España Polígama (2 de 2)
02.03.08 @ 19:18:40. Archivado en Relatos
Capítulo anterior:
-Yo puedo brindarte una explicación, si me lo permites...
Era Sonia Byron, apenas cubierta por un escueto corpiño de color granate, que causaba sensación. El senador experimentó una tremenda sacudida erectil en cuanto la vio toda lozana, pero enseguida recordó que sus posibilidades para alcanzar la presidencia del gobierno estaban menguando y de forma automatizada el pájaro regresó al redil, efectuando un movimiento de enroque viril.
-¡Pelandrusca! Creí que nunca más volvería a veros... -exclamó el senador Robbins con tono airado-. ¿Se puede saber lo que ha pasado? Mi cuenta de correo electrónico está echando humo, todo el mundo se ha vuelto en mi contra... ¡incluso mi propia madre me ha perdido el respeto! Y estoy convencido de que algo has tenido que ver con ello...
-Senador, lo que he hecho ha sido nada más y nada menos que un noble acto de patriotismo. España -la nación más antigua de Europa y de parte de los arrabales- no merece tener un presidente como usted, rematadamente inmoral y perverso. Por ese motivo he empleado mis encantos femeninos para seduciros y tener acceso a los Protocolos Poligámicos, el documento que contiene vuestra hoja de ruta como presidente del gobierno. En ese documento, usted dice textualmente que España "debe de volver al feudalismo", que debe "reinstaurarse ipso facto el derecho de pernada para que el presidente del gobierno pueda cepillarse a todo quisque" y otras muchas cosas que prefiero omitir por mor al decoro y las buenas costumbres cristianas. Por ese motivo he filtrado el contenido del documento a la redacción de El Aneldo Digimal, para que se entere todo quisque también. ¡España merece un presidente del gobierno decente y honrado!
-¡Maldita vampiresa! Ahora estoy completamente desacreditado ante la opinión pública, debo escapar... ¡Pero antes debo vestirme, al fin y al cabo estoy en cueros vivos!
-Difícil lo tenéis, dado que he lanzado todas vuestras ropas por el desagüe. ¡Ja, ja, ja!
-¡Las periodistas sois de lo peor, lo más artero y despreciable que ha parido madre! Afortunadamente soy un hombre de recursos. Saldré vivo de ésta... -y acto seguido, se abanlanzó sobre Sonia Byron para atarla a una silla, como dictan los cánones de la novela de a duro. Ya no volvería a molestar más. O al menos ya no volvería molestar durante un tiempo, lo cual no es moco de anís, francamente.
Acto seguido fue a buscar algo de ropa para cubrir su cuerpo lozano, pero no encontró nada. Gracias al cielo se le encendió la bombilla y recordó que en su archivador personal guardaba un disfraz del espadachín Scaramouche, comprado días antes con la intención de regalárselo a su sobrino Luisito. No será de mi talla pero quizá me sirva para salir de este apuro, se dijo para sí mientras unos facinerosos golpeaban con fuerza a su puerta y Sonia Byron comenzaba a romper sus ligaduras con sus largas uñas de arpía magdaleniense. Debía de darse prisa y poner pies en polvorosa... antes de que los bárbaros le pusieran la mano encima para apalizarle con brutalidad.
-¡No permitiremos que practiques el derecho de pernada con nuestras hijas y mujeres...! -bramaban los bergantes, mientras el senador Robbins se disponía abandonar el lugar a través de la escalera de incendios. Inesperadamente, unos individuos con pinta de mandriles le estaban esperando y trataron de romperle la crisma. Afortunadamente, el disfraz de Scaramouche estaba dotado de un florete, lo cual le permitió arrepeter contra sus agresores y propinarles sendas estocadas. Con celeridad logró descender por completo y alcanzar el callejón adyacente. Sin embargo uno de aquellos simios le escupió en la cara, lo cual desarmó por completo al senador y le puso contra las cuerdas, de cara contra la pared.
-Buen Jehová, ¡échame un cable o estos mostrencos acabarán con mi vida! -oró el senador, segundos antes de que del cielo cayera una cuerda, tejida con cáñamo y muy buen parida. Un helicóptero había salido en su rescate, quizá comandado por sus concubinas. El senador se asió a la cuerda y se elevó en los aires, instantes antes de que aquellos individuos lograran consumar su crimen infame. Un par de minutos después, el senador Edgardo Robbins desapareció en el horizonte y ya no se le volvió a ver más. Todo ello ante la atenta mirada de Sonia Byron, que no perdió detalle de todo desde su ventana. Iba a publicar el artículo de su vida basándose en todas aquellas peripecias singulares. O mejor todavía: podría publicar un libro sobre todo ello. Con total seguridad sería un best-seller que sería vendido con fruición en El Corte Inglés.
Nada más se supo del senador. Si se fue a vivir a una isla desierta con sus concubinas o si terminó mordiendo el polvo en un control aduanero es algo que a nosotros se nos escapa completamente.
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David Millán
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