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Extraditados por el diluvio (3 de 3)

Permalink 03.06.08 @ 17:20:49. Archivado en Relatos

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Extraditados por el diluvio (1 de 3)
Extraditados por el diluvio (2 de 3)

Corrían las postrimerías del año 2000, del siglo XX y del segundo milenio después de Nuestro Señor Jesucristo, cuando Agapito del Pollo se dio de bruces con un libro que cambiaría para siempre su vida de inadaptado social. Era un ladrillo de proporciones épicas, y se titulaba Garzón: el hombre que veía amanecer, de la emérita amanuense Pilar Urbano. El joven Agapito experimentó una especie de revelación púbica ante el aparador de la librería (puesto que se le erizaron los vellos de dicha zona), y no pudo evitar entrar y robar aquel libro solemne. Aquella noche la pasó en vela escuchando a Pavarotti y leyendo el libro de doña Pilar, pero antes de llegar a la página veintitrés ya supo que de mayor quería ser como el juez Garzón y llevar el pelo engominao.

Pero para dar fuste a su carrera primero debía encontrar una causa por la que luchar. No tardó en encontrarla, pues un buen día un predicador callejero le entregó (a cambio de mil pesetas de las de antes) un librito titulado Viva el diluvio universal y la madre que lo parió. Su autor era un tal Lazarus Horne, el carismático fundador de la Iglesia Vulcaniana del Quinto Juanete. No podía creerlo, pero en el opúsculo aquel charlatán se vanagloriaba de que Dios hubiera exterminado a prácticamente todos los seres vivos del planeta Tierra, "puesto que la gente se estaba desmadrando demasiado y esto era un sindiós mayúsculo". Aquel predicador de tres al cuarto apenas se lamentaba de que "aquel diluvió a efectos prácticos no sirvió de nada, ya que seguimos igual de depravados", aunque también reconocía que "había que intentarlo, porras". Agapito comenzó a hervir de indignación, y de ahí surgió la idea de infiltrarse en la Iglesia Vulcaniana del Quinto Juanete como monaguillo imberbe, en calidad de neófito del copón. De esa manera, podría recopilar toda suerte de pruebas que incriminaran a Horne "como apologeta de los diluvios universales que matan a la gente".

Una vez dentro "de la primera iglesia verdadera de España y la quinta en Alemania" ocurrió un acontecimiento singular con el que no contaba. Y es que comenzó a sentirse subyugado por las predicaciones de Lazarus Horne. Nadie lo hubiera dicho nunca, pero Agapito comenzó a creer en el buen Jehová y se leyó entero el Catecismo del Quinto Juanete. Pronto comenzó a ser considerado un elemento valioso dentro de la congregación y sus días como joven inadaptado llegaron a su fin. Ahora alimentaba a los pobres de solemnidad, sacaba a pasear al perro del vecino... y atendía puntualmente a sus obligaciones espirituales, especialmente si se trataba de pasar el cepillo durante la homilía. No tardó en comprender las razones de Lazarus Horne respecto al diluvio de marras, pues al fin y a la postre se trataba de un santo varón del que ya hablaban los profetas de los tiempos remotos. A los pocos meses, el joven Agapito dio su primer sermón y se convirtió en uno de los feligreses más queridos por aquellos lares.

Por desgracia, todo se truncó una funesta mañana de 2004, cuando Agapito decidió mostrar al mundo su anidmaversión hacia el best-seller de moda, El Código da Vinci. Para ello, no se le ocurrió nada mejor que eyacular sobre el libro de marras mientras daba cuenta en directo de su acción en los comentarios del blog de Nacho Escolar. Cuando ya estaba a punto de derramar su última gota de virilidad sobre la obra de Dan Brown, Lazarus Horne hizo acto de aparación en la estancia acompañado por dos de sus más fieles diáconos, Petronilo y Luis Alberto. La airada reacción no se hizo esperar, y Agapito fue fulminantemente excomulgado y obligado a mendigar en los arrabales de París.

Poco después, borracho como una tapia (y sordo como una cuba) fue atropellado por un trolebús. Murió en el acto, no sin antes prometer venganza contra "Lazarus Horne, Basilio (hijo de Potasio, Rubidio, Cesio y Francio), el buen Jehová y todos los que tal bailan". Con todo no contaba con que resucitaría de entre los muertos, ni con que su resurrección se efectuaría por la puerta grande. Al fin y al cabo, gracias al alboroto que organizó durante la celebración del Juicio Final pudo robar el báculo del buen Jehová y convertirse en juez supremo de la humanidad caída. Tras una vida de tribulación a espuertas se había cumplido su deseo y podría encarcelar a todos los que tuvieran algo que ver con el manido diluvio, empezando por las parejas de animales que colaboraron voluntariamente en el contubernio y terminando con el mismísimo Gran Arquitecto del Macrocosmos.

-Por tanto, y por la autoridad que me he concedido a mí mismo yo, el juez supremo Agapito del Pollo, debo condenar y condeno a Basilio (hijo de Potasio, Rubidio, Cesio y Francio) y a Lazarus Horne, fundador de la Iglesia Vulcaniana del Quinto Juanete, a pernoctar de manera indefinida en las Tinieblas Exteriores, el limbo que está reservado para los impíos y demás ralea. Las gravísimas acusaciones de colaboracionismo con el diluvio universal de estos dos personajes no ofrecen dudas. Así que, burla burlando, estas dos escorias andantes pasarán la noche en el calabozo y verán la tele por última vez en sus vidas, antes de ser lanzados a las tinieblas esas. Por tanto...

Agapito del Pollo no pudo terminar aquella frase (que a la sazón se adivinaba mítica), ya que tres docenas de habitantes del planeta Québuenagentesomos irrumpieron en la estancia armados hasta el corvejón. Tenían la intención de retirarle el báculo divino a Agapito del Pollo, así como de rescatar a nuestros protagonistas del funesto destino que les esperaba.

-Pero, ¿por qué nos rescatáis si os robamos una nave y gastamos todo el dinero que donasteis a la Iglesia Vulcaniana del Quinto Juanete en casinos, armas y pilinguis? -inquirió Lazarus Horne, atónito ante el desenlace de los acontecimientos.

-Pues porque hicisteis todo eso para salvar a una simple planta -explicó uno de aquellos alienígenas, mientras se mesaba la antena-, fue un gesto que nos llegó al alma. Desde luego, ya no queda gente así dispuesta a cometer las mayores locuras por salvar la vida de un humilde vegetal. Por ese motivo vamos a concederos la gracia de convertiros en hijos predilectos de nuestro planeta, y para ello organizaremos un festín que hará historia, con danzas del vientre y matasuegras por doquier. Va a ser el mayor jolgorio que los siglos recuerdan...

-¿Y qué vais a hacer con Agapito del Pollo, le vais a desollar tal y como hacíamos los trebisondos de mi época ante los infieles? -quiso saber Basilio, rememorando con nostalgia aquellos viejos tiempos en los que el Imperio de Trebisonda tenía mucho que decir en el concierto de las naciones.

-Pues no sabría qué decirle, ya que eso de desollar no sé que es. Respecto a dicho sujeto, solo puedo decirle que Agapito del Pollo no sabe lo que se hace, puesto que las obras completas del juez Garzón le nublaron por completo el entendimiento, igual que le pasó a don Quijote ante la lectura de los libros de caballerías. Así pues, no es responsable de sus actos, y mucho menos de sus actos sexuales, ya que nunca ha cometido uno de esos. Pero no se preocupen: como las ciencias psiquiátricas de nuestro planeta han avanzado una barbaridad le cambiaremos unas cuantas neuronas de sitio y parecerá otra persona humana. Ya verán, ya. Somos así de apañados.

FIN


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