Una víctima a su asaltante
28.01.08 @ 05:18:38. Archivado en Sobre el autor
Camino solo por las últimas viviendas del pueblo de Huamba y están a punto de asaltarme. Si se consuma, será un asalto por un fin noble. Mi asaltante no quiere mi mochila. El caballero quiere que me siente con él a beber aguardiente a las 11 de la mañana, a dos días de Piura. Le he respondido que no tomo y, en respuesta, estoy seguro va a sacar un típico puñal serrano punta aguja. No depende de él. Yo tengo la culpa, por confiado. En cuatro días recorriendo los últimos cerros donde acaba el Perú, debí suponer que estas lomas y caminos ayabaquinos son demasiado solitarios como para ser cien por ciento seguros. Llevo tres tarjetas con fotos y testimonios sobre la exclusión de los peruanos en estos últimos rincones del país. Es de suponer que sentirse marginados, les lleve a algunos a ser hostiles con los forasteros. Pero es que Huamba hipnotiza, entre cientos de pueblos fronterizos de la sierra ayabaquina es un paisaje único, una pampa verde tan extensa sólo comparada con la meseta andina de Frías. De ambas llanuras, que bien podrían servir de aterrizajes para avionetas, Huamba se parece más a las pampas ganaderas del vecino país del tango y la carne, tiene abundante ganado, guarda historias de la época en que todo este verdor y todos los cerros hasta donde alcanza la vista, eran propiedad de un solo hacendado, y por eso esta mañana he salido a caminar lejos de la zona poblada. Y me he quedado solo. Detrás de mi, a kilómetros de distancia mugen las vacas de donde proceden los famosos quesos de Huamba, a lo lejos las reses se ven como hormigas. De frente ya sólo queda pampa y cielo. A mi derecha los únicos signos humanos son tres casuchas, pero sin gente que me defienda. Hoy todos los huambinos se fueron a rezar a la capilla. No todos. Debajo de uno de los tejados ahumados surge mi asaltante:
- Oye tú, el de la mochila, ven carajo, ven a chupar conmigo.
- Muy amable, pero no puedo, gracias. Estoy buscando la casa de la hacienda.
¿Sabes dónde queda?
- Ah, no quieres tomar conmigo porque soy del campo. Te crees (superior) por tus zapatillitas de ciudad y tu polo rayado ¿no?
- Bueno, no ¡Cómo crees! Es que me voy al medio día, y no tengo
mucho tiempo –digo, y vuelvo a avanzar. Eso, para mi sorpresivo asaltante beodo de no más de 18, es cobardía (¿”Por qué te corres... c?”). Nunca pensé que llegar de la ciudad y caminar por la hierba mojada de la sierra pueda hacer sentirse humillado a alguien. O que pasar frente a la vivienda de mi asaltante y negarme a ser su amigo de botella, lo enerve tanto. Y que hasta llevar mi casaca colgando le parezca insultante (“Yo también puedo comprarme una”), al punto que ahora me prohíbe alejarme y también regresar al centro del pueblo, baja el volumen de su radio a pilas que carga como a un bebé, sirve aguardiente y me muestra el vaso (“toma m… no te vayas flacuchento e m…”).
-¿Cómo has dicho? –ya me enfurecí. Avanzo la mitad del trecho que nos separa pensando en estrellarlo contra las paredes porque contra el piso no le dolería, todo aquí es pampa verde. Estoy a punto de estallar, hacerme justicia yo mismo donde no llega el Estado. Pero de repente, debo detenerme. Atrás del tipo del radio, hay más caras que me observan con curiosidad. Deben ser tres más. ¿Tres chairas más? El miedo siempre exagera todo, hasta me imagino herido. Y una familia esperándome en Piura, y mis alumnos esperando mis últimas clases de reportaje y crónica, en una linda universidad que brilla. Tal vez no sea buena idea imponer el derecho a circular libremente por el territorio nacional.
- Sabes qué, mejor regreso –Y de verdad regreso al rato, pero acompañado de uno de los más altos del pueblo, que me guía a la casa de la hacienda. La estrategia la aprendí –confieso- de algunas pandillas piuranas sobre las que he escrito tanto y les agradezco porque funciona: al pasar otra vez frente a su casa, mi atacante me mira arrepentido. Mudo. Guardó el cañazo, el vaso y hasta escondió la radio. Ahora escribo esta columna para decirle a mi asaltante que fue un placer conocerlo. Que debí quedarme a charlar un rato. Un fuerte abrazo. Su asaltado.
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NANCY DEL SOCORRO JIMENEZ SAAVEDRA
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