Crónicas Bárbaras

Hollywood

27.02.09 | 15:20. Archivado en Actualidad

Los mismos comentaristas españoles que habitualmente denigran la inteligencia de los estadounidenses o que consideran su cine subproducto para mentes infantiles ardían este lunes de orgullo patriótico con el Oscar a Penélope Cruz como actriz secundaria en una película, también secundaria, de Woody Allen.

La Sofía Loren española agradeció el premio con elegancia, en contraste con el ambiente chabacano de los Goya, la imitación carpetovetónica de cochambrosa coreografía, chistes burdos, proclamas cejeriles a gritos y compadreo de corrala.

No es que la entrega de los Oscar sea una fiesta pomposa o solemne al estilo palaciego europeo. Sólo es una ceremonia chispeante, deslumbrante, en la que el cine se homenajea a si mismo y se promociona para venderse mejor.

Los asistentes saben que viven de su propia imagen y se presentan como adorables iconos de su industria. Exhiben lo mejor de si mismos y evitan lo pueblerino o vulgar que arrastran del pasado: proceden mayoritariamente, como Cruz, de la clase media o baja de cualquier Alcobendas, pero en Nebraska o Wisconsin.

Penélope se ha subido a esa ola, es una estrella, y como los demás surfistas sabe mantenerse en la cresta.

Pero estrellas o no, los seres humanos siguen siéndolo en Hollywood o en los Goya, y este cronista, que fue corresponsal varios años en Los Ángeles, descubrió cómo se respetan esas personas a si mismas, a su imagen y a los demás, sorprendentemente, en los aseos a los que acuden durante las ceremonias como los Oscar.

Hay una diferencia fundamental entre estos y los Goya: en Hollywood tales lugares quedan impolutos, y los de los Goya finalizan convertidos en porquerizas perniciosas para todos los sentidos. Hasta la educación y la higiene en Hollywood son de otra galaxia.

Y, pobre Goya, con su nombre tan degradado.

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