Sandino, un hombre de nuestro tiempo
01.05.08 @ 12:43:57. Archivado en Actualidad
Se admita o no, los que nos dedicamos a la opinión compulsiva estamos condenados a cometer pequeñas injusticias, y también grandes, en uso de nuestra libertad de expresión. Ya sea por ignorancia, visceralidad, mala fe o por querer convertirnos en descolorida fotocopia de Jiménez Losantos (que viene a ser una combinación de todo lo anterior), lo cierto es que pocos nos libramos de cometer excesos verbales desde la atalaya privada contra algún hombre público. Yo mismo, cuando de claro en claro y de turbio en turbio repaso algunos de mis antiguos escritos, me doy cuenta de que más de una vez me he pasado varios pueblos con adjetivos calificativos y juicios de intenciones. En no pocas ocasiones, la persona aludida —ya sea Bush, Benedicto XVI, ZP o Carod-Rovira— ni sabe ni sabrá que existimos, pero eso es lo de menos. Al fin y al cabo, aunque no seamos conscientes de ello cuando la pluma o la lengua se nos desboca, los primeros damnificados somos nosotros mismos. Ya lo dijo nada más y nada menos que el apóstol Santiago, en el capítulo tres de su famosa epístola.
David Millán
autor
Contacto






