Del lado de acá

El último discurso

23.12.11 | 18:30. Archivado en Actualidad

Quizá a ustedes les importe poco pero a nosotros no. En TIEMPO hemos celebrado (en otros años fue “padecido”) la “copa de Navidad” que nos ha obsequiado ese catálogo de bondades, ese florilegio de virtudes cristianas, romanas y mediopensionistas, ese … Sigue leyendo


Los tipos del pito

07.09.11 | 20:16. Archivado en Actualidad

Si ustedes se fijan bien, no hay nada más parecido a las agencias de calificación de riesgo que los agentes de movilidad del Ayuntamiento de Madrid. Vean si no. Lo mismo que Standard & Poor?s, Moody?s o Fitch, los agentes … Sigue leyendo


Creí que moriría sin verlo

19.07.11 | 10:56. Archivado en Actualidad

Estaba convencido de que no lo vería nunca. Hace muchos años que me hice a la idea de que moriría sin ver a la selección nacional de fútbol de mi país alzarse con la victoria en un campeonato del mundo. … Sigue leyendo


¡Viva nuestra Junta!

19.05.11 | 23:52. Archivado en Actualidad

 

Españoles todos:

Párrafo final del “acuerdo” tomado por la Junta Electoral Provincial de Madrid, el 18 de mayo de este año, sobre las multitudinarias concentraciones que se están produciendo en la madrileña Puerta del Sol, convocadas por la iniciativa ciudadana llamada “Democracia real ya”:

“La petición del voto responsable, a la que hacen referencia los convocantes, puede afectar a la campaña electoral y a la libertad del derecho de los ciudadanos al ejercicio del voto".

No, no están ustedes borrachos, han leído bien. Eso es lo que dice. Extraño acuerdo porque está fechado y sellado, pero no firmado, por el presidente de la Junta Electoral Provincial de Madrid, Ilmo. señor D. Jesús Ángel Guijarro López, magistrado. Sugiere esto que el “acuerdo” lo tomó este señor a solas consigo mismo y en la serena paz de su corazón. Pero más tarde fue ratificado, entre otras personas igualmente ilustres y dignísimas, por los vocales que el PP y el PSOE tienen en esa irreprochable Junta Electoral Provincial de Madrid.

Como es probable que el gélido lenguaje jurídico-administrativo obstruya las mientes de nuestros amados súbditos, repitamos una vez más, españoles, y todas las que sean necesarias, este párrafo glorioso, inmarcesible, destinado a marcar un hito señero, perpetuo, inasequible al desaliento, en la historia del Derecho, de la Ética política y de la Democracia en España. Atentos todos a la voz de mando, prietas las filas:

“La petición del voto responsable, a la que hacen referencia los convocantes, puede afectar a la campaña electoral y a la libertad del derecho de los ciudadanos al ejercicio del voto".

Bien, sí. Al que redactó eso le suspendieron reiteradas veces en clase de Lengua Española, hay que admitirlo. Así que, por si acaso a algún estudiante díscolo, a algún maestro de escuela (que ya se sabe cómo son), a algún filosofillo de la cáscara amarga le quedase alguna duda de lo que quiere decir, leámoslo otra vez, vamos, ¡todos en voz alta!:

 “La petición del voto responsable, a la que hacen referencia los convocantes, puede afectar a la campaña electoral y a la libertad del derecho de los ciudadanos al ejercicio del voto"”.

Algo que, como todos sabemos, no se puede consentir de ninguna manera. Vamos, ¡hasta ahí podíamos llegar! Españoles, camaradas: aprendamos de nuestros próceres. No hagamos caso de los cantos de sirena de los sempiternos enemigos de la Patria y ejerzamos nuestro derecho al voto como nos enseña la Junta Electoral Provincial de Madrid: irresponsablemente, que es para lo que estamos, coño. Así contribuiremos el bien de la Patria, al progreso de los hombres y las tierras de España, y al Plan de Desarrollo.

Españoles, ¡muera la inteligencia! ¡Viva la Junta!

¡Gloria por siempre a Groucho Marx!

¡Arriba siempre Tomeinia!

Y todos para casa ya, ¿eh? Que ya está bien de cachondeíto callejero. Tanta pancarta y tanto jippi y tanta mariconada.

Vuestro siempre, Astolfo Hynkel.*

http://www.youtube.com/watch?v=3cFTJ9q5ztk

* Tomeinia y Astolfo Hynkel son el lugar "imaginario" y el personaje protagonista de la película El gran dictador, de Charles Chaplin, cuya inolvidable escena final va en el link precedente. Queda dedicado ese vídeo a la gente de la Puerta del Sol... y a nuestra increíble Junta Electoral Provincial de Madrid, que tanto nos quiere y a la que tanto debemos. De nada, de nada.


La Feria de la Braga

30.04.11 | 14:20. Archivado en Actualidad

 


Sé que llego tarde pero más vale eso que no llegar. La foto que precede a estas líneas, que hizo  Jesús Amaya y que me envió por Facebook Ricardo Serna, fue tomada el Día del Libro en algún lugar de Granada. No sabemos quién montó el puestucho y eso es una grave pérdida, porque este genio (o genia) de la creatividad publicitaria ha inventado, sin saberlo, el Día de la Braga, o la Feria de la Braga Literaria, lo cual es muchísimo más útil y certero que la Feria del Libro por sí sola y que tantas críticas que uno lee por ahí.

Se me ocurren algunas preguntas. Si compras tres bragas, ¿puedes escoger el libro que te regalan o hay en el puestucho un crítico literario (yo me imagino a Constantino Bértolo, no lo puedo remediar) que te destina el libro apropiado para cada tipo de braga? Por ejemplo, ¿qué clase de bragas hay que comprar exactamente para que te regalen Sabor a hiel, de Ana Rosa Quintana, o tantas páginas de Lucía Etxebarría? En este caso, ¿qué porcentaje del precio de las bragas iría a parar al tipo que de verdad escribió el libro? Si las bragas que te compras son tipo tanga, ¿te regalan libros con menos páginas? ¿O te pasan directamente al departamento de novela romántica? Si son de esparto, o con refuerzo, o de las que llegan a medio muslo, de esas que se llevan con dolor y paciencia, ¿te dan novelas de Javier Marías? Y si están usadas o levemente sucias, ¿te tocan las obras completas de Salvador Sostres? Me atrevo a suponer que los libros de Pérez Reverte no los darán si compras bragas; más bien habrían de ser los boxer verdes, amplios y güevisueltos que gastan los marines de EE UU, que son muy machotes, o, mejor todavía, los calzoncillos que usan los jugadores de rugby y los actores porno, que se llaman jockstrap y que marcan muchísimo paquete, ¿verdad?

Pero, volviendo a las bragas: si las escoges de aluminio, o con candado (lo que siempre se llamó cinturón de castidad), ¿qué te llevas? ¿Santa Teresa de Jesús? ¿Las encíclicas de Ratzinger? ¿Obras escogidas de Juan Manuel de Prada? Y si las escoges con estampado de corazoncitos rosas, o de fresas, o con la carita de Justin Bieber, o mejor todavía con el símbolo del dólar en dorado ($), ¿te asestarán de regalo alguna novela de Boris Izaguirre?

Vamos a ver, ¿están completamente seguros los impulsores de esta encomiable iniciativa lencérico-cultural de que todos los libros valen lo que valen tres buenas bragas? ¿No acabarán teniendo que dar por sólo dos bragas, o incluso por una, las… cosas que escriben Pío Moa o César Vidal? Luego están los casos especializados. Si el cliente quiere bragas comestibles, como las que se venden en los sex-shops, ¿le darán los libros de Arguiñano? Si te llevas braguitas chiquitinas, de la talla más pequeña, quizá de perlé, ustedes ya me entienden, ¿te atizan los tostonómetros de Sánchez Dragó? Y si, en vez de ir a comprar bragas, alguien se encapricha con el libro ¡Jesulín!, de Filiberto Mira, ¿le tirarán las tres bragas a la cabeza, en vez de envolvérselas?

Desde el punto de vista meramente cuantitativo, ¿hay que comprar 348 bragas para llevarse los 116 tomos de la Enciclopedia Espasa o te hacen un precio? En cualquier caso, ¿quién pagaría los gastos de envío (tanto de la enciclopedia como de las bragas), que sin duda saldrían por un dineral? Por último, ¿tiene previsto la Feria del Libro de Madrid montar, en la próxima edición de mayo, un stand de Ropa Interior Literaria (lo debería dirigir don Víctor García de La Concha, que ahora tiene menos trabajo) en el que se lleve a efecto este interesantísimo trueque especializado de bragas por libros? Pero con intención, ¿eh? Calculando valores y precios, hasta que acaben los autores por preguntarse, angustiados: “¿Cuántas bragas valdrá mi libro?”

En fin, son preguntas que uno se hace.


Genarín, el insumergible

22.04.11 | 20:34. Archivado en Actualidad

 

Encomendado nos tiene nuestro subdirector que en los blogs miremos por dar noticias, aunque sean pequeñas, así que ahí va: esto ha sido una catástrofe. Un “desastre sin paliativos”, como calificaba el Rey a Arias Navarro. Por cierto, aquí León, que no lo he dicho. En los dos días grandes de la Semana Santa, jueves y viernes, ha caído –está cayendo– tal cantidad de agua que, de las diez procesiones previstas, no ha salido ninguna. Las calles se han vuelto arroyos, ríos, mares, documentales de Jacques Cousteau, y en tal inundación van parejas las toneladas de lluvia con los chorros de lágrimas de los papones (así se llama en León a los cofrades semasantescos), que llevaban todo el año esperando para lucir sus coloridas galas, sus estandartes y capas, sus cornetas y tambores, sus mangas y capirotes, y se han quedado, los pobres, con una cara de viernes santo (nunca mejor dicho) que da mucha pena verlos.

Nada comparable, dirá alguno de ustedes, con la tragedia de Sevilla, en donde la célebre Madrugá se ha suspendido por primera vez en ochenta años, también a causa del furor celestial (quiero decir: de lo mal que se ha portado el cielo, dicho sea desde el punto de vista meteorológico), pero es que este año, en León, la célebre y muy vistosa procesión de Los Pasos, que saca la cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno, cumplía exactamente cuatro siglos. Y precisamente en este año, los trece pasos se han tenido que quedar en la iglesia de Santa Nonia mientras los cielos se abrían e impedían la salida de todas las procesiones, no sólo de esa.

¿De todas? ¡No! En un rincón de la Semana Santa leonesa, una procesión ha resistido, como siempre ha hecho, al agua invasora. Y ha tenido que ser el cada vez más célebre Entierro de Genarín, muy de moda en este año a causa de una prima hermana que le quería salir en Madrid, y que al final se quedó nonata por dos razones de lo más taurino: porque el tiempo lo impidió y, esto sobre todo, porque la autoridad no dio permiso. Pero empecemos por el principio, que recordar viejos prodigios es cosa muy sana.

BREVE HISTORIA DE NUESTRO PADRE GENARÍN

En aquel tiempo (finales de los años 20 del pasado siglo), en el año cuadragésimo segundo del reinado de Alfonso XIII, un suceso luctuoso estremeció el corazón de los leoneses. En la sagrada noche del Jueves Santo, el primer vehículo motorizado de que dispuso el Servicio Municipal de Basuras, llamado por la plebe La Bonifacia en honor al concejal que lo mandó comprar, provocó la desgracia. Al volante del armatoste hallábase un jovenzuelo de apariencia despistada y de apodo Pellejina. El indocto trató de dar la vuelta en mitad de la Carretera de los Cubos, que así se llamaba y aun hoy se llama la vía dolorosa que rodea la muralla de la urbe; metió la marcha atrás, aceleró sin medir bien lo que hacía y estampó la parte trasera del camión contra el milenario muro. Profirió un denuesto, o no (en este punto no se ponen de acuerdo los exégetas), metió primera y abandonó el lugar, quizá confiado en que nadie le hubiese visto.

Pero no fue así. En el preciso gólgota de la funesta embestida hallábase un hombre. Estábase indefenso por razón de su posición y actividad: acuclillado, aliviaba su vientre de perentorias necesidades. Fue breve su pasión: vio venir a la impía Bonifacia; diole apenas tiempo a encomendar su alma, si es que lo hizo, y allí quedó, exánime y despachurrado, con las calzas a media asta. Quieren los devotos (pero no se ha comprobado) que, en aquel preciso instante, se rasgase el camisón de dormir del ama de llaves del párroco de San Marcelo, que estaba tendido en la cuerda (el camisón; no el párroco propiamente dicho) y que temblase la tierra, lo que muy bien pudo ser cierto por la violencia del encontronazo. Sí hay testimonios más fehacientes de que, al punto, oyéronse ayes, lamentos y ululares de unas santas mujeres que aplicábanse a su oficio justo en el caserón de enfrente, paupérrimo lugar ocupado por uno de los más populares burdeles que entonces había en la villa. Y es fama notoria que la jefa, encargada o mandamasa de ellas, llamada La Moncha, cruzó la calle y, oculos suos gementes et flentes, cubrió el rostro del desdichado difunto –que pocos minutos antes había abandonado, satisfecho, su casa– con una doble página del Diario de León, que por entonces llevaba en su mancheta el honroso título de “diario católico regional”. La faz del mártir quedó impresa en el papel. Ese fue el primer milagro. Danse gracias hasta hoy en todos los Jueves Santos.

Quien acababa de entregar su alma era Genaro Blanco Blanco, un personaje bien conocido en los ambientes menos nobles de la ciudad leonesa. Era su origen el hospicio, como se sabe por sus apellidos, y su edad se calcula en bastantes más de cuarenta. Era su oficio el comercio de pieles de liebre y de conejo. Era su ministerio público caminar sin descanso por las numerosísimas tabernas del barrio antiguo, en las que contribuía con frenesí a la prosperidad del sector vitivinícola de la comarca, y aun la provincia, y aun todo el noroeste de España. Era su pasión visitar las casas de samaritanas, singularmente las de La Moncha y la Matacorderos, donde se hacía querer mucho, ya fuese a tocateja o de fiado. Era también famoso su magisterio en algunos populares juegos de naipes, como el tute o la garrafina, cuyas partidas empleaba para impartir sus enseñanzas a quienes le escuchaban. Era su dieta magra y penitencial, pues sólo se alimentaba de queso, naranjas y orujo. Era, en resumidas cuentas, un tipo de cuidado.

CUATRO DISCÍPULOS

Su pasión y muerte, en la noche de Jueves Santo, causaron hondísimo pesar en el lumpen y la bohemia de León, ciudad que entonces era por demás piadosa. Y cuatro discípulos que le seguían decidieron honrar perpetuamente su memoria. Eran estos cuatro Francisco Pérez Herrero, protésico dental y poeta de vuelo de perdiz; Nicolás Pérez, apodado Porreto, árbitro de fútbol; Eulogio “el Gafas”, taxista y obstinado cantor de copla española, y Luis Rico, hombre de buena familia que, evangélicamente, repartió sus bienes entre los pobres taberneros, jugadores y mujeres de vida libérrima que había en la ciudad.

Entre los cuatro determinaron dedicar piadosamente el resto de sus vidas, o al menos la parte nocturna de ellas, a honrar la memoria de quien inmediatamente fue llamado Nuestro Padre Genarín, o también el Santo Pellejero. Y así nació la primera procesión no ya laica sino atea, perdularia, burlona, alcohólica y –esto es muy importante– literaria de la historia sagrada de nuestra nación. Año tras año, en la noche del Jueves Santo, mientras el León decente ocultaba sus muchos pecados bajo túnicas negras que todo lo tapan, se atufaba de incienso, se estremecía al son funeral de cornetas y tambores, y sacaba a la calle, entre flores y oraciones, muchas imágenes sagradas que criaban dedos de polvo durante todo el resto del año; Jueves Santo tras Jueves Santo, en medio de aquella sobreabundancia penitencial que ellos tildaban de hipócrita, santurrona y meapilas, los cuatro discípulos (pronto fueron muchos más: decenas, cientos, hasta miles) celebraban el Entierro de Genarín, un viacrucis que recorría los lugares más notorios de la vida pública del Santo Pellejero (tabernas, burdeles, garitos, el cubo de la muralla en que entregó su alma) y en el que los cada vez más abundantes fieles se entregaban a dos cosas: a trasegar orujo sin duelo ni medida, y a recitar romances en los cuales, cada año con más gracia y talento, se glosaban la figura, la vida, la muerte y los milagros de Genarín. El viacrucis solía acabar en la bellísima Plaza del Grano, con cofrades y penitentes en un estado francamente deplorable.

LOS MILAGROS DEL SANTO PELLEJERO

Aun a riesgo de hacer demasiado larga esta epístola, débense citar algunos de estos milagros. El primero, ya quedó dicho, fue el llamado de la Verónica, aunque no se conserva aquella memorable doble página, ensangrentada, del Diario de León. El segundo, que ocurrió a renglón seguido del primero, fue la redención de la misma Moncha, quien, sin duda impresionada por lo que acababa de presenciar, dejó su viejísimo oficio y se volvió a Lugo, donde había nacido. No queda más rastro de ella (pero tampoco de la Verónica “oficial”, que conste). El tercero fue la curación del Nefrítico de La Sobarriba, comarca leonesa próxima a la capital. Tratábase de un pobre pecador que padecía de cólicos de riñón, y nada le aliviaba, y ni médicos ni ungüentos calmaban su padecer; pero en cierta ocasión, caminando como iba por el mismo cubo de la muralla en que ascendió al cielo el Santo Pellejero, sintió una urgencia irrefrenable en la vejiga, quizá también (cómo saberlo) una Voz que le llegaba de lo alto; obediente a cualquiera de las dos cosas, arrimóse a las venerables piedras y, entre grandes voces, expulsó una piedra del tamaño de una nuez (otros textos sagrados lo limitan al de una almendra grande), y quedó curado. Danse gracias hasta hoy en todos los Jueves Santos.

El cuarto fue el Descendimiento del Sereno de la Carretera de los Cubos. Débese añadir a lo ya dicho que, en la primera estación penitencial de cada Entierro de Genarín, uno de los discípulos –llamado “hermano Colgador”– trepaba ágilmente por las piedras ruinosas de la muralla y dejaba en lo alto la santa ofrenda al mártir: un trozo de queso, unas naranjas y una botella de orujo. Esa tradición se mantiene hoy. Pero pronto apreciaron los antiguos cofrades que aquel óbolo desaparecía de allí más pronto que tarde, y no sabían la causa. "En verdad, en verdad os digo que algún hijo de Satanás nos la está jugando", aseguraba Paco Pérez, el mecánico dentista. Así que cierto año, antes de emprender la procesión, rezáronle todos a Genarín para que pusiese fin a aquella profanación inicua; así fue como poco después, circa horam nonam, el sereno de aquel barrio, que era el mal ladrón de las sagradas dádivas, dio un mal traspié por las cumbres de la muralla; y descendió de lo alto, y sobre las losas quedó yerto por sus muchos pecados. Danse gracias hasta hoy en todos los Jueves Santos.

El quinto y más nombrado milagro de Genarín fue el ascenso a Primera División del equipo de fútbol local, la Cultural y Deportiva Leonesa, en la temporada 1954-1955, prodigio que nunca antes se había logrado y que nunca después se ha vuelto a repetir. Los cuatro “evangelistas” ya mencionados sabían bien que del partido ante el Hércules de Alicante dependía todo. Así pues, el sábado de víspera encamináronse hasta el campo de fútbol de La Puentecilla, que estaba desguarnecido; saltaron la valla y, con un hisopo obtenido de manera poco clara, asperjaron con orujo los cuatro córners y los dos puntos de penalti. Al día siguiente, en el partido, comenzó marcando el Hércules. Grande fue el llanto y el rechinar de dientes. Pero uno de los Cuatro, alzando los ojos al cielo, clamó, voce magna: “¡Genarín! ¡Como pierda la Cultural, te va a volver a llevar orujo a la muralla tu p… madre!” El equipo leonés tranformóse de súbito en legión de ángeles, y ganó la Cultural por dos a uno, y, a pesar de que padeció, ascendió a Primera. Aunque luego volvió a ser sepultada en Segunda y hasta en Segunda B, y no ha vuelto a ascender, danse gracias hasta hoy en todos los Jueves Santos.

AMIGOS Y ENEMIGOS DE LA FE

No hace falta decir que el Entierro de Genarín fue objeto, desde su mismo nacimiento, de las iras de las demás cofradías leonesas: las que ya estaban y las que se habían de fundar con el correr de las décadas, bendecidas todas por la Santa Madre Iglesia. En la requetepía España franquista, las fuerzas vivas de la localidad (y singularmente un feroz cronista de la prensa local que firmaba Lamparilla, sucesor ideológico directo del cardenal Segura y antecesor en lo mismo, por tanto, de Juan Manuel de Prada) no cejaron hasta lograr que la autoridad prohibiese la fervorosa y libatoria caminata. Se recuperó tan acrisolada tradición en 1977. La prensa leonesa, que seguía siendo piadosísima, disparaba cada año sobre los acólitos del Santo Pellejero improperios capaces de tumbar las pirámides de Egipto, pero el resultado (¿otro milagro de Genarín?) fue que, treinta y pocos años después, el Entierro no sólo es la procesión más seguida y multitudinaria de toda la Semana Santa leonesa, sino que figura en las ofertas de prácticamente todas las agencias de viaje europeas que intentan atraer turistas a España durante los días de la Pasión. Se han escrito libros memorables, como el de Julio Llamazares. Se han hecho películas como Bendito canalla. Y, esto sobre todo, se ha ganado muchísimo dinero. Lo que cada año deja Nuestro Padre Genarín en las arcas de la hostelería leonesa multiplica por una cifra de muchos dígitos el valor de las treinta monedas de Judas Iscariote.

De ahí que, salvo cuatro integristas a los que nadie hace mucho caso, ningún leonés sensato se plantee seriamente impedir que, cada Jueves Santo, desde la calle de la Sal, siga saliendo, nada solemne pero muy devota, la única procesión –repitamos– laica, atea, golfa, burlesca, alcohólico-lírica y un sí es no es blasfema de toda la Semana Santa española. Y de ahí también que a muchos prosélitos genarinescos nos dé muchísima risa cuando la autoridad municipal y/o autonómica prohíbe que se monte otra parecida en Madrid, y lo haga con un argumento inequívocamente marxista (pero de Groucho Marx): que podría perjudicar al turismo que atrae la Semana Santa a la capital de la nación. Doña Esperanza, don Alberto, señores jueces, señores munícipes, publicanos todos, fariseos y miembros del Sanedrín: no tienen ustedes ni idea de lo que están diciendo. Pero es que ni idea.

Ya he escrito bastante: vuelvo a la noticia. Este año abriéronse los cielos y precipitaron sobre León tal cantidad de agua, rayos y truenos que no salió ninguna de las procesiones del Jueves ni del Viernes (salvo que ahora mismo anden por la calle los papones del Santo Entierro, que no lo sé de fijo). Solamente el Entierro de Genarín, que no tiene nada de santo pero que es muchísimo más divertido, convocó a las cada vez más nutridas multitudes y celebró sus catorce “oraciones”, libaciones y romances ripiosos. A pesar de la catarata que caía del cielo. ¿Por qué? ¿Porque el orujo es soluble en el agua y los pasos procesionales no la soportan? Puede ser. ¿Un nuevo milagro de Genarín? Más que un milagro estaríamos hablando de una inmensa cabronada, pero todo podría ser: si la fe mueve montañas, ¿qué no hará con las nubes, que son más livianas? El hecho es que, en este 2011, la parte “grande” de la Semana Santa quedó para Genaro y sus discípulos. A las cinco de la mañana aún se oían por las calles de León cánticos muy desafinados y de letra impublicable. Genarín ha demostrado ser, además de todo lo que dicho queda, insumergible. Así que, como dice la vieja oración, siguiendo sus costumbres, / que nunca fueron un lujo, / bebamos en su memoria / una copina de orujo.

Amén. Demos gracias desde hoy en todos los Jueves Santos.


No puede ser, esa mujer es buena

20.04.11 | 22:55. Archivado en Actualidad

Es cosa demostrada que en España hay pocos poetas buenos, pero también lo es que el ingenio poético de la multitud no tiene parangón. Los ripios callejeros son, algunas veces, gloriosos, sobre todo cuando la gente es feliz; por eso en las manifestaciones políticas o sindicales son tan malos, porque el personal suele estar cabreado. Pero cuando corren la risa, los abrazos y la euforia colectiva, la mezcla de ingenio y de adrenalina produce resultados prodigiosos. Y ahí está el fútbol.

Imposible olvidar a aquellos cientos de radiantes, saltarines y algo achispados “franciscosdequevedo” de todas las edades que, el día en que España ganó la Copa del Mundo de fútbol, gritaban en la plaza de la Cibeles: “Sara Carbonero / se tira a mi portero”, aserto en el cual, además de la constatación de una realidad empírica inobjetable, había una mezcla de envidia y admiración a partes iguales. Sentimientos que comparto, desde luego.

Ahora mismo, mientras escribo, la Gran Vía madrileña se llena de gente feliz. El Real Madrid acaba de vencer al Barcelona en la final de la Copa del Rey. Eso quiere decir que en el barrio no vamos a dormir en toda la noche, ya lo sé, porque la peña va a estar aquí mismo esperando que lleguen los héroes victoriosos, sea a la hora que sea. A mí no me gusta el fútbol, pero me parece muy bien que la gente disfrute. Así que ya suenan petardos, bocinas, cánticos y, como no podía ser de otro modo, versos improvisados. Y vuelve a producirse el fenómeno. Esta gente tiene un talento insuperable.

Todos sabemos que el barcelonista Piqué, que será un buen muchacho –no vamos a discutir eso ahora– pero que también es un merluzo con sus trazas de chulo, les dijo el otro día a los jugadores del Madrid aquello de “españolitos, ahora os vamos a ganar la Copa de vuestro rey”, como si ese rey no fuese también el suyo y él no jugase en la selección nacional. Pero es que, como se acaba de comprobar tras el pitido final del árbitro, esa frase añade a las numerosas cualidades morales de Gerard Piqué la condición de bocazas. Si el Barça hubiese ganado el partido probablemente no habría pasado nada más, pero el equipo de Piqué ha perdido y las cañas, como no podía ser de otra manera, se han vuelto lanzas. Y el ingenio popular, que tiene siempre un tizne escatológico, bajovéntrico y cabronzuelo, le ha devuelto –le está devolviendo en este preciso instante, ahí en la calle– la perla a Piqué… untada en medio litro de ácido nítrico. Los pareados son dos. El primero era de esperar ("Piqué, cabrón, / saluda al campeón"), pero el segundo es una joya: “A Shakira / cualquiera se la tira”. Lo está repitiendo todo el mundo bajo mi ventana, entre grandes carcajadas

Hombre, a mí me da... no sé qué me da. Qué culpa tendrá la pobre, aunque le dé por cantar con esos gallos espeluznantes. Me viene a la cabeza ahora mismo la ira de “Leandro” en la zarzuela La tabernera del puerto, de Pablo Sorozábal, que probablemente Shakira no ha oído en su vida pero da igual: “¡No puede ser! Esa mujer es buena. / ¡No puede ser una mujer malvada! / En su mirar, como una luz singular, / he visto que esa mujer es una desventurada”.

De nada, Shakira, hija. Ya, ya sé que no es lo mismo una romanza de zarzuela que un ripio genial, pero he hecho lo que he podido. Eso te pasa por liarte con un bocazas. Para otra vez ponle varas a Cristiano Ronaldo, jolín, que es más o menos igual de guapo, no pincha cuando le besas, corre más (hoy se ha comprobado de sobra) y, por lo que tenemos visto, te mantendrá a salvo de que te saquen coplas y cantares. Reina mora.


Premio "Gilipollas del año"

28.09.10 | 00:45. Archivado en Actualidad

 

Creo que estarán todos ustedes de acuerdo en que el fallecimiento de José Antonio Labordeta ha provocado en España, en toda España, un sentimiento de dolor y de cariño que se ve ya muy pocas veces. Nada que ver con la política, ni con la música, ni con las mochilas siquiera. Desde el Rey, que le llamó “gran patriota”, hasta el paisano de la última aldea que un día se emocionó con su célebre Canto a la libertad, pasando por representantes de todas las opciones políticas (incluidas aquellas a las que él combatía), todo el país ha sentido ese dolor y ese cariño por la partida de un hombre con el que se podía estar de acuerdo o no –eso nos pasa a todos–,  pero que era, en el mejor sentido de la palabra, bueno.

No todos. Un ciudadano que se llama Salvador Sostres escribió, al día siguiente del fallecimiento de Labordeta, un artículo que revuelve las tripas, y eso es lo más suave, respetuoso y comedido que se me ocurre ahora mismo. Además, él lo tomará como un elogio porque exactamente eso era lo que pretendía, y nada más. El texto se publicó en el blog que a este señor le han concedido en la página web del diario El Mundo y su enlace es el siguiente: http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/guantanamo/2010/09/20/espana-despues-de-labordeta.html

Si tienen estómago para entrar ahí, juzguen ustedes mismos. Yo sólo diré que el desprecio, la petulancia, la bajeza moral y la indignidad de ese texto me han revuelto, repito, las tripas. Pero no me han sorprendido.

Este Sostres, del que reconozco que hasta hace un par de días no había oído hablar, no es ninguna excepción. Todo lo contrario. Es un tipo sin apenas formación (hizo algo de periodismo; luego lo dejó) que hace ya tiempo decidió hacerse famoso según el método que definió Salvador Dalí, o al menos a él se le atribuye la frase: “Que hablen de mí aunque sea bien”. Es uno más de entre los miles que buscan la notoriedad a base de montar todo el follón posible: saben bien que, si hubiese que atenderles por lo que todos entendemos por méritos, no llegarían ni a la puerta de su casa. Hay numerosísimos ejemplos, y en todos los ámbitos de la vida ciudadana.

Camilo José Cela contaba una anécdota de Pío Baroja. Al anciano escritor vasco le insultaba en la prensa, semana sí y semana también, un plumilla marisabidillo y desconocido que le ponía de vuelta y media cada vez que hallaba motivo, y sobre todo cada vez que no lo hallaba. Don Pío, cuando le mostraron uno de aquellos escupitajos impresos, sonrió: “Pobrecillo. Le habrán dado quince duros… ¡De algo tiene que vivir! Además, ¡quiere hacerse famoso, como todos los chicos! ¡Hay que entenderle!”

Algunos nacionalistas catalanes (el barcelonés Sostres lo fue, pero lo dejó a tiempo: pagan mejor en el bando contrario) se apresuran a quemar fotos del Rey en cuanto ven una cámara de fotos en las inmediaciones, y se sienten luego satisfechísimos de salir por tal motivo en los periódicos: eso les basta. La mafia de ETA hace ahora patéticos comunicados para lograr eso mismo, que se siga hablando de ellos; y ya, de paso, tratan de mantener en lo posible su medio de vida, que es la extorsión. Belén Esteban, la autora del golpe de cadera más rentable del siglo XX español desde el que protagonizó cierta guapa que se casó con cierto viejo noble centroeuropeo, no duda en hacer el ridículo ante las cámaras para obtener lo que quiere: notoriedad y dinero, no necesariamente por ese orden. Los hermanos Matamoros. Nuria Bermúdez. No quiero cansarles, porque los ejemplos de sinvergüenzas sin oficio ni beneficio que tratan de salir del arroyo a base de escandalizar a los demás son incontables. Sólo uno más: un tal Carlos, chulillo de mala muerte que un día fue elegido para uno de esos programas zoológicos de televisión (una de las primeras ediciones de Gran Hermano) y que desde entonces vive de montar el pollo más desagradable cada vez que le llaman, orgulloso de su sobrenombre: el Yoyas.

 

Quizá sea este último ejemplo, el del Yoyas, al que más se asemeje el tal Sostres. No es la primera vez que este muchacho intenta montar su consabido numerito para que se hable de él. Anduvo por algunas radios y televisiones autonómicas, pero aquello no terminó de cuajar. Colaboró en Crónicas marcianas, pero tampoco tuvo demasiado éxito: la competencia entre frikis, con el culo de Boris Izaguirre como buque insignia, era feroz. Hace cinco años, cuando aún era nacionalista catalán, publicó esto en el diario Avui: En Barcelona queda muy hortera hablar en español, yo solo lo hablo con la criada y con algunos empleados. Es de pobres y de horteras, de analfabetos y de gente de poco nivel hablar un idioma que hace un ruido tan espantoso para pronunciar la jota”. Hay que admitir que su desprecio por el idioma español es sincero: no hay más que ver cómo lo usa. Al año siguiente, 2006, le salieron algo mejor las cosas: se querelló contra él nada menos que el entonces presidente de la Generalitat catalana, Pasqual Maragall: Sostres, en su blog, le había llamado algo bastante parecido a borracho y había sugerido que sus problemas mentales procedían de ahí. Hay que recordar que Maragall hizo pública su enfermedad de alzheimer en 2007, no antes.

Pero ahora, con su… artículo (de alguna manera hay que llamar a eso) sobre Labordeta, Sostres ha cometido un error: ha escupido sobre alguien que, en el momento en que apareció el texto, carecía de enemigos. Con su mamarrachada sobre lo hortera que es hablar español, es posible que se pusiesen de su parte los más toscos nacionalistas. Su injuria hacia Maragall (que éste acabó perdonando y Sostres fue absuelto) debió de atraerle la simpatía de los más bestias de entre los enemigos, que no adversarios, del president socialista. Siempre hay gente así. Pero cuando, hace pocos días, se puso a vomitar sus repulsivas gracietas sobre el cadáver de José Antonio Labordeta, no se dio cuenta de que no había nadie dispuesto a reírse. Que todo el país: repito, desde el Rey hasta el último labriego, sentían dolor y cariño hacia el gran aragonés que acababa de partir.

La que se le ha venido encima ha sido tremenda. En el preciso momento en que escribo esto, martes 28 de septiembre a la 1,24 de la madrugada, 23.169 personas se han adherido a una página de Facebook  que se titula de manera muy explícita: “Salvador Sostres, gilipollas del año”. El número aumenta minuto a minuto y debo decir que ese epíteto, “gilipollas”, es, sin la menor duda, uno de los más cariñosos que miles de comentaristas dedican al autor de las pulidas, meditadas y bien argumentadas piezas literarias que he mencionado más arriba. Y esos comentarios no están sólo en Facebook. Dense una vuelta por Google y más vale que se agarren a la silla, porque es un tsunami. Como muestra elijo uno nada más, éste exquisito, de un ilustre profesor universitario catalán: “Conozco a Sostres. Procede de una familia respetable y él ha hecho lo indecible por dejar de serlo. Y lo ha conseguido”. Respuesta de otro internauta: “El esfuerzo y la perseverancia es lo que tienen. Lo que le habrá costado al pobrecito, pero ¡qué resultados!”.

La reacción de Sostres ha sido asombrosa. En otro blog que tiene, éste en catalán (no voy a poner aquí su enlace; bastante caso le estamos haciendo ya al niño), se ha quejado, como un perrillo apaleado y gemebundo, de lo poco que le quiere la gente y de las cosas tan horrorosísimas que le dicen, a él, pobret, que tan sólo se ha limitado a hacer uso de su libertad de expresión. Y para dejar claro cuánto quiere y respeta él esa libertad de expresión, ha cerrado la posibilidad de que los lectores hagan comentarios en su blog. No es que filtre esos comentarios, como hacemos aquí y en muchísimos sitios más para evitar hideputas: es que nadie puede escribir nada. Un tipo coherente este Sostres, ¿eh? Insulta a los muertos, pero hiere mucho su sensibilidad el que los vivos le digan lo que piensan de él. Un corazoncito de cristal es lo que tiene. Angel mío.

Yo no sé si este Desostre de hombre, que tan mal calcula los resultados de su ambición, es de los que se ríe con los chistes de cojos, de tartamudos o de maricones; tengo la intuición de que así es, pero no lo sé de cierto porque él intenta dar, en los medios, una imagen que sería un término medio entre el mencionado Izaguirre y Josemi Rodríguez Sieiro. En cualquier caso, he pensado siempre que todos cometemos errores; que alguien que perpetra una indignidad no se convierte para siempre en un ser indigno, que caer una vez en la cobardía no le hace a uno cobarde y que una sola villanía no lo vuelve a uno villano.

Pero la larga y bien probada contumacia de este Sostres en la indignidad, en la cobardía y en la vileza escritas me animan a pensar que lo suyo no son errores, ni siquiera una estrategia, sino una condición moral. Si así fuese, el multitudinario galardón de “Gilipollas del año” (23.175 fans en este instante, y sigue creciendo) estaría muy justamente otorgado. Es más, se quedaría bastante corto.

Es posible que este Sostres sea, en efecto, un gilipollas. No lo sé: eso es un juicio de valor que comparten 23.192 personas, pero que es difícilmente definible. Aunque sí hay algo irrebatible y evidente que va mucho más allá de un juicio de valor.

Este tío es un trepa. Un puñetero trepa sin escrúpulos. Como hay tantos. A mi modo de ver, eso lleva dentro todo lo demás.

(Ahora mismo, 23.206. Y sigue).


Y, en noveno lugar... ¡Vargas Llosa!

05.09.10 | 23:41. Archivado en Actualidad

 


Por su interés y actualidad, como diría Luis María Anson, y por una vez, me atrevo a robarle a Incitatus lo que ha escrito sobre la inauguración de Letra, encuentro internacional de creadores y artistas (Letra) y de autoridades (la inauguración). Es lo que sigue: 

Hago bien en llegar pronto porque se ha corrido la voz y el salón de actos del Ateneo está hasta arriba, nunca lo había visto así: han tenido que abrir el piso superior (no hollado, imagino, desde cuando don Manuel Azaña) y han habilitado el palquito del fondo como “sala de prensa” en la que trata de colarse todo el que ya no tiene sitio en otra parte. O sea, la marabunta.

¿Motivo? Que se va a inaugurar Letra, el encuentro internacional que, por tercer año consecutivo, reúne en el barrio de las Letras de Madrid a escritores, pintores, músicos, periodistas y demás gente de mal vivir. Esta vez, el país invitado es Perú. Quizá por eso (sólo quizá), el acto inaugural que ha convocado a tanta gente concluirá con un diálogo entre Mario Vargas Llosa y el pintor peruano Fernando de Szyszlo. Ambos están sentados en primera fila, que es la de autoridades.

Hace calor. El esperadísimo acto comienza con música: interviene el ilustre guitarrista Javier Echecopar, que además es agregado cultural de la Embajada del Perú. Toca francamente bien. Interpreta tres obras: Marizápalos, melodía española del Barroco de la que se sirvió Joan Cererols para crear su insuperable villancico Serafín que con dulce armonía; una toccata y sonata, y una tercera pieza cuyo nombre no puedo retener porque un cretino que tengo detrás se ha puesto a hablar por el móvil y no se oye nada. Pero muy bien. El señor Echecopar es muy aplaudido.

En segundo lugar sube al escenario don Carlos París, ilustre presidente del Ateneo, quien saluda a las autoridades (lo cual lleva su tiempo, porque son unas cuantas) y luego cultiva a los asistentes hablándoles sobre el 175º aniversario, que ahora se cumple, de la docta casa; sobre el objetivo de la institución, que es difundir la cultura, y a continuación sobre la historia del Ateneo y la lista de sus presidentes. Cuando va ya por Miguel de Unamuno se interrumpe un momento, quizá para tomar aire, porque sigue el calor; ahí es cuando alguien del público rompe astutamente a aplaudir, los demás le seguimos y don Carlos no tiene más remedio que abandonar el escenario, hay que decir que algo mohíno.

En tercer lugar hace uso de la palabra don Víctor del Campo, joven e ilustre director de Letra, quien da, efusiva y detalladísimamente, las gracias a las autoridades, a los asistentes, a los patrocinadores, a los intervinientes que han intervenido y a los intervinientes que intervendrán. Relata con emoción la trayectoria de Letra durante los dos últimos años y deja exhaustivamente clara su fe en que esta tercera edición será un éxito. Habla con mucho sentimiento y es muy aplaudido.

En cuarto lugar sube al escenario don Beltrán Gambier, ilustre letrado de origen argentino, director de la revista Intramuros y una de las almas de la organización. Su presencia es recibida con murmullos que pudieran parecer de impaciencia a los amargados de siempre, pero que en realidad son de agradecimiento porque don Beltrán, además de volver a dar las gracias uno por uno a todos los antedichos, lee el programa de actos de esta edición de Letra. El programa llevaba como veinte minutos repitiéndose en la pantalla del fondo, gracias a un bien elaborado trabajo de power point, pero ¿y los ciegos, los cortos de vista, los que hubieran podido dejarse las gafas en casa? Alguien tenía que ocuparse de ellos. Don Beltrán es muy aplaudido.

¡NO SE OYE!

En quinto lugar ocupa el podio doña Concha Guerra, ilustre viceconsejera de Cultura de la Comunidad de Madrid (una de las instituciones patrocinadoras del acto), quien, algo nerviosa por los crecientes murmullos que sin duda son de admiración pero la verdad es que empiezan a no parecerlo, comienza a relatar con todo ímpetu (es una mujer de carácter) lo mucho que la Comunidad de Madrid hace por la Cultura, dónde, cuándo, cómo y por qué.

Pero algo va mal. El Ateneo no sería el Ateneo si la megafonía del salón de actos funcionase bien, y el micrófono decide tomarse un descanso; merecido, porque llevamos todos allí ya media hora larga disfrutando de las intervenciones. El caso es que el aire de la sala se rasga con los entrañables alaridos de “¡No se oye!”, tan tradicionales en el augusto caserón de la calle del Prado. Los técnicos empiezan a enredar y pronto vuelve a funcionar el micrófono; eso sí, engalanando la voz de doña Concha con el habitual pitido (juraría, después de tantas veces, que es en Si bemol) que primero suena suavecito, luego atruena, luego vuelve al mezzo piano y luego ya no se sabe. Doña Concha concluye su brioso alegato acerca del inmenso amor que siente el gobierno madrileño por la Cultura y vuelve a su asiento. Es muy aplaudida.

En sexto lugar sube al escenario, en medio de algo que ya es bastante más que un murmullo pero que sigue siendo (cómo no) de agradecimiento, don Miguel Ángel Villanueva González, ilustre concejal delegado del Área de Gobierno de Economía y Empleo del Ayuntamiento de Madrid, quien lee un conmovedor discurso que ha escrito él, vamos, es que está clarísimo que lo ha escrito él mismo, cómo dudarlo, él solito y no un jefe de prensa con sintaxis; un discurso, decía, en el que habla del océano que nos une y no nos separa (se refiere, supongo, al Atlántico; el hecho de que el Perú tenga costa con el Pacífico añade a las palabras del ilustre concejal el delicado aroma de la licencia poética), del idioma de Cervantes, del progreso común y de todas esas cosas tan hermosas y tan originales que tanto emocionan siempre en las inauguraciones de actos. Es muy aplaudido.

En séptimo lugar sube al escenario el excelentísimo señor don Jaime Cáceres, ilustre embajador del Perú, quien, ante el encrespado oleaje verbal –de admiración, disfrute y agradecimiento– que llega desde la sala, comienza: “¡Hombre! ¡Algo tengo que decir yo!” Mientras el concejal Villanueva aprovecha para escurrirse felinamente hacia la calle, el embajador da las gracias a todo el mundo, habla de los artistas, de los creadores, de que estar allí le llena de “orgullo y satisfacción” (subliminal homenaje a nuestro Rey; qué bonito) y de los lazos comunes. Es muy aplaudido.

En octavo lugar vuelve a subir al escenario don Víctor del Campo, ya quedó claro que ilustre director de Letra, quien, luchando como un marinero noruego contra la galerna de gritos, aullidos, bramidos de felicidad y gratitud que llegan desde la sala, se empeña en presentar a los dos señores que van a hablar después. Dice que ninguno de los dos necesita presentación, pero es evidente que él está allí para presentarlos y que no piensa soltar el micrófono hasta que lo consiga. Lo consigue. Es aplaudidísimo.

Y en noveno lugar suben al escenario Mario Vargas Llosa y Fernando de Szyszlo. Pero eso, claro está, no tiene ningún interés. Todos estábamos allí para escuchar a las autoridades y para nada más. Hora y cuarto. De reloj.


Aznar, el héroe de Melilla

20.08.10 | 00:24. Archivado en Actualidad

 

Nadie en Melilla sabía quién era aquel legionario tan audaz y temerario que del avión se bajó. Nadie sabía su historia, pero todos suponían que un gran dolor le mordía, como un lobo, el corazón. Porobón, pom, pom.

Ahí está el asunto, en el dolor. Mejor fuera decir en el rencor, pero la verdad es que eso da igual porque el resultado es el mismo: no levanta cabeza este hombre, no se recupera.

José María Aznar, ex presidente del Gobierno español, se presentó en Melilla por su santa voluntad en lo que él seguramente suponía que era el momento más duro del “conflicto” entre España y Marruecos: ya saben, el último episodio (por ahora) de palpamiento genital que el rey Mohamed VI ha obsequiado a España, con su bloqueo de transportes, sus carteles infamantes contra las mujeres y las habituales alharacas de estas fiestas tan tradicionales.

¿Razones? Según él, pretendía mostrar a los melillenses todo su apoyo en momentos tan difíciles, en los que el Gobierno de Zapatero los trataba con su habitual “dejadez”, como él dijo. Los melillenses lo vieron pasar por las calles sin entender, supongo, gran cosa, porque los momentos difíciles para ellos, si es que llegó a haberlos, habían terminado ya: horas antes de que Aznar se bajase del avión por ir a su lado a verlos, su más leal compañero (porobón, pom, pom), precisamente las gestiones del Gobierno español lograban la desconvocatoria de las concentraciones fronterizas, la retirada de los cartelitos y el regreso a sus casas de las dos docenas de bien pagados y adiestrados voceones marroquíes que tanta tinta han hecho correr. Así que Aznar calculó mal. Llegó con la manguera cuando ya no había fuego.

¿Calculó mal? ¿Seguro? Yo no lo estoy del todo. Si lo que pretendía era nada más mostrarse como el defensor de Melilla y el héroe de Beni Enzar, está claro que se pasó de frenada. Pero si lo que buscaba era soltarle una bofetada pública al Gobierno de España (no al Gobierno de Zapatero: al de España), ha acertado de pleno. Su mensaje pretendía ser, sin duda, este: “Así es como se porta un presidente con un par de pelotas, y no como ese pringao que tenemos ahora”. Está claro que el mensaje siguiente debería ser: “Así que ya sabéis a quién tenéis que votar la próxima vez”, lo cual debería tener a su antiguo hombre de confianza en el PP, Mariano Rajoy, no ya fumando puros sino masticándolos. De ahí que Aznar, destacado militante del PP, no pidiese permiso al presidente de su partido para desembarcar en Melilla: se limitó a informarle de que iba a ir. Lo que se dice un gesto de cortesía para con el servicio.

LO QUE NO SE PUEDE HACER

El problema es que hay cosas que Aznar no puede hacer, por la simple razón de que ha sido presidente del Gobierno español. La más elemental decencia política, y los usos y costumbres en todos los países civilizados, indican que quien ha sido jefe del Gobierno de un país no puede zaherir, atacar ni ridiculizar, en la escena internacional, a otro jefe de Gobierno del mismo país, anterior o posterior, aunque sea de signo político distinto. Un ex presidente representa a su Estado de por vida a los ojos del mundo, y antes que su personal opinión, o ambición, o rencor político, están el prestigio y el buen nombre de la nación que en otro tiempo dirigió. Y eso vale para todos.

Aznar, como jefe de la Oposición, estaba en su derecho de llamar “pedigüeño” al presidente González –aunque aquello fuese moralmente vergonzoso– cuando éste trataba de obtener para España los abundantes fondos de cohesión europeos que tanto y durante tanto tiempo nos beneficiaron. Pero como ex presidente no puede tomar iniciativas que lesionen en el exterior la imagen de otro presidente, porque lo que está haciendo es deteriorar la imagen no de su sucesor, sino del país.

Jimmy Carter ha actuado y sigue actuando hoy como “embajador”, representante y mediador de EE UU en los más diversos conflictos, y eso con Reagan, con los dos Bush, con Clinton y ahora con Obama. Jamás se le ha ocurrido, ni se le ocurrirá, criticar en un foro internacional a ningún presidente de su país, sea quien sea y del partido que sea, porque sabe que está representándolo, siquiera sea moralmente. Chirac, tras dejar el palacio del Elíseo, ha mantenido un respetuoso silencio y nunca se le pasó por la cabeza meterse con Sarkozy. Kohl hizo lo mismo con Schroeder, y Schroeder con Angela Merkel. Nunca se vio ni se verá a Tony Blair ridiculizar en público a Margaret Thatcher, a Brown o al actual primer ministro, Cameron. Y así en todas partes.

 

Adolfo Suárez siguió en política después de abandonar la Moncloa y combatió, como era su derecho y su obligación, al gobierno de Felipe González. Pero nunca en el extranjero, ni participó en actos internacionales que pudiesen lesionar la imagen del gobierno que tuviese España en aquel momento. Leopoldo Calvo-Sotelo, tras dejar la presidencia, llegó a pensar seriamente volver a la política de la mano del PP y no era raro verlo en actos que protagonizase Aznar, pero jamás dijo o escribió nada contra Felipe González en el ámbito internacional, y mira que Leopoldo era temible escribiendo. El propio González, atacado durante años sin la menor piedad por Aznar y por los periodistas de cabecera de Aznar (fue lo que Luis María Anson, uno de ellos, llamó en la revista Tiempo “una conspiración que llegó a poner en riesgo la estabilidad del Estado”), se abstuvo, en foros internacionales, de hablar mal de su sucesor desde el mismo día en que dejó la presidencia. Podía criticarle aquí –y vaya si lo hizo– por episodios como la tremenda foto de las Azores y otros más. Pero nunca, en ningún caso, lo abochornó fuera de nuestro país o ante extranjeros. Y, como es normal, informó en muchas ocasiones al Gobierno (en estos días lo ha recordado él mismo) de a dónde iba a viajar, con quién se iba a ver, qué premios iba a recibir y lo que pensaba decir en sus conferencias. Esa es la actuación normal de un ex presidente. Eso es lo que han hecho todos… hasta Aznar.

El último presidente del PP ha tomado por costumbre poner verde a Zapatero allí donde vaya, sobre todo si es en Estados Unidos. Le importa un puñetero pimiento que eso desacredite no ya a Zapatero, sino a España. Y toma como una humillación imperdonable que Zapatero le defienda a él, como ha ocurrido en varias ocasiones; la más sonada, la XVII Cumbre Iberoamericana (Santiago de Chile, noviembre de 2007) en la que el desquiciado de Hugo Chávez se puso a llamar fascista a Aznar delante de todos; Zapatero le paró los pies diciéndole que Aznar era un “ex presidente democrático español” y el Rey cortó por lo sano con el inolvidable “¿Por qué no te callas?”

Aznar, pues, se ha comportado con deslealtad hacia su país (no hacia el Gobierno: hacia su país) en numerosas ocasiones desde que dejó la Moncloa. Esta “liberación de Melilla” no es más que el último episodio… por ahora. Es evidente que Mohamed VI y sus vasallos se habrán puesto contentísimos: “Este chico es un solete”, se habrán dicho; “ya habíamos dejado el palpamiento escrotal y gracias a él, que en eso es un maestro, tenemos tres o cuatro días más de portadas gratis. Alá le proteja. Oye, Abbas, ¿te quedan por ahí medallitas de esas de Wissam alaui, las que les dimos a las monjas el otro día? Porque habrá que tener un detalle con este hombre…”

UN HOMBRE CAMBIADO

La pregunta es por qué lo hace. ¿Sólo porque en su partido estén decididos a recuperar el poder como sea y para ello no duden en cometer bajezas que nadie había visto desde la Transición, y sobran los ejemplos? En parte es así, pero yo creo que, en el caso personal de Aznar, el asunto va más lejos.

No soy de las numerosas personas que ridiculizan por sistema a José María Aznar, que le zahieren cada vez que hablan de él y que, en el fondo de su corazón, sienten por ese hombre algo bastante parecido al odio. Le conocí personalmente en 1999, cuando mi periódico de entonces me metió en un indescriptible Citroën AX (cuando pasabas de 120 escupía tornillos y tuercas por el tubo de escape) y me encargó que siguiese al presidente durante la campaña electoral del PP para las elecciones municipales y autonómicas que se celebraron el 13 de junio de aquel año.

Fue una locura. Aznar dio mítines en las ciudades en que su partido podía perder (y la verdad es que perdió en casi todas ellas): San Sebastián, Sevilla, Valencia, Vitoria, Badajoz, Talavera de la Reina, Barcelona, yo qué sé. Crucé España veinte veces metido en aquella croqueta con ruedas.

Y vi a un hombre que me sorprendió. Un tipo inteligente y hábil que creía sinceramente en lo que decía, que hacía verdaderos esfuerzos por vencer su timidez natural y que se ganaba al público. Mejor dicho, que se ganaba a los tres o cuatro del público que no vinieran ya ganados de casa, porque es cosa conocida que a los mítines, sean del partido que sean, casi no van más que los adheridos inquebrantables. Recuerdo que en todos los actos, pero en todos, siempre había una moza, sin duda siempre la misma ("por sus voces las conoceréis", decía el director de mi coro, que era canónigo) y supongo que una becaria del staff de la campaña, que, en cuanto Aznar salía a las tablas y se acercaba al micrófono, chillaba desde las gradas: “¡Guapoooo!” Él se hacía el sorprendido y, serio como una ecuación de segundo grado, respondía: “Guapa, tú”, y la gente se mataba a aplaudir.

Recuerdo que en Sevilla, en la Plaza de España, intentaron reventarle el acto unas decenas de médicos, o enfermeras, o algo semejante, que protestaban por no sé qué. Se los metió en el bolsillo, se los ganó con un par de frases verdaderamente nobles y los reventadores acabaron aplaudiéndole. No se me olvida su serenidad en el mitin del frontón de Anoeta, en San Sebastián, un acto de alto riesgo (no había más que ver la calle) en el que se colaron seis u ocho de los de la cáscara amarga de esa tierra, y él se les enfrentó con una sonrisa y con todo respeto: acabaron marchándose, sonrojados. Y cómo no recordar al Aznar cansado de Badajoz, cuando se salió del guión habitual y, en el momento en que concluyeron las conexiones en directo para los telediarios (los mítines se hacen en función del horario de los informativos), se puso a hacerle a la gente confidencias casi sentimentales que, me imagino, provocarían espasmos nerviosos entre los estrategas de la campaña, que se aterrorizan ante todo lo que escapa a su control.

Aquel tipo decidido, tenaz, generoso, tímido, noble y obcecado(sigue pensando que llevaba razón cuando lo de la guerra de Irak) no tiene nada que ver, a mi juicio, con el Aznar de hoy. Ha cambiado. Y el punto de inflexión llegó el 14 de marzo de 2004.

EL GOBIERNO QUE MINTIÓ Y QUE PERDIÓ

En las 72 horas posteriores a la masacre del 11-M en Madrid, el gobierno que presidía Aznar cometió el inaudito error de mentir a los españoles. No a sangre fría, porque en aquellas horas terribles nadie tenía fría la sangre, pero mintieron. Lo hizo el presidente y lo hicieron varios de sus ministros, singularmente uno que me abstendré de señalar porque ya no está en política y además no hace falta. Trataron de convencer a la gente de que los crímenes los había cometido ETA, cuando en realidad habían sido –como demostró la investigación judicial, aunque todavía hoy lo niega la extrema derecha– los fanáticos islamistas relacionados con Al Qaeda. Los ciudadanos no perdonaron aquella mentira, que además era absolutamente innecesaria para ganar las elecciones, y muchísimos cambiaron su voto después de quedarse afónicos de tanto gritar “mentirosos” en muchas calles de toda España. José María Aznar logró así la “hazaña”, inédita en la democracia española, de llevar a su partido desde la mayoría absoluta a la oposición.

 Su cara aquella noche, la del 14 de marzo, lo decía todo. Era el rostro de alguien que, una de tres: o acaba de enterarse de que su amor le engaña, o ha sido presa súbita de un odio invencible, o tiene altísimo el ácido úrico. La realidad tenía bastante que ver con las dos primeras hipótesis. Con la tercera, pues no lo sé.

No lo ha superado nunca. Lo tomó no como un revés político sino como una afrenta personal. Esa cara de don Quintín el amargao que no le ha abandonado desde entonces, ni siquiera cuando se ríe, muestra con toda claridad un rencor gigantesco, un rencor vivo y agusanado que le ha ido carcomiendo el corazón, un rencor shakespeariano  que, como un grano de arena dentro del ojo, no le deja vivir ni de día ni de noche. Zapatero no es, para él, un adversario político: es un enemigo que algún día habrá de pagarlas todas juntas. Es quien le echó de su sueño. Ese tío.

Eso explica (pero de ninguna manera justifica) que Aznar haya desembarcado en Melilla, de nuevo como Douglas McArthur, con la evidente intención de palparle el escroto a Zapatero, sin tomar en consideración el hecho irrebatible de que estaba metiendo las patazas en la política exterior de España y de que un ex presidente del Gobierno no puede hacer eso. Nunca. Pero le da igual, ya lo hemos visto. El rencor, el maldito rencor, no le deja ver ni los árboles, ni el bosque, ni nada.

Puede que el heroísmo melillense de Aznar haya confirmado para el PP quince o veinte votos de exaltados que, de todos modos, ya le iban a votar. Pero el una vez más desleal ex presidente del Gobierno español le ha hecho un flaquísimo favor a su país: le ha dejado claro al sátrapa Mohamed VI lo que tiene que hacer la próxima vez. Sabe que le bastará poner en cualquier paso fronterizo a veinte soplagaitas dando voces para que, en España, se produzca un río revuelto de políticos a la greña del que él no podrá salir sino beneficiado, ya que la comunidad internacional pensará, y no sin motivo, que la clase política española es una jaula de grillos bananeros incapaz de ponerse de acuerdo ni siquiera para defender juntos lo de todos; esto es, lo que todos dicen defender mientras se mentan la madre mutuamente. Porque una cosa son los rifirrafes de la lucha política doméstica, que ya sabemos que suelen ser muy desagradables, y otra jugar con lo que nadie juega en ningún país civilizado, que es el prestigio del país de todos y –repito la frase de Anson– “la estabilidad del Estado”.

Aznar ha metido en un problema –¡otra vez!– a su propio partido y al señor que lo preside, Mariano Rajoy: le ha obligado a salir en su defensa, a justificar lo injustificable y, esto es lo peor, a forzar su habitual demagogia hasta extremos delirantes. Rajoy ha explicado que la presencia de Aznar en Melilla estuvo la mar de bien porque que el Gobierno no estaba haciendo nada para solucionar el asunto. Es decir, la habitual letanía, la matraca que el PP viene usando para cualquier cosa que ocurra desde hace más de dos años. Por Dios, Mariano, por Dios. Un niño de seis meses es capaz de entender, él solito, que el lío lo ha solucionado el Gobierno, como no podía ser de otro modo, ¿quién lo iba a solucionar si no? ¿Mohamed VI, que es así de simpático y de buena persona? Pero el Ejecutivo español ha logrado hacerlo como él quería, es decir, armando el menor ruido posible (una llamada de don Juan Carlos a su primo marroquí fue lo más sonado que se hizo, y debió tratarse con mucha más reserva). En contra de la intención de los marroquíes, que era armar toda la gresca posible, el "conflicto" ha concluido sin llamada a consultas del embajador, sin viajes espectaculares de Moratinos a Rabat y sin la movilización del Consejo de Seguridad de la ONU ni de los Tercios de Flandes. Que eso, el follón padre, era, Mariano, jolines, lo que quería Mohamed VI… y lo que casi le ha obsequiado, gratis et amore, esa penitencia que tienes, ese hombre a quien la suerte hirió con zarpa de fiera, ese novio de la muerte que se plantó en Melilla sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, en contra de los intereses de su país, para decir "aquí están mis escrotos" y "Zapatero no tiene pilila inún calá tendrá". Y encima llegó tarde, que es el colmo.

Tenemos un problema con este hombre. Todos: el actual gobierno socialista, el posible próximo gobierno del PP (¿qué hará Rajoy con Aznar si llega a la Moncloa? ¿Nombrarlo embajador plenipotenciario en la Estación Espacial Internacional? ¿Encerrarlo en un torreón de Tordesillas, como hizo Carlos I con su madre Juana la Loca?) y, desde luego, España y su imagen internacional. Cualquier día puede que se le ocurra, no lo permita el Cielo, asesorar a los especuladores internacionales para que deterioren aún más nuestra deuda, o quizá le dé por hablar con Argelia para que nos suba el precio del gas, o escribirá a Obama para que no nos vuelva a dejar silla en el G-20; y todo por jod… (perdón) a Zapatero, que es para lo que parece que Dios ha puesto a Aznar en este mundo. Aunque mejor no demos ideas, que las carga el diablo.

La solución que se me ocurre es aparentemente sencilla, pero en realidad muy difícil. Porque ¿quién en el PP tendrá alguna vez el valor suficiente para decirle: “Josemari, yo conozco un psicólogo de toda confianza que, si tú quieres, podría…”? Y, sobre todo, ¿quién le paga luego la cura de reposo al pobre psicólogo? ¿Eh?


El real palpamiento

14.08.10 | 05:04. Archivado en Actualidad

 


Varios grupos de honestos, probos y sobre todo espontáneos ciudadanos marroquíes, haciendo uso del derecho de libre manifestación al que están acostumbrados desde hace décadas, se dedican en estos días a impedir el paso de camiones con alimentos a la ciudad de Melilla. Los melillenses empiezan a sufrir problemas de desabastecimiento y se dice que pronto puede suceder lo mismo en Ceuta.

La causa no puede ser más justa: el 16 de julio pasado –es decir, hace casi un mes–, un vehículo en el que viajaban cuatro ciudadanos también marroquíes, no menos honestos, no menos probos y desde luego igualmente espontáneos, trataron de entrar en Melilla enarbolando la bandera de Marruecos, símbolo de libertad y democracia universalmente reconocido, como todo el mundo sabe. Los cuatro sencillos turistas hubieron de padecer la incalificable humillación de que los agentes del puesto fronterizo de Beni Enzar les pidiesen la documentación y, sobre todo, enrojecieron de justificada ira cuando se percataron de que alguno de esos agentes era mujer, que dónde se ha visto eso. Lógicamente indignados, los cuatro marroquíes no tuvieron más remedio que agredir, con la debida contundencia, a los policías del puesto, que es lo que todos ustedes y yo mismo hacemos cuando queremos entrar en otro país y nos piden el pasaporte. Los agentes reclamaron refuerzos, los marroquíes no pasaron y así empezó todo este lío.

¿Qué hizo y qué está haciendo la Policía marroquí, allí presente? Pues nada, qué van a hacer los pobres. Mirar, sonreír y hablar de sus cosas, como es la obligación de todo agente del orden en un país democrático cuando unos ciudadanos se lían a palos con otros. Además, los agentes marroquíes –célebres en todo el mundo por lo exquisito de su comportamiento y la corrección de su trato, como tienen muy claro todos los ciudadanos del país vecino– jamás osarían estorbar las iniciativas de organizaciones ciudadanas tan irreprochablemente honestas, espontáneas y ajenas a toda manipulación oficial como son el Comité para la Liberación de Ceuta y Melilla y la Coordinadora de la Sociedad Civil en el Norte de Marruecos. Estos grupos los dirige, por puritita casualidad, el mismo señor, Mounaim Chaouki, que no sé quién es pero que Alá le guarde; está claro como la luz del día que han nacido sólo y nada más que de la natural exasperación que brota en el corazón puro de unos ciudadanos acostumbrados a la libertad, que ven cómo los habitantes de Ceuta y Melilla padecen la más espantosa de las tiranías. Y han anunciado ya que, en los próximos días, el bloqueo a los alimentos se extenderá también a los materiales de construcción y a los mismos trabajadores que cruzan diariamente la frontera. Trabajadores que, de más está decirlo, cada vez que regresan a Marruecos –lo mismo les pasa a los comerciantes de todo tipo–, suelen agradecer sus desvelos a los amabilísimos policías de su país y les ofrecen, con toda generosidad y de modo inequívocamente voluntario, un cariñoso estipendio que consiste en un porcentaje variable sobre las ganancias del día. Algo que los señores guardias agradecen con ruborizada humildad y con lágrimas en los ojos.

 

El asunto se ha aliñado con la aparición en territorio marroquí de carteles injuriosos hacia los policías españoles, sobre todo hacia las mujeres; carteles que nadie sabe quién ha encargado, diseñado, fotomontado, impreso ni colocado, lo cual es muy comprensible porque ninguna policía del mundo, ni siquiera la marroquí –esa congregación de santos– tiene tiempo para ocuparse de todo ni investigarlo todo. Que no hacemos más que pedir. Caramba.

Las cosas han llegado a tal extremo que, tras ¡cinco protestas oficiales! de Marruecos, el Rey de España ha tenido que llamar por teléfono, una vez más, a su “primo” del otro lado del Estrecho, Mohamed VI, para pedirle que, en la medida de las escasas posibilidades que le concede su condición de rey constitucional e irreprochablemente democrático, haga lo posible por mediar en el espontáneo conflicto y ayude a que las aguas vuelvan a su cauce.

EL QUE MANDA

Miren ustedes, no pasa nada. Por enésima vez, no pasa nada. Quien, a mi modo de ver, ha dado de lleno en el clavo ha sido el presidente de la ciudad autónoma de Melilla, Juan José Imbroda, quien ha dicho que “si Mohamed VI quiere, se acaba el problema”. Es exactamente así. El actual rey de Marruecos ha aprendido mucho de su padre, Hassan II. La verdad es que esto resulta un tanto llamativo: en vida del anterior monarca, la mayoría de la gente daba por hecho que el sucesor al trono sería el hijo pequeño del rey, el príncipe Mulay Rachid, un tipo muy inteligente, serio, trabajador, muy conservador y con espléndidas relaciones en el ejército. De su hermano mayor, sin embargo, sólo se comentaban –y en voz baja– los fiestazos que organizaba en compañía de sus amigos. Nadie le suponía interés por la política. De hecho, en 1999 llegó a determinarse que el sucesor al trono sería el pequeño de los hermanos, pero a la muerte de Hassan II (23 de julio de ese mismo año), lo que muchos analistas interpretaron como un rápido golpe de mano palaciego colocó en el trono a Mohamed, a quien mi amigo Vicente Torres llama, con mucha benevolencia, El Consentido. Lo casaron, logró dos niños, renunció al harén real (Hassan II tenía en nómina a 80 concubinas) y, en los once años que lleva de reinado, se han hecho célebres sus desplantes en actos oficiales: a don Juan Carlos, a Sarkozy, a Zapatero y a media humanidad. Como cuenta con mucho sabor Ferran Sales en su libro El príncipe que no quería ser rey, con alarmante frecuencia Mohamed VI no aparece en actos oficiales. Nadie explica por qué, al menos en voz alta. Pero todo el mundo tiene claro que el Emir al Mumaini sigue prefiriendo la compañía de sus amigos a cualquier otra.

Pero sí aprendió de su padre. Lo que está sucediendo ahora en Melilla es un ejemplo más de una de las estrategias preferidas por Hassan II, que su hijo ha aprendido a la perfección: lo que podríamos llamar, si se nos permite el eufemismo, “palpamiento escrotal” de Su Majestad. Naturalmente, a los demás. Fanfarronadas, jugadas de farol. Eso y no otra cosa fue la inolvidable “guerra de Perejil” de 2003, que Aznar se tomó como si fuese Douglas McArthur y que Federico Trillo solventó con aquella frase deliciosa: “Al alba, y con fuerte viento de Levante…” Eso fueron las teatrales protestas por la visita de los Reyes de España a Ceuta y Melilla, en noviembre de 2007. Ese “palpamiento escrotal” o testicular estaba detrás de la indigna actitud que mantuvo Marruecos en el caso de Aminetu Haidar, cuando el Gobierno español se tiraba de los pelos porque, sencillamente, no tenía ni la menor idea de qué rayos quería Mohamed VI que se hiciese para desbloquear el problema de la militante saharaui. ¿Por qué? Pues porque en realidad no quería nada. Sólo armar gresca, ponerse chulo, “marcar su territorio” como los animalitos de los documentales de National Geographic. O sea, tocar… (huy, perdón), quería decir palpamiento escrotal.

Naturalmente que lo de Melilla se acabaría en diez minutos si el rey marroquí así lo quisiese. Es el que manda, lo mismo que su padre. Eso lo he visto yo. Hace ya unos cuantos años, el entonces director de esta revista, mi querido Pepe Oneto, tuvo la idea de enviarme a Marruecos para investigar cómo, dónde y quién tenía montado el espléndido negocio de las pateras. Estuve allí un mes. Me hice pasar –no se rían, por favor– por un asesino que había matado a un tipo en Ceuta y que tenía que volver a la península ilegalmente. Me puse en contacto con la mafia de las pateras. Mi disparatada historia coló, o así me lo hicieron creer. Viví durante un par de semanas en un piso infecto de las afueras de Tetuán, en compañía de una docena de pobres desgraciados con los que no crucé una sola palabra en todos aquellos días. Pagué un dineral por mi “pasaje” en una de las pateras de “primera clase”, que eran las que llegaban sin dificultad a las costas de Málaga, Granada o incluso Almería (las otras, las más baratas, eran las que se hundían y sembraban el Estrecho de cadáveres). Y me hice amigo para siempre de un taxista, Mohamed de nombre, que me puso al corriente de todo el negocio; un negocio que allí conoce todo el mundo.

Yo vi con mis propios ojos, en un surrealista puticlub de Cabo Negro (la zona turística cercana a Tetuán), cómo mi patero, Abdelrahim, un tipo tranquilón y campechano con aspecto y maneras de honrado comerciante, le entregaba un abultado sobre repleto de dinero, con toda tranquilidad, whisky va y whisky viene, al responsable de la comandancia de Marina en la zona, para comprar su complicidad y el “permiso de salida”. Y tanto el taxista como el patero me dijeron, también con toda la naturalidad del mundo, que en aquel sobre iba “la parte de Su Majestad”, que se llevaba, según ellos, entre un cinco y un diez por ciento del precio de cada “billete”. La tarifa de “primera clase” andaba entonces por las 300.000 pesetas, unos 1.800 euros de hoy. A mí, por español y supongo que por mi tan poco creíble cara de asesino, me cobraron bastante más. Tan sólo en aquel año se hundieron en el Estrecho 326 pateras, y se decía que llegaban a la costa tres de cada cuatro. A un promedio de quince o veinte pasajeros por embarcación (a veces muchos más), saquen ustedes la cuenta de lo que se llevaba el Príncipe de los Creyentes. No en vano el de Marruecos es el séptimo rey más rico del mundo. Y tampoco es por casualidad que a Mohamed VI le llama la propaganda oficial "el rey de los pobres".

No crucé en patera. ¿Saben por qué? Me lo dijeron allí mismo, en Marruecos: “Arréglatelas como puedas. Tu rey y el mío (sic) han firmado un acuerdo de pesca y Su Majestad ha mandado que ya no salgan más pateras en este año”. Así de claro. Recogí mis cosas y me metí en el ferry. De más está decir que no me devolvieron el importe del pasaje. Como me decía Mohamed, mi amigo taxista, en Marruecos la corrupción no es una lacra del sistema. Es el sistema.

LOS INTERESES

Que Ceuta y Melilla sean prósperas (y españolas) le interesa a Marruecos casi más que a España. La principal fuente de ingresos de cientos de miles de personas que viven en las inmediaciones (incluidos los policías de frontera marroquíes, tan agradecidos ellos) es el comercio, incluido el contrabando, con las dos ciudades españolas. Nador sería una aldea mísera si las cosas cambiasen. Tetuán, muy poco más. Cabo Negro ni existiría. El acuerdo por el que la UE reconoce a Marruecos privilegios que no tiene nadie más, aparte quizá de Turquía, sería imposible sin Ceuta, sin Melilla y sin la presión que mutuamente se obsequian España y Marruecos. El palpamiento escrotal de Mohamed VI con este asunto (y con otros muchos) es, pues, un asunto dirigido, mucho más que a Madrid o al resto del mundo, a su política interior, en la que el nacionalismo islamista y el nacionalismo sin más van ganando peso poco a poco. Bastará un viaje de Rubalcaba a Rabat y una cordialísima entrevista con Mohamed VI (eso en el supuesto de que Su Majestad no se halle indispuesto después de una nochecita de las que tantas cosas se dicen) para que desaparezcan los carteles infamantes, se acabe el “bloqueo comercial” y las patrióticas, civiles, humanitarias, democratiquísimas y sobre todo independientes asociaciones marroquíes se vuelvan a casa con la más admirable disciplina. Ya lo verán. Mohamed VI puede marcarse la fanfarronada de invadir Perejil de mentirijillas, como quien juega al Risk, pero no es tonto y sabe que no le conviene en absoluto matar la gallina de los huevos de oro. Con éstos, sean de oro o no lo sean, prefiere el antedicho palpamiento, que mantiene erecto el fiel nacionalismo de sus vasallos y no trae consecuencias demasiado desagradables.

Una ventaja más: todo esto pasará pronto y el PP tendrá la maravillosa oportunidad de dejar de decir barbaridades sobre el papel de don Juan Carlos como “ministro de Exteriores” de Zapatero. Es que hay que ver, ¿eh? Después de la cantidad de veces que el Rey sacó a Aznar las castañas del fuego (como es su obligación, por otra parte), esas atrocidades de González Pons, Arenas y el resto de los cofrades de San Gurtelio Virgen y Mártir sobre el papel de la Corona son para que se les caiga la cara de vergüenza.

Si es que les queda vergüenza. Porque cara, está claro que tienen cada vez más. Y durísima.


Los toros y las trampas

01.08.10 | 12:18. Archivado en Actualidad

 

Tardaba ya en aparecer el amiguete de bar que, con cierta sonrisa impertinente, trata de banderillearme con la pregunta:

–Bueno, Luis, y tú ¿qué piensas de lo de los toros?

Trato de escurrirme:

–Me parecen unos animales muy bonitos.

Pero no lo consigo, claro: “¡No, hombre! ¡Lo de Cataluña! ¡Que han prohibido los toros en Cataluña! ¿Qué te parece?”

Ya estamos otra vez. Trato de explicar que no tengo una opinión clara, que hay muchas razones muy poderosas para estar a favor y otras tantas para estar en contra; y que, como suele suceder, también hay argumentos muy malvados, rastreros, cínicos y tramposos para decir que sí o que no. Pero no hay manera de escapar. Este es el típico asunto en el que se tiende a tomar posición (y nunca mejor dicho) no tanto con la cabeza como con las tripas, o sea los sentimientos y la pasión. Lo mismo sucede con el fútbol y con la ópera, entre muchas cosas más. Y hay muy escaso lugar para las dudas: en esto de los toros, y sobre todo en un bar, tienes que estar completamente a favor o radicalmente en contra. No te dejan matizar, no hay medios tonos. A la menor duda, te apuntan sin más en el bando contrario.

Y yo creo que pocos asuntos tienen más matices que este. A mi manera de ver, las preguntas que se pueden plantear son tres:

Primera: ¿Los toros son un arte y una tradición o una barbarie?

Segunda: ¿Está usted a favor de que se prohíba la fiesta de los toros?

Y tercera: ¿Le parece bien que el Parlamento catalán haya prohibido las corridas de toros? ¿Por qué razones?

¿ARTE O BARBARIE?

A la primera pregunta creo, sinceramente, que es imposible contestar con objetividad. No hay razones sólidas para argumentar que el toreo, tal y como se entiende en España (y en el sur de Francia, y en Portugal, y en la mayoría de los países latinoamericanos), sea indiscutiblemente un hecho artístico o una atrocidad. Tan sólo puede cada cual decir lo que piensa él, lo que le parece a él. Es, repito, una cuestión de sentimientos. Lo mismo sucede con Picasso: mi tía Marieta lo detestaba con toda furia y sostenía que aquellos monigotes podía hacerlos un niño. Jamás hubo manera de convencerla de lo contrario, ni siquiera diciéndole aquello de: “Venga, hazlo tú”. Otro ejemplo: las escenografías de Calixto Bieito y la música de John Cage. Muchísima gente les tiene por grandes genios del arte contemporáneo. A mí me parecen dos sinvergüenzas que llegaron a este mundo para reírse de los demás y para ganar mucho dinero con la estupidez ajena. La discusión de qué es arte y qué no lo es no se acaba nunca y tiene que ver, aparte de con algunas definiciones elementales y llenas de grietas, con la percepción de cada cual, sus gustos y sus sentimientos. No se puede, que yo sepa hasta hoy, abordar el asunto de un modo objetivo.

Mi opinión personal: la fiesta de los toros es algo profundamente desagradable. No me gusta en absoluto. Sé que Goya le dedicó algunas de sus más grandes obras y que Lorca, entre muchos escritores más que adoraban y adoran la tauromaquia, dijo que la plaza de toros es el único lugar del mundo en el que “se tiene la seguridad de presenciar la muerte envuelta en la más deslumbrante belleza”. Pienso que todos ellos vivían en su tiempo y que manejaban los puntos de referencia culturales que manejaban, como es lógico. Y no los que manejamos hoy. No estoy de acuerdo en absoluto con García Lorca: no creo que la muerte sea hermosa, en ninguna de sus formas o variedades; pero para mí se vuelve repugnante cuando se hace de ella un espectáculo. Quiero imaginar que el gran poeta, de haber nacido hoy, sería quizá ecologista y defendería los “derechos de los animales”. Conceptos que en su tiempo ni siquiera existían, así que me parece profundamente tramposo usar a Goya o a Lorca como argumentos sobre lo que está sucediendo hoy. Además, si Lorca decía eso de la “belleza de la muerte”, Jacinto Benavente argumentaba que “las corridas son un vicio de nuestra sangre, envenenada desde antiguo”; Pío Baroja tronaba que ese espectáculo “no puede gustar más que a chulapos afeminados y a mujerzuelas indecentes”, y el periodista José María Blanco White  se despachaba así: “Para gozar de [las corridas de toros] se necesita tener los sentimientos muy pervertidos”. Citas célebres a favor y en contra las hay por cientos.

Pero mi opinión es sólo mía y respeto sin vacilación la de quienes piensen que eso que pasa en la plaza sí es un arte y posee una belleza… para mí incomprensible.

¿SE DEBEN PROHIBIR LAS CORRIDAS DE TOROS?

Esa es la segunda pregunta. Los taurinos contestan que se trata de una tradición que arrastra el fervor de millones de personas. Estoy de acuerdo, pero no dejo de pensar que, como decía Bertrand Russell, muchas veces una tradición es un error que ha envejecido. En el circo romano, el espectáculo del combate de gladiadores (que solía acabar con la muerte de bastantes de ellos) enfervorizaba a las masas; los luchadores más fuertes y expertos obtenían fama y fortuna, y no es en absoluto difícil imaginar que los romanos de hace dos mil años hallasen una misteriosa belleza, una belleza visceral y artística en la habilidad con que los secutores despanzurraban a los reciarios, y viceversa. Corría la sangre a raudales. Igual que hoy en las plazas.

¿A alguien se le ocurriría hoy montar un espectáculo de gladiadores que concluyese con la muerte de unos cuantos? No, ¿verdad? ¿Y por qué? Es sencillo: porque hoy damos todos un valor a la vida humana que no le daba nadie hace dos mil años. Ese espectáculo sería inmediatamente prohibido por todo género de autoridades, y a nadie le parecería mal. Digámoslo de una vez: los referentes éticos de la sociedad han evolucionado.

Y siguen evolucionando. En nuestros días crece claramente el número de ciudadanos que rechazan que se maltrate o se mate a los animales como parte de un espectáculo. Los británicos decidieron hace años prohibir la caza del zorro, que eso sí que era una tradición tan inglesa como el té de las cinco. Hubo quien protestó –de nuevo se recurrió al argumento de la tradición–, pero hoy es el día en que en el Reino Unido nadie echa de menos esas cacerías (menos que nadie, supongo, los zorros). ¿Y por qué? Pues porque la cacería del zorro se había convertido en algo anticuado, elitista y muy mayoritariamente tenido por bárbaro, por más que los gentlemen se vistiesen como croupiers de casino para ir a cazar al animalejo. En realidad, el Gobierno británico prohibió que se siguiese haciendo algo que casi nadie hacía ya y que estaba cada vez peor visto por la mayoría de la sociedad. Es decir, que aquel decreto fue, más que una prohibición en toda regla, el acta de defunción de algo que ya estaba en estado agónico.

Por lo mismo, las peleas de perros están prohibidas y las peleas de gallos, auténtica tradición en muchos países latinoamericanos, o también lo están o han quedado como algo marginal y propio de gente poco educada. Y por idéntica razón, por la evolución de la mentalidad colectiva, aumenta entre nosotros el número de personas que ven en la fiesta de los toros una atrocidad indigna de un país civilizado. Yo formo parte de ese grupo, pero no puedo olvidar que siguen siendo cientos de millones, en Europa y en América, las personas que no están de acuerdo conmigo, que sí ven arte en las corridas, que se apasionan inmensamente con ellas y que se oponen con toda su alma a que eso se prohíba. Colombia estudia en estos días proteger legalmente el espectáculo taurino. En México, el país del mundo que tiene más ganaderías bravas y la plaza más grande (la Monumental, casi 50.000 espectadores), la fiesta goza de espléndida salud y los grupos contrarios a ella son tan voluntariosos como escasos.

Aquí, en España, nos pongamos como nos pongamos, no hay nada muerto ni moribundo sobre ese asunto en la mentalidad de mucha gente: la tauromaquia está aún muy viva; y donde no lo estuvo nunca, como en Canarias, se eliminó hace casi veinte años sin que nadie se despeinase siquiera.  Dicho de otro modo: no me parece bien que nadie se ponga a prohibir algo por la sencilla razón de que a él no le gusta y es el que manda. Sea una sola persona el prohibidor o sea un Parlamento autonómico. Las prohibiciones, a las que tan aficionados son los gobernantes de cualquier rango, cometido y época, deben establecerse cuando hay un consenso general indudablemente mayoritario (y no es así con los toros); o cuando se trata de un caso de salud pública evidente, como es el caso del acoso creciente que sufrimos, en España y en muchos lugares del mundo, los fumadores.

A mí me gustaría que no hubiese corridas de toros y que la tendencia colectiva a considerarlas una brutalidad propia de épocas pasadas creciese más deprisa. Pero veo que no es así. Conclusión: no se debe prohibir algo que entusiasma a tanta gente por la sencilla razón de que el prohibidor, o los prohibidores, lo detestan. Que yo esté de acuerdo con sus razones para detestarlo no es lo mismo que les apoye en su decisión de prohibirlo. Y no lo hago.

¿Y LO DE CATALUÑA?

Ahí el asunto se vuelve mucho más tenebroso, porque nadie en su sano juicio ignora que los nacionalistas catalanes, sobre todo los más extremos, identifican la fiesta de los toros con España. Es, para ellos un símbolo español. No mexicano, ni colombiano, ni peruano, ni portugués, ni de sus vecinos del sur de Francia: sólo español, manda narices. Por eso han tomado como una victoria la prohibición. Se trataba de politizar la discusión, de llevarla al terreno que ellos quieren. No es, ni mucho menos, el único caso. El grupo municipal de CiU en Barcelona llegó a presentar una moción, destinada a pasar a la Historia General de la Idiotez, en la que se planteaba la idea de prohibir (qué manía) a los taxistas que llevasen en la antena del coche la bandera de España, durante el Mundial de fútbol. Los nacionalistas catalanes –que no los catalanes, aunque los primeros se empeñen en repetir que una cosa y otra son lo mismo– consideraban la banderita en los taxis “una provocación”, lo mismo que las autoridades franquistas consideraban un insulto a España que hubiese en algún garaje templos protestantes. Son, los tres, casos parecidos: las iglesias semiclandestinas, las banderitas de las antenas y los toros son, o por tal se les tiene, símbolos. Y nadie conoce mejor que los nacionalistas el enorme valor de los símbolos.

Empiezo por el principio: cada cual tiene los símbolos que le gustan y que asume como propios. Es muy probable que los toros (y el flamenco) fuesen símbolos de la machadiana España de charanga y pandereta… hasta hace treinta o cuarenta años. Pero ya no lo son, al menos para mí y para una cantidad de gente cuyo número crece cada vez más. España es hoy mucho más que toros y flamenco. El mundo entero conoce hoy a Nadal, a Gasol o a La Roja; la gente que, en el planeta, sabe quién es José Tomás es, sin duda, mucho menos numerosa. El símbolo agredido, pues, no lo es tanto… en la realidad; otra cosa es lo que piensen los agresores, claro, que están demostrando ser mucho más de charanga y pandereta que aquellos estereotipos sobre los que se sienten victoriosos.

Argumentos a favor: se trató de una iniciativa ciudadana que recogió casi 200.000 firmas. Es verdad. Pero averigüe cada cual quiénes plantearon esa legítima iniciativa popular, qué asociaciones son y quiénes las integran, y no le costará el menor esfuerzo comprobar que, en una gran mayoría, se trataba de agrupaciones inequívocamente nacionalistas. A ellos se añadieron muchos ciudadanos de buena fe (los que pensamos que la fiesta de los toros debería desaparecer de muerte natural más o menos próxima) y, no faltaba más, los talibanes del ecologismo, los que yo llamo “ecologistas y de las JONS”: están entre la gente más cargante que he conocido en toda mi vida, junto a los testigos de Jehová, los radicales islámicos de Lavapiés y, en general, todo género de iluminados que se creen en posesión de la verdad absoluta.

Durante años he recibido correos electrónicos de una de estas asociaciones, o grupos, o lo que sean, que comenzaban su texto siempre igual: “Anteayer, en la Plaza de las Torturas de Las Ventas, un asesino de inocentes que se llama Fulanito de Tal masacró sin piedad a un hermoso animal que…” Aguanté mucho, pero al final acabé respondiendo a la tal Sara, que era quien firmaba: “Estoy en contra de los toros desde que era niño. Pero usted, con su intolerancia, su prepotencia, su fanatismo, su lenguaje sectario y su increíble cantidad de faltas de ortografía, va a conseguir que me gusten. No vuelva a escribirme nunca más”.

Más argumentos a favor: fue el Parlamento catalán quien votó democráticamente el sí o el no a las corridas de toros. Muy cierto. Pero que levanten el dedo quienes pusieron en lugar destacado de su programa electoral que iban a prohibir esas corridas. Ninguno. Han usado la representación democrática para hacer algo que nadie, ni sus mismos votantes, esperaba que hicieran. Y todos saben, en el fondo de su corazón, que si este país fuese Suiza (allí se pasan la vida convocando referéndums) y Cataluña uno de sus cantones, es muy probable, probabilísimo, que el resultado de ese hipotético referéndum fuese muy diferente del resultado que arrojó la votación del Parlamento catalán. Es lo de tantas otras veces: ellos, y sólo ellos, saben lo que hay que hacer, y se ocupan de pastorear a “su” pueblo para que lo haga... y se crea, encima, que se le ha ocurrido a él. Ustedes perdonen, pero ya en la Grecia de Platón sabían distinguir entre democracia y demagogia.

 

Además: lo que se prohíbe en la resolución del Parlamento catalán es la fiesta en las plazas de toros, según la liturgia habitual. Pero ya han salido unos cuantos alcaldes nacionalistas clamando, al mismo tiempo, para que en Cataluña se blinde, se proteja y se bendiga oficialmente a los correbous, que son ni más ni menos que otra salvajada en la que miles de probos y honestos ciudadanos hostigan al animal aterrorizado, le persiguen durante horas, le colocan en las astas bolas ardientes que le queman la cara y le dejan ciego, le tironean con cuerdas y, en algunos casos, lo tiran al mar. Algo civilizadísimo, como puede ver cualquiera; tan civilizado como las barbaridades que se le hacen al toro de Coria, al de Tordesillas o a los que matan en las plazas. Ni más ni menos.

Pero las corridas de toros son (o por tales las tienen estos antiguos) un símbolo español, mientras que los lamentables correbous son un símbolo catalán. Así, hay que prohibir lo uno y proteger lo otro con el mayor cinismo. Conclusión lógica y evidente: para la inmensa mayoría de los nacionalistas, lo que menos importancia tiene en este asunto es la protección del animal y el rechazo a que se le torture. El toro les importa un puñetero carajo. Es nada más que un pretexto. Se trata de otra cosa. Se trata de trampas de la política y de muy poco más.

Seguiré sin ir a los toros y seguiré haciendo lo posible por pensar por mi cuenta. Seguiré esperando a que la afición a las corridas de toros decrezca por sí misma, como creo que está sucediendo. Seguiré leyendo y traduciendo libros del catalán, y seguiré llevándome estupendamente con mis amigos catalanes. Pero tiemblo sólo de pensar qué pasará cuando cierta gente sectaria e hipócrita caiga en la cuenta de que la tortilla de patatas también es un símbolo español. No es un chiste, lo digo en serio. Son perfectamente capaces de pedir que la prohíban. Por opresora. Sobre todo, cuando le ponen cebolla.


Lunes, 13 de febrero

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