Una extraña carta a yo
18.09.08 @ 18:22:58. Archivado en Relatos
Recuerdo 1988, en París (la France). Yo caminaba ufano, a orillas del Sena, mientras el viento mecía las ramas de los árboles a un ritmo acompasado. Me encontraba sumido en mi propio mundo interior, pues aquellos paseos matutinos me ayudaban a ordenar mis ideas y a apuntalar la tesis doctoral que tenía metafóricamente entre mis manos. "Las cartas y el paso del tiempo en la literatura española del XIX" era su divisa.
Ante la ignorancia de mis conciudadanos, yo redactaba párrafos enteros en mi mente, con sus correspondientes notas a pie de página. Luego lo mecanografiaría todo en mi flamante 286, en mi despacho de la Sorbonne, escuchando un viejo casete de Philippe Melon, el cantautor de los desposeídos. Por lo pronto, yo deambulaba distraído en dirección a una librería de viejo, pues andaba en busca de la novelita que escribió Apollinaire sobre la familia Borja allá por el año catapún.
Eran días felices, pues a la sazón nadie te podía localizar a través de un móvil o un GPS. No obstante, mientras lanzaba una piedra plana al río para verla rebotar sobre las aguas una visión gloriosa me hizo enrojecer los pómulos. Era la lozana Colette, una espectacular compañera de pupitre que conocí en primero de carrera y a la que todavía no había logrado llevar a mi picadero de la rue de la Aubergine. Pero la esperanza es lo último que se pierde en esta vida, y yo traté de esbozar una amplia sonrisa a la espera de tiempos mejores.
-¿Por qué te gusta tanto Philippe Melon? -inquirió Colette nada más verme. No me sorprendió, pues ella siempre sacaba a colación cuestiones que no venían a cuento.
-Creo que es porque refleja mejor que nadie la soledad del artista, el sufrimiento del hombre ante el lienzo o la hoja en blanco. No se anda por las ramas, tal como lo haría Tarzán. Va directo a las cuestiones, y lo hace con arrobo, siempre pensando en los más necesitados. El tercer mundo está en su corazón.
-¿Y sigues queriendo irte a vivir a España para hacerte torero?
-¿Irme a un lugar lejano en el que tú no estés? Ni hablar: me pones demasiado verraco. Por eso siempre nos quedará París.
-En fin, el profesor Conchon te está buscando por todas partes. Por suerte te he encontrado enseguida.
-¿Y te ha dicho lo que quiere el viejo crápula?
-Entregarte una carta. Y debe de ser una carta muy importante, porque no para de pegar gritos. Dice que el mundo se ha vuelto del revés. Que esto no puede ser así. Que las cosas deben de ser asá, o simplemente no ser.
Tuve que interrumpir el paseo y dirigirme a la facultad, pues la curiosidad me pudo. Vaya si me pudo. Uno no es de piedra... ¿De qué podía tratarse? ¿Quién sería el remitente de la carta misteriosa? Desde luego, mis preguntas iban a seguir sin respuesta a menos que fuera en busca del profesor, así que aceleré mis pasos mientras Colette me ponía al día de cómo se había acostado con todos menos conmigo durante el anterior fin de semana, sin escatimar detalles. Hemos nacido para sufrir, sin duda, pensé. No queda otra que asumirlo con resignación. ¿Qué otra opción tenemos?
El profesor Conchon nos recibió en su desaliñado despacho con la mirada airada, como a punto de darle una patada en la cara al primero que pasara por allí.
-¿Me puede decir qué es esto, joven? -preguntó. Y a continuación me extendió un sobre de color crema, cerrado y con su correspondiente sello y matasellos.
-Bueno, parece que es una carta dirigida a mí...
-Sí pero ¿se ha fijado en el remitente? ¡Usted se ha enviado una carta a usted mismo!
-Anda...
-¡Y fíjese en la fecha del matasellos, 20 de septiembre de 2008! ¿Se da cuenta del inmenso disparate?
-Sí, tremendo. Y la letra parece ser mía, la reconozco perfectamente.
-Entonces, ¿reconoce haberse enviado esta carta? -inquirió el profesor Conchon a voz en grito, asustando a las aves del patio.
-Mire... yo no recuerdo haber hecho tal cosa. Esa es la verdad.
-¿Está en condiciones de asegurar que usted JAMÁS se ha enviado una carta a usted mismo?
-Bueno yo... Una vez me envié una carta a mí mismo, pero fue... hace dos años, si la memoria no me traiciona. No tiene nada que ver con esto. ¡NADA!
Fue en verano de 1986. Yo me encontraba en los arrabales de Rennes-le-Château, drenando una ciénaga que contenía un botijo que perteneció a los merovingios. Durante mis horas muertas, cuando caía la noche, me dediqué a escribir una novela que titulé Une centaine d'années tous les chauve. Objetivamente no es que fuera gran cosa, pero yo era joven, aquella era mi ópera prima y llegué a tomarle un cariño especial. Pero como la exhumación del botijo no contaba con el nihil obstat de las autoridades locales, enseguida la gendarmería fue tras mi pista. Por suerte no lograron capturarme, pero en el ínterin decidí meter los folios de la novela en un sobre y enviármela a mí mismo a través del correo postal. Lo malo es que aquel buzón de mala muerte, situado junto a una acequia abandonada, no parecía ser de confianza. El sobre jamás llegó a su destino, y fue como haber lanzado en el sumidero una importante parte de mi vida. Me sentí morir, pues creía muy sinceramente que aquellas cuartillas me catapultarían hacia el estrellato literario.
Desgraciadamente, el sobre que Conchon contemplaba con irascibilidad no contenía mi novela. Era demasiado delgado para eso. Pensaba abrirlo, pero Colette me lo impidió.
-No abras esa carta -me dijo-, si lo haces el tejido espaciotemporal podría saltar por los aires. Lo vi en Regreso al futuro. Si abres esa carta todos moriremos.
-Pues yo me muero, pero de ganas de saber lo que contiene... -admití.
-Me acostaré ahora contigo. Leeremos juntos al marqués de Sade mientras me cubres de crema. Me casaré contigo si quemas ahora mismo esa carta. Pero por el amor de Dios NO LA ABRAS -suplicó Colette. Parecía tomarse en serio el tema, pues temblaba como una hoja y un sudor frío recorría su frente. Lo tuve claro: saqué un mechero del bolsillo e hice arder aquella extraña epístola. La epístola más misteriosa que he recibido jamás.
Veinte años más tarde, mi casa en la rue de la Aubergine era un manicomio, repleto de niños ruidosos con ganas de gresca. Estaba casado con Colette, que ahora había engordado veinte o treinta quilos. Yo ya era un famoso novelista, y mi señora esposa no paraba de comer bombones, uno tras otro. Parecía que iba a explotar y a generar un nuevo big bang. En un momento dado, mientras atendía mi correo electrónico, el profesor Conchon hizo acto de aparición en mi estudio, lleno de ira y turbación. Ahora además de mi mentor era mi secretario personal: atendía a la prensa, a la correspondencia y a los lacayos de hacienda.
-¡Ha vuelto a pasar! -gritó, desbocado, lanzando espumarajos, mientras me mostraba un sobre voluminoso-. ¡Has vuelto a enviarte una carta a ti mismo, degenerado! ¡Mal rayo te parta!
Era mi novela: aquella novela que escribí veintidós años antes, en 1986. No podía creerlo, la había recuperado cuando ya ni la recordaba. Era para alucinar en formato DIVX.
Ahora, mientras escribo esta carta en mi ordenador portátil, me dirijo en coche a Rennes-le-Château, el poblacho de los eternos misterios. Conchon conduce, mientras escucha algo de Philippe Melon. Quizá el buzón que hay junto a la acequia todavía siga ahí: pronto lo comprobaré. Si es así (si de verdad sigue existiendo) imprimiré esta carta, la introduciré en un sobre de color crema y te la enviaré a ti. A mi yo. A mí mismo. A 1988. A ver si ahora la leo e impido que Colette me haga quemarla, que ya va siendo hora. Debo de impedir a toda costa casarme con ella. Debo de alterar el pasado, con la ayuda de Dios y de Philippe Melon, valga la redundancia.
Dirección para hacer trackback a este post:
http://blogs.periodistadigital.com/btbf/trackback.php/190133
Comparte esta información
Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Aún no hay Comentarios/Trackbacks/Pingbacks para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
David Millán
autor
Contacto








