Del lado de acá

Aznar, el héroe de Melilla

20.08.10 | 00:24. Archivado en Actualidad
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Nadie en Melilla sabía quién era aquel legionario tan audaz y temerario que del avión se bajó. Nadie sabía su historia, pero todos suponían que un gran dolor le mordía, como un lobo, el corazón. Porobón, pom, pom.

Ahí está el asunto, en el dolor. Mejor fuera decir en el rencor, pero la verdad es que eso da igual porque el resultado es el mismo: no levanta cabeza este hombre, no se recupera.

José María Aznar, ex presidente del Gobierno español, se presentó en Melilla por su santa voluntad en lo que él seguramente suponía que era el momento más duro del “conflicto” entre España y Marruecos: ya saben, el último episodio (por ahora) de palpamiento genital que el rey Mohamed VI ha obsequiado a España, con su bloqueo de transportes, sus carteles infamantes contra las mujeres y las habituales alharacas de estas fiestas tan tradicionales.

¿Razones? Según él, pretendía mostrar a los melillenses todo su apoyo en momentos tan difíciles, en los que el Gobierno de Zapatero los trataba con su habitual “dejadez”, como él dijo. Los melillenses lo vieron pasar por las calles sin entender, supongo, gran cosa, porque los momentos difíciles para ellos, si es que llegó a haberlos, habían terminado ya: horas antes de que Aznar se bajase del avión por ir a su lado a verlos, su más leal compañero (porobón, pom, pom), precisamente las gestiones del Gobierno español lograban la desconvocatoria de las concentraciones fronterizas, la retirada de los cartelitos y el regreso a sus casas de las dos docenas de bien pagados y adiestrados voceones marroquíes que tanta tinta han hecho correr. Así que Aznar calculó mal. Llegó con la manguera cuando ya no había fuego.

¿Calculó mal? ¿Seguro? Yo no lo estoy del todo. Si lo que pretendía era nada más mostrarse como el defensor de Melilla y el héroe de Beni Enzar, está claro que se pasó de frenada. Pero si lo que buscaba era soltarle una bofetada pública al Gobierno de España (no al Gobierno de Zapatero: al de España), ha acertado de pleno. Su mensaje pretendía ser, sin duda, este: “Así es como se porta un presidente con un par de pelotas, y no como ese pringao que tenemos ahora”. Está claro que el mensaje siguiente debería ser: “Así que ya sabéis a quién tenéis que votar la próxima vez”, lo cual debería tener a su antiguo hombre de confianza en el PP, Mariano Rajoy, no ya fumando puros sino masticándolos. De ahí que Aznar, destacado militante del PP, no pidiese permiso al presidente de su partido para desembarcar en Melilla: se limitó a informarle de que iba a ir. Lo que se dice un gesto de cortesía para con el servicio.

LO QUE NO SE PUEDE HACER

El problema es que hay cosas que Aznar no puede hacer, por la simple razón de que ha sido presidente del Gobierno español. La más elemental decencia política, y los usos y costumbres en todos los países civilizados, indican que quien ha sido jefe del Gobierno de un país no puede zaherir, atacar ni ridiculizar, en la escena internacional, a otro jefe de Gobierno del mismo país, anterior o posterior, aunque sea de signo político distinto. Un ex presidente representa a su Estado de por vida a los ojos del mundo, y antes que su personal opinión, o ambición, o rencor político, están el prestigio y el buen nombre de la nación que en otro tiempo dirigió. Y eso vale para todos.

Aznar, como jefe de la Oposición, estaba en su derecho de llamar “pedigüeño” al presidente González –aunque aquello fuese moralmente vergonzoso– cuando éste trataba de obtener para España los abundantes fondos de cohesión europeos que tanto y durante tanto tiempo nos beneficiaron. Pero como ex presidente no puede tomar iniciativas que lesionen en el exterior la imagen de otro presidente, porque lo que está haciendo es deteriorar la imagen no de su sucesor, sino del país.

Jimmy Carter ha actuado y sigue actuando hoy como “embajador”, representante y mediador de EE UU en los más diversos conflictos, y eso con Reagan, con los dos Bush, con Clinton y ahora con Obama. Jamás se le ha ocurrido, ni se le ocurrirá, criticar en un foro internacional a ningún presidente de su país, sea quien sea y del partido que sea, porque sabe que está representándolo, siquiera sea moralmente. Chirac, tras dejar el palacio del Elíseo, ha mantenido un respetuoso silencio y nunca se le pasó por la cabeza meterse con Sarkozy. Kohl hizo lo mismo con Schroeder, y Schroeder con Angela Merkel. Nunca se vio ni se verá a Tony Blair ridiculizar en público a Margaret Thatcher, a Brown o al actual primer ministro, Cameron. Y así en todas partes.

 

Adolfo Suárez siguió en política después de abandonar la Moncloa y combatió, como era su derecho y su obligación, al gobierno de Felipe González. Pero nunca en el extranjero, ni participó en actos internacionales que pudiesen lesionar la imagen del gobierno que tuviese España en aquel momento. Leopoldo Calvo-Sotelo, tras dejar la presidencia, llegó a pensar seriamente volver a la política de la mano del PP y no era raro verlo en actos que protagonizase Aznar, pero jamás dijo o escribió nada contra Felipe González en el ámbito internacional, y mira que Leopoldo era temible escribiendo. El propio González, atacado durante años sin la menor piedad por Aznar y por los periodistas de cabecera de Aznar (fue lo que Luis María Anson, uno de ellos, llamó en la revista Tiempo “una conspiración que llegó a poner en riesgo la estabilidad del Estado”), se abstuvo, en foros internacionales, de hablar mal de su sucesor desde el mismo día en que dejó la presidencia. Podía criticarle aquí –y vaya si lo hizo– por episodios como la tremenda foto de las Azores y otros más. Pero nunca, en ningún caso, lo abochornó fuera de nuestro país o ante extranjeros. Y, como es normal, informó en muchas ocasiones al Gobierno (en estos días lo ha recordado él mismo) de a dónde iba a viajar, con quién se iba a ver, qué premios iba a recibir y lo que pensaba decir en sus conferencias. Esa es la actuación normal de un ex presidente. Eso es lo que han hecho todos… hasta Aznar.

El último presidente del PP ha tomado por costumbre poner verde a Zapatero allí donde vaya, sobre todo si es en Estados Unidos. Le importa un puñetero pimiento que eso desacredite no ya a Zapatero, sino a España. Y toma como una humillación imperdonable que Zapatero le defienda a él, como ha ocurrido en varias ocasiones; la más sonada, la XVII Cumbre Iberoamericana (Santiago de Chile, noviembre de 2007) en la que el desquiciado de Hugo Chávez se puso a llamar fascista a Aznar delante de todos; Zapatero le paró los pies diciéndole que Aznar era un “ex presidente democrático español” y el Rey cortó por lo sano con el inolvidable “¿Por qué no te callas?”

Aznar, pues, se ha comportado con deslealtad hacia su país (no hacia el Gobierno: hacia su país) en numerosas ocasiones desde que dejó la Moncloa. Esta “liberación de Melilla” no es más que el último episodio… por ahora. Es evidente que Mohamed VI y sus vasallos se habrán puesto contentísimos: “Este chico es un solete”, se habrán dicho; “ya habíamos dejado el palpamiento escrotal y gracias a él, que en eso es un maestro, tenemos tres o cuatro días más de portadas gratis. Alá le proteja. Oye, Abbas, ¿te quedan por ahí medallitas de esas de Wissam alaui, las que les dimos a las monjas el otro día? Porque habrá que tener un detalle con este hombre…”

UN HOMBRE CAMBIADO

La pregunta es por qué lo hace. ¿Sólo porque en su partido estén decididos a recuperar el poder como sea y para ello no duden en cometer bajezas que nadie había visto desde la Transición, y sobran los ejemplos? En parte es así, pero yo creo que, en el caso personal de Aznar, el asunto va más lejos.

No soy de las numerosas personas que ridiculizan por sistema a José María Aznar, que le zahieren cada vez que hablan de él y que, en el fondo de su corazón, sienten por ese hombre algo bastante parecido al odio. Le conocí personalmente en 1999, cuando mi periódico de entonces me metió en un indescriptible Citroën AX (cuando pasabas de 120 escupía tornillos y tuercas por el tubo de escape) y me encargó que siguiese al presidente durante la campaña electoral del PP para las elecciones municipales y autonómicas que se celebraron el 13 de junio de aquel año.

Fue una locura. Aznar dio mítines en las ciudades en que su partido podía perder (y la verdad es que perdió en casi todas ellas): San Sebastián, Sevilla, Valencia, Vitoria, Badajoz, Talavera de la Reina, Barcelona, yo qué sé. Crucé España veinte veces metido en aquella croqueta con ruedas.

Y vi a un hombre que me sorprendió. Un tipo inteligente y hábil que creía sinceramente en lo que decía, que hacía verdaderos esfuerzos por vencer su timidez natural y que se ganaba al público. Mejor dicho, que se ganaba a los tres o cuatro del público que no vinieran ya ganados de casa, porque es cosa conocida que a los mítines, sean del partido que sean, casi no van más que los adheridos inquebrantables. Recuerdo que en todos los actos, pero en todos, siempre había una moza, sin duda siempre la misma ("por sus voces las conoceréis", decía el director de mi coro, que era canónigo) y supongo que una becaria del staff de la campaña, que, en cuanto Aznar salía a las tablas y se acercaba al micrófono, chillaba desde las gradas: “¡Guapoooo!” Él se hacía el sorprendido y, serio como una ecuación de segundo grado, respondía: “Guapa, tú”, y la gente se mataba a aplaudir.

Recuerdo que en Sevilla, en la Plaza de España, intentaron reventarle el acto unas decenas de médicos, o enfermeras, o algo semejante, que protestaban por no sé qué. Se los metió en el bolsillo, se los ganó con un par de frases verdaderamente nobles y los reventadores acabaron aplaudiéndole. No se me olvida su serenidad en el mitin del frontón de Anoeta, en San Sebastián, un acto de alto riesgo (no había más que ver la calle) en el que se colaron seis u ocho de los de la cáscara amarga de esa tierra, y él se les enfrentó con una sonrisa y con todo respeto: acabaron marchándose, sonrojados. Y cómo no recordar al Aznar cansado de Badajoz, cuando se salió del guión habitual y, en el momento en que concluyeron las conexiones en directo para los telediarios (los mítines se hacen en función del horario de los informativos), se puso a hacerle a la gente confidencias casi sentimentales que, me imagino, provocarían espasmos nerviosos entre los estrategas de la campaña, que se aterrorizan ante todo lo que escapa a su control.

Aquel tipo decidido, tenaz, generoso, tímido, noble y obcecado(sigue pensando que llevaba razón cuando lo de la guerra de Irak) no tiene nada que ver, a mi juicio, con el Aznar de hoy. Ha cambiado. Y el punto de inflexión llegó el 14 de marzo de 2004.

EL GOBIERNO QUE MINTIÓ Y QUE PERDIÓ

En las 72 horas posteriores a la masacre del 11-M en Madrid, el gobierno que presidía Aznar cometió el inaudito error de mentir a los españoles. No a sangre fría, porque en aquellas horas terribles nadie tenía fría la sangre, pero mintieron. Lo hizo el presidente y lo hicieron varios de sus ministros, singularmente uno que me abstendré de señalar porque ya no está en política y además no hace falta. Trataron de convencer a la gente de que los crímenes los había cometido ETA, cuando en realidad habían sido –como demostró la investigación judicial, aunque todavía hoy lo niega la extrema derecha– los fanáticos islamistas relacionados con Al Qaeda. Los ciudadanos no perdonaron aquella mentira, que además era absolutamente innecesaria para ganar las elecciones, y muchísimos cambiaron su voto después de quedarse afónicos de tanto gritar “mentirosos” en muchas calles de toda España. José María Aznar logró así la “hazaña”, inédita en la democracia española, de llevar a su partido desde la mayoría absoluta a la oposición.

 Su cara aquella noche, la del 14 de marzo, lo decía todo. Era el rostro de alguien que, una de tres: o acaba de enterarse de que su amor le engaña, o ha sido presa súbita de un odio invencible, o tiene altísimo el ácido úrico. La realidad tenía bastante que ver con las dos primeras hipótesis. Con la tercera, pues no lo sé.

No lo ha superado nunca. Lo tomó no como un revés político sino como una afrenta personal. Esa cara de don Quintín el amargao que no le ha abandonado desde entonces, ni siquiera cuando se ríe, muestra con toda claridad un rencor gigantesco, un rencor vivo y agusanado que le ha ido carcomiendo el corazón, un rencor shakespeariano  que, como un grano de arena dentro del ojo, no le deja vivir ni de día ni de noche. Zapatero no es, para él, un adversario político: es un enemigo que algún día habrá de pagarlas todas juntas. Es quien le echó de su sueño. Ese tío.

Eso explica (pero de ninguna manera justifica) que Aznar haya desembarcado en Melilla, de nuevo como Douglas McArthur, con la evidente intención de palparle el escroto a Zapatero, sin tomar en consideración el hecho irrebatible de que estaba metiendo las patazas en la política exterior de España y de que un ex presidente del Gobierno no puede hacer eso. Nunca. Pero le da igual, ya lo hemos visto. El rencor, el maldito rencor, no le deja ver ni los árboles, ni el bosque, ni nada.

Puede que el heroísmo melillense de Aznar haya confirmado para el PP quince o veinte votos de exaltados que, de todos modos, ya le iban a votar. Pero el una vez más desleal ex presidente del Gobierno español le ha hecho un flaquísimo favor a su país: le ha dejado claro al sátrapa Mohamed VI lo que tiene que hacer la próxima vez. Sabe que le bastará poner en cualquier paso fronterizo a veinte soplagaitas dando voces para que, en España, se produzca un río revuelto de políticos a la greña del que él no podrá salir sino beneficiado, ya que la comunidad internacional pensará, y no sin motivo, que la clase política española es una jaula de grillos bananeros incapaz de ponerse de acuerdo ni siquiera para defender juntos lo de todos; esto es, lo que todos dicen defender mientras se mentan la madre mutuamente. Porque una cosa son los rifirrafes de la lucha política doméstica, que ya sabemos que suelen ser muy desagradables, y otra jugar con lo que nadie juega en ningún país civilizado, que es el prestigio del país de todos y –repito la frase de Anson– “la estabilidad del Estado”.

Aznar ha metido en un problema –¡otra vez!– a su propio partido y al señor que lo preside, Mariano Rajoy: le ha obligado a salir en su defensa, a justificar lo injustificable y, esto es lo peor, a forzar su habitual demagogia hasta extremos delirantes. Rajoy ha explicado que la presencia de Aznar en Melilla estuvo la mar de bien porque que el Gobierno no estaba haciendo nada para solucionar el asunto. Es decir, la habitual letanía, la matraca que el PP viene usando para cualquier cosa que ocurra desde hace más de dos años. Por Dios, Mariano, por Dios. Un niño de seis meses es capaz de entender, él solito, que el lío lo ha solucionado el Gobierno, como no podía ser de otro modo, ¿quién lo iba a solucionar si no? ¿Mohamed VI, que es así de simpático y de buena persona? Pero el Ejecutivo español ha logrado hacerlo como él quería, es decir, armando el menor ruido posible (una llamada de don Juan Carlos a su primo marroquí fue lo más sonado que se hizo, y debió tratarse con mucha más reserva). En contra de la intención de los marroquíes, que era armar toda la gresca posible, el "conflicto" ha concluido sin llamada a consultas del embajador, sin viajes espectaculares de Moratinos a Rabat y sin la movilización del Consejo de Seguridad de la ONU ni de los Tercios de Flandes. Que eso, el follón padre, era, Mariano, jolines, lo que quería Mohamed VI… y lo que casi le ha obsequiado, gratis et amore, esa penitencia que tienes, ese hombre a quien la suerte hirió con zarpa de fiera, ese novio de la muerte que se plantó en Melilla sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, en contra de los intereses de su país, para decir "aquí están mis escrotos" y "Zapatero no tiene pilila inún calá tendrá". Y encima llegó tarde, que es el colmo.

Tenemos un problema con este hombre. Todos: el actual gobierno socialista, el posible próximo gobierno del PP (¿qué hará Rajoy con Aznar si llega a la Moncloa? ¿Nombrarlo embajador plenipotenciario en la Estación Espacial Internacional? ¿Encerrarlo en un torreón de Tordesillas, como hizo Carlos I con su madre Juana la Loca?) y, desde luego, España y su imagen internacional. Cualquier día puede que se le ocurra, no lo permita el Cielo, asesorar a los especuladores internacionales para que deterioren aún más nuestra deuda, o quizá le dé por hablar con Argelia para que nos suba el precio del gas, o escribirá a Obama para que no nos vuelva a dejar silla en el G-20; y todo por jod… (perdón) a Zapatero, que es para lo que parece que Dios ha puesto a Aznar en este mundo. Aunque mejor no demos ideas, que las carga el diablo.

La solución que se me ocurre es aparentemente sencilla, pero en realidad muy difícil. Porque ¿quién en el PP tendrá alguna vez el valor suficiente para decirle: “Josemari, yo conozco un psicólogo de toda confianza que, si tú quieres, podría…”? Y, sobre todo, ¿quién le paga luego la cura de reposo al pobre psicólogo? ¿Eh?


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    • Luis Algorri Luis Algorri
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