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Extraditados por el diluvio (2 de 3)

Permalink 01.06.08 @ 16:26:30. Archivado en Relatos

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Extraditados por el diluvio (1 de 3)

Los habitantes del planeta Québuenagentesomos no habían conocido el pecado original. De hecho nunca habían cometido pecado alguno, ni de pensamiento ni de obra, ni por acción ni por omisión. Por tanto eran gentes puras, sin la menor mácula. Nunca habían contemplado con mirada lujuriosa a la mujer del prójimo ni defraudado al fisco. Quizá por ello no necesitaban dar cuenta de sus malas obras en el Día del Juicio Final, ya que ellos no tenían nada de lo que arrepentirse sino más bien todo lo contrario. Sin embargo, muchos de aquellos seres acudieron al Juzgado Divino para cubrir el acontecimiento a guisa de periodistas, para dejar constancia de los hechos como fieles notarios de la realidad. Sin embargo, ellos contaban con que los acontecimientos se desarrollarían con la mayor de las tranquilidades, como en una balsa de aceite.

Nada más lejos de la realidad, en realidad. Contemplaron atónitos cómo arcángeles de los cuatro puntos cardinales acudían al recinto, para atemperar los ánimos con sendas mangueras de agua a presión. Sin embargo, la providencia (que es la madre de las pseudociencias) permitió que Lazarus Horne y Basilio (hijo de Potasio, Rubidio, Cesio y Francio) lograran abandonar el recinto amurallado. Pero no las tenían todas consigo. Al fin y a la postre, viajar a otro universo no es una tarea sencilla y se necesita del concurso de una nave espacial de factura taquiónica.

-¿Pero cómo vamos a conseguir una nave de esas, con lo caras que son? ¿Acaso tienes una Visa ORO a mano? -inquirió el antiguo cruzado trebisondo, incrédulo ante los planes de fuga de su interlocutor.

-Ahora mismo no, pero tampoco nos va a hacer falta. Por fortuna, los habitantes del planeta Québuenagentesomos son gente de lo más cordial, por no conocer la maldad ni el mal rollo. Si les pedimos que nos cedan cinco o diez minutos una nave de las suyas nos la cederán gustosos, pues creerán que la necesitamos para llevar a cabo una buena acción, ya sea comprar el pan o dar de comer al canario. Por supuesto, yo no pienso devolverles la nave, ya que como fundador de la Iglesia Vulcaniana del Quinto Juanete tengo patente de corso para hacer y deshacer lo que me salga de las amígdalas. Estaría bueno que no fuera así. Por tanto, dejémonos de floripondios y vayamos inmediatamente al tajo, antes de que los arcángeles de nuestro buen Jehová reparen en nuestra ausencia y acudan raudos a nuestra búsqueda y captura. ¡Hola señores del planeta Québuenagentesomos! ¿¿Cómo están ustedes??

Aquellos alienígenas de corazón puro atendieron al saludo con gentiles inclinaciones de cabeza, pues eran cordiales hasta decir basta. Lazarus, con su verborrea habitual, les convenció de la necesidad de que le dejaran la nave por un rato "ya que se me olvidó ir a regar las plantas y las pobrecicas ya se me habrán comenzado a quedar mustias". Aquellos gentiles humanoides no tan solo les cedieron la nave para que pudieran dar cumplida cuenta de un objetivo tan noble, sino que además les regalaron una fotografía tamaño póster del patriarca extraterrestre Lutercio Phi "el de las proporciones áureas". Además, hicieron una donación a la Iglesia Vulcaniana del Quinto Juanete de 15.000.000$. Nuestros dos protagonistas agradecieron el gesto con sendas inclinaciones de cabeza y no tardaron en pisar en acelerador, para adentrarse en los procelosos senderos del hiperespacio, en búsqueda de un nuevo universo al que irse a vivir. Por desgracia, Lazarus Horne no recordaba dónde había escondido su mapa de los siete cielos, pero ni falta que le hacía. No en vano, aquella espectacular nave te llevaba a donde buenamente le pidieras a través de un piloto automático de factura nipona. En cuanto le pidieron que les llevara "al universo paralelo que te pille más a mano", la nave comenzó a elaborar un plan de ruta que les dirigiría hacia el destino soñado.

-¡En mis tiempos de las cruzadas estas cosas no existían! -exclamó Basilio, visiblamente emocionado ante aquellos grandiosos adelantos de la modernidad-. ¡Teníamos que ir a todas partes en burro, y lo peor del caso es que cuando el burro estaba de malas pulgas podía arrearte una buena coz y dejarte hecho un basilisco!

-Pues a ver si te pones ya al día, majo. En fin, voy a sintonizar la COPE para ver si nos enteramos de lo que ha ocurrido durante la celebración del Juicio Final, que aquel tumulto debía de estar motivado por alguna cosa de peso, digo yo.

En el boletín de las 17.00 horas una amable locutora dio buena cuenta de los hechos, al constatar que aquella rebelión -comparable a la de Lucifer- había desencadenado el ascenso al poder de Agapito del Pollo, el más destacado admirador del juez Garzón, que se había hecho con el báculo del buen Jehová. Por lo visto era admirador suyo al menos desde aquel mítico libro de Pilar Urbano cayera en sus manos. Según los dimes y los diretes, Agapito del Pollo aspiraba a juzgar a todo quisque con aséptica ecuanimidad. "Y para empezar -dijo en una homilía- pienso empezar a juzgar a los responsables del diluvio universal, que fue el mayor genocidio conocido de la historia del hombre". Nuestros amigos se quedaron de un aire al escuchar aquellas palabras, pero enseguida se despreocuparon del tema ya que pronto cruzarían el umbral de un universo vecino y todo les empezaría a dar igual. De hecho, no tardaron en darse de bruces con un agujero de gusano de espectaculares proporciones, que les conduciría al universo del 3ª C.

Lazarus y Basilio no tardaron en encontrar un planeta en el que vivir en ese nuevo universo. Era un planeta un tanto aburrido, pues estaba lleno de prados verdes y de ovejitas bucólicas, pero por suerte llevaban consigo las raquetas y la pelota de ping pong, y gracias a ello lograron pasar gratas horas de asueto. Además no tardaron en echarse novia, y con los millones de dólares donados por los habitantes del planeta Québuenagentesomos empredieron la construcción de una megalópolis portentosa, repleta de casinos, lupanares y cabarets. Parecía que habían logrado la felicidad y que comerían perdices. Pero el tiempo logró demostrar que aquella felicidad tenía la consistencia de un castillo de naipes. Pues una tarde fría y lluviosa aterrizó sobre el Casino Basilio & Lazarus una nave espacial repleta de sicarios de Agapito del Pollo. No venían a jugar a la ruleta rusa ni a pasar la noche con alguna lumi con tentáculos, sino para detener a Basilio (hijo de Potasio, Rubidio, Cesio y Francio) y a Lazarus Horne.

-¡Pero si no tenéis jurisdicción para detenernos en este universo...! -bramó Lazarus Horne atónito ante los acontecimientos.

-Nos da igual -respodieron-, al fin y al cabo la ley y la trampa la hacemos nosotros. Vais a ser juzgados por haber colaborado con el buen Jehová en lo del diluvio universal y os espera una condena morrocotuda en las galeras.

Continuará . . .


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