Al Gore mereció ganar
07.06.07 @ 20:10:33. Archivado en Actualidad
Para los grandes popes de la progresía universal, la distancia más grande entre dos puntos es aquella que separa lo que predican urbe et orbe de lo que practican en privado. Los ejemplos al respecto son públicos y notorios. Defensores a ultranza de las bondades de la escuela pública, laica y de calidad (?) que llevan a sus hijos a las mejores escuelas; esto es, a las privadas. Partidarios de la inmersión total y obligatoria en la lengua autonómica de turno que hablan en castellano en la intimidad. Antagonistas a machamartillo de la economía de libre mercado que viven a cuerpo de rey en las naciones más desarrolladas del planeta. Voceros que denuncian la "especulación urbanística" de los corrutos desde su quinta o sexta residencia. Defensores del obrero que sólo ven a un pobre en campaña electoral. Partidarios del transporte público que no se apean del coche oficial ni siquiera en el mismísimo día sin coches. Analistas que ven la paja en EEUU e Israel (causa primera de todos los males del mundo) y no ven la viga de lo que se cuece en su propia casa, por muy mal que huela. Amigos de la ecología y el desarrollo sostenible que deforestan medio Amazonas con su publicidad institucional. Enemigos a cara de perro de la libre posesión de armas de fuego protegidos por guardaespaldas armados hasta los dientes. Amigos del inmigrante que explotan laboralmente a sus propias empleadas del hogar. En fin, ¿para qué seguir? Si nos pusiéramos exhaustivos y farrucos, podríamos hacer de ello un listín de teléfonos o una Enciclopedia Británica, tal es el apego de nuestros héroes proletarios por vivir de acuerdo a las ideas que dicen defender.
Sin embargo, pese a que todos ellos luchan denodadamente a favor de la igualdad mundial sería injusto decir que todos nuestros gloriosos ídolos son iguales: unos brillan más que otros en nuestro olimpo particular. Quizá por ello, premios del relumbrón del Príncipe de Asturias han evolucionado hacia lo que son hoy en día: escaparates mediáticos en los que los progresistas más progresistas del progresismo progresista ven reconocido el fruto de su duro trabajo como paladines de "otro mundo posible", mientras pasan por caja. A este respecto, que Al Gore haya recibido el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional era de justicia. ¡Qué gran hombre! Contaminar profusamente el planeta y (simultáneamente) ganarse el respeto mundial como "concienciador ante el crucial desafío del cambio climático y del apocalipsis" mientras se forra bien forrado parecía imposible (no reproduzcan esa hazaña en sus casas), pero el bueno de Albert lo ha conseguido. Sería difícil -por no decir imposible- encontrar en el santoral laico un precedente a su altura, con tanto morro y tanta cara dura. Mi admiración hacia él no conoce límites. Por este y por otros muchos motivos que sería prolijo enumerar en este modesto artículo podemos decirlo alto y claro sin temor a equivocarnos: Albert Gore mereció ganar. Y merece y merecerá ganar el Nobel. Y la lotería del Niño. Con un par.
Comentarios:
Antonio
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David Millán
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