Hay una cruz en este pueblo
08.05.07 @ 17:07:12. Archivado en Sobre el autor
Lucas Jiménez
Hay pueblos que parecen existir sólo para que el viajero los vea quedarse abandonados al borde de la carretera. A simple vista en Platanal Bajo, donde el camino de Chulucanas a Frías se transforma en un sendero de piedras desparejas, no hay una sola distracción. Raro lugar de la sierra norte del Perú. Parece el más solitario en medio del abandono. Baches y kilómetros antes, La Encantada tiene cerámicas, Yapatera tiene su raza negra, hasta los cerros cercanos a la capital provincial tienen fama de atraer ovnis. Platanal Bajo es otra cosa. Ni siquiera se ve plátanos en Platanal. Al menos no desde la carretera.
¿El domingo al medio día qué de bueno podría encontrar uno en una trocha que de tanto en tanto muestra vacas sordas, cabras maratonistas y muy pocos indicios resecos de vida humana? Ni sospechas que la respuesta está escondida en una de estas viviendas de adobes desiguales, patio incandescente con gallinas picando la nada, tierra, marrana flaca, y nuevamente tierra.
Antes, la realidad -esa maga que siempre invita a descubrir lo que no dice-, juega a las escondidas, hace que pagues con soledad y riesgo el derecho a descubrir. El viajero va conciente hasta el cansancio de que para contar algo en el Perú hay que ir a verlo, pero no con esa mirada gringa que encuentra en todo lo que ve un relato americano, con las mismas dudas y supuestos gringos o muy parecidos, como si tu presencia fuera la versión repetida de miles de ojos visitantes que te antecedieron. No. Sino desde mi condición de peruano de Piura, sin fórmulas previstas, ideando mis propias maneras de mirar.
Lo más terrible en estos viajes “hacia ninguna parte” es la pregunta ¿cuándo llegaremos? Y no menos terrible es saber que ya llegamos, y no hay los mangos que nos habían dicho, los contados ciruelos tienen frutos duros como plomo, los choclos todavía están verdes, el destino de tu domingo aventurero es un retazo algo verde con cerco reseco, custodiado por una marrana que te mira poseída por la furia de estar presa de una picota. Lo demás es rocas y cerros. Pero ya estás aquí y ojalá no hubiera tanto silencio campestre parecido a quietud de cementerio para evadir mejor la insistencia de tu hija, con ojos llorosos por la tierra, cachetes de tomate a punto de reventar: “¿papi, a qué hora vamos a llegar? No sabes qué contestar.
No hay repuestas por ahora. Pero sí preguntas. Qué estoy haciendo en un lugar como éste. No espero enterarme de algo sorprendente en este paraje remoto y triste, como apartado del resto del mundo. ¿O sí? ¿Podré hallar respuestas a preguntas periodísticas en un pueblucho tristón en sí mismo, donde caminas una tarde de domingo y no encuentras nada, pero nada qué hacer? La respuesta es No. Hasta que vez la cruz. De madera, la cruz es grande como de conquistador español. Cuelga de un árbol. Hay una mula amarrada al mismo árbol. Ya empieza a llegar el pesimismo cuado don Julio Vásquez entra en escena. Ni imagino que este anciano, dueño del lugar, este platanense muy bajo en estatura tenga ideas puestas en un Cielo tan alto. Que a sus 75 años, su vida siga tan marcada por lo que soñó hace más de medio siglo. Así lo dice mientras - recostado en una piedra gigante del mojinete de su casa- mira la cruz girando bajo una rama, y la mula reflexiva de orejas paradas ante la cruz y el árbol enfrentando al viento desde hace décadas.
Fue a los 22. En su casa de entonces, a varias horas de aquí, en el pueblo La Ramada, al quedarse dormido, una tarde como ésta, en el sueño se vio en medio de un huracán que todo lo destruía. Y escuchó esa voz, esa frase que nunca olvida: “El Señor está castigando al mundo… pero a toda casa con una cruz no la toca”. El hizo tal cual le decía el mensajero desconocido y a su casa no le derribaba ni el lobo más feroz. Al despertar repitiendo la frase y después de buscar un relato parecido en la Biblia, se sintió un protegido como esos piadosos salvados por pintar su puerta de rojo sangre, en el Antiguo Testamento. Desde entonces, en cincuenta y tres años nunca duerme sin asegurarse de que su cruz está bien colgada en lo lato, de su vivienda y de su mente. Al mudarse a Platanal Bajo, no sólo marcó su casa con la señal cristiana, hizo que otros, en el resto de casuchas dispersas, también lo hagan. No cree en promesas políticas. Más cree en su cruz colgada, deteniendo el mal, tranquilizando a la mula, fortaleciendo el árbol, preservando todo lo sembrado de los malos temporales. Lo demás, las elecciones municipales y regionales, de las que apenas si está enterado porque ya no va a votar, le muy interesa poco.
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