Borbonas reales y consortes

 

Como sabemos, la dinastía Borbón, da comienzo en España en 1700 con la figura del rey Felipe V, sustituyendo a la anterior familia real de los Austrias, cuyo último rey, Carlos II llamado el hechizado, no fue capaz de engendrar un heredero que diese continuidad a la dinastía reinante en España hasta entonces, incluso tras haber utilizado todo tipo de técnicas, desde las mas avanzadas de entonces, hasta los subterfugios mas pintorescos, mamporreros incluidos.

Dejando a un lado los avatares de una guerra de sucesión que alargó considerablemente el establecimiento efectivo del reinado, la figura de Felipe de Bourbon, duque de Anjou (nieto de Luis XIV y cuarto hijo del Delfín) aporta de entrada, a la corona española, una influencia francesa claramente remarcada en esos primeros años, con un reinado además que habría de ser el más duradero (46 años) de toda la dinastía, hasta ahora.

A lo largo de estos 315 años, han sido 11, con el actual, los reyes de la familia Borbón en España, siendo 16 las consortes (uno de ellos varón, poco mas o menos…) y numerosísimas las amantes, como también muy numerosos los amantes que aportó a la lista la única reina de la saga, la poco menos que ninfómana Isabel II, tatarabuela de Juan Carlos I (de casta le viene al galgo).

La primera reina consorte de la dinastía de Borbón en España es la italiana María Luisa Gabriela de Saboya (1701 a 1714), quien con 13 años de edad se convertía en la primera esposa de Felipe V al que tras la boda, en señal de protesta, le impidió el acceso a su dormitorio durante 3 días para posteriormente casi no salir de ahí, dada la afición del monarca a la cosa sexual. Participó en gran medida en el gobierno de España en los periodos en los que el rey debía ausentarse para atender a la defensa de su reino. Tuvo 4 hijos de los que solo dos vivirían para ocupar, incluso cada uno de ellos, el trono de España: Luis I y Fernando VI, muriendo ella de tuberculosis ganglionar a los 26 años, con grandísimo pesar de un Felipe que iniciaba con ello un largo deterioro personal, llegando a ser apodado “el guarro” debido a su palpable abandono físico.

Se casa de nuevo Felipe con otra italiana, al parecer fea como un dolor, como casi todas las borbonas consortes, Isabel de Farnesio (1714 a 1746), picada de viruela, mandona, intrigante, inteligente, culta, quien influyó grandemente en la política española de entonces. Mujer de gran carácter que fue descrito como de: soberbia espartana, tozudez inglesa, sutileza italiana y vivacidad francesa. Murió a los 73 años tras una vida de intrigas y de defensa a ultranza del futuro de sus 6 hijos, de entre los que nos interesa destacar al que habría de ser quizá el mas normal de los Borbones, el llamado mejor alcalde de Madrid, Carlos III.

A Felipe V le sigue brevemente en el trono, con 15 años, su primer hijo Luís I (Luís Fernando de Borbón y Saboya), quien habría de morir a los pocos meses de reinar (¿asesinado por su madrastra?). A pesar de su juventud, Luís Fernando, con anterioridad a ocupar el trono, ya se había casado con la francesita de 12 años, Luisa Isabel de Orleáns (1724 a 1724), “la reina loca”, ordinaria, sucia, disoluta, extravagante, mal criada, quien se pasaba el día comiendo compulsivamente y corriendo desnuda por los pasillos, eructando, ventoseándose en público y de quien dijo su abuela que era la persona mas desagradable que había visto en su vida. Padecía trastorno límite de la personalidad y bulimia. Cambió no obstante de forma radical con la enfermedad del rey, cuidándolo hasta su muerte por viruela, a los pocos meses.

Muerto sin descendencia y tras un corto periodo en el que Felipe vuelve al reinado, le sucede su segundo hijo Fernando VI, ignorado por su padre y marginado por su madrastra, enfermizo, pasará a la historia como el rey prudente. Se casa con la portuguesa Bárbara de Braganza (1746 a 1758), su única esposa a lo largo de su vida y por la que tras su fallecimiento se trastorna. Políglota, culta, educada, también picada de viruela y con dotes para la política, tuvo una personalidad encantadora y supo ganarse el cariño del pueblo. Murió sin descendencia, de un cruel cáncer de útero.

Sucede a Fernando VI su hermanastro Carlos III, rey de Nápoles, educado, culto, sabio como quería ser recordado, y más conocido como el mejor alcalde de Madrid. Se casa con la niña de 13 años María Amalia de Sajonia (1759 a 1760), sobrina-nieta del Emperador de Austria. Como casi todas las consortes borbonas, nada agraciada físicamente, encajó sin embargo perfectamente con el rey, que en este aspecto no le iba a la zaga. Casada siendo Carlos rey de Nápoles, era inteligente, gran fumadora de puros habanos, culta y amable, carácter que fue transformándose a causa de múltiples embarazos fallidos. Entre otras consideraciones introdujo en España la costumbre del “Belén”, propia de Nápoles. Tuvo 13 hijos, siendo el séptimo el que habría de reinar posteriormente con el nombre de Carlos IV. La reina, quizá por su procedencia napolitana donde florecía entonces una refinada cultura, nunca llegó a adaptarse a una España pacata y conventual, y a los pocos meses moría dejando a Carlos en una tristeza de la que nunca se recuperó. “En 22 años de matrimonio es el primer disgusto serio que me da Amalia”, diría Carlos, quien nunca mas volvió a casarse.

Muerto el más lúcido de la dinastía, le sucede su hijo Carlos IV, que habría de suponer un hito no demasiado aireado en la saga de los Borbones españoles, por cuanto a partir de este rey se pone en entredicho la verdadera sucesión de la saga Borbón (¡que tonto eres hijo mío, acaso piensas que no hay también princesas putas!, le diría Carlos III adivinando un futuro inmediato). Se casa con su prima carnal (en exceso) María Luisa de Borbón-Parma (1788 a 1808) con quien llevaba casado ya 20 años a su subida al trono, casi al mismo tiempo del estallido de la revolución francesa. A María Luisa, intrigante, dominante y manipuladora, le traían sin cuidado los estudios, pero le apasionaba el lujo, el buen vivir, el poder y los pantalones, algo que frecuentaba al lado de su aliado, amante y finalmente heredero Manuel Godoy. De los 24 embarazos (sus aposentos eran conocidos como “la polvera”) vivieron 14 hijos. Finalmente, “la impura prostituta” en palabras de Espronceda, ya en el exilio, esperando ser perdonada por el Altísimo, confesó en su lecho de muerte a su confesor Fray Juan de Almaraz, que “ninguno de mis hijos lo es de Carlos IV y por consiguiente la dinastía de Borbón se ha extinguido en España”. Como consecuencia de ello, posteriormente Fernando VII (la parida nº 13) haría ingresar de por vida al confesor en una mazmorra, aunque posteriormente fuera liberado.

De momento se desconoce la personalidad del verdadero padre de Fernando VII, que bien pudiera haber sido un sirviente, un mozo de caballerizas, o quien fuera del capricho de la reina, que de todo hubo.

La realidad de lo expresado por la reina en confesión en su lecho de muerte parece evidente, puesto que marca una inflexión muy señalada en los futuros reyes, ajenos en sus virtudes a los cinco Borbones precedentes y sobre todo a Carlos III, pues aunque Carlos IV fuera infantil, buena persona, bastante bobo y certeramente cornudo, y a quien el gracejo popular representaba coronado con prominentes protuberancias corneas adornadas con generosas ramificaciones en todo lo alto, ninguno había destacado ni por ser un rematado canalla, cobarde, mentiroso, traidor, infiel y adultero como lo fueron la práctica totalidad de los que le siguieron en el trono, sobre todo Fernando VII el rey felón, hasta la llegada de Felipe VI que rompe de nuevo las características negativas de la saga. A partir de ahí, si ya por parte de Carlos IV dejaron de ser sucesores directos de los Borbones, con Isabel II aun alejaron todavía más el apellido Borbón de sus personas, al menos por vía paterna, pues por el lado consorte aun habrían de adquirir cierto protagonismo algunas borbonas incorporadas a la saga.

A Carlos IV le sucede Fernando VII, uno de los mayores canallas de la historia de España, cruel, despiadado, traidor, ruin, rastrero, mentiroso, imposible de describir sin nombrar todas y cada una de las villanías a considerar, entre las que destacaba el felicitar a Napoleón y vitorearle cada vez que ganaba alguna batalla a los desarrapados españoles que morían por restaurar a su persona en el trono de España. Este rey, poseedor al parecer de un pene descomunal al que había que rodear de un cojinete para no dañar a su última consorte, fue también el primero en disponer de una larga lista de amantes, aventuras y lo que hiciese falta.

Su primera esposa fue María Antonia de Nápoles (1802 a 1806) una princesa culta, inteligente, ingeniosa y apasionada por la lectura, todo lo contrario de su marido. Murió sin descendencia, entre rumores de asesinato por parte de su suegra. Le siguió en la lista María Isabel de Braganza (1816 a 1818), quien falleció también sin descendencia tras una carnicería que le fue practicada con la intención de salvar un aborto que no sobrevivió. La tercera fue la alemana María Josefa Amalia de Sajonia (1819 a 1829) de 16 años y una vida continuadamente conventual, lo que le hacía vivir su vida conyugal con auténtico pavor ante el depravado semental real, necesitando del consejo papal para llevarle a la idea de que lo de las vírgenes que paren era otra historia, que en su caso había que entrar por el aro, sin que ello implicara un pecado mortal, por mucho temor que causara (se orinaba nada más verlo llegar). A los 25 años moría la reina sin descendencia alguna. La cuarta y definitiva fue la siciliana María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1829 a 1833), quien conocedora de las proporciones del real, egregio, rampante y siempre dispuesto cipote regio, pidió que tal instrumento, hasta el momento ineficaz para la reproducción, pero muy activo y frecuentado en todo Madrid, fuese coronado con una especie de donuts que impidiera una profunda penetración, al objeto de no dañar un útero, mas experimentado, que definitivamente sería la puerta de entrada a la sucesión real que finalmente se produjo por partida doble pero… en forma de mujer, Isabel y Luisa Fernanda, lo cual crearía no pocos problemas, como la llegada del carlismo y nuevos distanciamientos sucesorios en cuanto a la vía borbónica.

María Cristina, debido a la minoría de edad de Isabel, una vez fallecido Fernando, se convertiría en regente, casándose de nuevo en secreto con uno de sus guardias de corps, con quien llegó a alumbrar otros ocho hijos, cuyos embarazos disimulaba para, una vez producido el alumbramiento, ser remitidos a la ciudad de las luces, invirtiendo el proceso natural de que los niños vienen de París. Se decía entonces que la regente estaba casada en secreto y embarazada en público.

A los 13 años, se coronaba la primera reina de la dinastía borbónica en España, la mayor ninfómana de la historia de la monarquía española, Isabel II, la reina castiza, la de los tristes destinos. Con ella su padre abolía la ley Sálica, que impedía reinar a las mujeres y proclamaba la Pragmática Sanción que situaba a Isabel en el trono en detrimento de los derechos dinásticos de Carlos María Isidro, iniciándose con ello las guerras carlistas.

Isabel fue obligada a casarse con su primo hermano Francisco de Asís de Borbón (Paquita o Paco natillas) (1846 a 1868), un homosexual de larga distancia, que en 22 años tuvo la virtud de no tocarle ni un pelo a la reina y no por puntería, sino por vocación, llegando incluso a vivir con su amante (Antonio Ramos de Meneses) en palacio, e incluso ya en el exilio. Circulaba entonces por Madrid la siguiente cuchufleta: “Gran problema es en la Corte, averiguar si el consorte, cuando acude al excusado, mea de pie o mea sentado”, lo cual tenía el doble sentido propio de la homosexualidad, y de su malformación en el pene, consistente en una hipospadía o malformación de la uretra, pues tenía el orificio en el tronco del pene. Tal era para la reina el enfado con su pactada boda, que comentaba de la noche nupcial lo siguiente: “¿que podía esperar de un hombre que en la noche de bodas llevaba más encajes que yo?”.

La reina pues, hija y nieta de sementales, no podía renunciar a tal virtud heredada, de manera que a lo largo de su vida la lista de amantes resultó interminable (diez de ellos muy conocidos) y de ella resultó el nacimiento de 12 hijos, siendo el futuro Alfonso XII, el séptimo de la lista y primero de los hombres que sobrevivieron a la infancia, habido de su relación con el capitán de ingenieros Enrique Puigmoltó i Mayans, a quien regaló posteriormente la cuna que utilizó el príncipe y que aun conserva la familia Puigmoltó, con lo que si ya el primer apellido de la reina como Borbón era un puro recuerdo, lo de Alfonso XII y sus sucesores es pura fantasía, llegando la reina a decirle a su hijo que no buscase el apellido Borbón por línea paterna, pues solo lo recibía de ella, cuando al parecer tampoco eso era nada claro (un calco de lo ocurrido con su abuela), aunque con cada alumbramiento se producía el reconocimiento de paternidad por parte de Francisco de Asís, profundamente católico, clerical y tradicionalista, siempre a cambio de recibir un millón de reales por cada hijo reconocido (cada cosa en su sitio).

Le sigue en el orden dinástico su hijo Alfonso XII, apodado el “puigmoltejo”. Casó Alfonsito con la española María de las Mercedes de Orleáns y Borbón (1878 a 1878), de quien estuvo profundamente enamorado, algo que al parecer ya compartía con Elena Sanz, su amante mas asidua y con quien tendría descendencia anterior a su paternidad del sucesor de la corona. Era Merceditas muy alegre y confiada lo que pronto encandiló a todos los españoles, que veían en la pareja real una especie de cuento de hadas. Falleció de tifus al poco tiempo, a la edad de 18 años, lo que dejó al rey en un estado de profunda tristeza, aunque bien consolado.

La segunda esposa fue la austríaca María Cristina de Habsburgo-Lorena (1879 a 1885), culta, inteligente y no muy agraciada, otra boda más de conveniencia. Tuvo con Alfonso dos hijas y finalmente un hijo que el rey no llegó a conocer debido a su fallecimiento, su sucesor Alfonso XIII, de quien su madre sería regente hasta su mayoría de edad dinástica. Ni que decir tiene que Alfonso XII, desde la muerte de María de las Mercedes, siguió con fervor la tradicional carrera de sexo desbocado por todo Madrid, sin dejar nunca a su amante favorita, carrera iniciada y seguida con fruición por los supuestos Borbones herederos de la adúltera María Luisa de Borbón-Parma, bastante dados a la farándula.

Finalizada la regencia de María Cristina, llega al trono su hijo Alfonso XIII, otro obseso sexual quien casaría con la guapa inglesa Victoria Eugenia de Battenberg (1906 a 1931), aunque también mantendría cierta fidelidad con su principal amante Carmen Ruiz Moragas, con quien tendría dos hijos, amen de los “bravos” repartidos por la capital, siguiendo la tradición de la saga. Mantendría una vergonzosa guerra en Marruecos, donde dejaron su vida gran parte de la juventud de entonces, al servicio de los intereses de algunas empresas importantes; daría su aprobación a la dictadura de Primo de Rivera y finalmente se escaparía a su exilio romano dando origen a la segunda república. Victoria Eugenia, nieta de la reina Victoria, de rígido carácter, comenzó su reinado con un atentado que no vaticinaba nada bueno. El hecho de que era anglicana y portadora de la hemofilia, no le garantizó nunca el cariño del pueblo, aunque se dedicó intensamente a labores humanitarias y puso todo su empeño en ello. Tuvo 6 hijos de los que ninguno llegó a reinar.

A finales de la dictadura del general Franco, este instaura de nuevo en España la monarquía con los restos de la supuesta extinta casa de Borbón, en la figura del romano Juan Carlos I, nieto del libertino Alfonso XIII y tataranieto del militar Puigmoltó y la promiscua Isabel, aun a costa de saltarse la línea dinástica que correspondía a su padre D. Juan de Borbón. Este, para nada estaba de acuerdo con la medida, que abortaba la restauración de la monarquía en beneficio de una nueva institución creada por el dictador, lo que en nada movió a su hijo a no aceptar la corona y ni siquiera a abdicar posteriormente en su padre, para heredar más tarde el trono a la muerte de Don Juan, restaurando con ello la monarquía y dando continuidad natural a los restos de la casa de Borbón.

Se casa el rey con Sofía de Grecia y Dinamarca (1975 a 2014), primogénita de los reyes Pablo I y Federica, descendiente de la casa danesa de Glücksburg. Cristiana ortodoxa, se convierte al catolicismo y alumbra tres hijos del monarca, siendo el tercero, el único varón, quien continuaría hasta hoy la maltrecha dinastía.

A lo largo de estos años, Juan Carlos reproduce la mayor parte de las negativas características de los supuestos Borbones, con episodios políticos y personales enormemente dudosos, tratados en publicaciones más o menos silenciadas. Haciéndonos eco de las mismas, cabe señalar la muerte de su hermano, su protagonismo en la vergonzosa entrega del Sahara, o los sucesos del golpe militar del 23-F, vendidos al crédulo pueblo como acto heroico del rey “salvador de la democracia”. Son de destacar también otros de profundo calado económico y sexual, con testaferros abandonados a su suerte, demandas de paternidad frustradas y devaneos harto conocidos aunque bien acallados por una prensa entregada a un monarca simpático, para un pueblo excesivamente tolerante que contemplaba, sin inmutarse, como a la reina le crecían progresivamente ciertos atributos, al tiempo que la fortuna personal del monarca, inexistente en su coronación, al parecer, evidenciaba saludables progresos, amen de otras consideraciones.

Finalmente llega a la corona española su actual Rey, Felipe VI, posiblemente el mejor y más preparado Borbón de toda la dinastía, aunque de Borbón no tenga demasiado y que sin embargo rompe absolutamente con las negativas características propias de los supuestos Borbones, padre incluido. Hereda de su madre un carácter mas próximo a su casa dinástica danesa, encajando perfectamente su misión histórica. Se casa con Leticia Ortíz Rocasolano (2014 a …), la primera consorte de sangre bastante roja, al parecer. Periodista de éxito, divorciada, con fuerte personalidad y muy unida al rey, a quien aconseja y con quien comparte las misiones propias de una moderna monarquía relegada a sus labores de representación. De momento aporta a la dinastía el alumbramiento de dos hijas y una intensa labor de apoyo en todos los campos de representación de la monarquía.

Llegados hasta aquí y considerando la labor a la que ha sido relegada la monarquía, ajena a poder ejecutivo alguno de gobierno, no parece serio sostener actualmente en España, que pueda haber un sistema que arroje mejores resultados en cuanto a representación del Estado, que el ejercido por nuestros actuales monarcas, lo que se debe a un rey absolutamente serio y profesional con una educación labrada a lo largo de bastantes años, muy exhaustiva y firme, a una casa real muy respetable, a una reina madre muy “profesional” que ha sabido transmitir a la perfección sus virtudes, y a una actual reina que entiende perfectamente la labor encomendada a su familia como jefes del Estado, dejando ya a un lado a toda esa “clase” de parentela y aristocracia heredada, anclada en situaciones de gorroneo heráldico que ni tiene ya razón de ser, ni a nadie importan sus caducas y descalificadotas exigencias.

A España le interesa hoy su actual familia real porque cumple a la perfección la labor histórica encomendada, se llamen Borbón, Glücksburg, Puigmoltó o Pérez, con la ventaja además, de que la sucesora de Felipe VI irá por el mismo camino, o mejor si cabe que su padre, lo que habrá de suponer una garantía de futuro para la imagen de España en el mundo.

Curiosamente, si el primer apellido transmitido fuese el de la madre en lugar del padre y reinasen antes las mujeres que los hombres en el orden dinástico, quizá nuestra dinastía tendría ahora más de Borbón que la que tiene actualmente, pero eso no es lo importante, sino la profesionalidad en los cometidos y ahí el resultado final es de lo poco bueno en materia política de lo que podemos sentirnos orgullosos en España, pues tenemos unos reyes muy por encima de nuestros políticos, tanto en profesionalidad, como en preparación, generosidad, conocimientos, contactos, presencia, honorabilidad, prudencia, ecuanimidad, ausencia de partidismo y garantía de consideración por parte del resto del mundo.

Si a lo largo de este pequeño recordatorio hemos entrado muy someramente en quienes fueron nuestras reinas consortes, de donde venimos, si prescindimos de prejuicios absurdos, hemos de llegar a la conclusión de que finalmente disponemos de la reina consorte mejor preparada que ha tenido el país en su historia (tampoco era demasiado difícil, la verdad), al menos para la misión que de ella y de su labor de equipo en representar a España se espera.

En una democracia, un Presidente del Gobierno ha de salir del resultado de una votación popular, de un sentir que ha de ser llevado a cabo por un ejecutivo que materialice las aspiraciones populares, pero quien ha de representarnos, el Jefe del Estado, únicamente ha de responder a una mejor preparación para ello, a un criterio de excelencia, a una auténtica aristocracia (nada que ver con el caduco término con el que conocemos a la gran cantidad de parásitos que hoy son así llamados) de quien se ha preparado para ello a conciencia, algo que nada tiene que ver con la democracia, ya que esta no otorga ciencia infusa. Por poner un ejemplo, hace solo unos días acabamos de nombrar a nuestra tercera autoridad nacional (Presidente del Congreso de los Diputados), de forma indirectamente democrática, no únicamente por valía, sino por el matiz que introduce el interés político del juego partidista, a un personaje que en la primera semana ha hecho declaraciones, en todos los medios, absolutamente partidistas, poniendo de vuelta y media a todos los partidos que no fueran el suyo, atropellando de forma absoluta la ecuanimidad y distancia que debe suponérsele a una autoridad que habrá de moderar la institución en la que se elaboran las leyes en España.

Supongamos por tanto que en una hipotética república nombráramos para el cargo de presidente de la misma a Francisco Javier (Patxi) López Álvarez, bachiller, que abandonó su frustrada carrera universitaria en primer curso, ¡a los 28 años!, con la misma misión que hoy ejerce el rey en España. ¿Acaso hay alguien que pueda pensar que Felipe VI y la reina representan peor a España que Patxi y su esposa?, ¿qué son menos independientes?, ¿qué están peor preparados?, ¿qué disponen de menores contactos en el mundo?, ¿qué están peor relacionados? ¿qué son menos considerados? ¿qué ofrecen peor imagen?

Hoy los reyes han de ser profesionales al servicio de España, y para eso han de ser los mejores, y si no lo son habría que hacerles abdicar (¿nos suena?), colocar a quienes si lo merezcan, y si no los hay abolir la monarquía y dar paso a incuestionables e independientes figuras de prestigio universalmente aceptadas, ajenas a partido político alguno.

De momento y aun a pesar de una larga trayectoria dinástica con mas sombras que claros y sin que tengan ya nada que ver con Borbón alguno, al menos de proximidad, sería absurdo no seguir apoyando a la actual casa de Borbón, a su rey y a su consorte, porque son los mas preparados para la misión que de ellos se espera.

No se trata ya de monarquía, sino de contar con los mejores, la auténtica aristocracia en el mas puro sentido de la palabra pues, como decía Platón: si para curar a tu hijo buscas desesperadamente al mejor de los médicos, ¿porque para hacerlo con la patria te vale cualquier ciudadano?.

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