Anunciándose ya los gobiernos que formarán el Partido Popular en Galicia y el PSOE en Euskadi, los nacionalistas de todas las tendencias protestan airados: dicen que sus territorios serán traicionados porque los gobernarán desde Madrid, como si la capital de España estuviera en el último confín del mundo y sus habitantes fueran invasores extraterrestres.
Pero esos que gritan, en primer lugar, suelen tener hijos, hermanos, primos o amigos viviendo en Madrid. Porque Madrid es de todos y España es un país bastante pequeño, por ejemplo, treinta y cuatro veces menor que la actual Rusia, diecinueve veces menor que China y que EE.UU., o quince veces menor que Australia.
Es que ese monstruo que es Madrid está solamente a 670 kilómetros de Santiago y a 351 de Vitoria, es decir, a un paseo en coche.
Y a un suspiro en los futuros trenes AVE, lo que explica la hostilidad de los ultranacionalistas a las vías de transporte rápidas, que te ponen el ogro capitalino en casa.
Madrid es un lugar en el que no gobiernan los madrileños nada más que en las escalas regional y local, y en las que, aún así, son minoría.
Porque lo que queda de España como Estado, en Madrid lo gobiernan gentes que no son madrileñas, sino llegadas desde León, Cataluña hasta Andalucía, desde Cantabria o Aragón hasta Murcia, desde Galicia o Euskadi a Valencia, desde Canarias a Baleares.
Madrid es como un castillo en la cima de una loma con diecisiete pueblos autónomos a su alrededor, cuyos representantes son los que toman esa cúspide para regir desde ella un poco, no mucho por la descentralización, lo que les rodea, su cercano horizonte.
La gente normal no odia Madrid. Quienes lo hacen son los incapaces de conquistar ese castillo, frustración que compensan pavoneándose como emperadores en sus poblados.
Lunes, 28 de mayo
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Pedro Fernández Barbadillo
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel
Josep Carles Laínez
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
José Pómez