Memoria histórica

Los españoles, y en general todos los pueblos de habla hispana, disponemos de una lengua (en el sentido más noble de la palabra) extraordinaria, de la que cuida la Real Academia Española, quien la limpia, fija y da esplendor. Una Institución que hoy en día, ante el ataque, intencionado o no, de esa gran parte de la sociedad que muestra públicamente, incluso de forma excelsa, su preocupante incultura, su ignorante desafío y su meditada demagogia hacia el correcto uso del idioma, adquiere un fuerte protagonismo a la hora de poner cada término en el lugar que le corresponde. 

La RAE pues, define la palabra “memoria” como la facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado. Si al concepto le añadimos el término “histórica”, el recuerdo hará entonces referencia a hechos históricos, es decir a hechos perfectamente documentados, probados, demostrables, ya que la historia no se nutre ni de fantasías ni de subjetividad, sino de hechos objetivos realmente ocurridos, aunque luego cada historiador pueda darle el matiz que crea conveniente, la explicación que considere adecuada, o el sesgo histórico que haga más comprensible el relato, pero siempre ateniéndose a los hechos probados.

Así las cosas, la historia tiene entre otras, y como misión preponderante, la del saber, el hecho cultural de conocer el devenir de acontecimientos pasados que han marcado, de alguna manera, nuestra existencia actual. La Historia pues, no entiende de revisiones subjetivas, sino de aquellas a las que un superior conocimiento sobre los hechos aconsejan revisar, y no para fomentar odios, resentimientos o venganzas, sino para una mayor información de quienes quieran acercarse culturalmente al proceso histórico.

Hoy asistimos a un despropósito institucionalizado convertido en ley, al que hemos bautizado de forma absolutamente absurda como “ley de la memoria histórica”, cuando si algo tiene la historia, por cambiante en cuanto a la apertura de su conocimiento a través de la investigación, como todo proceso cultural, es el de no poder estar sometida por tanto a algo tan cerrado como es una ley, que entre otras cosas exige su cumplimiento, su hecho punible y su correspondiente sanción, pues la historia no se impone, ni desde una dictadura de derechas ni de izquierdas, y menos desde una supuesta democracia como la nuestra, que desgraciadamente todo lo tergiversa en función de los intereses partidistas de quien corta el bacalao en cada momento, algo gravemente censurable, pero el querer hacer de su idea de memoria una ley, ya sobrepasa cualquier indicio de absoluta estupidez.

Hoy he recibido un correo que dice lo siguiente: “Hoy se cumplen 81 años del mayor atraco de la historia de la humanidad. Como suena. Sucedió en Madrid y aun así es desconocido en sus verdaderas dimensiones por la mayor parte de los españoles. Imagínate la de estudios, novelas históricas, películas, obras de teatro, operas, cuadros y esculturas se podrían hacer con semejante suceso. Pero no pasa nada de nada porque lo perpetraron gentes que tienen patente de corso aquí, allí y allá. 

Veamos: En la madrugada del 14 de septiembre de 1936, un grupo de cerrajeros, sindicalistas y pistoleros de la motorizada (la guardia personal del líder del PSOE Indalecio Prieto, quienes menos de dos meses antes habían asesinado a Calvo Sotelo) asaltaron el Banco de España, que estaba donde ahora, en la plaza de Cibeles. Los enviaba el ministro de Hacienda, del PSOE, Juan Negrín. El gobierno lo presidía Francisco Largo Caballero, también del PSOE. Arramplaron con la que era la cuarta reserva de oro del planeta. El cajero mayor se suicidó de un disparo en su despacho, abrumado por semejante expolio. El presidente de la república, Manuel Azaña, no fue informado y tampoco las Cortes, lo que despeja cualquier duda: no fue, en absoluto, una operación digamos económico-política, sino un atraco monstruoso. 

El 25 de octubre, los buques soviéticos, Kine, Kursk, Neva y Volgoles zarparon de Cartagena con el oro, rumbo a Odesa, donde Stalin se quedó con todo. Posteriormente le siguió el asalto a las cajas de seguridad de los bancos de Madrid.

Los mandarines de la memoria histórica callan. Pero es evidente que todo lo malo que hace la izquierda en este país no tiene importancia o carece de la difusión necesaria. Esto también es “memoria histórica”.

Es evidente que la “historia” se transmite siempre desde el poder y que la historia de una guerra civil tiene siempre en el bando vencedor la primera versión de “la historia”, de manera que esa historia es la que se transmite a las primeras generaciones. Cuando el bando perdedor recupera el poder, la versión de la historia es lo primero que cambia, y los buenos de entonces son los malos de ahora, pasando entonces a magnificar unos hechos y a ignorar otros. Esto es algo de lo que no podemos librarnos los verdaderos amantes de la historia con mayusculas, del relato de los hechos objetivos, aunque estemos estudiando hechos ocurridos siglos atrás, ya que siempre hay un componente en cualquier hecho histórico que gusta o no gusta al poder transitorio, y por ello dificulta o favorece su difusión. 

Antes los Reyes Católicos, Colón, Pizarro, etc., eran un ejemplo, y hoy son poco menos que unos miserables, hasta que vuelvan a dar la vuelta a la tortilla y recuperen su aprecio por un nuevo ciudadano a quien así se le trasmitan las cosas, de ahí que la historia requiera de tiempo, contraste de lecturas y mucha objetividad para seguirla adecuadamente.

Por mi edad, he tenido la ocasión de conocer, en cierta profundidad, por mi afición al asunto, los vaivenes de la transmisión histórica en estos tiempos en que me ha tocado vivir. He vivido 27 años la España de Franco y 43 la España contra Franco, y si se sabe y se quiere buscar, tanto en una época como en otra, una aproximación historia a la realidad y veracidad de los hechos, se encuentra. Por poner un ejemplo, si antes querías información contraria a la versión oficial sobre la España de Franco, había quien te facilitaba libros editados en Mejico o en Argentina, no sin cierto riesgo, donde podías obtener una versión muy distinta de la historia, lo cual no garantizaba que fuera la verdadera, pero si el contraste. Por otra parte, si hoy quieres información contraria a la versión oficial del 23-F, en la que se pone de manifiesto que el rey estaba implicado hasta las cejas, así como altos dirigentes de la “democracia”, también los consigues, aunque no es fácil.

Lo que si es cierto, es que si alguien hoy en día, y para conocimiento de lo que fue la guerra civil española, quiere información real, habrá de leer la “historia” de unos y otros, contrastar los hechos probados, y hacerlo desde la objetividad, el espíritu abierto, y nunca desde la fe o la militancia, ya que estos suelen negar los hechos, aunque se trate de los más evidentes, al igual que hoy hacen muchos nazis ante el holocausto. Desgraciadamente los que tendrán que esperar a una nueva generación, al igual que nos ocurrió a nosotros, son aquellos que hoy van al “colegio” donde tradicionalmente se les inculca la versión oficial, algo que suele suceder con la historia, la religión, la literatura, etc. algo de lo que no te libras hasta que tu afición a algo concreto te lleva a profundizar mas objetivamente en los temas de que se trate, como ha sido mi caso con la historia y con la religión.

Lo expuesto en el correo anterior, en lineas generales, es radicalmente cierto. Desde el poder, miembros del PSOE tan señalados como Indalecio Prieto, máximo líder del partido y ministro de Marina y Aire, Largo Caballero, presidente del gobierno de la República y Juan Negrín, ministro de Hacienda y futuro presidente del gobierno de la República, por medio de los asesinos de Calvo Sotelo (jefe de la oposición en el Parlamento), entre otros, asaltaron el Banco de España y dejaron a todos los españoles sin sus reservas de oro, para entregárselas a Stalin, comunista y el mayor asesino en serie de la historia de la humanidad.

Se trataba realmente de 3/4 parte de las reservas de oro, plata, monedas, joyas y metales preciosos de que disponía el Banco de España, mientras el cuarto restante era vendido a Francia para el financiamiento de la guerra, al menos teóricamente. 

En el momento en que Negrín decide el traslado, Stalin ordena a su embajador “Si los españoles le exigen un recibo por el cargamento, niéguese. Repito, niéguese a firmar nada y diga que el Banco del Estado preparará un recibo formal en Moscú”.

Para el traslado a Cartagena, Negrín, ante posibles problemas, extendió credenciales a los transportistas soviéticos como supuestos representantes del Banco de América, mientras que durante los tres días que duró el embarque del cargamento desaparecieron alrededor de 100 cajas de oro, de un oro que puesto en el suelo de la plaza Roja de Moscú hubiera ocupado la totalidad de la plaza.

Una vez el oro en Moscú, Stalin, en la cena de celebración, llegó a decir: “Los españoles no verán su oro nunca más, como tampoco ven sus orejas”. Mas tarde la URSS otorgaba formalmente la titularidad del “depósito” al Estado español republicano, no así verdadero dueño, el Banco de España.

Transcurrido el tiempo, Stalin fue liquidando a todos y cada uno de los testigos del expolio, al tiempo que en España, Largo Caballero culparía a Negrín de negarse siempre a dar explicaciones sobre el destino final del llamado “oro de Moscú”.   

A partir de ahí, desde la derecha incluso hincharán más, si cabe (casi no cabe) el asunto, y desde la izquierda, lo negarán o lo disculparán alegando que lo hacían para que no cayera en manos de los golpistas, como si estos se lo fueran a fundir, por lo que se lo “cedieron en custodia” al bueno de Stalin, quien una vez sometidos los golpistas, se lo devolvería a España, y olé.

Con el advenimiento de esta supuesta democracia que vivimos, tenía un amigo que leía habitualmente dos periódicos al tiempo, el País y Arriba, con lo que, unido a su prudencia objetiva, conseguía siempre ser el más y mejor informado de la peña, querencias particulares aparte. 

Si la guerra es el fracaso cruento de la política, es evidente que una posguerra beligerante sigue siendo un indicativo de fracaso incruento de la política, pero fracaso al fin, y en esas estamos. 

Acabemos con la “ley” de la memoria histórica, vivamos la historia en libertad, sin leyes, plácidamente y con criterios de conocimiento objetivo, olvidemos rencores, revisiones, venganzas, resentimientos, odios ancestrales y toda esa secuela de sentimientos negativos que tanto fracasado de la política, huérfano de ideas, nos quiere hacer vivir para beneficio exclusivo de una rentabilidad propia, incapaz de conseguirla por el camino de la generosidad, de la comprensión, del sacrificio en bien de todos los demás y de propuestas en consecuencia.

Ahora que afortunadamente nos hemos librado ya de ese coñazo de peces bebiendo en el rio, la burra que va a Belén, el Caballero haciendo el chorra (de esto va a ser difícil librarse) y de tanta campanada, trajecito y gilipolleces varias, hagamos el ejercicio de ser más objetivos, de opinar con criterios propios, de no dejarse mangonear y de poner un poco de nuestra parte en el deber, como ciudadanos, de estar bien informados. 

No es fácil… pero.      

      

     

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