Me gustaba ponerle nombre a las cosas. Mi abuela se sorprendía porque ya, con menos de un año, era un mico parlanchín, que en el autobús, todo lo nombraba y de todo la contaba una historia, a veces con palabras originales que no correspondían con la realidad, me decía. Me gustaba ponerle nombre a las cosas. Así me ganaba al público, que incluía caramelos, algo de dinerillo y juguetes.
Recuerdo el principio como un montón de tablas de madera, como una alfombra que pintaba con tiza para organizar partidos de chapas en los que me montaba el tongo de que era indistintamente árbitro y los dos equipos contrincantes. Soñaba ocho horas nocturnas y ocho horas diarias. Recuerdo el principio como una habitación que a mí me parecía mayúscula donde no había gente sino sólo mi universo ácrata de carreras de caballos, emboscadas y escaramuzas soldadescas. Lo pasaba bien y nada faltaba y nada sobraba. Era feliz, creo.
Todavía no había venido la televisión en color a casa, ni el gusanillo del Periodismo que luego me hizo asomarme a las imperfecciones del mundo. Todavía no había escuchado frases como joder, qué difícil tienen los jóvenes el acceso a la vivienda. Todavía no sabía que hay gente a la que reconforta el dolor ajeno como a un demonio eructar su festín de malos pensamientos.
No estaba el compromiso ni el amor y ni siquiera yo mismo existía sino sólo mi universo de onomatopeyas, aliteraciones y metáforas. Me iba de los sitios sin explicaciones y ni siquiera sabía que el límite de una moral sin señor estaba en la enfermedad. Diluía mi yo, más aburrido que el mundo imaginado, en un arrebol de luchas y conquistas, y la música de las orquestas de la playa, me parecía, como dice el proverbio árabe, el chirrido de las puertas del Paraíso, y eso parecía bastante y no sufría por los demás y no parecía necesitarles.
Me gustaba ponerle nombre a las cosas. Cuando todo era mi pequeño planeta feliz y yo me sentía príncipe triunfante buceando en la armonía serena de que todo encaja porque todo lo estropeado puede ser sustituido por otra cosa. Yo era dueño de mi realidad circundante y eso me hacía feliz, creo, y aún desconocía aquello que Henry Miller dijo en El coloso de Maroussi: que los trucos mecánicos no tienen nada que ver con la naturaleza del hombre, que no son más que trampas que pone la muerte para atraparlo.
Ahora recuerdo a aquel pato blanco que no sé si mis padres me regalaron o yo se lo pedí. Hoy, en la sala de espera de este hospital, recuerdo a Balulú. Me acuerdo de cómo respiraba aquella cosa corazón tan blanco abriendo el pico cuando jugaba a perseguirle. Fue mi primera angustia infantil; la primera percepción de la tormenta: yo estaba en un rincón del salón con las manos temblándome tanto como el cuello de Balulú. Lo tenía arropado, con una gamuza. Fue mi primera consciencia de que los rincones luminosos pueden oscurecerse rápido; la primera percepción de que las buenas noticias son inestables y que los periódicos de la vida prefieren los teletipos de agencia.
No sé si puse el agua demasiado caliente o lo contrario pero cuando le vi con la mirada acuosa comprendí que me había pasado con el baño. Lo habría visto en algún tebeo -el lugar donde lo aprendí todo-. No sé. El bicho tiritaba y no paraba de hacerlo aunque yo le arropaba muy fuerte con la gamuza amarilla. Nunca me gustó ese color. Mi primera angustia infantil vino del miedo a perder algo; así fue la primera vaharada de extinción, que me inauguró una manera de sentir o un temperamento, no sé. Quizás era demasiado feliz para descubrir que quien trata de preservar la belleza de la destrucción yerra.
Se hizo grande de tantas galletas como le di y defecaba en los lugares más insospechados, por eso un verano desapareció de casa. Porque ya no se trataba de algo sino de alguien. Entonces yo supe que la excursión de mi pato al país de las maravillas acabó en un aderezo de sus vísceras a la naranja, o en un atropello, o retozando contento en algún prado. Gracias a los Superhumor -que tanto me ayudaron después a distanciarme de la política- comprendí que la tercera versión de los hechos se alejaba del Periodismo para abrazar la Literatura. Todavía era más escritor que periodista y no contrasté las fuentes. La segunda versión, la del atropello, fue la que acabaron confesando los culpables. Pero muchos años después, frente a ningún pelotón de fusilamiento, descubrí que todos podemos ser culpables, de dejar cadáveres a nuestro paso, digo.
Balulú era, antes que mi pato, alma errante de viñeta que penaba por el mundo arrastrando sus luctuosas cadenas. Me gustaba ponerle nombre a las cosas. Ahora sé que cuando encontré a mi pato lo titulé bien, porque un día, haciendo honor a su nombre, pasó de latido y primera preocupación a espectro. Gracias a Dios las heridas del crecimiento me trajeron la tirita de saber que hay personitas que aunque siempre están enfermas se deslizan por la vida como fantasmas felices que rompen la muerte a carcajadas anegando los malos rollos de los sanos. Cuando las cosas se ponen feas la oración y la fe me recuerdan, como a toda esa gente que veo en Al Jazeera salir con la determinación de vencer al tirano por las calles sirias, que esta vida sólo es ensayo sobre la ceguera.
Esta mañana, con las primeras luces del día, en un pasillo del hospital Nisa Pardo de Aravaca, he abierto la cabecera de los diarios en mi smartphone, y, como tantas veces antes, vuelvo a ver el fantasma de Balulú. En la ciudad siria de Homs, de madrugada, han asesinado a más de doscientos personas. El gobierno dice que ha sido culpa de grupos armados. El Ejército de Liberación afirma que los bombardeos fueron obra de soldados gubernamentales. La tercera versión, otra vez, porque el pato a la naranja, como en todas las guerras, siempre lo cocinan con sus vísceras los mismos civiles inocentes.
Al frente de Siria, donde ya han muerto más de seis mil personas, hay un individuo, el presidente Bashar al assad, que como responsable del garito gore que dirige, debería tener la vergüenza de levantar su dedo meñique del té de las cinco y largarse de una vez arrastrando sus oxidadas cadenas a un más allá más lejano que este más acá pequeñoburgués donde el Consejo de Seguridad de la ONU, con su sistema antidemocrático de votaciones, parece tan interesado por la Justicia como yo por el bricolaje.

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