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Los anarcoqueses del Kilimanjaro

Permalink 27.06.09 @ 14:52:16. Archivado en Relatos

Primer capítulo de la novela Los anarcoqueses del Kilimanjaro, escrita por un tal David Millán. Si os apetece leerla de tapa a tapa podéis conseguir una copia en este enlace.


* * *

Capítulo I

Hospital de Altantidavid. 2053 d. C.

Cuando (a finales del Año de Gracia de 2051 de Nuestro Señor Jesucristo) terminé de escribir mis controvertidas Crónicas de Atlantidavid, estaba convencido de que acababa de cerrar un ciclo vital, un paréntesis de marca mayor. Creía que ya no quedaba nada interesante que contar acerca de mis vivencias a mi muy respetable público.

Por otro lado, mi vida se estaba agotando en progresión geométrica y no tenía a mi disposición demasiado tiempo libre para ir al circo de Ángel Cristo a lanzar cacahuetes a las fieras (pongamos por caso), de forma que no me quedó otra salida que racionar mis ocupaciones, estableciendo prioridades que me permitieran descartar los asuntos de segunda y tercera regional, si se me permite la balompédica expresión.

Así pues, durante mis últimos días de vida mortal (tal como consta en la propia Wikipedia y en el Rincón del Vago) me enfrasqué en la redacción de mi testamento vital y en la escritura de unos cuantos artículos periodísticos que tenía pendientes, para no dejar cabos sueltos y contar de una vez lo que de verdad pienso acerca de ciertos asuntos. Tres de ellos (titulados respectivamente “Viva la tauromaquia, porras”, “Lo que nunca declaré a hacienda” y “Yo leí Lolita de Nabokov con una mano”) causaron un cierto revuelo en la opinión pública atlantidava, dado que su contenido supuso desde un primer momento un claro desafio a la corrección política impuesta desde el Politburó de la calle Sierpes. Como yo estaba a punto de pasar a mejor vida, poco me importaron las consecuencias que su publicación pudiera acarrear. Lo único que me apetecía era darle zurriagazos al panal con ánimo gamberro, para subvertir el orden establecido a escala doméstica. Poco iba a imaginar yo que con mi actitud acabaría por convertirme en un referente para los anarcoqueses del Kilimanjaro. Pero no adelantemos acontecimientos...

A lo largo de mi mermada existencia, pocas veces me había esmerado tanto en la redacción de unos textos en prosa, puesto que quería que la posteridad los recordara con admiración y tenía que apuntar maneras. Tenía que convertirme en un modelo a seguir para una nueva generación de columnistas. Quizá algún día un estudiante de secundaria tenga que analizar un fragmento de mi frugal obra para la clase de lengua castellana, pensé para mis alborozados adentros, mientras escribía como un descosido en la habitación del Hospital General de Atlantidavid, ante la atenta mirada de Felipito el Apóstata, el otrora líder de la masonería gnóstica.

En un momento indeterminado de aquella tarde plomiza, mientras me preguntaba si la palabra "morrocotudo" va con una o con dos erres del ala, el bueno de Felipito el Apóstata saltó al ruedo y entró al quite con una pregunta que le acogotaba el alma desde hacía semanas. Aquello me hizo perder el hilo de lo que estaba escribiendo, aunque tampoco tenía mucho de qué quejarme. Al fin y al cabo, hacía más de cinco minutos que Felipito no abría la boca, y aquella era una plusmarca mundial sin precedentes en Atlantidavid y demás continentes limítrofes.

–¡No entiendo nada, tron…! ¡Pero nada de nada, y mira que lo intento! –exclamó mi compañero de habitación, manifestando un más que evidente desconcierto, fruto de su exasperación congénita. Cuando se enfurecía de esa guisa parecía un oso polar bailando la polka en una discotheque de un barrio latino de Miami.

–¿Que no entiendes nada de qué? –repliqué yo, tras enarcar la ceja con un gesto inquisitivo. Para hacerme el interesante, más que nada.

–¡De lo tuyo, jodel! ¿O es que no tenteras?

–¿De lo mío? ¿Pero se puede saber qué napias pasa?

–Si es que está clarísimo, escritorzuelo de mis entretelas. Vamos a ser directos: estás muriéndote a paso lento pero seguro, y en lugar de celebrarlo con alguna piba de mal vivir vas y te pones a escribir como un empollón, de los de gafas con culo de botella incorporado. A mí que me lo expliquen. Yo en tu lugar fornicaría con alguna sirenita travesti del lumpen, hasta que el cuerpo aguante y se me pase definitivamente el arroz. Aunque claro, yo soy yo, tú eres tú y el mundo es como una tortilla del revés. Y me alegro de que asín sea, porque no quiero acabar mis días garabateando cosas aburridas. Menuda pérdida de tiempo...

–Felipito, tú sí que no te enteras, o es que quizá no quieres enterarte. Y así te luce la calva. A lo largo de mi vida terrenal he cometido innumerables excesos, especialmente en lo que al pecado que no tiene enmienda se refiere. Además he cometido toda clase de tropelías, que no te quiero ni contar...: plagios literarios, fraudes fiscales, caza de especies en extinción en las monterías clandestinas del Parque Natural de Guadalete… Por supuesto, también he cometido buenas acciones por las que las fuerzas vivas de la comarca te suelen conceder una medalla al valor, pero mi alma está inquieta, intranquila. A decir verdad, desconozco si habré acumulado los méritos suficientes para pasar el resto de la eternidad en el paraíso celestial, en la Nueva Jerusalem del Apocalipsis. Es por ello que aprovecho estas últimas horas que me quedan de vida para hacer el bien, en la medida de mis limitadas posibilidades. Por ejemplo, ahora estoy escribiendo un artículo para el Aneldo Digimal titulado "Hay que entregar siempre un óbolo a las hermanitas del convento", en clara referencia a la obra misional que está desempeñado sor Anita Desmoines para con los huérfanos de solemnidad y las viudas alegres. No es gran cosa, lo sé, pero confío en que mi columna sea el acicate preciso para que se hagan más obras de caridad y los fieles vayan más a misa. Será un tanto a mi favor que me apuntaré para cuando comparezca ante la presencia del Altísimo el día del juicio de faltas. Con ello es posible que no vaya al cielo en primera instancia y tenga que dirigir un recurso al Tribunal Superior de Justicia de Palenque, pero tendré el purgatorio casi ganado, lo cual evitará que pase el resto de la eternidad en el Hades, junto a las mujeres de mala vida. Conste en acta que nada tengo contra los habitantes del Averno, que muy seguramente serán unas estupendísimas personas, pero por lo que tengo entendido las flamas del lago de fuego y azufre te dejan como salido del microondas, y tampoco es plan. Prefiero una temperatura de veintitrés grados centígrados. Es lo ideal. ¿No te parece?

En cuanto terminé mi breve e improvisada disertación esperé de Felipito el Apóstata (alter ego del emperador romano Juliano el Apóstata) alguna salida aguda, ingeniosa, de raigambre blasfema. O quizá la explosión de sus malvadas risas, siempre a punto de caramelo para atentar contra la moral. Sorprendentemente Felipito se encogió de hombros y guardó silencio, mientras echaba un vistazo desde la ventana al azul turquesa de los mares del sur. Con la mano izquierda se dedicaba a rematar los últimos detalles de la primera declaración de la renta de su vida. Parecía una persona nueva, que acabara de salir de la cadena de montaje: no era ni de lejos el Felipito el Apóstata que conocí durante los sucesos relatados en las Crónicas de Atlantidavid, durante la cruenta guerra civil perpetrada entre los masonazos gnósticos y los defensores últimos de la civilización cristiana. Parecía que había madurado en el proceso, como si hubiera tenido un encuentro personal –e intransferible– con la bendita providencia, de los que le llevan a uno a orar y laborar.

En esas estábamos ambos dos y nuestra circunstancia, cuando el mismísimo dios Neptuno –el rey de las aguas termales de la mitología grecolatina– asomó la cabeza por la puerta y me preguntó si podía pasar. Yo por supuesto le contesté que sí, que adelante. Que para algo la puerta está abierta. Desde luego, yo sabía que mi muerte estaba cercana, pero no podía imaginar que aquella inesperada visita iba a acelerar tanto el proceso.

Para mi sorpresa –y el regocijo de Felipito el Apóstata– el dios Neptuno no venía solo sino acompañado, y acompañado nada menos que de la fabulosa Nancy, la sirena travesti más carismática y traviesa del hemisferio occidental. Yo les recibí con una sonrisa efusiva, extendiendo mis brazos con alegría. Al fin y al cabo, Neptuno había sido mi dios de cabecera durante aquellas últimas semanas de convalecencia. Y esas cosas uno nunca las olvida, por más que los años pasen.

–¡Paco Pepper de la Serna, hamijo! Venimos a hacerte una última visita. Nos acaban de dar el alta médica, tras la cual regresaremos de nuevo al océano Índico, el que nunca debimos abandonar. Pronto volveré a recuperar mi trono como rey de las marejadas.

–Dios Neptuno de mis entretelas, no sabéis lo que me alegra volveros a ver, y además con tan buen aspecto. Me entristece que este vaya a ser nuestro último encuentro en la cumbre, pero así es la vida. Más se perdió en las Termópilas, como dirían los prebostes del ejército persa.

–Gracias Pepper, vuestras palabras me llenan de emoción. Por cierto, ¿y esa pila de folios que hay sobre vuestra mesilla? ¿Es lo que yo imagino?

–Veo que no se os escapa una. Sí, son las Crónicas de Atlantidavid, las que prometí que escribiría, bajo el influjo de la bruja Adefesia. Ahí se narran todas nuestras desventuras y aventuras contra los masonazos gnósticos y sus adláteres. Lo malo es que me muero a pasos agigantados y no voy a ver el libro publicado. Si es que acaso el libro acaba por publicarse, claro está...

–¿Y por qué no iba a publicarse? ¡Estoy convencido de que se trata de un libro magnífico, como todos los que has escrito! ¡En verdad quizá se trate del mejor de todos ellos!

–No sé, será mi naturaleza pesimista la que me lleva a pensar así. Solo hay que considerar los imponderables que podrían presentarse, pues bien podría ser que alguien lanzara el manuscrito al contenedor de la basura, creyendo que se trata de un texto sin valor. O que lo quemaran durante los fastos de San Juan Bautista. Qué se yo.

–Si tanto os preocupa el tema puedo ocuparme yo mesmo de la custodia del manuscrito, con lo que evitaríamos males mayores –propuso Neptuno de forma espontánea y absolutamente desinteresada, sorprendiéndome de buen grado–. Por supuesto, lo primero que haría sería acudir a la papelería de la esquina, para sacar unas cuantas fotocopias del texto. Siempre he sido un fanático de las copias de seguridad, ya que me mueve la prudencia y el buen tino. Las guardaría en las cajas de seguridad de diferentes entidades bancarias, para que nada se pierda en caso de que los hermanos Dalton den el golpe de su vida. A continuación y sin demorarme un ápice, me dirigiría al registro de la propiedad intelectual para que la cosa tuviera su copyright y sus mandangas a la vinagreta correspondientes, tal y como marcan los cánones grecorromanos de belleza. Un rato más tarde, acudiría a las más prestigiosas editoriales de Atlantidavid con una copia del manuscrito debajo del brazo. ¿Con qué intención? Creo yo que está bastante claro. Les haría una oferta que no podrían rechazar. Por supuesto, la editorial que acabara publicando el libro sería la más generosa con sus emolumentos. Que yo de regatear en los zocos de Marrakech sé un rato largo…

–¡Por Dios, Neptuno (valga la redundancia)! ¡Estoy impresionado con tus habilidades! Sangre de agente literario corre por tus venas. Si es que acaso los dioses tienen venas y les corre sangre, que no lo tengo del todo claro.

–Es que quien sabe, Paco Pepper de mi corazón: quizá es lo que vos decís. Quizá mi vocación frustrada es la convertirme en agente literario, de los de fuste internacional… Me encantaría poder sacar a los más grandes artistas del anonimato.

–Bien pudiera ser, sí. Dais el pego, ciertamente. Ken Follet te debería contratar. O Pablo Santiago, que tanto monta.

–Entonces, ¿de verdad os gustaría que me encargara de la publicación de vuestro libro? –inquirió Neptuno, mientras se le ruborizaban ambos carrillos.

–¡Pues claro que sí, de hecho me acabáis de alegrar el día! Para un escritor de mi relumbre no hay nada mejor que poner sus obras en buenas manos, al socaire de lo divino. Ojalá mi libro se publique y se venda como churros. No podré beneficiarme económicamente de ello, pero al menos será una especie de homenaje póstumo hacia mi persona. Con parte de los beneficios podríais construirme un obelisco o componerme una zarzuela, de las que ya no se estilan.

–Por cierto Paco Pepper, ya que sacáis el tema a relucir..., ¿qué os gustaría que hiciera con la de millones de maravedíes que nos embolsaremos gracias a los derechos de autor? Porque ya que os vais a morir y no los vais a poder disfrutar, como vos mismo habéis indicado…

–Don Neptuno, debo deciros que es un tema que me da igual. Mientras mi libro se venda bien y las gentes del común disfruten de su lectura lo demás me la trae al fresco. Podéis repartir los beneficios a partes iguales entre vos y la casta Nancy, la sirena travesti más pura de la posmodernidad contemporánea. O podéis donarlos a una ONG de vuestra entera confianza. Tanto da. Para el caso es lo mesmo.

Ante mi aserto el veterano dios dio grandes muestras de incredulidad, entre aspavientos espasmódicos.

–¿Casta? ¿Pura? ¿Mi Nancy, mi sirena travesti de mazapán? Pero si está fornicando con Felipito el Apóstata ante nuestros propios ojos… ¡La muy desvergonzada!

¡Oh Dios mío, era verdad! ¡Sodoma, Gomorra... y ahora Atlantidavid! El buen dios Neptuno tenía razón, como casi siempre. Tan distraído andaba yo conversando con el rey de los mares salados, que no había caído en la cuenta de que justo en la cama de al lado aquellos dos mastuerzos del Caribe se estaban entregando a la vida alegre y licenciosa, sin pudor alguno y sin que les preocupara lo más mínimo que Neptuno (el del tridente) y servidora contempláramos sus más colosales acometidas. Pabernos matao.

No entraré en detalles acerca de lo que ocurrió en la cama de al lado, por si hubiera alguna monja de clausura leyendo estas páginas que pudiera escandalizarse (o escandalizarnos) con facilidad. Baste decir que jamás en mi vida había contemplado la desnudez de una sirena travesti y que, para más inri, jamás había visto a tales hijas de Eva practicando la coyunda, como posesas del reino de Poseidón. Quizá por lo inesperado del acontecimiento (y por lo excitante del mismo) yo experimenté una automática erección, tan grande y ancha que mis calzones no podían contener el tamaño de mi sierpe, que parecía empeñada en crecer en progresión geométrica, siguiendo la sucesión de Fibonacci. Desde luego me estaba cubriendo la gloria ante la posteridad.

La gravedad de mis lesiones no me dejaba el cuerpo para muchas alegrías, con lo que comencé a sentir un fuerte dolor en mi pecho, que me acogotó el ánimo. El corazón comenzaba a fallarme, a guisa de escopeta de feria. Que me moría, vamos. El dios Neptuno (poseedor de una intuición especial) parecía ser consciente de que algo estaba yendo mal, pues se dirigió a mí con honda preocupación, consciente de que ya no me quedaba ni un triste telediario segunda edición.

–Paco Pepper, creo que estáis a punto de iros al otro barrio, para nunca más volver… Mecachis en la mar salada. Espero que seáis feliz en la nueva vida que os espera en el Más Allá. Lo digo porque sería una pena que pasarais el resto de la eternidad en el infierno, rodeado de buenas mozas. Es un lugar repleto de mujeres de mala vida y de colegialas vestidas de colegiala. Y eso no os conviene nada, vaya que sí. Por cierto, vos os morís y ese par de batracios no dejan de practicar el pecado de Sodoma. Ya no se respeta ni la muerte de un amigo...

–¡Carpe diem, con un par! ¡Y que me quiten lo bailao! –pontificó Felipito el Apóstata desde la séptima gloria, disfrutando como un energúmeno ante las atrevidas cosquillas de la traviesa sirenita.

–Venga Felipito guapito, deja que te acaricie el pito… –demandó Nancy con alegría de la huerta–. ¡Uyyy, que por lo que veo parece de titanio! ¡Que duro!

–¿De verdad que esto te impresiona, sirenita? Si todavía se me está desperezando...

–¿Lo dices en serio? ¡Si es que chato, pareces un toro de lidia! ¡Menudo semental de los acuíferos! –exclamó la lujuriosa Nancy, más feliz que una perdiz en celo.

–No es por nada, pero creo que me voy a morir. Es decir, que me estoy muriendo ahora mismo, aquí en directo… –tercié yo, con más pena que gloria, mientras el dolor me paralizaba.

Tenía claro que aquellos eran mis últimos segundos y que debía dejar alguna frase trascendente para la posteridad, así que me centré en lo que verdaderamente me importaba ante mi interlocutor. La suerte estaba echada...

–Dios Neptuno, hijo de Saturno y de mala madre, ocupaos de la publicación de mi libro, por vuestros muertos… Haced que figure en la lista de best-sellers del New Atlantidavid Times, para que lo lean las porteras y los vendedores de castañas…

–Descuidad Paco Pepper, que vuestro libro estará en muy buenas manos. Será de lectura obligatoria para aprobar la ESO y conseguir una plaza de funcionario, tenéis mi palabra. En fin, que espero que disfrutéis de una eternidad perfecta, llena de luz, llena de amor, en compañía de Nuestro Señor…

Un instante más tarde perdí el conocimiento, y con el conocimiento la vida. Aquellos gratos deseos de Neptuno –junto con los gemidos de placer de Felipito y su jumenta– fueron los últimos sonidos de Filipinas que escuché durante mi vida mortal. Adiós mundo cruel...


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