16.06.08 @ 20:03:33. Archivado en Sobre el autor
- Disculpe ¡ese soy yo!
- ¿Perdón? No le entiendo.
Me contesta incrédulo el hombre con el cartelito donde acabo de leer mi nombre escrito a plumón. Se aparta de las decenas de taxistas con cartulinas manuscritas en la puerta de llegada de pasajeros de vuelos nacionales, duda unos segundos, pero le basta examinar mi equipaje provinciano para saber que soy el piurano al que vino a recoger. Entonces se transforma en el chofer de casaca negra más amable de esta medianoche del aeropuerto de Lima.
Iba a subir mi maletín al cuatro puertas negro que debe ser Daewoo y él lo hace por mi (“permítame señor”) y abre la puerta (“suba por favor”). Y sigue recitando más frases de cortesía que contesto con monosílabos, porque empieza a impresionarme lo misterioso que han sido mis últimos días.
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03.06.08 @ 23:22:47. Archivado en Sobre el autor
- Papá ¿por qué hay ladrones?
Antes que el cuco asuste a las niñas, la noche parece tranquila. Lámparas públicas, letreros luminosos, potentes reflectores celebran la sonrisa congelada de maniquíes y modelos con ropa de invierno, en el núcleo financiero y comercial de Piura. En pleno corazón urbano de la ‘cuarta potencia económica del Perú’, esa luz artificial que remeda a la del atardecer, ayuda a olvidar la noche oscura del 82 % de piuranos sin corriente eléctrica en la sierra. A esa hora los ticos achacosos que no terminan de sobreponerse de la destrucción de pistas, pasan alumbrando a las presumidas Mitsubishi Montero que esperan a sus dueños de sueldo ejecutivo.
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30.05.08 @ 02:22:26. Archivado en Sobre el autor
-¿Qué le han tirado ahí, casera?
El muchacho había soltado, casi lanzado, hacia el piso del negocio vecino un pesado saco de yute, ensangrentado. Y, con habilidad de actor de cine, regresó caminando a su puesto de venta del Complejo de Mercados. Su centro de trabajo no era una vereda, ni una mesa de ambulante. Era una carnicería de mandiles y balanza electrónica. La interrogada echó un ojo al pasadizo: policías municipales se acercaban revisando carnicerías. Y, tras un guiño cómplice para que esa amiga mía –la que me pasó el chisme-, no hiciera el mínimo escándalo, le reveló bajito:
-Es carne de caballo. Al frente la venden.
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28.01.08 @ 05:18:38. Archivado en Sobre el autor
Camino solo por las últimas viviendas del pueblo de Huamba y están a punto de asaltarme. Si se consuma, será un asalto por un fin noble. Mi asaltante no quiere mi mochila. El caballero quiere que me siente con él a beber aguardiente a las 11 de la mañana, a dos días de Piura. Le he respondido que no tomo y, en respuesta, estoy seguro va a sacar un típico puñal serrano punta aguja. No depende de él. Yo tengo la culpa, por confiado. En cuatro días recorriendo los últimos cerros donde acaba el Perú, debí suponer que estas lomas y caminos ayabaquinos son demasiado solitarios como para ser cien por ciento seguros. Llevo tres tarjetas con fotos y testimonios sobre la exclusión de los peruanos en estos últimos rincones del país. Es de suponer que sentirse marginados, les lleve a algunos a ser hostiles con los forasteros.
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11.11.07 @ 00:26:48. Archivado en Sobre el autor
Ignoro que moriré esta tarde tratando de aterrizar mi primer avión de guerra. Horas antes de fallecer, a bordo de un simulador de Cessna A 37 B, me he vestido como piloto de la Fuerza Aérea del Perú y desde las 6:30 de esta mañana soy el alférez Jiménez. Las avioneras con las que me cruzo en los pasillos y veredas del Grupo Aéreo Número 7, me saludan con subordinación nerviosa. Ignoran que el peso de mis botas me impide ir a paso ligero y que mi gorro de Dragonfly en realidad le pertenece a Stuka, un oficial gringuito que justo ahora debe estar estudiando en Lima para su examen de ascenso. Voy a recibir órdenes, castigos y rancho. En este “Templo y Cuna de Cazadores”, seré un piloto de caza, con mameluco verde olivo, pero sin derecho a bombardeos. Un colado mirón en esta base aérea de Piura que -según el gobierno peruano- jamás se pensó en poner al servicio de Estados Unidos, como rumoreó el diario argentino Página 12.
No cobraré S/ mil. 205 de sueldo como todos los de un galón solitario, pero mi grado me da derecho a oler y tocar esos pájaros de acero made in USA que agregan ruido a los castellanos. Comparto una sala vip con quienes han bombardeado al enemigo en la guerra del Cenepa contra Ecuador o derribado “narcoavionetas” en la selva.
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25.07.07 @ 20:12:36. Archivado en Sobre el autor
La sandalia empolvada, al caer, dejó un pie huérfano, con marcas de sudor tibio. Ha quedado descalzo por escapar de la esquina del descontento social, entre las avenidas Cáceres y San Ramón. Salta entre piedras y humo para no ser pisado por el tropel de la huelga de maestros. Qué novedad. Nadie protege al pie descalzo en riesgo de tropezar. Aunque corra en hora de clase, entre zapatos desgastados por la crisis del sistema educativo. En una de las calles del país con niveles más bajos en educación, los educadores corren, más espantados por la estabilidad laboral que por las bombas; y Wendy, la dueña del pie, cojea asustada de haberse quedado sin su sandalia de 25 soles.
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13.07.07 @ 01:10:56. Archivado en Sobre el autor
Sólo quieres lo que tienes hasta que lo pierdes. Siempre he pensado que uno termina creyendo en esta frase cuando llega a dolerle en el pecho. Lo sigo pensando justo ahora que Susana Du Bois (SDB) me dice desde Panamá que el corazón se le encoje de nostalgia de sólo pensar en Piura, de la que muchos quieren largarse. Sigue encantada de esta Piura con vecinos hartos de los cortes de agua y de los desagües rotos, de que la ciudad no crezca en cultura, y que por nada maten, por nada se peleen entre políticos y casi nadie mire a los demás.
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10.06.07 @ 06:25:11. Archivado en Sobre el autor
El hecho que más me molesta… que te tomen por sonso, solía decir mi madre. Que en una tarde cualquiera, entre miles de personas, te elijan precisamente a ti, para robarte, indigna más que el robo mismo. Incluso aunque no te roben. Peor, cuando descubres que el azar y no tu sexto sentido imaginario acaba de librarte de perder la billetera. Como en esta tarde de viernes en que recién descubro al carterista que estuvo siguiéndome, sólo cuando se desanimó de robarme el bolso. El tipo estuvo a mis espaldas, justo detrás de mí, mientras esperaba el semáforo del cruce Gulman-Sánchez Cerro, frente al mercado. Y si aún conservo mi equipaje de trabajo, es porque el ‘noble’ ladrón cambió de opinión en el último segundo. Parece que me cambió por una chica. Una joven que, en la ventana de un taxi, al caballero le ha parecido más distraída que yo. Y sólo entonces, cuando el tipo saltó a la pista, el rabillo de mi ojo derecho lo vio entrar en acción, a regalarnos a todos el show de un robo en vivo y sin cortes comerciales. Solo que al final de su danza rutinaria, bajo el sol de la 1 de la tarde, con sus brazos entrometidos por la ventana del auto, descubre que ya no está el celular que ya imaginaba suyo. Ella palideció aferrada a su aparato móvil, y él se encendió, furioso de haber fallado. La luz del semáforo parecía eterna, le dio tiempo de regresar dando zancadas, dominante, chompa gruesa color mango, pantalón a media canilla estampado con el número 70, como reivindicando que, podrá haber fallado esta vez, pero que en esta esquina él y sus colegas esperándolo en la vereda del mercado, deciden qué roban y a quién.
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31.05.07 @ 19:27:09. Archivado en Sobre el autor
Alicia es la mujer perfecta, para machistas. Más la insultas, más te escribe. “Estimado LJ” me ha respondido hace unos días, como si llamarla maldita, idiota, no te conozco, odio que me escribas, le hubiera sonado a halago. Puedo desfogar con ella un mal día y nunca me ataca. En mi casa, en una cabina pública, desde la redacción de El Tiempo, la he insultado sin pelos en la lengua y con errores de tipeo.
- Imbécil, no quiero tus correos basura-, la he halagado. Pero mi amiga enemiga es todo bondad, soporta lo que sea, y eso me enfurece más. La odiaría menos si preguntara por qué la ataco. Pero ella sólo vuelve a poner la otra mejilla:
- Lucas Jiménez ¿cuándo es tu cumpleaños?
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08.05.07 @ 17:07:12. Archivado en Sobre el autor
Lucas Jiménez
Hay pueblos que parecen existir sólo para que el viajero los vea quedarse abandonados al borde de la carretera. A simple vista en Platanal Bajo, donde el camino de Chulucanas a Frías se transforma en un sendero de piedras desparejas, no hay una sola distracción. Raro lugar de la sierra norte del Perú. Parece el más solitario en medio del abandono. Baches y kilómetros antes, La Encantada tiene cerámicas, Yapatera tiene su raza negra, hasta los cerros cercanos a la capital provincial tienen fama de atraer ovnis. Platanal Bajo es otra cosa. Ni siquiera se ve plátanos en Platanal. Al menos no desde la carretera.
¿El domingo al medio día qué de bueno podría encontrar uno en una trocha que de tanto en tanto muestra vacas sordas, cabras maratonistas y muy pocos indicios resecos de vida humana? Ni sospechas que la respuesta está escondida en una de estas viviendas de adobes desiguales, patio incandescente con gallinas picando la nada, tierra, marrana flaca, y nuevamente tierra.
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13.04.07 @ 22:15:29. Archivado en Sobre el autor
Leer portadas y tapas en los quioscos es siempre una degustación cruel. Fotos y titulares, cuelgan indefensos. Te los muestran, como todos los días, los mismos ganchos de ropa, que no tienen cabellera rubia, ni piernas con minifalda, pero igual agigantan el deseo. No de las grandes mayorías, por desgracia. Sólo revuelven la voracidad lectora de unos pocos hambrientos. De aquellos, cuyo apetito por la palabra impresa, bella y sorprendente, se ha transformado en un perro fiel que ataca a su dueño. Que le ladra por dentro, pero nunca llega a desgarrarle el bolsillo… porque está vacío. Hablo de esos mendigos de la lectura que poblan las veredas y contadas librerías de Piura, contemplando, sólo mirando, la mesa servida (es decir colgada). Saborean con los ojos, desean los bienes ajenos. Sobreviven de la miel de las primeras páginas. De los aperitivos narrativos de los primeros párrafos. Su vía crucis lector puede durar horas. Jamás se largan a la siguiente estación (quiosco) sin babear. Sin memorizar nombres y títulos, para ir a buscarlos por el mundo, en Internet.
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