Degustación
13.04.07 @ 22:15:29. Archivado en Sobre el autor
Leer portadas y tapas en los quioscos es siempre una degustación cruel. Fotos y titulares, cuelgan indefensos. Te los muestran, como todos los días, los mismos ganchos de ropa, que no tienen cabellera rubia, ni piernas con minifalda, pero igual agigantan el deseo. No de las grandes mayorías, por desgracia. Sólo revuelven la voracidad lectora de unos pocos hambrientos. De aquellos, cuyo apetito por la palabra impresa, bella y sorprendente, se ha transformado en un perro fiel que ataca a su dueño. Que le ladra por dentro, pero nunca llega a desgarrarle el bolsillo… porque está vacío. Hablo de esos mendigos de la lectura que poblan las veredas y contadas librerías de Piura, contemplando, sólo mirando, la mesa servida (es decir colgada). Saborean con los ojos, desean los bienes ajenos. Sobreviven de la miel de las primeras páginas. De los aperitivos narrativos de los primeros párrafos. Su vía crucis lector puede durar horas. Jamás se largan a la siguiente estación (quiosco) sin babear. Sin memorizar nombres y títulos, para ir a buscarlos por el mundo, en Internet.
Del menú no les interesa esas tapas embolsadas con aderezo de betseller, esos renglones light de Paul Coelo, ni las ofertas para el éxito de Miguel Angel Cornejo. Prefieren
esas ediciones en páginas lustrosas, sin mezquindades de espacio, con sazón y salsa, como para banquete de domingo. O esas novelas resucitadas después de habitar por años el limbo del olvido nacional. Ya casi lloran lágrimas impresas, esos mirones, plantados frente a las ediciones importadas en español que, como plantas costosas, sólo hace falta ayudarles a abrir las hojas, para que el lector se sienta en una calle bogotana, o en la librería El Ateneo de Buenos Aires. Los lectores en ruinas suspiran tratando de adivinar a qué se refiere la última portada de Selecciones o Nacional Geographic. Si la vendedora no los desaloja es porque los usa para jalar compradores de verdad. Y es que hasta los compradores del Bristol, son más solventes que estos mirones, que conocen a mucho de autores, pero sólo mediante prólogos y contra caras. Las veteranas revistas del dentista y las de la peluquería, son las únicas que leen completas. Son los culpables del color pálido que –como pan que no se venden- van tomando los suplementos dominicales y revistas no vendidos. De ser numerosos, estos degustadores de llamadas en portada, tal vez llevarían a la ruina económica a todos los quiosqueros.
También integran esta asociación de lectores boquiabiertos, aquellos de gusto encorbatado; esos de envidiable fe, que aún creen que las leyes sirven para administrar justicia.
También entran en el grupo esos que se detienen a mirar con ojos solidarios el esfuerzo editorial de los autores provincianos. Echan un vistazo a sus ediciones de bolsillo, suspiran rajan y desechan. Abren la colección de cumananas de algún optimista que se gastó varios sueldos en imprimirla y lo catapultan con una mueca. Quieren leerlo, pero mejor lo sustituyen por la obra de algún escritores capitalino que vieron por televisión. Le susurran éxitos, lo envidian y le alzan el pulgar por la proeza de merecer una entrevista en televisión, luego lo dejan irse a conquistar la gran meta, «el olvido». ¿Cuándo llega Abril Rojo?, preguntan para engañar al librero. Lo voy a pedir, dame tu teléfono, contesta el vendedor para darse aires de culto.
Defiendo a estos pobres lázaros de la lectoría. Por ser ignorados todo el tiempo por ese rico Epulón que son las grandes editoriales. Planeta, Norma o Alfaguara tal vez decidan abrir ferias y librerías para los paisanos de Miguel Grau, sólo cuando empiece a chamuscarlas el crecimiento del mercado. Fuera de ese purgatorio, nuestros lectores de vereda seguirán interesándoles muy poco.
También odio a los lectores de quiosco que nunca compran, porque el mundo sería maravilloso si yo dejara de ser uno de ellos.
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