Pie descalzo
25.07.07 @ 20:12:36. Archivado en Sobre el autor
La sandalia empolvada, al caer, dejó un pie huérfano, con marcas de sudor tibio. Ha quedado descalzo por escapar de la esquina del descontento social, entre las avenidas Cáceres y San Ramón. Salta entre piedras y humo para no ser pisado por el tropel de la huelga de maestros. Qué novedad. Nadie protege al pie descalzo en riesgo de tropezar. Aunque corra en hora de clase, entre zapatos desgastados por la crisis del sistema educativo. En una de las calles del país con niveles más bajos en educación, los educadores corren, más espantados por la estabilidad laboral que por las bombas; y Wendy, la dueña del pie, cojea asustada de haberse quedado sin su sandalia de 25 soles.
A los 15 debería estar en Cuarto, pero está en Primer Año. Ni bien empieza la secundaria la huelga le ha cerrado las puertas del colegio Fátima. Se va a venderles helados a los huelguistas en la puerta de los reclamos y también de aquí la sacan a bombazos. Ellos huyen sin respuestas estatales, ella corre sin solución para la fuga de sus paletas Artika. Su miedo cuenta veinte cremas de fresa y vainilla caídas, aunque sólo podrían ser dos. Han rodado hacia las calles del atraso escolar, a dejarse pisar por los zapatos de un Estado que combate sin frutos el problema de 32 de cada 100 peruanos atrapados por la desnutrición, una de las más altas de América. Resultado, Wendy aturdida, despeinada, sin sandalia. Gases y botas ya no la persiguen, pero su pie izquierdo sigue huyendo de las espinas y de los vidrios. Y sin embargo no corre a quejarse ante cámaras. Insiste en negarle a los noticieros y a las portadas una desconcertante mirada de susto y leve sonrisa adolescente. Es una risita de gacela triste, imperceptible a simple vista, resignada, como la de esas muñecas arrojadas debajo de las escaleras, condenadas a esconder un alegre rostro que aflige.
Mientras huye del núcleo lacrimógeno generado para alejar huelguistas del Gobierno Regional, Wendy se asemeja, si saberlo, al Hijo de la Virgen del Perpetuo Socorro. Como el Niño, a esta hija de una vendedora de helados de Los Algarrobos también se le escapa la sandalia de sólo pensar en la vida sacrificada que le espera. Y de comprobar cuánto cuesta y cómo pica en la nariz comprarse los líos de la educación peruana. Al Hijo de Dios lo protege su madre, cargándolo en brazos. A la hija de un padre en fuga también la protege su madre, pero corriendo con ella, huyendo de la pobreza. Y de la frustración de que no les haya ido tan bien como en la marcha de agricultores, en esta misma esquina sindical.
- ¿Qué piensas de la educación peruana?, le pregunto cuando le veo pasar mirando a las alumnas que salen sonrientes de un colegio religioso.
Wendy no contesta. Su pie izquierdo habla por ella
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