Desde lo rural y con lo rural

¿De quién fue y es competencia el papel higiénico en la sanidad pública? (III)

15.07.17 | 16:12. Archivado en Acerca del autor

En castellano y a continuación en galego

Quedaba hace ocho día rememorando aquel día de comienzos del 1985 que probablemente no me puedan borrar de la memoria ni el temible señor Alzheimer ni el temido señor Parkinson por quedar impreso no sólo en todo mi ser corporal, sino incluso en el aura extracorpórea, en la agradable compañía de una TDTA (Tomadora De Tensión Arterial) del Complejo hospitalario Xeneral-Calde de Lugo. Lástima que no pudiese disfrutar de esa momentánea compañía por estar yo viviendo aquella mañana con la inevitable obsesión de hacerme con papel higiénico antes de que aconteciera lo que me temía que irremisiblemente acabaría aconteciendo.

Dicha TDTA, vivía lustrosamente esa imprecisa edad previa a doblar el Cabo de Buena Esperanza. Aparentaba ser mujer abierta, tanto por la forma directa y limpia de mirar, como por el trato siempre próximo, como por los últimos botones superiores de la blusa, pero todo dentro de unos parámetros normales, en lo que a mí me es dado a entender, que mucho no pode ser. Tuve otro compañero de habitación mucho más sabio que yo en ropas interiores que me dijo un día:
-Usted, aunque sea cura no se extrañará de lo que le voy a decir, que todos somos hombres. El sostén de la de la tensión debe ser de tiempos del franquismo, porque bien se nota que oprime al interior, engaña al exterior y levanta monumentos a los caídos.

Me quedé pensando un poco y, como él sólo estaba de paso, porque habían tenido que volver a partirle el cúbito, o quizás el radio, no recuerdo con exactitud, que soldara sobrepuesto, y no teníamos confianza para tocar ciertos temas y además yo tenía bastante a que atender, le respondí secamente:

-No sé, que yo libré de la mili por estar en el seminario. Ni siquiera juré bandera, debido a un despiste.

Aunque no andábamos lejos en años y en circunstancias normales la trataría de tu, en mi embarazosa situación me dirigí a ella con el reverencioso usted, dando por buena sin pretenderlo, una carta pastoral del FIOTDO, (Difunto Obispo Temiño De Ourense), en la que elucubraba sobre que puede resultar escandalosa y hasta pecaminosa la práctica del tuteo entre sacerdotes y mujeres jóvenes; porque, aunque ellos sean fuertes, ellas son débiles. La verdad es que mi fortaleza resultaba increíble fijándose simplemente en mis piernas de biafreño sin un kilo de masa muscular.

Me dirigí, pues, la ella muy cauteloso con estas sopesadas palabras:

- Y..., aunque bien sé que no cae directamente bajo sus competencias, mucho le agradecería si pudiera proporcionarme un poco de papel higiénico. No tiene por qué ser necesariamente un rollo entero. No. Me conformaría con metro y medio, más o menos, y siendo de doble hoja, incluso calculo que podría arreglarme con setenta y cinco centímetros, si rompe por donde debe, aunque casi nunca suele hacerlo.

Muy amable y graciosa, y con cierto aire de ojos picarones, me contestó sin miramientos ni tampoco irreverencias a mi condición sacerdotal:

-No te apures, Xosé Manuel, que tengo que acabar de tomar las tensiones antes de que giren visita los médicos; pero no tardo casi nadita.

Luego dijo algo que no comprendí, pero tampoco le pregunté, porque me sentí incapaz de interpretar el lenguaje no verbal de su rostro:

-Con algunos paso de largo; porque sólo con mirarles a la cara, ya sé que la tienen baja. Siempre baja. No falla, y eso deprime mucho a los que presumen de machos.

Yo le contesté con mucha circunspección y reafirmándome en las bases más sólidas de mi celibato, por si acaso:

-Apurar ya no me apuro; pero tengo miedo a soltarme, que llevo horas retenido. Parece que pasé sin escala de transición del enema evacuante cada cinco días a la flojedad intestinal.

Aparentaban conjurarse contra mí todos los elementos aquel día, porque los médicos giraron visita a mayor velocidad de la acostumbrada, debido a que les programó Gerencia, bajo amonestación de pérdida de puntos, la asistencia obligatoria a la conferencia de un especialista polaco catedrático en la facultad de medicina de Edimburgo, que llevaba por título: “Propulsive resources of two hours or more in the waiting lists in the Spanish Public Health” (Recursos propulsivos de dos horas o más en las listas de espera en la Sanidad Pública Española)

Como la gira de los médicos a sus pacientes en régimen hospitalario se realizó la tanta velocidad, la TDTA se vio envuelta contra su voluntad en un torbellino que la arrastró lejos de mi cama y no pudo cumplir su promesa.

Estuve tentado a hablarle al equipo médico, formado por un titular serio y de bigote y una joven de prácticas sonriente y rubia, de mi momentáneo problema defecatorio y escatológico, -conviene no perder de vista que la escatología es la ciencia que estudia las realidades terminales y a mí me era aplicable el concepto tanto desde el punto de vista geográfico corporal como desde lo anímico vivencial-, pero me contuve, porque me parecía que podían interpretarlo como una falta del respeto debido, por osar sugerirles a ellos, facultativos y doctores con tantos años de experiencia, sobre todo él, una cuestión tan vulgar, de la que incluso la gente bien educada se avergüenza de hablar en público y buscan eufemismos y subterfugios, como: hacer de cuerpo, excretar, o hacer las necesidades mayores.

Bien, el caso fue que no les mencioné para nada el tema que a la sazón más desasosegado me tenía. Desde mi subjetividad y sensibilidad comenzaba a ser tan grave no poder defecar aquel día como la anunciada y amenazante cojera para el resto de mi vida.

Contaba con rematar hoy este angustioso relato, pero no debo pasarme en la dosis. Así que lo haré en la próxima entrega, pero no sin volver a advertir a incautos lectores de que los hechos reales transcurrieron en el espacio de unas seis horas. Si ocuparan cuatro semanas como me está llevando revivirlos, no estaría para contarlo.

En galego
¿De quen foi e é competencia o papel hixiénico na sanidade pública? (III)

Quedaba hai oito día rememorando aquel día de comezos do 1985 que probablemente non me poidan borrar da memoria nin o temible señor Alzheimer nin o temido señor Parkinson por ficar impreso non só en todo o meu ser corporal, senón incluso na aura extracorpórea, na agradable compañía dunha TDTA (Tomadora De Tensión Arterial) do Complexo hospitalario Xeral-Calde de Lugo. Mágoa que non puidese desfrutar desa momentánea compañía por estar eu vivindo aquela mañá coa inevitable obsesión de facerme con papel hixiénico antes de que acontecese o que me temía que irremisiblemente acabaría acontecendo.

A devandita TDTA, vivía lustrosamente esa imprecisa idade previa a dobrar o cabo de Buena Esperanza. Aparentaba ser muller aberta, tanto polo xeito directo e limpo de mirar, coma polo trato sempre próximo, coma polos últimos botóns superiores da blusa, pero todo dentro duns parámetros normais, no que a min me é dado a entender, que moito non pode ser. Tiven outro compañeiro de habitación moito máis sabido ca min en roupiña de debaixo que me dixo un día:

-Vostede anque sexa cura non se extrañará do que vou dicir, que todos somos homes. O sostén da da tensión debe ser de tempos do franquismo, porque ben se nota que oprime ó interior, engaña ó exterior e levanta monumentos ós caídos.

Quedeime pensando un pouco e, como el só estaba de paso, porque tiveran que volver a partirlle o cúbito, ou quizáis o radio, non recordo ben, que soldara acabalgado, e non tiñamos confianza pra tocar certos temas e ademais eu tiña abondo a que atender, respondinlle secamente:

-Non sei, que eu librei da mili por estar no seminario. Nin sequera xurei bandeira, por un despiste.

Aínda que non andabamos lonxe en anos e en circunstancias normais trataríaa da ti, na miña embarazosa situación dirixinme a ela co reverencioso vostede, dando por boa sen pretendelo unha carta pastoral do FIBTDO, (Finado Bispo Temiño De Ourense), na que elucubraba sobre que pode resultar escandalosa e ata pecaminosa a práctica do tuteo entre sacerdotes e mulleres novas; porque, aínda que eles sexan fortes, elas son débiles. A verdade é que a miña fortaleza resultaba incrible fixándose simplemente nas miñas pernas de biafreño sen un quilo de masa muscular.

Dirixinme, pois, a ela moi cauteloso con estas sopesadas palabras:

- E..., aínda que ben sei que non cae directamente baixo as súas competencias, moito lle agradecería sa puidese proporcionarme un pouco de papel hixiénico. Non ten por que ser necesariamente un rolo enteiro. Non. Conformaríame con metro e medio, máis ou menos, e sendo de dobre folla, ata calculo que podería arranxarme con setenta e cinco centímetros, se rompe por onde debe, aínda que case nunca adoita facelo.

Moi amable e graciosiña, e con certo aire de ollos picaróns, contestoume sen miramentos nin tampouco irreverencias á miña condición sacerdotal:

-Non te apures, Xosé Manuel, que teño que acabar de tomar as tensións antes de que xiren visita os médicos; pero non tardo case nadiña.

Logo dixo algo que non comprendín, pero tampouco lle preguntei, porque me sentín incapaz de interpretar a linguaxe non verbal do seu rostro:

-Con algúns paso de longo; porque só con mirarlles á cara, xa sei que a teñen baixa. Sempre baixa. Non falla, e iso deprime moito ós que presumen de machos.

Eu contesteille con moita circunspección e reafirmándome nas bases máis sólidas do meu celibato, por se acaso:

-Apurar xa non me apuro; pero teño medo a soltarme, que levo horas retido. Parece que pasei sen escala de transición do enema evacuante cada cinco días á frouxidade intestinal.

Aparentaban conxurarse contra min todos os elementos aquel día, porque os médicos xiraron visita a maior velocidade da acostumada, debido a que lles programou Gerencia, baixo amoestación de perda de puntos, a asistencia obrigatoria á conferencia dun especialista polaco catedrático na facultade de medicina de Edimburgo, que levaba por título: “Propulsive resources of two hours or more in the waiting lists in the Spanish Public Health? (Recursos propulsivos de dúas horas ou máis nas listas de espera na Sanidade Pública Española).

Como a xira dos médicos ós seus pacientes en réxime hospitalario se realizou a tanta velocidade, a TDTA viuse envolvida contra a súa vontade nun remuiño que a arrastrou lonxe da miña cama e non puido cumprir a súa promesa.

Estiven por falarlle ó equipo médico, formado por un titular serio e de bigote e unha moza de prácticas riseira e loura, do meu momentáneo problema defecatorio e escatolóxico, -convén non perder de vista que a escatoloxía é a ciencia que estuda as realidades terminais e a min érame aplicable o concepto tanto desde o punto de vista xeográfico corporal como desde o anímico vivencial-, pero contívenme, porque me parecía que podían interpretalo como unha falta do respecto debido, por ousar suxerirlles a eles, facultativos e doutores con tantos anos de experiencia, sobre todo el, unha cuestión tan vulgar, da que ata a xente ben educada se avergoña de falar en público e buscan eufemismos e subterfuxios, como: facer de corpo, excretar, ou facer as necesidades maiores.

Ben, o caso foi que non lles mencionei pra nada o tema que naquel momento máis desasosegado me tiña. Desde a miña subxectividade e sensibilidade comezaba a ser tan grave non poder defecar aquel día coma a anunciada e ameazante coxeira pra o resto da miña vida.

Contaba con rematar hoxe este angustioso relato, pero no debo pasarme na dose. Así que o farei na próxima entrega, pero non sen volver a advertir a incautos lectores de que os feitos reais transcorreron no espazo dunhas seis horas. Se ocupasen catro semanas como me está levando revivilos, non estaría pra contalo.


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