Un día entre dragones voladores
11.11.07 @ 00:26:48. Archivado en Sobre el autor
Ignoro que moriré esta tarde tratando de aterrizar mi primer avión de guerra. Horas antes de fallecer, a bordo de un simulador de Cessna A 37 B, me he vestido como piloto de la Fuerza Aérea del Perú y desde las 6:30 de esta mañana soy el alférez Jiménez. Las avioneras con las que me cruzo en los pasillos y veredas del Grupo Aéreo Número 7, me saludan con subordinación nerviosa. Ignoran que el peso de mis botas me impide ir a paso ligero y que mi gorro de Dragonfly en realidad le pertenece a Stuka, un oficial gringuito que justo ahora debe estar estudiando en Lima para su examen de ascenso. Voy a recibir órdenes, castigos y rancho. En este “Templo y Cuna de Cazadores”, seré un piloto de caza, con mameluco verde olivo, pero sin derecho a bombardeos. Un colado mirón en esta base aérea de Piura que -según el gobierno peruano- jamás se pensó en poner al servicio de Estados Unidos, como rumoreó el diario argentino Página 12.
No cobraré S/ mil. 205 de sueldo como todos los de un galón solitario, pero mi grado me da derecho a oler y tocar esos pájaros de acero made in USA que agregan ruido a los castellanos. Comparto una sala vip con quienes han bombardeado al enemigo en la guerra del Cenepa contra Ecuador o derribado “narcoavionetas” en la selva.
Aquí, mirando detrás del vidrio su helicóptero blaquiazul, conozco a Zabalaga, quien todos los días se alista para salvar heridos de un accidente aéreo que nunca llega. Le gusta hablar de pilotos y máquinas voladoras, menos de tragedias. Evade fechas, se salta nombres. Como si presintiera que un terremoto va a matar 500 peruanos en Ica y que multitudes de heridos van a esperarlo en Pisco, pidiendo ser salvados en su MI-8, de dos hélices.
El Ala Aérea 1 autorizó este reportaje, meses después de pedirlo. Pero, al asistir hoy a la charla diaria sobre los sistemas del avión, noto que todos los pilotos me miran de pies a cabeza y algo murmuran en voz baja. Les debo parecer un oficial sin mucho futuro. A mis 36 sólo tengo un triste galón. Sádico, el comandante del Escuadrón Aéreo 711, casi tiene mi edad pero lleva tres galones, ha volado aviones rusos Sukhoi 22, americanos, ingleses, brasileños, y fue instructor en Brasil y Argentina. Nadie imaginaría que este limeño con expresión de cadete distraído, ha derribado seis avionetas con droga y quien sabe cuántos traficantes a bordo.
En el auditorio donde los pilotos se enteran que a mil 500 pies de altura, hoy tendremos una visibilidad de 10 kilómetros, Sádico explica a qué vengo. Sólo entonces, con risitas castrenses, cesa el bombardeo de miradas en mi contra.
Sólo manejo moto. Pero me incluyen entre los que deben resolver cómo pilotear un dragón volador A 37-B, si de pronto en pleno vuelo no enciende el búster, una luz del panel de control. Por suerte, la pregunta va dirigida a mi vecino el teniente Portilla. Contesta con la concentración de un escolar al que le toman la tabla. Reportaría la emergencia a torre Piura, dice, y reduciría velocidad para no incendiarse, y etc. etc. Su calificación, brillante. La mía va a ser: fallecido, en pocas horas. Felizmente no lo sé y tampoco que van a cortarme el cabello a coco, por no presentarme a primera hora ante el coronel Mario Pimentel Higueras, jefe del Grupo. Por ahora, al final de la charla, el capitán Díaz, quien va a ser mi instructor en cabina de mandos, me acompaña al consultorio de pre vuelo. Porque nadie puede pilotear, sin antes ser examinado por la Pantera Rosa, bromea. Y me la presenta. Es una médica que, con palabras suaves, dice que arriba en el cielo basta una simple congestión nasal para que la presión del aire te rompa el tímpano. Su trabajo es impedir que subas al avión estando resfriado, escuálido, gordo, nervioso o borracho. Después de tomarme la presión y calcular mi maza corporal, concluye: “usted sí puede volar”.
Es la frase que esperaba escuchar con ansias, igual que quince cadetes limeños de entre 17 y 20 años que se juegan la vida y la carrera en un examen de dos semanas y media. Si convencen a sus instructores en once vuelos (acompañados de un instructor), podrán salir a volar solos. Si sacan menos de 80 de nota final, nunca más en sus vidas podrán postular a ser pilotos de combate. Por eso conmueve verlos en los patios haciendo dibujos imaginarios en el aire, haciendo con manos sudorosas y a un metro de altura, las mismas maniobras que en pocos minutos deberán repetir, pero junto a las nubes y subidos en avionetas T-41, que parecen de juguete.
Eyección
Al rato, en el Simulador de Eyección, un salón de paredes tan altas como jaula de jirafas, otra vez tengo delante a Díaz liderando un grupo que ha venido a verme sufrir asustado cuando suba a un avión atornillado al piso. Aquí se hace en tierra lo que haría un piloto si no tiene más opción que abandonar y dejar que el avión se estrelle. Dicen que quienes se eyectan de verdad, a miles de pies de altura, al presionar la temida pero salvadora palanca blanca del asiento, en cuatro segundos oscuros la sangre se les baja a los pies, no ven nada, casi pierden el conocimiento, pero ya están separados del avión y del asiento, con la vida pendiendo de un paracaídas. En mi caso, antes de abordar el simulador unido a un mecanismo parecido a grúa mecánica, mi instructor sigue sin sonrisa, y exige que antes de mi eyección firme un acta diciendo que soy responsable de lo que pueda pasarme.
- ¿Y qué puede pasarme?
- Nada, sólo te vas a romper una pierna, un brazo.
Dice y no se ríe. Insiste en hacerme firmar y yo en no tragarme su juego de intimidación. Y cataplún ya estoy trepado en este avión esclavo y ya empieza la cuenta regresiva, y en segundos, ni bien presiono esa palanca rara, escucho fierros como de montaña rusa, y salgo disparado. Desilusión. Ni pierdo el conocimiento, ni se abre ningún paracaídas, sólo he quedado suspendido a 7 metros de altura, lejos del simulador, pero sin separarme nunca del asiento. El ejercicio era sólo eso, nadie tiene que salir a rescatarme en el desierto. Sólo entonces sonríe Días. Mi muerte va a llegar después.
* * *
El teniente Ríos Távara y su capitán Orbegozo acaban de bajar del cielo de Piurano. Entran en la oficina de Sádico. El jefe –que también es el mío- los escucha con muecas de aprobación. En 48 minutos de vuelo encima de Paita, Catacaos y Sullana, han cumplido con los ejercicios ordenados: chandel, 8 perezoso, ludwong, 8 cubano, tono alerón, tono barril y media vuelta tonel. El jefe,
Aquí se vuela todos los días. Para bien de la defensa nacional, para molestia auditiva de los castellanos.
No basta ser inteligente para ser piloto. Cadetes brillantes en rendimiento académico, fueron eliminados en el examen de vuelo. Se necesita aptitudes, vocación. Reunir los estándares de calidad exigidos. Los instructores te lo repiten a cada momento. Y pese a lo obvio, el periódico mural del Escuadrón, está lleno de afiches y lemas contra los accidentes aéreos. A unos pasos de la vitrina done se lee “lo más importante en la prevención de accidentes eres tú”, hay un cuadro donde veinte pilotos sonríen para la foto. Faltan, dos: Cruel y Benyer. Murieron accidentados en Brasil, piloteando uno de estos aviones que rugen afuera en la línea de vuelo. Uno de los muertos es el jefe del Escuadrón. Tras el accidente, Sádico tuvo que venirse volando desde Talara para sucederlo en el cargo. Fue dura la tarea de recuperar la moral del personal, me cuenta. Pero igual, también para eso están entrenados, dice. Y que el 80% de accidentes se deben a errores humanos. Por eso ningún día dejan de entrenar. Sádico no deja de sonreír, incluso cuando me sanciona. También durante el almuerzo, mientras me sirve refresco con la misma mando con que le ha disparado bombas a seis naves de la mafia. ¿El que bombardeó al enemigo ha rezado alguna vez por sus derribados? No sólo por ellos, por sus familias. Y se declara devoto de Nuestra Señora de Loreto. ¿Ella le ha hecho algún milagro, mi mayor?
-¡Te parece poco que esté vivo, hablando contigo!.
Al rato, las palabras del jefe, seguir vivo, o no, me atormentan. Me traen recuerdos difusos de los accidentes aéreos que he cubierto como periodista, justo cuando Días y yo sobrevolamos Piura en el simulador a 2 mil 500 pies de altura imaginarios. Hemos visto en pantalla gigante las calles, casitas de juguete, el horizonte, las nubes pasan como si realmente voláramos en un A 37, con capacidad para desarrollar velocidades de hasta 816 kilómetros por hora. Una señal de que no he levantado demasiado la trompa del avión es que entre el horizonte y la línea del parabrisas debe haber un puño de altura, aconseja mi instructor. Ahora debo aterrizar esta nave que se hizo famosa en la guerra de Vietnam. En lugar de concentrarme se me ha ocurrido pensar en cuánto costarán en dólares estos aviones sapito que han regresado sanos y salvos después de combatir en el conflicto de Falso Paquisha y de la guerra del Cenepa, con Ecuador. Recién compruebo, con dice Ríos Távara, que lo más difícil es volar a baja altura. Ya bajé el tren de aterrizaje. La pista gris nos llama. Pero he descuidado la palanca (el timón), estamos bajando con el ala izquierda muy baja. Antes de que la pantalla se ponga blanca y lluviosa, las últimas palabras de mi instructor son:
- Jálala, jálala, jálaaaaaaaa. Nos matamos.
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