La miembra (2 de 2)
04.07.08 @ 21:03:50. Archivado en Relatos
Capítulo anterior:
En las pestilentes mazmorras del Ministerio de Igualdad -no confundir con el Ministerio de la Verdad, que se encuentra un par de calles más abajo- cientos de presuntos machistas malvivían a pan y agua, esperando ser juzgados injustamente por la Inquisición de Género. Los crímenes cometidos eran de todas las clases y gravedades, pues estaba desde el hombre que se había negado a sacar la basura hasta el que había contemplado con deseo el busto de una señora durante más de tres segundos seguidos. Sea como fuere tanto los unos como los otros podían estar seguros de que sus crímenes no quedarían impunes, pues hay Agentes de Igualdad infiltrados en todas las áreas de la sociedad y tarde o temprano acaban capturando a los transgresores. Por supuesto, siempre les quedaba la opción de reinsertarse en la sociedad, pero antes debían erradicar su vocabulario sexista y convertirse en progresistas de pro. Desgraciadamente, aquellas bestias incivilizadas no parecían estar por la labor de abrazar el ideario feminista, pues no dejaban de proferir blasfemos comentarios acerca del volumen de las ubres de la reina de España, doña Agustina I alias "la progre".
-¡Es que está para mojar pan, hostias! -exclamó a voz en grito uno de aquellos gañanes mientras se tocaba sus partes innobles sin disimulo alguno, como queriendo de algún modo impresionar a la concurrencia.
-¡Tú sí que sabes Berengario, yo si pudiera le pediría que me enseñara su documento nacional de identidad! Pero claro, si se lo pido acabaría en la silla eléctrica... ¡MALDITA SEA!, ¿NO HAY LIBERTAD EN ESTE PAÍS O QUÉ? ¡QUIERO MI LIBERTAD, QUIERO VOLVER A SER LIBRE COMO UNA PALOMA! ¡SI ES QUE HABÍA MÁS LIBERTAD EN TIEMPOS DE CHINDASVINTO, ESTO NO SE PUEDE TOLERAR!
-No cal que me lo jures, noi. Pero ahora si a bien tienes deja de proferir tales berridos, que los Agentes de Igualdad vienen hacia aquí y si nos oyen podrían practicarnos la castración. O lo que es todavía peor, la extrema unción.
En efecto: cuatro fornidos Agentes de Igualdad transportaban al académico de la lengua Abraham Bogomilo, asiéndole cada uno de ellos de una extremidad distinta. El académico no paraba de proferir palabras sacrílegas, tales como "soltadme perras" o "¡viva el patriarcado!", pero aquello de poco le iba a servir de cara a una posible liberación. Los Agentes de Igualdad permanecían impasibles, como seres insensibles creados genéticamente para no sentir ni frío ni calor. Simplemente se limitaban a ser unos buenos sicarios y a llevar su metrosexualidad hasta las últimas consecuencias. Por ello encerraron al acedémico en un agujero pestilente y abandonaron el lugar como robots que ya han cumplido con su cometido del día y se retiran a sus cuarteles de invierno, a la espera de nuevas órdenas absurdas. Poco les importaba que aquel anciano se sintiera el hombre más desgraciado de la tierra, pues mientras cobraran puntualmente su sueldo de funcionarios públicos todo lo demás les resbalaba completamente, tal era su completa ausencia de ética, aunque no de estética. Pues la estética de los Agentes de Igualdad era impecable, sus trajes oscuros y sus gafas de sol Ray-ban eran el último grito de la posmodernidad. Lo malo es que los Agentes de Igualdad para hacer honor a su nombre debían de vestir entre ellos de igual forma, echarse a la yugular el mismo perfume, peinarse igual, irse a dormir a la misma hora y llevar el mismo retrato de María Teresa Fernández de la Vega en la cartera. Son las servidumbres del cargo, pues hay que dar ejemplo al respetable.
En aquel momento hizo acto de aparición la reina de España, aunque atendiendo a la suntuosidad de sus atuendos más bien parecía la reina de Saba. Los presos -que en su mayor parte llevaban varios meses retenidos ilegalmente y sin conocer hembra- comenzaron a proferir ordinarieces a cual más basta, pero enseguida fueron reprimidos por las fuerzas del orden. Por su parte su majestad, con porte impasible, se dirigió a la celda de Abraham Bogomilo y a voz en grito exclamó:
-¡Académico de la lengua! ¡Levántate maldito, levántate y luego póstrate para adorarme! Te concederé el indulto si además de afeitarte la barba me rindes culto como a una diosa madre. Por cierto ¡qué peste a orines destila esta vil cloaca! ¡Que alguien abra una ventana, a ver si entra aire fresco!
-¿Pero cómo van a abrir una ventana si estamos en el sótano, eh lumbrera? -inquirió Abraham Bogomilo mientras le hacía un corte de mangas a su majestad, en honor a la dinastia de los Trastámara. En aquella situación humillante poco le importaba ya el decoro, el protocolo y la decencia. Al fin y al cabo ya lo había perdido todo, empezando por su sillón de la J en la Real Academia Española y terminando con su subscripción anual a El Diario Montañés.
-¿En el sótano? ¡Pero si estamos en la torre norte del edificio, so merluzo! Venga, abrid ya las ventanas para que entre el aire puro de la sierra...
-¡No, no hagáis tal cosa, insensata! -bramó el anciano-. ¡Si lo hacéis me convertiré en una bestezuela tremebunda...!
Pero ya no había vuelta atrás.
En cuanto las ventanas fueron abiertas, el viejo académico dirigió sus ojos hacia la luz que de pronto inundó el lugar. Era la luna, la hermosa y redonda luna, que con su fidelidad de costumbre daba lumbre a la humanidad. Sin embargo, aquella redondez lunar no le provocó sentimientos románticos, sino más bien ganas de convertirse en una bestezuela vestiginosa, en un monstruo peludo, a medio camino entre el hombre lobo y King Kong. Ahora Abraham Bogomilio era un auténtico gorila de las marismas.
La miembra de Abraham Bogomilo pasó a medir cosa de tres o cuatro metros. Solo son estimaciones, ya que a nadie se le pasó por la imaginación la idea de acudir con una regla a comprobar la longitud exacta.
Por supuesto, la reina y sus adláteres trataron de huir ante la fiereza de aquel ser desatado, pero ya era tarde, porque Abraham Bogomilo se había convertido en un monstruo de diez metros de altura, que con la potencia de su miembra viril comenzó a destruir las dependencias del Ministerio de Igualdad ante la impotencia de los Agentes del Ídem, que eran incapaces de aplacarla en modo alguno. Minutos más tarde, no quedó piedra sobre piedra del edificio de marras, ante el asombro de las autoridades competentes, que veían peligrar su sueldazos morrocotudos.
-Parece cosa de la justicia poética esa -relató en directo el periodista Demetri López, que actuaba como fiel notario de la realidad al pormenorizar lo dantesco del espectáculo ante las cámaras-. Al fin y al cabo, el Ministerio de Igualdad está siendo destruido por la miembra de un gorila gigantesco que nadie sabe de dónde ha salido, precisamente el dia en el que el orbe entero celebra la inclusión de la palabra miembra en el sacro Diccionario de la Real Académica. ¿No es espectacular? Ministro Pelma, ¿qué tiene que decir al respecto?
-Pues que desde luego tiene una muy buena miembra el condenado gorila... -musitó el ministro de Igualdad Honorio Pelma, con lágrimas en los ojos. No en vano, ni en sus sueños más optimistas había imaginado que llegaría a contemplar una miembra semejante. No sabía qué era lo que iba a suceder a continuación, pero estaba claro que al mal tiempo había que ponerle buena cara, y aquella miembra invitaba al optimismo. Acababa de comenzar una nueva vida.
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David Millán
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