Guatepeore, Guatepeore
12.10.09 @ 01:32:12. Archivado en Relatos
Fragmento de la novela Guatepeore, Guatepeore, escrita por un tal David Millán. Si os apetece leerla de tapa a tapa podéis conseguir una copia en este enlace.
12 de octubre de 1992
El debe y el haber de la cuenta de resultados cuadran a la perfección, gracias a los últimos aditamentos del Plan General Contable. Hoy –cuando se cumple el quinto centenario del descubrimiento de América– he visto tierra...
–¡Tierra a la vista! –exclamé, en fidelidad a la tradición y al protocolo. Se puede estar a punto de perecer en un naufragio, pero no hay que perder nunca las buenas costumbres del Llibre de consolat de mar.
Además, se trató de un justo y merecido homenaje a don Rodrigo de Triana, el primer marino de la expedición colombina que contempló el continente americano, desde la privilegiada atalaya de la cofa de La Pinta.
En puridad debo decir que estas han sido las semanas más aburridas de mi vida. No en vano, he dado tumbos y palos de ciego por el inconmensurable Atlántico, viendo mar y nada más que mar. Aburriéndome como una ostra, en suma. Por fortuna Dios –que no juega a los dados pese a que ha sido visto últimamente en el casino de Montecarlo– tiende a recompensar a los audaces, pues a los tales les ha de corresponder en suerte un huerto de coles en el Reino de los Cielos.
No tardé en arribar a la costa de aquel territorio ignoto. Salté sobre la arena de la playa y comencé a revolcarme en ella como un desesperado. La larga travesía en alta mar había quedado definitivamente atrás, y eso había que celebrarlo a lo grande...
Sin embargo, aunque acababa de pisar tierra firme todavía la aventura no había acabado. De hecho, me temo que la aventura no ha hecho más que comenzar. A los hechos me remito...
En primer lugar debía averiguar en qué lugar del ancho mundo me encontraba. Ante esa tesitura trascendental, lo más razonable era localizar a algún habitante de la zona y formularle las preguntas de rigor. Como por ejemplo: ¿sabe usted dónde hay un bar de tapas?
Así pues, me aprovisioné de algunos de mis objetos más imprescindibles, los introduje en la alforja, me despedí cordialmente de Pillín Nelson –tras pedirle que se ocupara de custodiar nuestra embarcación– y me dirigí a un pueblo que se atisbaba a media milla de distancia, junto a un abrevadero para búfalos.
Desgraciadamente no podía recorrer dicha distancia en coche de línea, así que no me quedó más opción que dar un pequeño paseo y entretenerme ante el fascinante espectáculo de la Madre Naturaleza en acción.
No podía evitar maravillarme ante la vegetación y la fauna del lugar. Estaba repleto de flores e insectos gigantes, del tamaño de un melón del duro. Aquello me recordó a Alicia en el país de las maravillas, cuando a la desafortunada y virginal niña le dio por morder el trozo de hongo equivocado. También pensé en Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, y en los disparatados enclaves de Liliput, Brobdingnag y Laputa.
–¿Pero se puede saber dónde diantre estamos? –pregunté en voz alta, esperando que la respuesta bajara del cielo. Por supuesto no obtuve respuesta alguna. De hecho sentí temor al percatarme de un pequeño detalle: y es que el silencio que reinaba en aquellos lares era total. Ni siquiera se escuchaba el piar de un pajarillo.
En fin...
Tras la intensa caminata llegué hasta el pueblo de marras.
Aunque era de día –y el sol golpeaba con intensidad– las calles estaban desiertas. No vi peatón ni vehículo alguno. Nadie trató de robarme la cartera. Lo más inquietante de todo era que los bares estaban cerrados a cal y canto, lo que me impidió desayunar chocolate caliente con porras. Estoy convencido de que estos extraños sucesos ni siquiera se producen en las peores novelas de David Millán...
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