Whitney Houston se llevaba muriendo muchos años hasta que ayer se ha muerto. Se veía venir. Es la enésima canción triste de una niña mimada hecha trizas por su mala mollera. Nunca mueren en Somalia sino cerca o dentro de una bañera con hidromasaje, donde sus egos frágiles ahogados por las drogas hacen mutis por el foro quebrando la opción de largarse del garito mundo con un cadáver más viajado.
El guión se repite. Siempre es así. Primero llega la pendeja fama, luego el mefistofélico dinero, después, en la cresta de la ola, vampiros de seductores colmillos que empujan al abismo esas almas suyas nacaradas que, aunque concentran la atención de los focos, nunca aprendieron que todo es mentira y aquello de que -Mago de Oz- los corazones nunca serán prácticos hasta que puedan hacerse irrompibles.
La primera vez que la escuché fue antes de la guerra de los Balcanes, cuando aún en las discotecas de los peer ingleses me creía the King y no aspiraba a ser demasiado honesto y aseado con las frases. Pasaba el verano, por gentileza de mis papis, en una familia disfuncional de acogida en el sur de Inglaterra. La madre de la casa, que también era el padre de la casa, no hacía caso a su pequeña, la verdad; se pasaba el día recibiendo a tipos que se olvidaban de tirar de la cadena y le gustaba poner la música tan alta que nosotros, los refugiados del semisótano, podíamos oírla. Así supe por vez primera de la existencia de aquella negra de voz almibarada que cantaba lo del I will always love you.
El polaco, el francés, y yo, el español -y no es un chiste-, éramos los habitantes de aquel cuartucho del semisótano donde empecé a añorar, y ya no he dejado de hacerlo siempre que estoy por el Septentrión, la crucial importancia de los anticiclones estivales del Sur, donde uno se olvida de ese ambiente inglés tan de Gijón en noviembre de nubes grumosas que te empujan a la melancolía de que se te ha roto algo adentro y no sabes qué. Nos ocupábamos, nosotros, los del chiste, de la niña, porque la madre estaba en clase de anatomía o escuchando a Whitney Houston. La sentábamos a la mesa -después de que había logrado convencer al polaco de que escondiese el vodka- a comer carne con mermelada y esas indecencias culinarias británicas que cuando te acostumbras a ellas acaban por gustarte.
Mi abuela murió difícil, tanto como lo fue para ella la vida, en el hospital Doce de Octubre, un hospital tan lejos de Dios y tan cerca de la Seguridad Social, en el anonimato y sin pasta, no como proyecto de mujer sino como mujer entera arrasada de tanta carretera por todas las montañas escarpadas imaginables, y aún con la dignidad de quitarse la mascarilla de oxígeno para besarnos a mi prometida y a mí, con cuarenta años más en las caderas que la Houston y las tres heridas de Miguel Hernández en la retina: la del amor, la de la muerte, y la de la guerra, con sus bombardeos, su estampido de los fusiles en el tímpano y todo eso.
Cuando camino, pluriempleado, solo, en adulto, a veces pienso en esa mujer que parió a mi madre. Paseando de noche por el universo burgués de Chamberí en el que los basureros ya afeitan las papeleras a veces me siento como en busca de la abuela perdida. Golpear con las suelas de mis zapatos negros después del curro las escaleras y pensar que ella no volverá a pelarme las uvas en San Silvestre es a veces mal rollo.
Esta crónica sólo es excusa, la literatura como revival. En la musicalidad de un texto se entierra la pena de lo ido como en un buen morreo se difuminan rencores pasados. Ahora veo, gracias a las fotos de Reuters, los salones destrozados de las casas de Homs, donde matan a familias enteras mientras ven la tele. Y recuerdo a la mía también, toda entera, con ella al frente, antes de que la muerte disfrazada de cáncer terminal se la llevase.
Yo tenía un salón que no era un palacio y que a su manera parecía perfecto por toda la paciencia acumulada en las partículas del aire. Un salón de mi abuela en la calle Atlético de Madrid donde me tumbaba a ver lo que echasen en la tele en Nochevieja, tan sólo por aguardar aquel ritual de las uvas que nos traía con el misterio de su frondoso pelo fijado con laca que mantuvo hasta la tumba. Yo esperaba las doce uvas verdes en un plato blanco y pequeño. En un plato blanco y pequeño. Clas, clas, clas. A veces se rompían aquellos platos. Mala suerte, no sé qué, oía a lo lejos.
Hay proyectos de mujer que se han prostituido hasta por llevarse un vaso de whisky a la boca, que sufrieron mogollón hasta partir la epifanía de su existencia sobredimensionada en dos o tres, vaya, porque pierden público. Y hay otras mujeres, con sus siete letras bien puestas, que viven toda la aventura morrocotuda del ser en un anonimato de entrega donde son heroínas que no recurren nunca a la heroína.
Antes de aquel ataúd abierto en el que toqué su frente fría, en aquel entonces, podía subir los pies en el sofá -en casa de mi abuela se podía hacer cualquier cosa sin reprimenda burguesa-; quedarme mucho rato mirando esos ciervos del tapiz comprado por mi tío en Tetuán o la puerta con cristales deformantes cerrada tras la que intuía su coreografía gastroesofágica en la cocina. No he vuelto a recuperar la textura de aquellos carnosos langostinos con mayonesa que ella preparaba. Antes, en aquel entonces, la voz de mi abuela gritando no sé qué a mi abuelo con todo el potencial bucal de la clase obrera dibujada a trazo grueso en aquella casa de la Colonia de la Prensa.
Hoy que ha muerto una privilegiada que llegó a lo más alto y tiró por la cadena su éxito, de la que todos los periódicos del mundo hablan en portada, me acuerdo del modesto obituario de mi abuela Vicenta en las páginas interiores de la vida: la de la inmensa mayoría, que vive y se va sin hacer demasiado ruido y sin hacerse demasiado daño y que vive con el valor de vivir, que no es poco, y que lo poquito o mucho que consigue lo hace siempre sin demasiada baraka y con predeterminación de sherpa y grandes sacrificios honrados que le permiten finalmente abrirse camino entre la niebla.

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