantes en su día, sino por ser sucesora de lo que hubo: la cosa simplemente ha seguido su curso.

Sea por lo que fuere, la apuesta por el segmento “lujo” es acertada hoy, porque siendo el turismo una actividad intensiva en mano de obra, los europeos no podemos competir con otros destinos —emergentes y ya no tan emergentes—, donde los costes laborales son infinitamente menores. Súmese a todo ello la neurótica regulación administrativa española y una presión fiscal que parece no conocer límite.

El cambio en la ponderación en la economía entre las distintas zonas del mundo no es algo nuevo: en el Renacimiento, China era la potencia económica mundial y los demás éramos los pobres. El sol brilla en muchas partes y lo que antes era proximidad a numerosos visitantes potenciales, hoy es lejanía a muchos de ellos. No nos engañemos: en esos países también tienen sus destinos de lujo, muchas veces con un clima genial y unas instalaciones con las que resulta difícil competir.

¿Por qué iba a querer venir nadie a Marbella? ¿Por qué? ¿Qué buena razón puede haber para querer dejarse el dinero en un destino con unos precios muy respetables? O se tiene esa buena razón, o no caben esperar grandes ventas, es así de simple: y de que esas ventas tiren, me temo que depende aún y en grandísima medida, la prosperidad de esta ciudad.

Fueron los economistas suecos Heckscher (en 1919) y Ohlin (en 1933) quienes tratando de explicar las relaciones comerciales entre los países vinieron a decir que como más ganábamos todos, era centrándose cada uno en lo que hiciésemos mejor, exportándolo y con las resultas de la exportación, adquiriendo de otros aquellos productos que a su vez ellos producían de manera más eficiente.

Esto, en el caso que nos ocupa, exige producir con excelencia lo que ha dado nombre a esta ciudad. Esa excelencia exige tanto mirarse uno a sí mismo con ojo crítico, como mirar a nuestro alrededor, a fin de ver qué hace la competencia. En algunas cosas seremos mejores: en otras no lo somos: al contrario, vamos a la zaga.

Marbella tiene marca, sí, muy bien: pero una marca aplicada a un producto que no da la talla está abocada a su irremisible deterioro, porque se está insistiendo en la comunicación, creando una expectativa en el consumidor, para luego fallar a la hora de entregar lo prometido. Ese es un error de márketing como hay pocos.

Lo que Marbella vende tiene muchísimos productos que le son sustitutos perfectos, no es nada único; no competimos por precio; y no es ningún artículo de primera necesidad: al contrario, es uno de demanda sumamente elástica, y a los precios “regalados” a los cuales a veces se han llegado a vender las cosas aquí y que todos conocemos, me remito. Eso, por no hablar de las ocasiones en que ha habido que dar las cosas gratis para que no se viesen los eventos completamente vacíos, que sería peor.

No es descabellado concluir, por tanto, que hay un problema en cuanto al público que Marbella está logrando atraerse, sea visitante o residente. Por supuesto que la corrupción y los escándalos, que están lejos de haberse solucionado, no han sido ajenos a la debacle. Pero también lo ha sido la pobreza de la oferta, en muchos aspectos, uno de ellos el cultural.

El ocio-cultura y sus indudables beneficios

Todo evoluciona y del mismo modo que la música culta ya no se concibe como el Haydn estricto, ningún evento cultural deja de tener su componente de ocio. De manera análoga, ningún ocio que se pretenda medianamente lujoso, puede estar sistemáticamente prescindiendo de un cierto contenido sustantivo que resulte curioso, inteligente, bello, original o simplemente divertido. Se insiste: comer, ir a la playa y jugar al golf es, para el sector a quien queremos venderle nuestro producto, una diversión muy, muy limitada. Esto es algo que no se le escapa a nadie —aunque sólo sea por aquello de que las alternativas existen— y que se agrava en el caso del turismo residencial, pues no hay ninguna razón por la cual nadie quiera tener una casa en un lugar que es a la larga terriblemente aburrido.

Las comparaciones, me temo que son tan odiosas como inevitables.

Los europeos tenemos que tener muy claro que o espabilamos, o nos van a comer por sopa. El déficit en la oferta de puestos de trabajo ya es estructural, y no va a ir a mejor si no se abordan cambios profundos. La etapa de creación de estructuras como para parecer que hacemos algo, está superada. Los días en que el estado del bienestar resulta sostenible, están contados. Y en vez de ir uno al trabajo pensando en cómo estirar sus derechos laborales más allá de lo previsto normativamente, el chip tiene que cambiar, urgentemente, para pasar a ser el de la evaluación crítica del rendimiento propio.

Es bastante obvio que una de las cosas que tenemos los europeos es cultura: es uno de esos productos en los cuales alcanzamos la excelencia. Si hacemos caso de Heckscher y Ohlin, parece que la cultura con mayúsculas sea algo que queramos incorporar a nuestra oferta exportadora, siguiendo el concepto de “ocio-cultura”, que no es otra cosa que “la experiencia global”, estimulante para la mente y los sentidos: es decir, verdaderamente apetecible para el consumidor. Esto, que es muy evidente, está más que olvidado desde hace muchos años en esta ciudad, sin que ni sus poderes públicos ni sus empresarios parezcan coscarse de ello: y a los hechos me remito.

Continuará: y ánimo que ya sólo queda un capítulo del público rapapolvo y exposición de vergüenzas, aunque os aseguro que no os voy a decepcionar.

 

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5 comentarios


  1. Cristina Falkenberg

    Me envía mi amiga Paqui un elnace a este vídeo donde se relata cómo la Junta, recientemente multada por la Comisión Europea, se ha gastado 850.000 € en un Museo de las Caras de Vélmez, con la que está cayendo en España, que muchas micropymes con 15.000 – 20.000 € saldrían adelante y otras mayores con 100.000 salvaban un montón de puestos de trabajo.

    Bien pues las famosas caras de Vélmez respecto de las cuales hay al parecer serios indicios de que sean un total camelo, reciben 850.000 €, muchísimo más de lo necesario para montar ningún museo… El 75% son fondos FEDER, el 20% lo pone la Junta de Andalucía y el 5% el Ayuntamiento de Vélmez. Esto, en la España de los cinco millones de parados…

    http://www.youtube.com/watch?v=nLvpc0d_mtc

  2. Sancho Amado

    Hay más “caras” en la administración (Junta en este caso) que en Vélmez… y mucho más duras que las de Vélmez… Y también son un camelo (no hace falta tanto indicio).

  3. Sancho Amado

    Leído ya el artículo, brillante como era de esperar, me atrevo a resumir sin la ayuda de Baltasar (Gracián):
    Lujos: No hay mayor lujo que la educación y la cultura. Y si se permite un burdo ejemplo, mal luce un diamante un burro.
    Sobre tu lección sobre economistas suecos: hace años aprendí que los suecos (universidad privada de economía Handelshögskolan en Estocolmo) ya no hablaban de los cuatro sectores de la economía (que iban numerados en importancia desde la materia prima, transformación y comercio a los servicios), sino de un quinto sector y ¡además exportable!, la educación y la cultura. Reflexiono y me resulta curioso que sea habitual asociar exportación al envío al extranjero de un producto… resulta curioso que podemos tener la “exportación cómoda” (conceptos que se me ocurren), por la que el dinero viene y no enviamos nada fuera, como nos viene ocurriendo con el sol, la playa y otros productos turísticos. ¿Y por qué no hacerlo con la educación y la cultura?. Difícil cuando abunda la pobreza en esos recursos.
    Gracias, Cristina por tan buen artículo y por tu lucha.

  4. Cristina Falkenberg

    Gracias a ti Sancho, por ser tan buen lector. No hay cambio posible en la sociedad sin opinión que lo sustente y decida promoverlo, y eso son los lectores, que de hecho son quienes me enriquecéis a mi: yo sólo canalizo en párrafos la pléyade de datos, opiniones e iniciativas que me hacéis llegar.

    Lo de la exportación lo puse por aquello de que en la Contabilidad Nacional el turismo cuenta como sector exterior (porque se lo vendo a uno de fuera).

    Entre todos lograremos dar un vuelco a las cosas, Sancho, créeme, pero eso requiere diagnóstico y acción concreta, sin perderse en lo instrumental o lo adjetivo sino sabiendo ir a la sustancia y de ella a la que resulte esencial.

    Si estos artículos pueden ayudar al debate y a centrar la acción para que resulte lo más eficaz posible, estaré feliz y me sentiré recompensada.

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