La esquina de las fieras
10.06.07 @ 06:25:11. Archivado en Sobre el autor
El hecho que más me molesta… que te tomen por sonso, solía decir mi madre. Que en una tarde cualquiera, entre miles de personas, te elijan precisamente a ti, para robarte, indigna más que el robo mismo. Incluso aunque no te roben. Peor, cuando descubres que el azar y no tu sexto sentido imaginario acaba de librarte de perder la billetera. Como en esta tarde de viernes en que recién descubro al carterista que estuvo siguiéndome, sólo cuando se desanimó de robarme el bolso. El tipo estuvo a mis espaldas, justo detrás de mí, mientras esperaba el semáforo del cruce Gulman-Sánchez Cerro, frente al mercado. Y si aún conservo mi equipaje de trabajo, es porque el ‘noble’ ladrón cambió de opinión en el último segundo. Parece que me cambió por una chica. Una joven que, en la ventana de un taxi, al caballero le ha parecido más distraída que yo. Y sólo entonces, cuando el tipo saltó a la pista, el rabillo de mi ojo derecho lo vio entrar en acción, a regalarnos a todos el show de un robo en vivo y sin cortes comerciales. Solo que al final de su danza rutinaria, bajo el sol de la 1 de la tarde, con sus brazos entrometidos por la ventana del auto, descubre que ya no está el celular que ya imaginaba suyo. Ella palideció aferrada a su aparato móvil, y él se encendió, furioso de haber fallado. La luz del semáforo parecía eterna, le dio tiempo de regresar dando zancadas, dominante, chompa gruesa color mango, pantalón a media canilla estampado con el número 70, como reivindicando que, podrá haber fallado esta vez, pero que en esta esquina él y sus colegas esperándolo en la vereda del mercado, deciden qué roban y a quién.
Pero hoy no robó. ¿Todos contentos? No. De todas formas, el hecho es lo que más me molesta, decía mi madre, y, sin pensar mucho, cada vez más alto, a todo pulmón y desde muy cerca, empecé a gritarle no sé qué joyitas. Pero no me oyó. Tubos de escape ahogaron mis insultos, hasta el semáforo era su cómplice, porque ahora sí cambiaba de luz. Combis, buses, motos ocultaban al carterista 70, todo lo favorecía, para que me ignore. Para que nos ignore a todos los espectadores de su danza maestra, condenándonos a mirarlo violar el Código Penal a pocos pasos de un policía de tránsito, a quebrantar los mandamientos de la Ley de Dios frente a una iglesia evangélica.
A contentarnos viéndolo regresar con aire desafiante, triunfante, haciendo como si no existiésemos. Qué curioso, me he dicho. Pensar que en la mente de 70, sancochado en su chompa polar, el resto de gente no existimos. O sólo existimos para ser víctimas. Valemos lo que vale eso que llevamos en las manos o en el bolso, al momento de cruzar su esquina. Punto. Se acabó el tiempo, cambio de escena, ordena el semáforo. Que avancemos, manda, dando luz verde al olvido y la indiferencia. Todos le obedecen. Yo no. Le pido a H 125 que dé vuelta en U, y acepta voltear por la auxiliar. También H parece temblar de rabia, por la impunidad en pleno día, y porque el alcalde le niega el derecho de llevarme al trabajo por las calles del centro. Ahora la dejo descansando bajo sombra en premio por su obediencia, muy cerca de la comisaría, por seguridad. Entonces regreso, camino hacia la misma esquina, a ver la próxima danza de 70. Pero ahora él es un ‘sonriente llenador de autos’. No soporto voy hacia él, me cruzo con su grupo. Ni imagina que hace poco estuve insultándolo, supongo, cuando me sigue ignorando. También los otros. O tal vez fingen y hasta sospechan que he venido sólo para mirarlos en acción. O tal vez traman atacarme en grupo. Mejor regreso a la vereda de al frente. Me confundo entre unas alumnas que lucen inofensivas, inocentes, hasta que escucho a dos de ellas entregarse su mejor amistad:
- ¡Oe que tu eres oeeevoonnna”!
- No jjjjjjooooas babosa.
Es difícil saber quién es quien en esta esquina. Lo pienso al escuchar a 70, que se ve retostado, rudo, con cicatrices intimidantes, pero habla educadísimo. “señorea” y “caballerea” a los pasajeros de su vereda. La gente sube no sé si invitada por él o de miedo a él. 70 sólo les abrió la puerta de tres autos, fingió una honradez que no tiene. Nada más. Antes estuvo robando. Lo estuvo haciendo toda la mañana. Cientos de ojos lo han visto. Pero ahora los choferes lo premian, con propina. Los odio. Le agradecen. En esas ando, cuando alguien me interrumpe. Esta sí es una voz inocente:
-Joven dónde cojo carro pa’ Chulucanas.
Es un jorobado de unos 70. Lustradito, camisa arremangada, lleva un costal a la espalda. Le señalo una empresa, y que cruce la auxiliar, compre su boleto. Agradece tanto, pero no va a donde le digo. Baja a la pista, cruza en la otra dirección, justo hacia donde están las fieras. “Ya vengo, voy a hacer unas compritas al mercado” dice. No, por ahí no, vaya por otro sitio, al frente están robando, alcanzo a decirle. Pero no me oye (otro que me ignora) y se pierde en el tráfico infernal. Al rato cuando el semáforo cambia y la vereda de al frente vuelve a quedar despejada, el jorobado ya no está. Tampoco algunas fieras. Las imagino en algún callejón, picoteándole el saco y los bolsillos. Como aves de rapiña. El hecho es lo que más molesta, solía decir mi madre.
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