Apacienta mis ovejas…

 

Para una mente racional, lógica y que aspira al conocimiento, cuesta muchos años y mucha renuncia, el acabar aceptando que el ser humano, llamado racional, se rija en su mayor parte, más por emociones, fantasías y fe en aquello que desea y con aquello que se siente cómodo y amparado, que en el uso de la razón para su discernimiento, la aceptación de la realidad y la necesidad del conocimiento. 

Tras una vida negándome a admitir esa realidad y tras constantes demostraciones sobre lo falso de mis esperanzas, he de reconocer que estamos a años luz de conseguir una sociedad en la que predominen aquellas virtudes esperadas y que incluso se van incrementando los porcentajes de la sociedad que se rige por apostar por sus emociones, por ampararse en fantasías y por buscar la verdad fuera de sus propias convicciones, en favor del dictado de las mediocres mayorías apesebradas por quienes las manejan a su exclusivo provecho.

Desde que el mundo lo es, el hombre ha buscado incesantemente la felicidad, un concepto a veces de difícil definición, variable y enormemente subjetivo, pues ante unos mismos hechos a unos se la produce y a otros les deja en la más absoluta infelicidad, llegando incluso en algunos casos al enfrentamiento entre destinatarios del hecho que lo produce.

Generalmente, los campos en los que se producen mayores diferencias en cuanto a resultados, se centran en el de la política y la religión, los dos temas que más guerras, más muertes, más intolerancia y más miseria han cosechado a lo largo de la historia.

Mientras el mundo de la política abarca todo aquello que sucede en el mundo conocido, en el mundo real, el de la religión se centra en el mundo de la fantasía, en la esperanza de otra vida tras esta, y en las consecuencias, en esa otra vida, por las acciones en esta.

El ser humano, en general, suele tener un sentido, una intuición hacia la trascendencia, que le lleva a pensar que tras esta vida existe un “más allá”, en el que obtendrá compensación a lo no obtenido en su vida actual, en forma de una felicidad, que cada uno intuye de muy distintas formas. Esta idea, enormemente potente, explotable y de imposible contraste hasta el momento, ha hecho que paralelamente a su “demanda”, hayan nacido infinidad de “ofertas”, muy distintas en función de las épocas en que se producen, pueblos a los que destinarlas y demás circunstancias, aunque todas ellas ofreciendo esa felicidad buscada a través del culto a distintos dioses, cada uno con características adaptadas a las “demandas” de cada pueblo y a sus capacidades de entrega a la causa. Es lo que llamamos religión.

Así cada religión tiene sus dioses o su dios (por supuesto el único verdadero), algunos en forma de objeto, otras de entes inconcretos, algunos en forma de idea y finalmente en forma ya de personajes mas o menos reconocibles.

A lo largo de los siglos, a ese dios o dioses, los humanos han ido asignando determinadas “virtudes”, por supuesto en grado sumo, ya que no se entendería de otra forma. En esas virtudes ha estado siempre la omnipotencia, pues tampoco se entendería un dios que no lo pudiera todo (va en el concepto acuñado). A la mayoría se le ha asignado también el de justiciero, pues el anhelo de justicia también es común al ser humano, aunque como la felicidad, dista mucho de ser unánime en su concepción. El concepto de intransigencia, de autoridad y de fortaleza, también ha estado presente en gran parte del estereotipo de gran cantidad de dioses.

Evidentemente y como nadie ha “regresado” de ese hipotético “más allá”, tampoco nadie puede decir que no sea como cada uno quiere, se siente bien creyéndolo, lo espera, o le dicen los que viven de eso, que es así, alegando revelaciones, apariciones y cualquier fantasía que elaborar se pueda, de manera que al tiempo que resulta imposible probar seriamente su existencia, también lo es el probar su no existencia, aunque la carga de la prueba deba pesar sobre quienes mantienen esa existencia, sin prueba alguna real y seria que lo justifique.

Si nos centramos en aquellas religiones más practicadas en el mundo, nos encontramos con el monoteísmo, que arranca con el judaísmo, que se bifurca posteriormente en el cristianismo y más tarde en el Islam, para luego surgir otras bifurcaciones en el propio cristianismo, con el catolicismo y el protestantismo y sus distintas ramas, e incluso en el Islam con sus distintas tendencias, lo que constituye un árbol frondoso cuyo tronco común es el judaísmo.

El dios de los judíos es una voz que dice escuchar un pastor, en lo que hoy llamamos Oriente Medio, y de esa raíz arranca el inmenso árbol que hoy conocemos, regado a lo largo de estos siglos de existencia por todos aquellos que han pretendido vivir a su sombra, y que en ese tiempo han ido modelando a su antojo, con abonos de todo tipo y aguas de las más injustificables procedencias.

Para judíos y musulmanes, ese dios sigue sin tener figura humana. Tanto Yahvé  (para los judíos) como Alá (para los musulmanes) son de aspecto desconocido, pero ambos, de vez en cuando, se aparecen por medio de sus lugartenientes (ángeles) o directamente en forma de voz, a distintos personajes a los que se denomina profetas, para dictar sus leyes, cuyo cumplimiento hará que los hombres tengan su recompensa en el más allá, obteniendo la felicidad esperada, unos de una forma y otros de otra. De todas maneras, tanto Yahvé como Alá son dioses omnipotentes y justicieros, pero crueles, fuertes, autoritarios, vengativos, etc.

Los cristianos, no obstante, optaron en su cisma del mundo judío por otra opción, y en lugar de seguir a un profeta de los muchos que tenía el mundo judío, lo hicieron en creer que finalmente Yahvé enviaba a la Tierra a su hijo (¿Yahvé tenía mujer?), en forma de hombre, que los hombres lo mataban y que resucitaba para volver con su padre, dejándonos en tierra a algo llamado Espíritu Santo (el actual aunque al que casi nadie parece considerar demasiado), que tampoco nadie sabe a ciencia cierta de que se trata objetivamente, pero que en esa especie de fantasía similar en algunos aspectos al concepto greco-romano de los dioses, ser los tres lo mismo, en distinta forma, pero cada uno encargado de algo parecido según el momento vivido de antes, durante y después del llamado Cristo. Tal es así que ahora ese dios, que también es Yahvé, pasa a ser, por voluntad de quienes así lo interpretan, de justiciero, cruel, fuerte, autoritario, vengativo etc., contenido en el Antiguo Testamento, a  “inmensamente bueno”.

El asunto no es baladí, porque cambia radicalmente el concepto histórico de los “dioses”, de unos dioses de los que era imposible justificar o no su existencia dada la realidad del mundo en que vivimos, así como sus características de omnipotencia  pero impartidores de justicia a su entender autoritario, de venganzas, castigos, etc.

El haber atribuido a ese dios esa novedad de la infinita bondad, tira por tierra toda ambigüedad y la imposibilidad de demostración alguna en cualquier sentido, ya que si esas son las nuevas características, ahora si que es demostrable que ese dios ni existe, ni es verdadero, y que se trata de una pura entelequia, ya que nadie que sea omnipotente e infinitamente bueno puede consentir todas las miserias, injusticias y atrocidades que ocurren a diario. 

La Iglesia (los que viven de la explotación de la idea) ha intentado justificarlo alegando por un lado que las decisiones de su dios son “inescrutables” y por tanto que no pueden ser averiguados ni entendibles (menudo ejemplo de dios) y por otro que las miserias que ocurren son consecuencia de las malas acciones de los hombres (¿de todos?) o bien una prueba a la que son sometidos (menuda canallada), pero existe una realidad para la que no hay respuesta y son las catástrofes naturales, las no provocadas por el hombre y en aquellas que existen miles o millones entre muertos, heridos, huérfanos, incapacitados o incurables.

Cualquier humano, adornado de la capacidad de ser omnipotente y siendo infinitamente bueno, pararía un Tsunami, la explosión de un volcán, o una inundación que acabara con la vida y la hacienda de cualquier familia. Las miserias, atrocidades y desgracias que produce cualquier accidente de los enunciados, no casan con la existencia de un dios omnipotente e inmensamente bueno, de ahí que racionalmente, y el raciocinio dicen los propios cristianos que es una virtud otorgada por su dios a los hombres, el dios de los cristianos, al menos así concebido, sencillamente no existe, es imposible.

Lo que me lleva a pensar lo expuesto en un principio, de que el hombre se rige más por emociones, fantasías y fe en quienes les manejan, que por la razón, la realidad y el conocimiento, aun a pesar de lo meridianamente claro de todo tipo de evidencias de que aquello que les mueve no tiene el menor sentido, pues el deseo de que si lo tenga es mas fuerte que todo lo demás.

¿Existe algún padre hoy en día, que si su hija (soltera) llega embarazada a casa y le cuenta que su embarazo, según le ha dicho un “ángel”, era cosa del Espíritu Santo, pues no ha tenido contacto con chico alguno, le crea?. ¿A alguno (si es que ha habido alguno) en esas circunstancias, se le ha aparecido un ángel (un señor vestido de blanco y con alas) pidiéndole que crea  a la niña?. En caso de que si así fuera, ¿se libraría el pobre de ingresar en un manicomio?

Existen millones, no obstante, que porque un señor (evangelista), hace más de dos mil años, con unos indices de analfabetismo entonces cercanos a la totalidad, que no conocía ni estuvo presente en aquellos momentos, tras pasados más de cincuenta años de esa supuesta acción, lo plasmó en un libro, que posteriormente ha sido manipulado, como la practica totalidad, sucesivas veces por quienes viven del asunto (ha sido habitual), sobre algo que, a saber quien se lo contó, le ocurrió a una mujer (María) en un pueblecito de Galilea, cuando de no reconocer el hijo su prometido (San José), a quien por cierto, “en sueños” se le apareció el ángel de marras para pedirle que creyera a su prometida, la hubieran dilapidado (el castigo de entonces por adulterio), que todo ello además se produjo manteniendo intacta la virginidad de la joven, sin mediar por tanto espermatozoide alguno del pobre José, que de eso se ha hecho la mayor virtud y la mayor causa de adoración y de “apariciones” en el mundo, millones repito, que se lo creen, cuando estamos hablando de lo más irracional del mundo, no probado, inédito en la raza humana y de una fantasía desbordante, para justificación de un hijo de soltera, lo cual, por otra parte, y aun cuando para la propia Iglesia constituye lo que llaman un pecado y otras consideraciones, afortunadamente hoy en día, entre seres civilizados, no tiene la menor trascendencia ni connotación negativa, como tampoco consideramos ya virtud alguna la virginidad, una opción puramente absurda.

¿No es más lógico pensar que esa señora (María) tuvo su hijo con su entonces prometido (José), sin más, en lugar de montar toda esa fantasía, poner al pobre José como un trapo, y todo por que a los que manejan el asunto les interesaba el cumplimiento de una vieja profecía (que nunca se cumplen) que decía que el Mesías nacería de una mujer joven (mal traducido por “virgen”) de la casa de David, cuando además, y según se nos cuenta, el descendiente de la casa de David era José y no María ni el Espíritu Santo, siendo además la “virginidad” de María un dogma interesado y acordado por la Iglesia, muy posterior en el tiempo? 

Hoy los científicos han conseguido, tras años de trabajo e investigación, que una mujer pueda concebir un hijo sin contacto con un hombre, pero ha de ser por inseminación artificial (algo imposible hace más de veinte siglos) y siempre mediante la presencia de un espermatozoide.

¿Existe mayor prueba de que el ser humano acaba creyendo en lo que quiere,  lo que le hace sentir bien, o aquello que calma sus temores y sus desamparos, con independencia de la razón, la realidad o el conocimiento?

Claro que siempre queda la tontería de que como a dios le hemos asignado la más absoluta omnipotencia, cualquier cosa es válida y todo se justifica, la manada opta por creerlo así y la felicidad con ello está asegurada.

Esto sucede prioritariamente en la religión y en la política, en todo aquello que de alguna manera al ser humano le haga creer que con tales actitudes se acerca a la felicidad pretendida, ya sea en este mundo o en un hipotético “más allá” del que nadie sabe absolutamente nada, de nada, de nada. 

El ganadero, cómodamente en su poltrona, si quiere que el negocio prospere, ha de tener pastores que manejen al ganado, perros de pastor que pongan orden y les protejan, un redil que impida la libertad de cada uno, unos lobos con los que meter miedo, y un inmenso rebaño de ovejas que sigan todas las indicaciones del pastor, para finalmente ser esquiladas y sacrificadas en pro de los intereses del ganadero. 

Apacienta mis ovejas…           

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