Cuando detienen a etarras en el País Vasco, y últimamente ocurre con profusión, muchos de sus vecinos los aclaman mientras se los lleva la policía, y aplauden los asesinatos que habían cometido o que iban a cometer.
¡Gora, Gora!, es el clamor de las calles que hace pensar que, o que hay muchos más filoetarras de lo que creemos, o que existe tal miedo a su organización que quien no la vitoree quedará marcado como enemigo y pagará su pasividad.
Sea por fervor o por temor, la masa aplaude al asesino, esa bomba cargada de odio y rabia que llevan esposada y que sonríe al oir los vítores, aunque va dejando su pestilencia, de bomba fétida también, tras defecarse en el momento de la detención.
Esa aprobación hacia el asesino es la muestra de lo peligroso que es el populacho, chusma de linchadores que se contagia mutuamente el embrutecimiento y que se inclina, sumisa, como hacia La Meca, ante quien ostenta el poder de exterminar a su capricho a seres humanos.
Estas mismas masas vasallas y tornadizas, eran las de las derechas y las del del Frente Popular que se ejecutaban mutuamente con saña infinita, como aquellos rojos que conforme avanzaba Franco se hacían franquistas y mataban a sus camaradas del Frente Popular.
Hay mucha documentación sobre exrojos y exnacionalistas que, ya en Falange o como carlistas, asesinaban con más saña que nadie para que no se delatara su pasado.
En una democracia como la actual, con leyes garantistas para los criminales, esta morralla siempre estará con quien le parece el fuerte: el que asesina, sean ETA y sus abertzales o cualquier movimiento violento.
Mientras la sociedad permanece callada y estas hordas dan vivas a los asesinos, queda el consuelo de definirlos: especímenes de la miseria humana.
Viernes, 17 de febrero
Vicente A. C. M.
Pedro Fernández Barbadillo
Raúl González Zorrilla
José Pómez
Francisco Rubiales
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Antonio Javier Vicente Gil
Carlos Ruiz Miguel
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga