Hacer el amor el Almería
23.09.08 @ 17:45:38. Archivado en Relatos
El marciano estaba solo, solo en la inmensidad del Valle de las Lágrimas. Se llamaba Asdrúbal Casini, según consta en las terjetas perforadas del anacrónico registro civil del planeta rojo. Tocaba el piano con sus largos dedos verdes y la maestría de un artista de la bohemia, entonando una melodía melancólica, al tiempo que contemplaba embelesado los cielos purpúreos. No había nada en aquellos lares remotos, solo piedras, polvo y un viento gélido, de marca mayor y portentoso caudal. Pero pronto habría algo más, por supuesto que sí, se dijo para sus extraterrestres adentros al entornar sus antenas en dirección oriental. Mejor dicho: pronto habría alguien más. No se equivocaba, pues al fondo a la derecha hizo acto de aparición un mocoso radiactivo con cara de no haber roto un plato en su vida. Era un vendedor de periódicos, interesado en deshacerse de su mercancía antes del ocaso.
-Señor, ¿me compra un periódico? ¡Traigo noticias frescas del planeta Tierra! -exclamó el chaval, mientras Asdrúbal trataba de no perder el hilo de la melodía que estaba tocando.
-¿Cómo? ¡Pero si en la Tierra nunca pasa nada, es un planeta la mar de plácido...! -exclamó nuestro hombre, mientras comenzaba a temerse lo peor. Según las leyes de Murphy y de la termodinámica, lo peor siempre está por llegar. Y cuando llega lo hace de sopetón y sin anestesia.
-Pues le digo yo que la cosa se está poniendo fea en la Tierra, muy fea... Ha caído sobre ella un meteorito de armas tomar, que va a dejar de capa caída a la mayor parte de las especies animales, especialmente a los dinosaurios y demás grandes reptiles.
-¡La leche...! ¿Y se sabe algo de nuestra expedición a esos lares? ¿Han sufrido algún tipo de daño?
-Mire, si quiere saber más sobre lo sucedido tendrá que comprarme un periódico por tres marevedíes estelares... Sé que le podrá parecer caro, pero como hoy es domingo junto al periódico le vamos a regalar el primer tomo de la Enciclopedia Venusina.
-Te compraría el periódico encantado, niño, pero no puedo dejar de tocar el piano. Como bien sabrás, este piano produce las ondas cuneifórmicas que permiten a las naves espaciales encontrar el camino de vuelta a casa. Es como una especie de faro de Alejandría, por decirlo de alguna forma comprensible. Si dejara de tocar, mis compañeros quizá se perderían en el espacio para siempre y yo cargaría con sus muertes sobre mi conciencia.
En aquel precioso instante, justo a la hora del té, comenzó a escucharse un sonido estruendoso. Parecía que a alguien le había dado por superar la velocidad del sonido. En el cielo, una luminaria de tonos anaranjados surcó los horizontes, de punta a cabo de aquel erial. Momentos más tarde, una nave con forma de pera amartizó con suavidad a treinta metros del piano de cola. Segundos más tarde, se abrió una portezuela y un hombrecillo vestido de rosa asomó la cabeza, para ver cómo estaba el panorama. Asdrúbal le saludó con la mano, feliz de que no le hubiera ocurrido ninguna desgracia digna de mención durante su viaje al planeta Tierra. Aquel recién llegado se llamaba Desmond Reyes, aunque sus amigos preferían dirigirse a él por su número de la Seguridad Social: el 131-B.
-131-B, ¿ha ido todo bien por el planeta Tierra? -inquirió Asdrúbal, ciertamente aliviado al ver a su amigo con vida.
-¡Oh, sí! He cazado a treinta dinosaurios con mi tirachinas láser, con eso queda todo dicho. Vamos a tener comida para el próximo lustro -anunció 131-B, esbozando una honda sonrisa de satisfacción. Aquella misma noche pensaba darse un banquete de padre y muy señor nuestro.
-Pues me temo que hay malas noticias... Este chaval vende periódicos a tres maravedíes el ejemplar, y acaba de anunciarnos que ha caído un tremendo meteorito sobre el planeta Tierra... Lo peor del caso es que los dinosaurios se están extinguiendo, así que figúrate qué panorama...
-¡Pero si los dinosaurios se extinguen no tendremos nada que llevarnos a la boca! -exclamó 131-B, ciertamente alarmado ante las malas nuevas. Ante un hecho de aquella relevancia, la extinción de los marcianos se adivinaba inminente.
-Bueno... Tú mismo has dicho que nos quedan reservas alimenticias para los próximos cinco años del ala. Disfrutemos al máximo de la vida durante el tiempo que nos queda, y luego ya pensaremos en algo. Podemos recorrer con la nave la galaxia de punta a cabo, siguiendo una especie de ruta turística, y luego regresar a Marte para morir en la tierra de nuestros amados antepasados. Ya sé que a nadie le apetece morir, pero sin carne de dinosaurio para echarnos al coleto ¿qué esperanza nos queda?
-Pero la esperanza es lo último que se pierde ¡pardiez! Y mientras haya vida habrá esperanza -exclamó el joven repartidor de periódicos. La verdad es que tenía más razón que un santo, a pesar de su medio metro de estatura. Por ese motivo, Asdrúbal Casini y 131-B regresaron a la nave espacial, con destino a las discotecas maquineras más marchosas de la Vía Láctea. Para su vergüenza, habían dejado en tierra al pobre repartidor de periódicos, que fallecería en cuanto sus provisiones de dinosauro se agotaran. Ese hecho despreciable les impidió dormir durante la primera noche, aunque a partir de la segunda si no durmieron fue porque estaban de farra.
Durante su viaje por el Cosmos, nuestros dos amigos buscaron carne de dinosaurio por todas partes, sin éxito alguno. También trataron de dar con nuevos alimentos que les sirvieran de sustento, pero lo cierto es que estaban demasiado acostumbrados a la carne de dinosaurio como para prescindir de ella a estas alturas de la película. El caso es que los años transcurrieron con demasiada rapidez, y cuando ya casi no les quedaba dinosaurio alguno que llevarse a la boca decidieron regresar a Marte para poder morir en la tierra de sus antepasados, tal y como dictan sus parámetros culturales y el Manual del perfecto marciano. Sin embargo, no cayeron en la cuenta de que propulsarse a una velocidad cercana a la de la luz les iba a hacer viajar millones de años hacia el futuro, pues así lo establece la teoría de la relatividad de Alberto Einstein.
Así pues, Asdrúbal Casini y 131-B regresaron a Marte, su planeta natal, en lo que los terrestres dieron en denominar el año 2345 de Nuestro Señor Jesucristo.
Por aquel entonces, Marte se había convertido en un inmenso parque temático, en el que los terrestres se divertían con la mayor de las impunidades, como si todo el monte fuera orégano y hubiera patente de corso para jugar a ser Dios. Afortunadamente los dos extraterrestres pasaron completamente desapercibidos entre los humanos, pues la gente creía que eran dos señores disfrazados y nadie reparaba en ellos. Por lo pronto, dedicaron un par de horas a aprender el idioma de los humanos y una vez que lo asimilaron del todo, solicitaron hablar "con la más mande la persona que más mande de ahora en este planeta ya o sea", en un perfecto castellano que Cervantes hubiera suscrito. Casualmente, el hombre que más mandaba en aquel planeta era el antiguo vendedor de periódicos radiactivo, que ahora era un auténtico potentado llamado Ezequiel Deluco.
-¡Sois vosotras! -exclamó Deluco, asombrado ante un encuentro tan inesperado-. Han transcurrido millones de años, parece que fue ayer la última vez que nos vimos. Parece mentira... yo por aquel entonces vendía periódicos por los desiertos inhabitables. Ahora en cambio mirad: tengo cincuenta primaveras muy bien llevadas y soy el rey de este mambo.
-¡Oh Dios mío...! -exclamó Asdrúbal con incredulidad-. Pero, ¿cómo habéis logrado sobrevivir todos estos años sin carne de dinosaurio que llevaros a la boca? Es un misterio que francamente se me escapa...
-Sí, por favor, decidnos que ha sido de vuestra vida... -solicitó el ínclito 131-B mientras se mesaba las antenas con la diestra.
-Bien amigos, sus lo voy a explicar. Aquel día, cuando abandonasteis Marte en vuestra nave, yo me dirigí hacia la aldea para comunicar la situación: esto es, que las provisiones de dinosaurio se habían agotado y que íbamos a morir todos. La noticia no fue bien recibida, hasta el punto de que quisieron "matar al mensajero", como si yo tuviera la culpa de la dramática disyuntiva. No me quedó más remedio que salir corriendo, cual galopín desbocado. Por suerte yo corrí más deprisa que los demás, así que logré salvar el cuello. Caminé muchos kilómetros, hasta alcanzar el Polo Norte de Marte. Busqué desesperadamente a Papá Noel, pero como no lo encontré finalmente acabé completamente congelado en las tundras marcianas. Lo más sensato hubiera sido morir en aquel preciso momento, pero la madre natura tenía grandes planes para mí. De tal guisa que millones de años más tarde, los humanos llegaron hasta este planeta, dieron conmigo y me descongelaron. Yo aprendí enseguida su idioma, y no tardé en comunicarles que necesitaba carne de dinosaurio para mi supervivencia. Sorpresivamente los humanos andaban sobrados de carne de dinosaurio, pues ahora se dedicaban a clonarlos y a criarlos en tierra marciana. Así pues, no solo conseguí atiborrarme de carne de dinosaurio, sino que gracias a mi marcianidad ascendí en la pirámide social hasta alcanzar su cúspide. Ahora mando más que nadie así que, ¿qué necesitáis que haga por vosotros?
-Queremos que nos digáis dónde está Almería para ir allí a hacer el amor -solicitaron ambos al unísono, pues no se les ocurrió nada mejor que pedir.
Aquella noche mágica los tres marcianos celebraron una fiesta, en la que sendas bailarinas del vientre dieron rienda suelta a su desbocada sensualidad. Parecía imposible, pero gracias a la clonación jamás les faltaría carne de dinosaurio y los marcianos con antenas seguirán existiendo por mucho más tiempo. Acababan de comenzar una nueva vida. O a darse la gran vida, que viene a ser mejor aún. Pronto viajaron a Almería, donde hicieron el amor como nunca lo habían hecho antes. En realidad no lo habían hecho nunca antes. Desde entonces no volvieron a ser los mismos. Ahora daba gozo verles.
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David Millán
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