Una mañana de jubilado

 

Confieso que la mejor época de mi vida, y las ha habido buenas, e incluso muy buenas (de las malas prefiero no acordarme), es la de jubilado, un estado de júbilo permanente y de libertad incondicional.

A diferencia de la mayoría de jubilados, en mi caso no figura el tiempo dedicado a los nietos, ni a sacar de apuros a los hijos, hacer guardía, de niñera, viajar a ver a los hijos que triunfan o fracasan en lares ajenos, o recados varios a su cargo. Es lo bueno o malo de no haber tenido descendencia, algo que, por otra parte, se por colegas de “profesión”, que se suele llevar, no solo con resignación, sino con auténtico placer, sobre todo cuando de dedicación a los nietos se trata.

Hoy voy a relatar, no obstante, otra faceta, que también corresponde a los abuelos, a los no jubilados y a quienes, de alguna manera, no tienen el sillón de casa como refugio. El mundo de la gestión.

Uno se despierta, se ducha, se viste y… a pasear al perro como primera misión. Una misión que consiste en llevar, a la tontamente llamada mascota, a un lugar medianamente adecuado, como para que el animalito compagine el paseo, con marcar a su manera todas las esquinas y tenerte en vilo hasta el momento en el que decida hacer lo que es de rigor todas las mañanas, su labor excretal, que cague, vamos, ese esperado momento en el que el sujeto agacha sus cuartos traseros y, finalmente, libera aquello que esperas para sacar la bolsita y, a la manera de guante, recogerlo para voltearlo posteriormente sin que medie contacto alguno, para previo nudete de rigor, depositarlo en la papelera correspondiente a tal efecto, momento en el que consideras la misión cumplida y tratas de convencer al perro, por las buenas o por las malas, de que el recreo mañanero toca a su fin.

A partir de ahí, entran en función otros menesteres que paso a glosar.

El carpintero.

El carpintero, una de las únicas profesiones a las que se puede aplicar aquello de que “España va bien”. Somos un país con uno de los mayores, sino el mayor, paro de Europa, y sin discusión el de mayor paro juvenil, pero si hay un oficio, entre otros, como el de camarero, agricultor, fontanero, electricista, etc, donde no existe el paro ni se le espera, es el de carpintero. 

Hace como unos dos meses, visité a mi carpintero de cabecera, con la esperanza de conseguir que me sustituyera las tablas de un piso, un tanto irregular en su forma, de unos 4 m2, que no estaban en muy buen estado. Evidentemente la primera respuesta fue la de ritual: Huy, estamos hasta las cejas de trabajo y no se cuando te lo voy a poder hacer (por supuesto, nada de pedir precio). Como para estos menesteres hay que ser impasible al desaliento, me apresuré a la primera contraoferta.  No preciso que sea para ayer, pero si que quiero que me lo hagas tu, ya que eres el único en quien confío (ser jubilado te permite hacer lo que te sale de allí y llamar a cada uno por su nombre, aunque no siempre). El asunto se relaja un poco, solo un poco. Si pero es que me coges en un momento fatal y además si me dices que la superficie es irregular peor, ya que hay que ir allí y sacar una plantilla, comprobar, etc. No te preocupes que eso te lo hago yo (uno es aparejador y algo sabe sobre el particular), llevo las plantillas a tu taller, las pongo sobre el tablero, las dibujo y solo te queda cortar e ir allí a colocarlas. Bueno, pero aun así no te garantizo para cuando, por otra parte hay que pedir los tableros ya que tengo que hacerlos de una madera que no tengo en el taller. Vale, pues voy a hacer las mediciones correspondientes, las plantillas, te las llevo, ves cuanto necesitas y las pides. Joder, siempre me lias, pero la madera aun va a tardar en llegar…. Hacer gestión, eso de lo que los políticos no tienen ni puta idea.

Pasan unas dos semanas hasta que, mediadas varias llamadas para saber de la trayectoria del maderamen en cuestión, por fin, y tras otra llamada mía, me comenta que finalmente las tiene ya desde hace un par de días (por supuesto sin llamada alguna hacia mi persona, de anuncio de la buena nueva, por su parte). Bueno, ¿entonces mañana puedo ir por el taller para replantear los cortes?. Huy, no. Espérame unos días a que me programe y te digo. Pasan unos días y evidentemente no me llama, hasta que ante mi insistencia, me comenta que posiblemente mañana podremos vernos casi con seguridad, pero que mañana mismo a primera hora me lo comenta.

Llegamos a la tan esperada mañana (es decir, hoy). Son las diez y aun no he recibido llamada alguna, con lo que le llamo sin que conteste al teléfono. Le pongo un “guasa”: “Estoy llamándote, ¿voy ahora?, necesito saberlo”, respuesta: “Ahora no estamos en el taller, volveremos de tarde, te digo a que hora”. Mi respuesta: “dime una hora pues necesito programarme ya que no puedo estar todo el día a la espera de tu llamada”. Aquí conviene aclarar que cuando uno está jubilado y además es formal, se tienen múltiples ocupaciones (ninguna da un duro) en distintas horas, y para nada está uno, a estas alturas, para dejar de ser serio en estos asuntos. A la hora y media de mi ruego, vuelvo a poner otro guasa: “Por favor, Fulanito, contéstame ya que si va a ser por la tarde necesito anular un compromiso adquirido anteriormente”. Pasada otra hora, ya cerca de la una del mediodía recibo su respuesta: Me es imposible saberlo, ven mañana por la mañana sobre las 10 y lo vemos todo en el taller (el taller está a 30 km.). Mi respuesta, con harto dolor de corazón y sintiéndome culpable: “Mañana solo puedo a partir de las 6 de la tarde, ¿te vale?”. Ya casi en el límite del desaliento, respuesta inmediata: “Sin problema”. !Aleluya!. 

Ya veremos…

El vendedor.

Ante la extrema vejez de una pequeña lancha neumática que la pobre ya no resiste demasiado, decidimos sustituirla por otra más adecuada a nuestras , aun vivas, necesidades náuticas, con lo que tras estudiar las ofertas del mercado, finalmente nos decidimos por una marca, con representante en la ciudad. Visita al concesionario, con consulta en un catálogo, bastante pobre en cuanto a su información, por supuesto menor que la obtenida directamente de internet. ¿le importaría llamarme cuando supiera usted los precios y el plazo de entrega?. Pasado cerca de un mes sin recibir nada, nueva visita al concesionario con la atención de otro vendedor, en este caso vendedora, quien se asombró de que su compañero (al parecer,  !se le había pasado!) no nos hubiese contestado en ese tiempo. Nos da toda la información requerida y finalmente, pasados un par de días, nos acercamos de nuevo para hacer el pedido en firme. Como la neumática en cuestión tiene que venir de fuera de España, pagamos una entrega inicial y nos dan de plazo un mes para la entrega, plazo que, según ellos mismos, terminaba hoy. 

A primera hora de la mañana les envío un correo para que me informen sobre el particular, y terminada la mañana aun estoy esperando respuesta. 

Ya veremos…

La empleada.

Consciente de mis limitaciones, resulta que ayer, tras terminar mi espacio dedicado al deporte, me olvidé en el vestuario mi cinturón que, como a mi edad la barriguita de rigor contribuye al sustento del pantalón, no me percaté de ello hasta pasado algún tiempo. A primera hora de esta mañana llamé presuroso al club para ver si lo habían encontrado. La empleada me comentó que en aquel momento no podía desplazarse hasta el vestuario, pero que en breve me llamaba y me daba cuenta de ello. Terminada la mañana, sigo esperando.

Ya veremos… 

La funcionaria.

Hago la lectura del consumo del agua en el contador de casa, saco una fotografía, imprimo dos copias y me voy al consorcio de aguas de Tui para dejarles una, me sellen la copia y me facturen el importe en la cuenta que les facilité al efecto, como suelo hacer cada dos meses, ya que esperar a que un funcionario de aguas se desplace para leer el contador, es algo que ha pasado a la historia. 

Llego a su oficina y me encuentro con un letrero que dice “vuelvo en 10 minutos”, letrero que no sé cuanto tiempo lleva ya expuesto, pero que en el peor de los casos supongo que me aguarda una espera de esos diez minutos. Al cabo de ese tiempo aparece otra persona que, como yo, se dispone a la espera. Pasada cerca de la media hora desde mi llegada, aparece por la acera la funcionaria en cuestión, comiéndose un bocadillo y con una taza de café en la mano. Abre la puerta y sin decir nada (disculparse ya sería un lujo) me sella la copia correspondiente y dice “chao”. 

Me siento y le saco un requerimiento que me hace el Oral, quien cobra las facturas, de embargo por !impago! de una de las últimas lecturas, a lo que aludo que me parece imposible, ya que en la cuenta en cuestión no existe descubierto alguno. Me responde que tras ese embargo vendrán más, ya que al parecer hace como unos seis meses que se produce la misma circunstancia, que consiste en que aunque al Oral se le comunicó el traslado de los cobros a otra cuenta, algo debió pasar que no tenían comunicación, y que ellos, “por supuesto”, no avisan al cliente cuando surge una irregularidad, una duda, o un mal entendido, o simplemente un error por su parte, pues lo envían directamente al embargo, sin más. Pero, ¿no quedábamos en que el cliente siempre tiene razón?. ¿Será al revés con los monopolios?

Evidentemente me dispongo a interponer los recursos correspondientes, pues encima de burro… apaleado.

Ya veremos…

El amigo.

Entre mis múltiples ocupaciones está el coordinar una peña de 30 personas que  dedicamos 5 días al año a la exaltación de la amistad, en jornadas en las que por la mañana visitamos alguna institución cultural, alguna empresa o algo que aumente, en lo posible, nuestros conocimientos sobre las materias más variopintas. Acabada esa fase, comemos todo lo mejor que podemos, y finalmente rematamos la sobre mesa con variados cánticos, hasta el momento en el que agotada nuestra senecta capacidad, un autobús al efecto nos devuelve a nuestros quehaceres de jubiletas. Para ello disponemos de una cuenta en la que al inicio de cada trimestre cada uno ingresa la cuota correspondiente y en cada convocatoria asiste, o no, según pueda, pero siempre habiendo cotizado previamente su obligado compromiso, que no se devuelve aunque se hunda el mundo, única manera de mantener intacta la formalidad.

Esta mañana me llama uno de la peña y me comunica que el responsable de la próxima xuntanza, no tiene ni idea de la fecha en la que le corresponde tal organización, cuando yo ya se la había comunicado con anterioridad, me había dicho que lo anotaba y que ya se hacía cargo de la intendencia. Vuelta a empezar y a hacerme el propósito de volverle a llamar en vísperas, por si las moscas…

Ya veremos…

Los políticos.

Un poco harto de tanta frustración, decidí encender la “tele”, y ¿quién apareció?. Los dos mentirosos mayores del reino, uno a nivel nacional y otro local, que ayer coincidían en Vigo, aclamados por el rebaño generalizado. Este país le ocurre lo que a las monjas, que no tienen cura y, mira que ha tenido curas y sigue teniéndolos este reducto de pastoreo.

Ya veremos…

Los medios.

Finalmente me siento, cojo la llamada hoja parroquial, ese periódico al servicio del aldeano cacique ilustrado, de política de pueblo con presupuesto de ciudad, que tanto agrada a los que se lo merecen, veo en primera página a la pareja ya descrita, y me traslado a lo de siempre, a lo mejor del periódico, el sudoku, esperando utópicamente que algún día, alguna noticia de provecho, de esas que solo se publican en letra pequeña, por las esquinas y sin que nadie repare en ella, me alegre la mañana.

Ya veremos… 

Conclusión.

Pues si, asuntos familiares aparte, esta puede ser la mañana de cualquier jubilado, donde reflexionar si tiempos pasados fueron mejores, más responsables, más respetuosos y educados y más eficientes, o no.

Yo por de pronto, ni tengo el piso arreglado, ni dispongo de la nueva neumática, estoy sin cinturón, me veo haciendo un recurso, no se si a mi amigo le está llegando la enfermedad esa de nombre alemán que a estas alturas todos tememos,  siempre voto a quienes no gobiernan, y acabo tragando, en forma de lectura cotidiana, esa retahíla de bobadas, de alcance universal, que en su alucinante esquizofrenia pregona Urbi et orbe el paleto ilustrado, venerado por ese pueblo entontecido sin remedio, pero eso si, mi perro marca todas las esquinas y caga como un león.

Definitivamente, estar jubilado, y poder mandar a todos a tomar por la retaguardia, de momento, es un lujo.

Ya veremos…

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