La miembra (1 de 2)
03.07.08 @ 21:34:45. Archivado en Relatos
En la sede central del Ministerio de Igualdad, sito en la calle de la Paridad número siete, se habían dado cita los más altos dignatarios de la España ágrafa. A la sazón -como diría aquel buen mozo- intelectuales orgánicos vendidos al peor postor, artistas amigos de la subvención ajena, degustadores profesionales de canapés, personalidades "del corazón" de alto abolengo y hasta la corte regia de su majestad imperial doña Agustina I alias "la progre" se dieron cita en el cónclave para celebrar la inclusión del palabro "miembra" en el Diccionario de la Real Academia Española.
Ante la magnitud del evento, medios de comunicación de todos los principados, ducados, marquesados y baronías enviaron sus correspondientes corresponsales al lugar de los hechos para escribir las crónicas reporteriles de rigor. En puridad, desde que allá por el año 2008 de Nuestro Señor Jesucristo nuestros cruzados de la selección española midieran sus fuerzas con los alemanes en el campo de juego la expectación mediática nunca había sido tanta, pues en el Ministerio de Igualdad no caía al suelo una brizna de polvo sin que nuestros más intrépidos ciudadanos Kane dieran buena cuenta de ello.
El ministro de igualdad, el incombustible Honorio Pelma, cometió un error de bulto, fruto del nerviosismo que le provocaba aquella jornada crucial en su carrera. Pues en lugar de acceder a la ZONA VIP fue a parar al foso de los leones, o sea, a la sala de prensa. Allí los más destacados becarios de la canallesca hispánica vieron el cielo abierto ante sus ojos, pues se les presentó la oportunidad de interrogar -siquiera superficialmente- al ministro acerca de los más candentes temas de su competencia. El ministro trató de poner pies en polvorosa inmediatamante, pero ya no había vuelta atrás. Para su desgracia, se había metido en la boca del lobo y ahora no sabía cómo escapar.
-Yo... es que vengo del WC y me he hecho un lío... Me voy para la ZONA VIP que me esperan -adujo el ministro para intentar desaparecer. Añadiendo desgracia a su desgracia, había olvidado su dispositivo personal de teletransporte en la mesita de su despacho, con lo que no podría volatilizarse al más puro estilo Houdini.
-¿Y a qué ha ido al WC ministro, a sacudirse la miembra? -inquirió Demetri López, una de aquellas promesas del periodismo patrio, ante las risas generalizadas de sus compañeros, que se partían la caja con descaro. Aquel joven parecía el líder natural de aquella muchachada, pues nadie osaba interrumpirle cuando él tomaba la palabra.
-Mire señor López, su broma me parece de muy mal gusto, un fiel reflejo de la clase de persona que es usted -replicó el ministro con gesto solemne y contrariado-. Aquí lo que está en juego es un tema muy serio, y es el de poner fin a la hegemonía ancestral del patriarcado carpetovetónico, ¿vale?
-Ahí estoy de acuerdo, señor ministro. Pero si es usted ministro del ministerio de igualdad, ¿no deberíamos cobrar todos el mismo sueldo que usted para que todos seamos iguales? Digo yo, vamos...
-Señor López, es usted un demagogo, un miserable y no pienso volver contestar a ninguna de sus estúpidas preguntas. Pero ya ajustaremos cuentas más adelante, que ahora su majestad la reina va a iniciar su discurso y no me lo querría perder por nada del mundo, pues la condenada tiene un buen par de melones. Sí, ya sé que este comentario parece poco afortunado viniendo de mí, que soy el ministro de igualdad, pero qué quieren que le diga. Uno no es de piedra y tal como reza el dicho tiran más dos tetas que dos carretas, aquí y en Pekín. Por cierto, ¿verdad que no van a publicar nada de lo que acabo de decir?
En efecto, cuando su majestad Agustina I -de la casa de los Trastámara- hizo acto de aparición en el Salón de los Contubernios todos guardaron silencio, incluso el lenguaraz Demetri López. La joven reina, vestida de la forma más escueta que el recato permite, era transportada por una legión de porteadores nubios, cuya piel estaba cubierta por aceites de la más exótica factura. Los presentes se quedaron "de piedra" ante la generosidad del canalillo de la reina, que a sus veintitrés años levantaba pasiones de forma indiscriminada. Nadie sabe exactamente qué dijo en su discurso, pues la atención estaba depositada en su generosa anatomía, en sus largas piernas, en su lencería, en la redondez de sus curvas peligrosas y de su trasero planetario. Contemplando su joven anatomía resultaba muy difícil -por no decir imposible- conservar las convicciones republicanas intactas.
Por desgracia, un atasco inoportuno impidió a Abraham Bogomilo -académico de la lengua española y eventual ocupante del sillón de la J- llegar a tiempo al transbordador espacial de Marte y, por ende, al inicio de la ceremonia. Al llegar a la sede ministerial fue recibido por una legión de Agentes de Igualdad, que con corteses ademanes le conminaron a pasar a la trastienda "a afeitarse la barba".
-¿Afeitarme la barba yo? Pero, ¿por qué? -quiso saber el anciano, aterrorizado ante la perspectiva de perder la barba que tantos años le había costado atesorar.
-Pues porque su barba es como la de los antiguos patriarcas de la Biblia, y aquí en el Ministerio de Igualdad todo lo que huela a patriarcado opresor está requeteprohibido. Por supuesto usted está en su derecho de resistirse, pero le vamos a cortar las barbas por las buenas o por las malas, así que por su bien le recomendamos que acceda a nuestro requerimiento...
Continuará
(Viñeta: Urodonal)
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David Millán
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