Gallardón y Rajoy, ¿han muerto políticamente?
22.01.08 @ 22:41:20. Archivado en Actualidad
En los conciliábulos académicos no hay quien se ponga de acuerdo acerca de la fecha de nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Aunque hay una cierta unanimidad a la hora de reconocer que no sabemos el día, el mes y el año, y mucho menos la hora, el minuto y el segundo, las divisiones aparecen en el momento de emitir hipótesis. Hay quien se suma al carro de la Iglesia Católica y asegura que nació la noche de un veinticuatro de diciembre. Otros en cambio echan mano del evangelio según San Lucas y aseguran que como en los inviernos de Belén hacía un frío que se las pelaba, los pastorcillos que dormían al raso durante la Natividad tuvieron que pernoctar forzosamente durante los meses en los que el sol más calienta. O sea que nació en verano, aunque los veranos de antes no son como los de ahora puesto que Georgie Dann todavía no había nacido -le quedaba poco ya- y la canción del verano todavía no existía. Tampoco se había inventado el cambio climático y el calentamiento global. Aun así, en el oriente del Imperio Romano hacía un calor que te torrabas.
Puestos a sugerir una fecha arbitraria para el nacimiento del Redentor, yo me inclino a pensar que vino al mundo un 7 u 8 de enero, al comenzar las rebajas de invierno. Al fin y al cabo, para muchos es en esas fechas cuando comienza la verdadera Navidad.
Hace cosa de cuatro años como cuatro soles, servidora de ustedes se encontraba en El Corte Inglés, disfrutando como un enano con las rebajas de la sección de librería y buceando entre generosas ofertas. Entre ellas había una que me llamó poderosamente la atención. Se trataba de la primera biografía del candidato a presidente del gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, escrita por Óscar Campillo, y se podía conseguir por tres o cuatro euros de nada.
Por supuesto, me hubiera hecho con ella de haber creído que ZP -todavía no se llamaba así- tenía la más mínima posibilidad de ser elegido presidente, pero tras el escándalo de Carod-Rovira en Perpiñán Zapatero parecía un muerto político que no llegaría ni a presidente del club de fans de Bambi. Lo mismo debieron pensar la mayoría de los que pasaron por allí, puesto que pude comprobar que los libros zapateriles apenas se vendieron y fueron acumulando polvo durante las siguientes semanas.
Curiosamente, en la misma sección de librería del mismo El Corte Inglés encontré otra evidencia a favor de esa tesis. Se trataba del libro Código B de David Zurdo, un acólito de Íker Jiménez. En él -tal y como se observa en el resumen del libro- se nos profetizó que en el año 2004 ocurrirían tres hechos incuestionables: se descubriría la vacuna del SIDA, moriría Juan Pablo II y Rajoy ganaría las elecciones generales. Por supuesto tales profecías no ofrecían lugar a la duda, pues estaban basadas en el código de la Biblia. Lo cual quería decir que Zapatero mordería el polvo debido a que el buen Jehová lo había dispuesto así desde los tiempos de Moisés.
Poco tiempo después y tras los sucesos que conocemos sobradamente aquel hombre al que todos daban por muerto políticamente resulto estar bien vivo. Aquello me hizo aprender una importante lección: que la vida da muchas vueltas y que hasta el código de la Biblia se equivoca. Y que lo que hoy nos parece un muerto, mañana puede ser el rey del cotarro. Que no hay que infravalorar a nadie, pues hasta un hombre sin apenas estudios ni el nivel C de catalán puede llegar a presidente de la Generalitat, tal y como ocurriera dos años y medio más tarde con el señor Montilla.
Por eso creo que los que hoy dan por hecha la muerte política de Alberto Ruiz Gallardón y sobre todo de Mariano Rajoy están cometiendo el mismo error: dar por cierto el resultado de un partido antes de que se celebre, como si el futuro ya estuviera escrito de antemano. Pero como siempre, será el tiempo -y no nuestras profecías- el que vaya despejando las incógnitas de la ecuación.
Nota del autor:
Iba a poner sendas fotos de Rajoy y de Gallardón para ilustrar el post, pero creo que esta otra imagen es más apropiada. Y además da más morbo. Al fin y al cabo, si en las familias políticas la gente se llevara tan bien como Sonia Monroy y su sobrina de dieciocho primaveras, en España nos iría mucho mejor y todos seríamos más felices. Ojalá en el PP -y en los demás partidos- se den menos puñaladas traperas por la espalda y se produzcan más expresiones de amor filial como la de la foto. Amén.
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David Millán
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