Ese controvertido e incierto concepto de democracia

En la actual y mediocre dictadura de lo políticamente correcto, no se permite abjurar de la llamada democracia, so pena de ser adjetivado de cualquier herejía política, o abanderado de cualquier posición extrema, ajena a la condición muelle de la manada al uso.

Democracia ha pasado a ser un término determinante a la hora de abordar cualquier cuestión política que requiera de análisis medianamente aceptables. No obstante, y como suele ser habitual en múltiples materias, nada más lejos de la realidad cuando de enfrentar la puridad del concepto con la praxis en la vida real se trata, y ello en abierta contradicción entre la imposibilidad de su ejercicio en tiempos pretéritos y las posibilidades actuales que da la tecnología, de lograrlo en la actualidad.

En democracia, el poder reside en el pueblo, es la voluntad, la decisión, el poder del pueblo para ese pueblo, algo que fue medianamente posible en sus inicios, cuando las decisiones del pueblo eran posibles en el ámbito del ágora, donde el pueblo intervenía y cada cual daba sus argumentos, todos los escuchaban y finalmente decidían para que otros, el gobierno de turno, las ejecutasen. En el momento en el que las ciudades crecen y ello ya no es posible, la democracia auténtica se va sustituyendo por otra clase de sistemas a los que se les mantiene el concepto formal de democracia añadiéndoles el adjetivo de derivada, indirecta, orgánica, etc. pues ya no era posible ni conocer la voluntad de ese pueblo, ni exponer a todos las ideas, o debatirlas, naciendo entonces los partidos como agrupaciones de las distintas ideologías o militancias en ideas, lo que hacía que el individuo delegase no solo su voluntad, sino incluso su capacidad de información, participación y demás virtudes inherentes al propio criterio.

Hoy, sin embargo, y debido al progreso de la tecnología, aquellos viejos problemas de incapacidad de conocimiento de la información, de debate y de toma de decisiones por multitudes no abarcarles, han sido fácilmente vencidos a través de la informática, y el ejercicio de la democracia real y en puridad, vuelven a ser posibles, siendo precisamente los partidos políticos, en teoría los mayores defensores de la “democracia”, los que se cierran a cal y canto a reconocer y aplicar tales avances, so pena de su propia desaparición y de la posibilidad de “colocar” a los suyos.

A través de la informática, el ciudadano puede estar perfectamente informado de cualquier materia, de sus múltiples puntos de vista, de sus pros y contras, y de todo lo que precise para su toma de decisión. Al mismo tiempo su voluntad puede ser transmitida al momento, computadorizada, procesada, y dar como resultado instantáneamente una decisión que ponga de manifiesto, sin margen de error, esa voluntad popular que constituye la propia esencia de la democracia.

Por otra parte, la democracia, como arma enormemente potente, resulta sumamente delicada, pues para su correcto ejercicio debe ser aplicada desde un conocimiento en profundidad de los temas a tratar, y desde posturas prudentes, comedidas, y responsables, absolutamente ajenas a la frivolidad, por parte de quienes la practican pasivamente a la hora de tomar las personales decisiones, que a todos y cada uno competen, pues sus enemigos, como la demagogia, el populismo y la mentira, resultan estar siempre presentes como instrumento enormemente efectivo por quienes aspiran, activamente, a valerse de ella para la consecución de su propios intereses, ya sean personales o en grupo (partidos).

Así las cosas, y aun debiendo ser todos demócratas “de toda la vida” para prosperar en la manada, la democracia en puridad no se practica todavía en ninguna parte del mundo, salvo en determinados asuntos en Suiza y en el Estado de California, poco más.

Otro sistema que hoy pudiera dar buenos resultados es la aristocracia como gobierno de los mejores, aunque la palabra que lo define y por un deterioro sufrido durante siglos al adjudicársele a quienes desde monarquías absolutas eran premiados como mejores servidores, haya oscurecido el verdadero significado, llevaría al poder no a quienes el pueblo decidiese, sino a quienes mejor preparados estuviesen para llevar a cabo su labor de gobierno, lo que desde la iniciativa privada suele practicarse cuando de ejercer responsabilidades determinantes se trata y lo que ya Platón defendía en contra de la democracia si se trataba de la salud de un hijo, la búsqueda del mejor a la hora de pretender su curación, en oposición al criterio de la masa.

El problema de la aristocracia es la dificultad de determinación de los mejores, de quien ha de tomar tales decisiones y de la dificultad de precisar esa excelencia.

Curiosamente, la medicina solo pueden ejercerla los médicos, la arquitectura los arquitectos, la ingeniería los ingenieros, la abogacía los abogados, etc., y sin embargo, no son los politólogos los encargados de ejercer en exclusiva la política, sino que para eso, para definir nuestros destinos, sorprendentemente, vale cualquiera. 

Hoy, de todas formas, ni disponemos de democracia ni de aristocracia, pues ni el pueblo decide nada directamente, ni los nombrados son los mejores en nada.

La democracia por tanto solo puede ser efectiva con pueblos bien informados, responsables, con sentido de Estado, con un cierto nivel cultural, con sentido del medio y el largo plazo y con la generosidad suficiente como para anteponer los intereses generales, es decir, una auténtica utopía.

Por otra parte, afirmativamente existe un concepto que mantiene a los Estados como garantes de paz entre sus ciudadanos, el Estado de Derecho, o comunidad en la que impera el ejercicio de la ley, donde nada es factible fuera de su cumplimiento, de una ley elaborada y aprobada por el Parlamento de cada nación como voluntad del pueblo en cuanto a la forma de regular los distintos problemas a considerar, aunque ese Parlamento no esté formado por otra cosa que no sean las listas definidas por los distintos partidos, y no aquellas personas que hubiese designado el pueblo de poder hacerlo, o consecuencia de un proceso aristocrático previo, que con toda seguridad nada tendrían que ver con las que hoy son “elegidas”.

Es primero por tanto el Estado de Derecho, es decir, el imperio de la ley, y tras este, el sistema político que nos conduzca a su formación.

La “muy honorable” gilipollez del fascista Torra, asegurando que primero es la democracia y luego la ley, es la prueba más evidente de lo expuesto, ya que con el sistema imperante, cualquier imbécil puede llegar a presidente de un gobierno, algo de lo que estamos sobrados últimamente.

Mire usted, “president”, como anda usted cortito de entendederas, mejor lo entenderá con un ejemplo. Hoy el hombre más rico de España es el gallego Amancio Ortega, a quien se le supone una fortuna de unos 67.000 millones de euros. El pueblo español, a quien incluyo aunque le moleste, alcanza la cifra cercana a los 47 millones de personas. Si pusiéramos a votación, todo lo democrática que usted quiera, el repartirnos la fortuna del “pobre” Amancio, lo que nos tocaría a cerca de 1.500 euros a cada uno, catalanes incluidos, le aseguro que es enormemente probable que democráticamente lo dejásemos en la ruina, algo que precisamente impide la ley, que le garantiza a este señor pacíficamente, el poder seguir creando puestos de trabajo, pagar sus impuestos y seguir contribuyendo a importantes obras de beneficencia, beneficios particulares aparte. Lo mismo ocurre si democráticamente decidimos el no pagar impuestos, algo que la ley impide para poder seguir teniendo colegios, hospitales, carreteras, pagarle a usted un sueldo de casi el doble que al presidente del gobierno español, o que no haya multas, etc. La voluntad popular, no es la panacea, por eso tiene algo que le supera, controla, e impide ser utilizada al margen de otros afectados, algo a lo que todos nos debemos: la ley.

Esa misma ley es la que se les debe aplicar a ustedes cuando cometen un delito, no por sus ideas pues, de hecho, usted, el presidente de su Parlamento y demás colegas, tienen las mismas ideas que los encarcelados y sin embargo están libres, lo que prueba que eso de la persecución por las ideas no es más que una pajichuela mental que ustedes se montan, a mayor gloria de los patanes que les rien las gracias. Si España persiguiera a quienes, como usted, pueden expresarse libremente, aunque digan las gilipolleces de las que usted alardea cada día, hoy estaría sentado al lado del meapilas del Oriol, o huido cobardemente de la justicia como el “muy honorable” Puigdemont, vagabundeando e implorando un estrado para alardear su fascismo de barretina, tras dejar en la estacada a quienes se la jugaron y aguantaron el tirón.

Si ustedes quieren votar sobre la querencia o no de los catalanes a ser independientes, precisamente por ser España un Estado de Derecho y no permitir su Constitución ese tipo de votaciones al afectar a todos y no solo a ustedes, deberán recurrir precisamente a ese Parlamento para que mediante una modificación de la Constitución, y argumentando sus razones, se pueda llevar a cabo ese tipo de referéndums, como expresión genuina de la democracia, con lo que particularmente estoy perfectamente de acuerdo en cuanto a su carácter consultivo.

Una vez conseguido, partidarios y no partidarios habrán de argumentar sus razones para, finalmente, tomar la decisión de sentirse o no independientes, para a partir de ahí y en caso de resultar apoyados sus planteamientos, tomar la decisión de solicitar del pueblo español su pretendida independencia, para que sea ese pueblo, al que ustedes también pertenecen, y al que afecta en gran manera la ocurrencia, quien tome la correspondiente decisión. Esa es la ley, les guste o no, por mucho que su fanatismo, pasión o su sentido fascista del Estado les imponga otros caminos.

Finalmente, si el pueblo español se lo consiente, bien porque les convencen sus argumentos o por perderlos de vista, y consiguen por tanto su pretendida independencia, podrán finalmente irse de España, aunque también de Europa, de la ONU, de la UNESCO, de la OTAN, de toda una serie de organismos internacionales, sin ejercito, sin moneda, con fronteras, en la ruina, con un idioma de andar por casa, o bien utilizando el español mal que les pese, con su Barça desaparecido, etc., aunque eso si, con el “caganer” como signo identitario, pues serán los únicos en el mundo que tienen a un tío que va a cagar de monte, como seña de identidad.

Como catalán, me pone de los nervios tanta estupidez, tanta paletada y tanto imbécil con barretina y “hecho diferencial”, pretendiendo representar a mi pueblo.          

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