España figura entre las naciones avanzadas con menos suicidas y, sin embargo, casi toda la población que vive alrededor de la central nuclear de Garoña, en Miranda de Ebro, Burgos, ha decidido inmolarse en masa alrededor de esa pira de electrones que tanto asusta a los ecologistas de lejanísimos territorios.
Muestran un deseo tan acusado de morir que cerca de 5.000 vecinos de esa zona se manifestaron en Madrid hace pocos días pidiendo el martirio.
Después, medio centenar marchó hacia Moncloa, palacio habitado por quien quiere que no se maten, para entregar una carta exigiendo que su bomba atómica en siga marcha.
Tiempos insensatos en los hay gentes que obligan al presidente del Gobierno a mantener la lucecita de su despacho encendida todas las noches, velando por su vida.
Rodríguez Z. ha decidido cerrar Garoña, según parece. Al contrario que los trabajadores, no cree que la central sea segura, que en sus cuarenta años de vida nadie murió contaminado, que no genera su odiado CO2, y que puede producir electricidad una década más.
Tampoco acepta que Garoña no tiene nada que ver con Chernobil, como tampoco una mina asturiana con una china, por ejemplo, en la que murieron en un solo accidente 4.800 obreros, o con las guerras del petróleo que en un siglo produjeron –y producen-- millones de muertos.
Hay que ser desquiciado para querer seguir trabajando en los alrededores de esa instalación, cuando a centenares de kilómetros, los ecologistas y el Estadista de la Moncloa no pueden dormir de la preocupación.
Claro que, llegados aquí, este presidente, brillante pensador, debería decirse: “Si yo apoyo la eutanasia, ¿por qué no aceptar que se eutanasien ellos solos y les dejo la central abierta como piden, si además me evito millares de parados?”
Lunes, 28 de mayo
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Pedro Fernández Barbadillo
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel
Josep Carles Laínez
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
José Pómez