Los medios informativos golpean con anuncios que prometen proteger el medio ambiente: los de coches, asegurando que sus nuevos modelos emiten cero gramos de CO2, o los de una red de hipermercados, que asegura que dejará de contaminar al no entregar gratuitamente las bolsas de plástico habituales para la compra.
Ambas publicidades aportan información falsa o incompleta, explotando la obsesión por lo verde en las sociedades más desarrolladas.
En el caso de los coches que no emiten CO2, los fabricantes y los gobiernos abusan del desconocimiento de los conductores sobre las características de los motores.
Hay coches de gasolina de hasta veinte años de antigüedad que no tienen por qué emitir ni una milésima de gramo más de CO2 que el último, más sofisticado y caro modelo anunciado como ecológico.
Se comprueba cuando se pasa una ITV (Inspección técnica de vehículos) teniendo cualquier coche de gasolina con catalizador, cuidado y revisado. Dará lo mismo CO2 y cero monóxido de carbono, CO, que el modelo más moderno. Los técnicos que elaboran el informe de la inspección pueden explicárselo al usuario, pero dicen que raramente se les pregunta.
Otro caso es el de los hipermercados, que expenden prácticamente todos sus productos empaquetados en plástico, pero que explotan el mito de que las ligeras bolsas de ese material son indestructibles, cuando se reciclan como los demás productos.
Además, las bolsas que se fabrican actualmente se autodestruyen con los nuevos aditivos que reducen su existencia a pocos meses.
Lo que logran esos hipermercados, es ahorrarse millones de euros en las bolsas gratuitas. Y crean una nueva fuente de ingresos: sustituyen las bolsas de plástico por otras, supuestamente más ecológicas, que hay que pagar.
La ecología es la gran industria de la conciencia naturalista, la campana de la catedral postmoderna, pero tan consumista como antes.
Si se le busca algún parecido la conducta del exsoldado neonazi Josué Estébanez, que mató en el metro de Madrid de una cuchillada en el corazón al Carlos Palomino, de 16 años, se encontrará a ETA.
La condena de 19 años de cárcel por el asesinato, con el agravante de “discriminación ideológica”, más seis años por intento de homicidio de otro antisistema que intentó desarmarlo, parece injusta por demasiado corta.
Veintiséis años de cárcel son pocos para quien le quita la vida a un ser humano y hiere a otro, sin que, simultáneamente, deban considerarse héroes al asesinado y al herido, que es lo que hacen la mayoría de los medios informativos para demostrar su antifascismo.
Oriana Fallaci, la fallecida gran periodista, había descubierto que hay dos clases de fascistas, los fascistas y los antifascistas.
Y los antifascistas que iban a reventar una manifestación fascista el 11 de noviembre de 2007 y que se encontraron a un solitario, pero preparado para matar, Josué Estébanez, no eran santos ni héroes.
Eran gente que también agrede –de hecho, Palomino provocó a Estébanez--, y aunque mate menos, frecuentemente apoya a cualquier violento supuestamente progresista sin importarle su orientación, incluyendo a militantes de ETA. Ha ocurrido en numerosas ocasiones.
Las fotos de Palomino en un blog antisistema, ya retiradas, aunque se conservan en otros lugares, naturalmente de sus enemigos, muestran su estética neonazi, disfrazada de antinazi.
Lo que lleva al caso de los otros nazis, los de ETA, y al agravante de “discriminación ideológica” que nunca se les aplicó.
Cuando ETA mata lo hace, entre otras, por igual razón que Estébanez, por lo que sería pertinente aplicarle la misma doctrina, a ver si cada condena llega a los 30 años, lo mínimo que merecería el asesino de Palomino.
Lunes, 28 de mayo
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Pedro Fernández Barbadillo
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel
Josep Carles Laínez
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
José Pómez