Síndrome de Ulises
26.07.08 @ 02:35:20. Archivado en Sobre el autor
Síndrome de Ulises
-¿Lloraste?
Mylène enmudece unos segundos, antes de decir no. No derramó lágrimas. Sí derrochó eso que en papel impreso se lee tan bonito, pero que experimentarlo hiere muy adentro: nostalgia. “Sentí mucha…. nostelgía”, me dice esta canadiense de Québec, que habla un español casi perfecto, pero falla justo en esta palabra. Pronunciarla le hace sufrir las cuerdas vocales, pero más le encoge el corazón igual que a los millones de mortales que, después de un giro argumental a sus vidas al cruzar océanos y continentes, y en este preciso instante, piensan en mami, en papi, en el peluche y hasta en su gatito. “A uno se le da por extrañar hasta lo que no tuvo: cualquier cosa que le huela a patria”, escribió Margarita García, una cartagenera nostálgica con la que bailé ballenato y que dejó su tierra y voló a la Argentina, a escribir su blog Sudaquia.
Si los ataques de este llamado síndrome de Ulises, se pudieran medir como los huracanes, la producción mundial de nostalgia fácil superaría a la de odio, o ala de repulsión, o intolerancia.
Por lo menos la nostalgia piurana regada por el mundo no es poca cosa. Hace unos días revisé los comentarios a esta columna en Internet. Y el post más comentado es La Piura de Susana: Cómo recuerda a esta ciudad una compañera de universidad que ahora vive en Panamá. Lo escribí hace ya mucho tiempo. Pero lo siguen comentando. En Wisconsin USA, Antonio Ruiz Tovar saborea un cebiche piurano de conchas negras, o al menos lo imagina, mientras dice que primero soñó con Piura y luego pisó este suelo caliente y amoroso. Clik, y ahora imagino la cara de Carlos cuando teclea su portátil para escribirme, desde Asia, Africa, Medio Oriente o Sudaquia, “trabajo en un organismo internacional, he vivido en diferentes países del mundo, pero extraño mi bella Piura, Colán, Yacila, Máncora”.
El año pasado, a las pocas semanas de estar viviendo en Estados Unidos como pasante, mi esposa corría también afectada por el síndrome de Ulises, a marcar el 51 del Perú y el 73 de Piura, y por fin el número de casita, mami, mami, ¿las presas para el arroz con pollo, en qué momento las echas? Y el culantro, y las alverjitas… es que voy a hacer arroz con pollo piurano en California”.
Desde el techo de donde escribo suelo ver partir los aviones de noche. Mejor dicho sólo veo sus luces tomando altura hasta perderse. Esa será –supongo- una de las imágenes que me producirán más nostalgia, si algún día emigro a otro país. A Canadá por ejemplo, a Québec, a la ciudad de Mylène. Y seguramente, como ella y sus cuatro amigas y dos amigos quebequenses -que en estos días deambulan por Piura cumpliendo un programa de intercambio estudiantil-, busque maneras de reabrirme la herida en le pecho por estar lejos de la familia.
Para la nostalgia son innumerables los remedios. Hay quienes corren a Internet, al Chat, a hacerse un blog, a buscar tarjetas de larga distancia internacional, otros a crear leyes para meter presos a los nostálgicos sin visa. Y otros corren a cocinar, como en casa. O a engañarse que será como en casa porque, casi siempre faltan ingredientes.
Mylène, Geneviève, Catherine, Marilyn, Mélissa, Marc y Joachim no estaban seguros si soportarían la tristeza de no estar en Québec hoy 24 de junio, en la fiesta de San Juan. Entonces mejor se aseguraron con una receta. Compraron carne molida, papa, choclo y quetchup y fueron felices preparando “päté chinois”, que es para Québec lo que el ceviche es para Piura. Y por eso ahora, con sazón canadiense, aunque con ingredientes y cerveza peruana y en una casa de la urbanización Ignacio Merino, han brindado por su tierra. Por esa gélida patria de 7 millones de personas de raíces francesas donde ahora mismo familiares y amigos celebran fuera de la ciudad, acampando a dos horas de Montreal. Bebiendo y cantando música tradicional canadiense. Y Mylène para extrañar menos el olor a campo hasta se anima a cantar bajito el himno quebequense. Y vuelve a decirme que no ha llorado. Pero a mi me parece que casi, casi.
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