Limpiezas políticamente incorrectas

Hace escasamente unos días, un querido cuñado con el que me cruzo artículos que nos parecen interesantes, entretenidos o fundamentales, me remitía uno aparecido en el diario “El Mundo” con la firma de Fernando Aramburu, titulado “Gloria al papel higiénico”. En él se hace un pequeño repaso al devenir histórico de la limpieza de esas partes, por algunos llamadas nobles en cuanto a las delanteras se refiere, y tan denostadas históricamente, aunque en acelerado proceso de valoración, las traseras.Conviene precisar que la limpieza, en general, y la que nos ocupa en particular, nunca ha marchado en paralelo con los progresos de la ciencia, de la técnica o de la sabiduría a lo largo de la historia, pues hasta hace bien poco, incluso en las capas más formadas de la sociedad, brillaba (es un decir) bastante por su ausencia, algo que todavía sigue siendo, para muchos, una asignatura pendiente.

Nos ilustraba Aramburu con el conocimiento de los distintos utensilios utilizados en la mínima higiene que ha acompañado siempre a la llamada excreción, o  restos, tanto en forma liquida como sólida o gaseosa, que expulsa el cuerpo cuando decide prescindir de aquello que le sobra una vez procesada la nutrición. Nos hablaba del agua corriente, la no tan corriente, las piedras, las hojas, trapos, papeles, periódicos (ahí, en algunos casos, estoy bastante de acuerdo), instrumentos al uso, como la esponja sujeta a un palo, o incluso la palangana versallesca, activada por el niño del pis, quien se apañaba en limpiar las partes nobles y no tan nobles de los nobles guarros franchutes, que tenían a bien hacer todo tipo de necesidades en cualquier rincón de palacio o en una esquina de los extraordinarios jardines.

Al respecto, recuerdo haber escrito, hace unos quince años aproximadamente, una serie de pequeños artículos sobre la materia, que titulé “la higiene y los aparatos sanitarios” que, una vez unificados, paso a transcribir, al tratarse de algo intemporal, desgraciadamente de lento progreso.    

Por lo general, la lavandería corporal tiene lugar en dependencias que llamamos, por simplificar, cuartos de baño. El de una vivienda, suele constar de un lavabo (bajito), una bañera con ducha, un inodoro (alto) y opcionalmente un bidé, cuando lo lógico, hoy en día, en pleno siglo XXI, es que conste de dos lavabos (más altos), una ducha con zona de secado y, un inodoro (bajito) y bidé independientes de los primeros.

Por otro lado, los aseos públicos, que no servicios, suelen disponer, como mínimo, el de hombres, de un lavabo con un solo grifo de agua fria, un inodoro independiente, un urinario y puerta abierta desde donde se suele observar toda la maniobra. El de mujeres, otro lavabo, también solo con agua fria, un inodoro independiente, y una cola de mujeres afuera esperando, cuando el de hombres debería disponer de un par de lavabos con agua fria y caliente, así como de otro par de inodoros independientes, sin urinario alguno (una guarrada), siendo el de mujeres, al menos igual al anterior.  

¿A que han de obedecer esos cambios? Evidentemente a una mejor higiene personal, una más grata convivencia y una adecuación a los tiempos.

Analicemos la situación: En una vivienda, un cuarto de baño ha de posibilitar la higiene completa de dos personas al mismo tiempo, ya que hay que prever que  puedan utilizarlo a la misma hora. Como además hay que salvaguardar cierta intimidad para una mejor convivencia, el inodoro es necesario aislarlo, por mucha familiaridad que se tenga. 

En cuanto al bidé, llama la atención que alguien pueda considerarlo un aparato opcional, lo que denota una importante guarrería, cuando se trata de un sanitario absolutamente imprescindible para una correcta higiene de las partes. Tanto hombres como mujeres utilizan el inodoro y consecuentemente un papel que, al igual que para una sartén, se debe utilizar para llevar a cabo una limpieza previa aunque apurada, para después limpiar lo limpiable con jabón, y secarlo. Parece absurdo que pongamos más atención en la limpieza de una sartén que en ciertas partes, que incluso llamamos nobles, de nuestro propio cuerpo. El bidé es imprescindible para una higiene correcta, y más para usarlo antes de acostarse, para cambiar a un niño pequeño, o simplemente para sacarse las arenas de los pies al volver de la playa. Curiosamente, los americanos, que todo lo analizan, han descubierto que una parte importante de la falta de relaciones sexuales, e incluso de divorcios, se debe a la falta de higiene personal de unos y otras… y del bobo pudor que supone no hablarlo, por supuesto.

Otro aparato mal diseñado y utilizado es el inodoro, que se sitúa muy alto, de manera que la persona no puede tener las rodillas más altas que sus posaderas, posición indispensable para no forzar y consecuentemente para no ser acreedor a unas importantes hemorroides. En eso la placa turca, aunque bastante asquerosa e incómoda, ofrecía resultados mas saludables. El inodoro debe posibilitar que la persona pueda echarse hacia atrás, con los pies apoyados en el suelo, las rodillas altas, y siempre, se haga lo que se haga, tirar de la cadena, usar la escobilla, volver a tirar de la cadena (descarga corta) y bajar la tapa, a pesar de lo que diga el ministro inglés, de solo usar el agua para necesidades “mayores” (¡menudo guarro!).

En cuanto a los lavabos, antiguamente solían tener pie y la altura iba relacionada con la del individuo, de manera que no tuviera que doblar la columna excesivamente para lavarse. Han pasado gran cantidad de años, la raza ha crecido considerablemente, los libros de arquitectura al uso no han evolucionado y las alturas del aparato siguen manteniéndose, con lo cual ahora debemos agacharnos para usar el lavabo, otro contrasentido y otra oposición que hacemos a destrozarnos la columna vertebral, y no digamos ya la torsión e incomodidad que significa el uso de un único lavabo para dos personas.

Finalmente, la bañera, era un aparato usado cuando las costumbres higiénicas dejaban bastante que desear y el individuo se bañaba de vez en cuando, chapoteando en agua sucia y no era de ducha diaria como hoy. Actualmente, la bañera es una mala ducha, estrecha, resbaladiza, alta para entrar, incómoda, que por su ocupación, bien puede ser sustituida por una ducha que además incorpore una zona de secado, mucho más cómodo, higiénico y práctico para la tercera edad o para discapacitados.

En cuanto a los urinarios, parece mentira que aun se siga utilizando tamaña guarrería, en la que una serie de hombres se alinea para hacer sus necesidades “menores”, rodeados de colegas que suelen disimular miradas indiscretas, y que al terminar, sacuden sus partes nobles y tras una maniobra de culo hacia fuera, guardan en húmedas condiciones sus “atributos”, en situaciones de almacenaje nada recomendables.

Finalmente, a nadie debería ocurrírsele que antes de comer en un restaurante no podamos lavarnos las manos con agua caliente (¿vamos a restaurantes que no tienen agua caliente?) y tengamos que sentarnos a la mesa en invierno con las manos congeladas, porque da la sensación de que el gremio tiene a bien el negarnos un mínimo calorcito antes de disponernos a ingerir lo que finalmente, una vez procesado, tenga como destino el paso por otros sanitarios menos nobles que el lavabo, donde ya ni agua caliente, ni gaitas y en general en un estado bastante mejorable.  

Parece mentira que cosas tan tontas de resolver, pero tan convenientes, sigan sin preocupar a gran parte de una sociedad, que aunque bastante más limpia que la mayoría de las europeas (lo de los nórdicos es terrible), aun tenga la asignatura de la higiene personal pendiente de una nueva convocatoria, y sobre todo, muy abandonada a la hora de transmitirla a los hijos, tanto desde la escuela, como desde las propias familias.

Aparatos sanitarios aparte, resulta sorprendente la peculiar educación sanitario-corporal que atesora el personal. Esta es una materia que, curiosamente no se enseña en la escuela y que, para su formación, cada uno debe ir bebiendo en otras fuentes, empezando por la de su propia familia y terminando por la que ofrece la vida o el resultado de un proceso intelectual sobre el particular.

Curiosamente parece que existe una uniformidad a la hora de tratar a los bebes al respecto. Se tumba al bebe boca arriba sobre la mesa, se le levantan las piernecitas, se le pasa algo absorbente por sus partes hasta que aquello quede medianamente limpio, se termina la faena con un paño húmedo, se le echan unos polvitos, colonia o cualquier otro aditamento, se le pone el pañal y ya tenemos un bebe de anuncio. La decadencia comienza cuando empezamos a considerar la autonomía del chaval a la hora de hacer sus cosas, sin meternos en que ello comporta ya una postura en vertical y unas instrucciones, constatando en general que nadie se preocupa de enseñarle a utilizar adecuadamente unos aparatos sanitarios de los que quizá sus padres suelen hacer un uso bastante reprobable. Pero, ¿dónde la evidencia de tales insinuaciones es mas patente?, invariablemente en los aseos públicos. En una cafetería, en el aeropuerto, en un restaurante, en un centro comercial se certifica, sin lugar a dudas, el grado de guarrerío de un país, una autonomía, una ciudad, un barrio y en general de una sociedad a la que en este sentido aun le faltan bastantes hervores.

Lo normal es que entres en el aseo correspondiente y, aunque no voy a hablar del urinario al haberlo hecho anteriormente, nos metamos directamente en un “reservado” y comencemos por observar el panorama: De entrada la limpieza suele estar ausente y el suelo mojado, pues aunque allí en lugar de un urinario exista un inodoro, el machito de turno sigue usándolo como si de aquella guarrería se tratase y su masculino proceder le obligase a obrar de pie, pues existe la creencia que un hombre evidentemente dejaría de serlo si no adoptase tal postura para semejantes menesteres. Otra cosa es la puntería, habilidad para la que el genero masculino no parece estar especialmente dotado, al menos con el tipo de escopeta con que se practica en tales reductos. Visto el panorama, buscamos un colgador donde dejar la chaqueta, lo que como también suele resultar harto complicado, acabamos colgándola de la manilla de la puerta esperando que nadie trate de entrar, la gire (la manilla) y nos caiga al suelo. Medio solucionado el problema, se nos presenta la tarea de limpiar taza y alrededores antes de que al bajarnos el pantalón, este se nos moje con el riego por goteo con que se suelen cultivar los alrededores de las tazas. Por supuesto, antes de escoger un reservado u otro, conviene comprobar la existencia o no de papel, ya que de no advertir tal precaución, el problema puede agravarse de forma considerable. Terminada la faena, sea de menores o mayores esfuerzos, convendría advertir al personal que esas piezas llamadas inodoros disponen de un sistema por el cual, en caso de accionarse, emanan una cantidad de agua que suele dejar aquello bastante habilitado para una próxima ocupación, de forma y manera que si además se utilizan unas escobillas al efecto, y se vuelve a utilizar el mencionado mecanismo, el asunto queda finalmente rematado, ya que incomprensiblemente a nadie, absolutamente a nadie, se le ocurre proyectar un bidé donde poder limpiarse de forma mas efectiva.

Ah!, si alguien va a “menores” y decide hacerlo sentado y al finalizar limpiarse convenientemente y tirar de la cadena… aunque entonces ya no se deje impronta alguna, no se pierde la masculinidad, ni incluso bajando la tapa. Lo he comprobado.

Curiosamente, la “enfermedad” mas extendida en España son las hemorroides (dolencia vergonzante), también llamadas almorranas, con un 80% de paisanos y paisanas afectados por tamaña impertinencia situada allí, lo que nos lleva a proclamar la existencia de una relación inquebrantable entre dolencia tan innoble y su majestad el bidé y el uso correcto del llamado inodoro.

Pero, ¿que es un bidé?, ¿cuáles son sus orígenes?

Escudriñando en las fuentes, es de rigor traer aquí a La Trinca y sus investigaciones sobre el barón de Bidet, a saber:

En el siglo dieciocho en París hizo furor el Barón de Bidé, famosísimo inventor. El Barón especulaba con la posibilidad de tomar baños de asiento sin perder la dignidad. En las fuentes de Versalles contempló con estupor a unos patos arrimar el culo a un surtidor. Y exclamó el señor “Mesié”: ¡Eureka! Je le encontré Ohlalá! Oh! mondié! Je feré une filigrane que serà una palangane con el chorro incorporé! Con la excusa del diseño, el Barón el muy truhán se pegaba el gran filete con madame de Chateaubriand. La eficacia del invento alcanzó tal dimensión que en la corte del gabacho descendió la polución. Insaciable el populacho exigía su bidé para poderse lavar sentado y no de pie. Y salieron en cuadrilla y tomaron la Bastilla ¿Quesquesé se merdé??? preguntaba la nobleza, la revolución francesa, ¿Quesque vous avez pensé? Se instauró le egalité, liberté y fraternité y en París no quedó ni un trasero sin bidé. Y así gracias a Danton, a Marat y a Robespierre las madamas de la Francia, se lavan la “pomme de terre” y el Barón por este invento las naciones honrarán como al conde de Foi-gras y al Marqués de Croissant. Y este es el relato exacto del Barón y su artefacto. Y jamás hallarás sensación más refrescante por detrás y por delante, por delante y por detrás. ¿Algo que objetar?.

A partir de estos nobles orígenes, popular en ciertos países y desconocido en otros, se utiliza con cierta dedicación en el sur de Europa (Grecia, Italia, Portugal y España), mientras se venera en Argentina, Uruguay y Japón, siendo común en ciertas partes de oriente medio y Asia, así como poco usado por los guarros nórdicos y súbditos de su graciosa majestad, tan civilizados ellos, pero tan poco cuidadosos de sus partes. En España, desgraciadamente, solo algo menos del 25% de los tíos y algo más del 25% de las titis, lo usan regularmente para lo que es, para la higiene de las partes donde gran parte de los españoles hacemos residir alguno de nuestros atributos mas notables y juegos más divertidos. Los argentinos, los más expertos y limpios (¿no es sierto?), lo utilizan de chorro vertical de agua caliente, tras “ir de cuerpo” y al ir a acostarse, por detrás y por delante (choto y concha, viste). Como debe ser.

Volviendo a la prevención y cura de las hemorroides, un problema, principalmente de higiene (asignatura pendiente), donde la exigencia de bidés en los cuartos de baño es fundamental, un consejo conviene dar, ya que en buena parte también son causa de haber forzado los esfínteres, algo tremendamente contraproducente, de ahí que:  

Nunca hacer fuerza con el esfínter al defecar. Hacer fuerza con las manos o con los pies apoyados en algún objeto firme cercano, de ahí la importancia del diseño adecuado del inodoro en los cuartos de baño (esto lo ignoran la totalidad de los arquitectos), a poder ser con paredes laterales o enfrentadas cercanas, a nuestro alcance de manos o pies. A esos efectos (no a los higiénicos), lo mejor era la placa turca o la postura bucólica natural campestre con regato cercano, pues al tener el pompis por debajo de las rodillas, la natural evacuación fluye sin mayores dificultades.

Rematada la faena, una pasadita con papel higiénico suave para una primera limpieza (restregar los restos alrededor del ojete como misión final, será muy democrático pero, no deja de ser una guarrada) y proseguir mediante lavado con agua y jabón neutro en el bidé (como si limpiáramos una sartén), … y jamás hallarás sensación mas refrescante, por detrás y por delante, por delante y por detrás. Tu ropa interior no sea resentirá, tu convivencia se verá favorecida y en tu fuero interno te sentirás cada vez más alejado del común guarrerío, aun patente en nuestra culta, progresista e industrializada sociedad.

¿Porque será que tanto nos cuesta hablar desahogadamente de aquello de lo que ningún humano puede escapar, y que por eso lo hacemos tan rematadamente mal: morir, mear y cagar?.

Sin categoría

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*