Desde lo rural y con lo rural

Zacarías, discípulo de Jesús que se alejó y retornó (y II)

14.04.17 | 21:30. Archivado en Acerca del autor

Zacarías, discípulo de Jesús que se alejó y retornó (y II)

(Sigue narrando su experiencia de Jesús Zacarías)
En castellano ahora, y a continuación en galego

"Instigado y coaccionado por las autoridades judías, que podían declarar reos de muerte según sus leyes, pero no ejecutar la sentencia, el gobernador de Judea y procurador del Imperio Romano, Poncio Pilatos, lo condenó a muerte, conforme a las leyes romanas.

Pero, como siempre, manipulando al pueblo y vendiéndole el favor de que le hacía un servicio; pero lavándose las manos al mismo tiempo delante de la gente y preguntándose a sí mismo, sin obtener respuesta, que cosa será la verdad. Tan inseguro era y tan lleno de sí estaba, que no le quedó sitio para enterarse de que él mismo estaba siendo manipulado y de que cuando no se sabe que es la verdad duradera, se van inventando verdades que enseguida se marchitan.

A los que mueven los hilos del poder sin escrúpulos les resulta fácil hacer creer lo que no es, ofreciendo prebendas o atemorizando con castigos, por eso no faltaron voces del pueblo que pidieron la crucifixión del Justo y el indulto de Barrabás, condenado a muerte en cruz por ladrón, asesino o terrorista, o por las tres cosas; no sé cierto.

Jesús, sufriendo, deshecho, pero sin perder la dignidad, fue a la muerte libremente. Fue libremente, no porque escogiera por gusto morir así; sino porque tuvo oportunidad de cambiar en su manera de vivir y de expresarse y no cambió, aun sabiendo a lo que se exponía; pero cambiar supondría renunciar a cumplir su misión. Hubo quien dijo que fue Dios que exigió que muriera así para pagar no sé qué deuda de alcance infinito contraída por ser humanos muy limitados. Esos dioses sedientos de sangre humana no son el Dios Padre misericordioso del que hablaba Jesús. Son inventos para justificar la ferocidade de los hombres. Si Iehová hubiese querido sangre le dejaría a Abraham sacrificar a su hijo Isaac.

Se puede decir que lo mató el pecado, porque lo mató el odio, la soberbia, la cobardía, la hipocresía, la opresión del débil, el egoísmo, la avaricia, la intransigencia, el querer sustituir la Iehová, el Dios de todos, por un dios hecho a la medida de cada uno.

Murió por culpa de los pecados de la humanidad, por culpa de los de todos y de cada uno por culpa de los enemigos peores que tenemos, porque los llevamos dentro de nosotros mismos y acaban comiéndonos como el peor de los cánceres.

Y murió por amor, a todos los hombres y mujeres de siempre. Para mostrarnos que es posible vivir de otro modo. Que se puede vivir con toda dignidad el hecho de ser persona humana, imperfecta, pero amada por Dios con sus virtudes y defectos.

Murió por salvarnos de lo que verdaderamente nos pierde y nos destruye.

Yo estaba equivocado cuando me alejé de él. No es que no le importara la opresión y la libertad de los pueblos y la miseria de los hombres. Le importaban y mucho y, porque le importaban, quería atacar el mal en la raíz. Quería atacarlo y lo atacó. Él nos enseñó que el odio y la violencia sólo se pueden vencer con el amor y la paz. Por todo eso, cuando me enteré de la profundidad y amplitud de su mensaje, desanduve el camino de ida, que me había alejado de él, y volví; pero no me atreví a volver a entrar en el pequeño grupo que quedaba de los más fieles. Lo seguía de lejos y esporádicamente y trataba de escucharlo siempre que podía.

Y de lejos lo fui siguiendo también cuando lo sacaron de la ciudad para crucifícalo en el Gólgota. Yo tenía miedo a que me asociaran con él y como yo, Pedro y los demás. Pedro llegó a jurar que no lo conocía y siempre le pesó. En un momento no me resistí a acercarme en recodo del camino y él bien me vio por ente la trágica cortina tejida con sangre, sudor, lágrimas y tierra polvorienta. Su mirada, cansada, pero bondadosa, me penetró hasta lo más hondo de mí y la guardo dentro como el mejor tesoro. Al verlo morir de aquella manera, molido, pero sin perder la dignidad, y el recuerdo do su desgarrador: “Padre perdónales, porque no saben lo que hacen”, me cambió definitivamente.

Poco a poco fui comprendiendo muchas cosas, entre ellas que su programa de las bienaventuranzas es el programa más planificante y quizás el más revulsivo para la humanidad.

Ahora que lo vuelvo a sentir resucitado y vivo, no más allá de la luna y de las estrellas, sino a mi lado e dentro de mí, digo como el Centurión que, al verlo expirar, exclamó lleno de fe: “Verdaderamente este hombre es el Hijo de Dios”.

Humildemente y de rodillas también yo desde la fe recibida y aceptada me atrevo a decir lo mismo.

En galego

Zacarías, discípulo de Xesús que se foi e retornou ( e II)

"Instigado e coaccionado polas autoridades xudías, que podían declarar reos de morte conforme ás súas leis, pero non podían executar a sentenza, o gobernador de Xudea e procurador do Imperio Romano, Poncio Pilatos, condenouno a morte, de acordo coas leis romanas. Pero coma sempre, manipulando ó pobo e vendéndolle o favor de que lle facía un servizo; pero lavándose as mans ó mesmo tempo diante da xente e preguntándose a si mesmo, sen obter resposta, que cousa será a verdade. Tan inseguro era e tan cheo de si estaba, que non lle quedou sitio pra decatarse de que el mesmo estaba sendo manipulado e de que cando non se sabe que é a verdade duradeira, vanse inventando verdades que axiña esmorecen e son hoxe pero xa non son mañá.
Ós que moven os fíos do poder sen escrúpulos élles doado facer crer o que non é, ofrecendo prebendas ou atemorizando con castigos, por iso non faltaron voces do pobo que pediron a crucifixión do Xusto e o indulto de Barrabás, condenado a morte en cruz por ladrón, asasino ou terrorista, ou polas tres cousas; non sei certo.
Xesús, sufrindo, desfeito, pero sen perder a dignidade, foi á morte libremente. Foi libremente, non porque escollese por gusto morrer así; senón porque tivo oportunidade de cambiar no seu xeito de vivir e de expresarse e non cambiou, aínda sabendo ó que se expoñía; pero cambiar supoñería renunciar a cumprir a súa misión. Houbo quen dixo que Deus esixiu que morrese así pra pagar non sei que débedas de alcance infinito contraídas por seres humanos moi limitados. Eses deuses sedentos de sangue humana non son o Deus Pai misericordioso do que falaba Xesús. Son inventos pra xustificar a ferocidade dos homes. Se Iehová quixera sangue deixaríalle sacrificar a Abraham ó se fillo Isaac. Impedíndollo deixou claro que Él non pide sangue.
Pódese dicir que o matou o pecado, porque o matou o odio, a soberbia, a covardía, a hipocrisía, a opresión do feble, o egoísmo, a avaricia, a luxuria, a intransixencia, o querer substituír a Iehová, o Deus de todos, por un deus feito á medida de cada un.
Morreu por culpa dos pecados da humanidade, por culpa dos de todos e de cada un, por culpa dos inimigos peores que temos, porque os levamos dentro de nós mesmos e acaban coméndonos coma o peor dos cancros.
E morreu por amor, a todos os homes e mulleres de sempre, de onte, de hoxe e de mañá. Pra mostrarnos que é posible vivir doutro xeito. Que se pode vivir con toda a dignidade o feito de ser persoa humana, imperfecta, pero querida por Deus coas súas virtudes e defectos. Moreu por salvarnos do que verdadeiramente nos perde e nos destrúe.
Eu estaba equivocado cando me afastei del. Non é que non lle importase a opresión e a liberdade dos pobos e a miseria dos homes. Importábanlle e moito e, porque lle importaban, quería atacar o mal na raíz. Quería atacalo e atacouno. El ensinounos que o odio e a violencia só se poden vencer co amor e a paz. Por todo iso, cando me decatei da fondura e amplitude da súa mensaxe, desandei o camiño de ida, que me afastara del, e volvín; pero non me atrevín a volver a entrar no pequeno grupo que quedaba dos máis fieis. Seguíao de lonxe e esporadicamente e trataba de escoitalo sempre que podía.
E de lonxe funo seguino tamén cando o sacaron da cidade pra crucifícalo no Gólgota. Eu tiña medo a que me asociasen con el, e coma min, Pedro e os demais. Pedro chegou a xurar que non o coñecía e moito lle pesou toda a vida. Dunha vez non me resistín a achegarme nunha revolta do camiño e el ben me viu por ente a tráxica cortina tecida de sangue, suor, bágoas e o po do camiño. A súa mirada, cansa, pero bondadosa, penetroume ata o máis fondo de min e gárdoa dentro como o mellor tesouro. Ó velo morrer daquel xeito, moído, pero sen perder a dignidade, e o recordo do seu desgarrado: “Pai perdóalles, porque non saben o que fan”, cambioume definitivamente.
Pouco a pouco fun comprendendo moitas cousas, entre elas que o seu programa das benaventuranzas é o programa máis planifícante e quizais o máis revulsivo prá humanidade.
Agora que o volvo a sentir resucitado e vivo, non aló por riba da lúa e das estrelas, senón a carón de min e mesmo dentro de min, digo coma o Centurión que, ó velo expirar, exclamou cheo de fe: “Verdadeiramente este home é o Fillo de Deus”.

Humildemente e de xeonllos tamén eu, desde la fe recibida e aceptada, atrévome a dicir o mesmo.


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