La fe beneficia seriamente a la salud

El otro día, buscando el show de Tomás Roncero en Punto Pelota de Intereconomía, me topé con la promo de la nueva película del que fue uno de mis profesores en la escuela de cine Séptima Ars, Juan Manuel Cotelo: Te puede pasar a ti, un documental sobre ateos que viviendo las situaciones más opuestas a la religión acabaron conversos.

Hablemos claro: la crisis española va más allá de la dominancia sádica de la ama Ángela Merkel sobre nosotros, pobres rebaños de razas inferiores mediterráneas entregadas a la vagancia. Allende la economía maltrecha, España sufre una profunda crisis de valores propia de una sociedad maleada que niega en masa la trascendencia de la vida.

Comprendo que este desaguisado moral se haya alcanzado con cuarenta años de Franquismo y una Iglesia politizada que antes hablaba mal de los rojos y ahora baja en helicóptero patrocinada por Bankia, que millones de españoles se hayan alejado de Dios por culpa del Papamóvil y de un boato circense más propio de la Dolce Vita de Fellini que del profeta Jesús, por culpa de esos predicadores latinos espumeando por la boca mientras te venden a Dios como si fuese la minipimer.

Generalmente vivir en ateo, una fantasma que recorre Europa, obviar lo que el zorro le dijo al Principito -que lo esencial es invisible a los ojos-, reducir lo humano al mínimo común múltiplo -germen ideológico del Comunismo y el Nazismo, los dos totalitarismos políticos más brutales del XX- infesta al hombre de relaciones descomprometidas convirtiéndolo en criatura veneradora de inmediatas sensaciones placenteras como único destino creíble, y extendiendo entre la juventud -esa que en la fila del INEM o con un cubata en la mano espera a Godot- el derecho de pernada del ego y la instrumentalización de sus relaciones interpersonales. El ateísmo militante, no digo el agnosticismo, es conservador y reaccionario, como pintar un bodegón sin tornasoles; prefiere negar el mar para acabar escuchándolo en una caracola hueca.

El psicólogo Viktor Frankl decía que cada tiempo tiene su neurosis y necesita su psicoterapia específica. Analicemos el arte actual, por ejemplo: ¿no creen que escasean en él los valores más elevados de la experiencia humana? La bondad, la belleza, la verdad, la justicia, sustituidos por lo horrendo, provocador y escatológico. ¿Hemos prescindido de la religión y de Dios para esto?¿Creen que desde los ateos ilustrados D´Holbach y Diderot la caminata occidental hacia la fuente de la vida ha tomado el sendero correcto de los
caminos que se bifurcan?

Uno puede escoger el erróneo suicidio, porque vivir no es fácil y la vida está llena de derrotas inimaginables al principio de la partida, de victorias teñidas de fracasos, de rollitos de primavera que se transforman en cerdos agridulces, pero si se supera el resentimiento de que el mundo es imperfecto y se mantiene la fe, uno decide, a pesar de las adversidades, vivir, que es el aleph borgiano, un juego de espejo orsonwellesiano, el laberinto de Mircea Elíade. Pasar por la experiencia de la carne para acabar consumido como la vela del castillo de Drácula deja cicatrices, muchas, pero llegar a intuir la subliminal poesía que late detrás de las cosas, el arte de vivir, que diría Maurois, sobrecoge, más aún.

El camino de la ética humana no se reduce a la acumulación de conocimiento y cultura; tiene que subir un peldaño más, abrazar la matriz espiritual de la vida. Hace falta periodistas responsables que no hagan totales como el que escuché el otro día en una tele privada de cuyo nombre -como de casi todas- no quiero acordarme: “Whitney se entregó a toda clase de drogas y excesos. Era una mujer libre”. Entre los círculos mal llamados progres de mi facultad escuché decenas de veces frases parecidas. Quien naufraga en una adicción jamás es libre. Sólo cubre frustraciones o carencias afectivas.

Todo no vale. Existe un camino recto marcado por las principales corrientes espirituales, pero como nos hemos olvidado de los textos de Dios, no paramos de hacernos aguadillas en el fango de un relativismo insufrible donde vidas rutilantes vacías de contenido de pronto provocan la admiración de un vulgo sin sólidos referentes que en la carcajada perpetua pervierte cualquier atisbo de coherencia y pureza de pensamiento.

Hastiados de tanta hipocresía millones de españoles prefieren obviar que detrás de cada silencio desolado está el aliento de Dios; ese hermoso plano de Persépolis donde la protagonista, después de pasar por todas las derrotas y en mitad de su sueño de mendiga en un parque de Viena, cae, de nuevo, como al comienzo, en la infinita palma clemente y misericordiosa del Creador.

La fe se vivencia a solas entre tú y Dios -sin la interferencia de las palabras de esos otros que pasan la gorrilla para mantener el negocio- o compartida con una comunidad que no busque el lucro sino la unidad sincera con el misterio insondable. Se experimenta reconociendo humildemente los infinitos límites que la existencia pone a nuestras conquistas. Agonizando, en su apartamento de Nueva York, a Greta Garbo, sus familiares, le llevaron un cura, y esta le dijo: Váyase, para que le quiero a usted si pronto voy a charlar con su Jefe.

La escalera anarco-mística hacia Dios está lejos de guardianes que institucionalizan la religión en nombre de un Estado; cerca de la búsqueda de sentido en ese suspiro de cuando sales de una consulta con diagnóstico incierto o antes de partir a un viaje inesperado mientras hundes medio cuerpo en la bañera con la mirada quieta en los baldosines del baño.

España necesita ponerse cara al sol, con una camisa nueva que los políticos actuales no saben planchar. Imagínate una España abajo del andamio, no tan pendiente buscándole los tres pies al gato de la inocencia, de que todo alberga necesariamente perversas dobleces; una España menos botellón y Sálvame y mejor semillero de talentos para un futuro limpio que no califique cualquier manifestación religiosa de facha. Imagínate un mundo sin terroristas suicidas, ni obispos taladrando niños, ni gobiernos israelitas estabulando en guettos a los palestinos, como hicieron con ellos los nazis décadas antes. Imagina. Tú puedes decir que soy un soñador, pero no soy el único.

Crónicas

Declaración de guerra. Directora: Valérie Donzelli. Año: 2012./Luces rojas. Director: Rodrigo Cortés. Año: 2012.

Esta semana daré dos balazos, como dice el crítico Oti Rodríguez Marchante, de cine en cartel. El primero, Declaración de guerra, trata sobre pareja joven que peina el aire de París con pasión a borbotones hasta que una granítica prueba del destino les hace pasearse con su hijo herido, en Mortal y rosa, bajo fluorescentes de pasillos de clínicos. El segundo, Luces rojas, es búsqueda sherlockholmesiana de doctora inmune al fraude mundano que, según ella, se esconde tras la fenomenología paranormal.

Porque no hay arte más puro que el autobiográfico, la cineasta francesa Valérie Donzelli pone en Declaración de guerra a dos que se quieren delante de su cámara kodak a vivir de pronto bajo la fea careta de la amenaza de muerte y con talento y buena música consigue abocetarnos no monstruo de ilimitada morriña sino criatura que, como la vida, tiene azúcar y sal.

De luces rojas, una película cinematográficamente poca cosa, destaca, como prototipo contemporáneo cada vez más extendido, esa pobre doctora Mathesony -Sigourney Weaver- sabelotodo agarrada a la pura materia, que mantiene a hijo conectado a máquina artificial porque no cree que haya nada más allá del más acá; una Sancha sin panza -acompañada de fiel escudero, un Don Quijote a la americana- que deambula por la vida buscando luces rojas, cosas disonantes que no deberían estar y que no encajando en su mente científica pagada de sí misma niega sistemáticamente; obviando dos de las cuatro asignaturas más importantes de la vida -ética, estética, metafísica y religión-. Brochazo gordo de fronteras entre las otras realidades y la ciencia; cine medicinal en su contenido, pero en su continente más rechinante que aquella Enterrado que catapultó a la fama mundial al director.

Declaración de guerra, tan francesa, tan chorreante de la vida va en serio, trata sobre cómo el objeto de amor es de pronto sometido a la compactísima nube negra de la enfermedad. Coreografía del dolor, juego de existir, secuestro innoble de la belleza, donde, y ahí está lo embaucador, Valérie Donzelli no cae en sombra de plano bergmaniano sino que consigue escribir una película como Bukowski anhelaba: volando, encendiendo fuegos, sacando a la muerte de su bolsillo izquierdo para lanzarla contra la pared y agarrarla cuando rebota.

En la enfermedad hay un cáncer más agresivo que el cáncer: la incertidumbre. Cada plano de tu vida se inunda de la espera de un diagnóstico. Quien sufre tan carnal revés casi nunca es entendido por el resto. Ya lo decía con guasa De la Rochefoucauld: todos somos lo suficientemente fuertes como para soportar los males ajenos. Por eso a Romeo y Julieta, los protagonistas de la película, les coincide la declaración de guerra en Irak con la declaración de guerra en su propia vida trastocada: residencias junto a hospitales, salas de espera, análisis, toda la retahíla que te va cercando con el armamento enemigo del dolor, de la fiesta que continúa el mundo indiferente.

Romeo y Julieta, con la ciclotimia de los heridos, se entregan al llanto de las serpientes debajo de las caricias, al desenfreno eufórico del alcohol, la velocidad o la marcha. En los escáneres, en las salas de aislamiento, van perdiendo el contacto físico con el hijo y con la realidad cotidiana, flaquea la economía y el ánimo; viene el bajón de las demasiadas horas lejos del aire de la calle. Un proceso, un camino insoslayable, la toalla húmeda del duelo que poco a poco te ayuda a levantarte de la lona para volver a disfrutar de lo que de verdad importa: mar, luz del sol, un simple paseo de la mano de la persona que amas.

 

 

Crónicas

La invención de Hugo. Director: Martin Scorsese. Año: 2012.

Siempre he tenido prejuicios hacia las películas protagonizadas por niños; en general, me divierten tanto como escoger baldosines para el baño, así que procuro ahorrarme la entrada. Pero esta vez acudo al ritual cinéfilo sólo por una razón: Martin Scorsese.

Me gusta Scorsese porque, ensimismado en sus entelequias poéticas de gastrónomo del plano, siempre se las ingenia para enfocar un mundo de personajes hidalgos mejores que el mundo. La invención de Hugo, reedición enésima de un quijote enfrentado al mundo, es truco de magia para degustarse en la sala oscura de un cine con pantalla grande como gran espectáculo de escamoteo y fábula. Ya desde su primer travelling te transporta al aroma dickensiano de una estación de trenes parisina de Entreguerras donde, en el vapor de los cafés y la música de los acordeones, no para de nevar mientras un niño huérfano se asoma al mundo hirviente por los engranajes de los relojes que repara.

Con la novela ilustrada de David Selznick, Scorsese te monta una película aparentemente impúber como si cocinase arroz blanco para llegar a la paella. La invención de Hugo no es sólo una merendola familiar para indigestarse de palomitas en Navidades con los críos. Scorsese rememora el mundo onírico de Meliès, escondido en una caja, para hilvanar un cine de valores -o sea, necesario-, en una declaración fílmica de cineasta total enamorado de su oficio que, como el mago francés, sólo concibe narrar, por mucho que avance el 3D y los efectos especiales, en la taumaturgia de un luminoso palacio de cristal donde lo humano sigue siendo cardinal en la fábrica de sueños.

En este cine como castillo encantado, de linternazo mágico de sirenas, viajeros y aventureros, de esencias inalterables en lo que de verdad importa, Scorsese se empeña en devolvernos a la estival luna llena de nuestros más límpidos anhelos, a ese final feliz de las cosas que sólo suele darse en el cine, farmacia ambulante de almas de vuelta que no perdieron la chispa de la vida.

La orfandad del niño Hugo Cabret, que es pesadumbre del hombre de marcada vocación e ideales, se encuentra con la orfandad de la niña Isabelle, y juntos, como metiendo el oído en la caracola hamletiana de Shakespeare, participan, en alquímica comunión, del misterio de las cosas casi como espías de Dios.

La mirada de Hugo al espectáculo de la vida abajo, desde la entronizada soledad de su cuartucho del viejo reloj de la estación, es el acto voyeurista que nombra al cine en sí mismo; la mirada del artista, de Meliès, del propio Scorsese, que  busca, en la metáfora del autómata roto con el que Hugo trata de comunicarse en el mas allá con su padre, la artesanía de la perfección y belleza arreglando lo que el tráfago existencial rompió en las personas; la reparación de ideales a través del ilusionismo como terapia curativa a corazón abierto donde a través de la invención y el arte uno descubre el mensaje secreto que guía los pasos para encontrar su destino. Sorprende gratamente -igual tienen razón los mayas con lo del cambio de ciclo- que en este 2012 económica y políticamente patas arriba las dos favoritas para los Oscar sean esta cinta y The Artist, películas ambas atravesadas por un relámpago ético de indulgencia y fe en la experiencia humana.

Crónicas

Morir en Beverly Hills

Whitney Houston se llevaba muriendo muchos años hasta que ayer se ha muerto. Se veía venir. Es la enésima canción triste de una niña mimada hecha trizas por su mala mollera. Nunca mueren en Somalia sino cerca o dentro de una bañera con hidromasaje, donde sus egos frágiles ahogados por las drogas hacen mutis por el foro quebrando la opción de largarse del garito mundo con un cadáver más viajado.

El guión se repite. Siempre es así. Primero llega la pendeja fama, luego el mefistofélico dinero, después, en la cresta de la ola, vampiros de seductores colmillos que empujan al abismo esas almas suyas nacaradas que, aunque concentran la atención de los focos, nunca aprendieron que todo es mentira y aquello de que -Mago de Oz- los corazones nunca serán prácticos hasta que puedan hacerse irrompibles.

La primera vez que la escuché fue antes de la guerra de los Balcanes, cuando aún en las discotecas de los peer ingleses me creía the King y no aspiraba a ser demasiado honesto y aseado con las frases. Pasaba el verano, por gentileza de mis papis, en una familia disfuncional de acogida en el sur de Inglaterra. La madre de la casa, que también era el padre de la casa, no hacía caso a su pequeña, la verdad; se pasaba el día recibiendo a tipos que se olvidaban de tirar de la cadena y le gustaba poner la música tan alta que nosotros, los refugiados del semisótano, podíamos oírla. Así supe por vez primera de la existencia de aquella negra de voz almibarada que cantaba lo del I will always love you.

El polaco, el francés, y yo, el español -y no es un chiste-, éramos los habitantes de aquel cuartucho del semisótano donde empecé a añorar, y ya no he dejado de hacerlo siempre que estoy por el Septentrión, la crucial importancia de los anticiclones estivales del Sur, donde uno se olvida de ese ambiente inglés tan de Gijón en noviembre de nubes grumosas que te empujan a la melancolía de que se te ha roto algo adentro y no sabes qué. Nos ocupábamos, nosotros, los del chiste, de la niña, porque la madre estaba en clase de anatomía o escuchando a Whitney Houston. La sentábamos a la mesa -después de que había logrado convencer al polaco de que escondiese el vodka- a comer carne con mermelada y esas indecencias culinarias británicas que cuando te acostumbras a ellas acaban por gustarte.

Mi abuela murió difícil, tanto como lo fue para ella la vida, en el hospital Doce de Octubre, un hospital tan lejos de Dios y tan cerca de la Seguridad Social, en el anonimato y sin pasta, no como proyecto de mujer sino como mujer entera arrasada de tanta carretera por todas las montañas escarpadas imaginables, y aún con la dignidad de quitarse la mascarilla de oxígeno para besarnos a mi prometida y a mí, con cuarenta años más en las caderas que la Houston y las tres heridas de Miguel Hernández en la retina: la del amor, la de la muerte, y la de la guerra, con sus bombardeos, su estampido de los fusiles en el tímpano y todo eso.

Cuando camino, pluriempleado, solo, en adulto, a veces pienso en esa mujer que parió a mi madre. Paseando de noche por el universo burgués de Chamberí en el que los basureros ya afeitan las papeleras a veces me siento como en busca de la abuela perdida. Golpear con las suelas de mis zapatos negros después del curro las escaleras y pensar que ella no volverá a pelarme las uvas en San Silvestre es a veces mal rollo.

Esta crónica sólo es excusa, la literatura como revival. En la musicalidad de un texto se entierra la pena de lo ido como en un buen morreo se difuminan rencores pasados. Ahora veo, gracias a las fotos de Reuters, los salones destrozados de las casas de Homs, donde matan a familias enteras mientras ven la tele. Y recuerdo a la mía también, toda entera, con ella al frente, antes de que la muerte disfrazada de cáncer terminal se la llevase.

Yo tenía un salón que no era un palacio y que a su manera parecía perfecto por toda la paciencia acumulada en las partículas del aire. Un salón de mi abuela en la calle Atlético de Madrid donde me tumbaba a ver lo que echasen en la tele en Nochevieja, tan sólo por aguardar aquel ritual de las uvas que nos traía con el misterio de su frondoso pelo fijado con laca que mantuvo hasta la tumba. Yo esperaba las doce uvas verdes en un plato blanco y pequeño. En un plato blanco y pequeño. Clas, clas, clas. A veces se rompían aquellos platos. Mala suerte, no sé qué, oía a lo lejos.

Hay proyectos de mujer que se han prostituido hasta por llevarse un vaso de whisky a la boca, que sufrieron mogollón hasta partir la epifanía de su existencia sobredimensionada en dos o tres, vaya, porque pierden público. Y hay otras mujeres, con sus siete letras bien puestas, que viven toda la aventura morrocotuda del ser en un anonimato de entrega donde son heroínas que no recurren nunca a la heroína.

Antes de aquel ataúd abierto en el que toqué su frente fría, en aquel entonces, podía subir los pies en el sofá -en casa de mi abuela se podía hacer cualquier cosa sin reprimenda burguesa-; quedarme mucho rato mirando esos ciervos del tapiz comprado por mi tío en Tetuán o la puerta con cristales deformantes cerrada tras la que intuía su coreografía gastroesofágica en la cocina. No he vuelto a recuperar la textura de aquellos carnosos langostinos con mayonesa que ella preparaba. Antes, en aquel entonces, la voz de mi abuela gritando no sé qué a mi abuelo con todo el potencial bucal de la clase obrera dibujada a trazo grueso en aquella casa de la Colonia de la Prensa.

Hoy que ha muerto una privilegiada que llegó a lo más alto y tiró por la cadena su éxito, de la que todos los periódicos del mundo hablan en portada, me acuerdo del modesto obituario de mi abuela Vicenta en las páginas interiores de la vida: la de la inmensa mayoría, que vive y se va sin hacer demasiado ruido y sin hacerse demasiado daño y que vive con el valor de vivir, que no es poco, y que lo poquito o mucho que consigue lo hace siempre sin demasiada baraka y con predeterminación de sherpa y grandes sacrificios honrados que le permiten finalmente abrirse camino entre la niebla.

Crónicas

Balulú en Siria

Me gustaba ponerle nombre a las cosas. Mi abuela se sorprendía porque ya, con menos de un año, era un mico parlanchín, que en el autobús, todo lo nombraba y de todo la contaba una historia, a veces con palabras originales que no correspondían con la realidad, me decía. Me gustaba ponerle nombre a las cosas. Así me ganaba al público, que incluía caramelos, algo de dinerillo y juguetes.

Recuerdo el principio como un montón de tablas de madera, como una alfombra que pintaba con tiza para organizar partidos de chapas en los que me montaba el tongo de que era indistintamente árbitro y los dos equipos contrincantes. Soñaba ocho horas nocturnas y ocho horas diarias. Recuerdo el principio como una habitación que a mí me parecía mayúscula donde no había gente sino sólo mi universo ácrata de carreras de caballos, emboscadas y escaramuzas soldadescas. Lo pasaba bien y nada faltaba y nada sobraba. Era feliz, creo.

Todavía no había venido la televisión en color a casa, ni el gusanillo del Periodismo que luego me hizo asomarme a las imperfecciones del mundo. Todavía no había escuchado frases como joder, qué difícil tienen los jóvenes el acceso a la vivienda. Todavía no sabía que hay gente a la que reconforta el dolor ajeno como a un demonio eructar su festín de malos pensamientos.

No estaba el compromiso ni el amor y ni siquiera yo mismo existía sino sólo mi universo de onomatopeyas, aliteraciones y metáforas. Me iba de los sitios sin explicaciones y ni siquiera sabía que el límite de una moral sin señor estaba en la enfermedad. Diluía mi yo, más aburrido que el mundo imaginado, en un arrebol de luchas y conquistas, y la música de las orquestas de la playa, me parecía, como dice el proverbio árabe, el chirrido de las puertas del Paraíso, y eso parecía bastante y no sufría por los demás y no parecía necesitarles.

Me gustaba ponerle nombre a las cosas. Cuando todo era mi pequeño planeta feliz y yo me sentía príncipe triunfante buceando en la armonía serena de que todo encaja porque todo lo estropeado puede ser sustituido por otra cosa. Yo era dueño de mi realidad circundante y eso me hacía feliz, creo, y aún desconocía aquello que Henry Miller dijo en El coloso de Maroussi: que los trucos mecánicos no tienen nada que ver con la naturaleza del hombre, que no son más que trampas que pone la muerte para atraparlo.

Ahora recuerdo a aquel pato blanco que no sé si mis padres me regalaron o yo se lo pedí. Hoy, en la sala de espera de este hospital, recuerdo a Balulú. Me acuerdo de cómo respiraba aquella cosa corazón tan blanco abriendo el pico cuando jugaba a perseguirle. Fue mi primera angustia infantil; la primera percepción de la tormenta: yo estaba en un rincón del salón con las manos temblándome tanto como el cuello de Balulú. Lo tenía arropado, con una gamuza. Fue mi primera consciencia de que los rincones luminosos pueden oscurecerse rápido; la primera percepción de que las buenas noticias son inestables y que los periódicos de la vida prefieren los teletipos de agencia.

No sé si puse el agua demasiado caliente o lo contrario pero cuando le vi con la mirada acuosa comprendí que me había pasado con el baño. Lo habría visto en algún tebeo -el lugar donde lo aprendí todo-. No sé. El bicho tiritaba y no paraba de hacerlo aunque yo le arropaba muy fuerte con la gamuza amarilla. Nunca me gustó ese color. Mi primera angustia infantil vino del miedo a perder algo; así fue la primera vaharada de extinción, que me inauguró una manera de sentir o un temperamento, no sé. Quizás era demasiado feliz para descubrir que quien trata de preservar la belleza de la destrucción yerra.

Se hizo grande de tantas galletas como le di y defecaba en los lugares más insospechados, por eso un verano desapareció de casa. Porque ya no se trataba de algo sino de alguien. Entonces yo supe que la excursión de mi pato al país de las maravillas acabó en un aderezo de sus vísceras a la naranja, o en un atropello, o retozando contento en algún prado. Gracias a los Superhumor -que tanto me ayudaron después a distanciarme de la política- comprendí que la tercera versión de los hechos se alejaba del Periodismo para abrazar la Literatura. Todavía era más escritor que periodista y no contrasté las fuentes. La segunda versión, la del atropello, fue la que acabaron confesando los culpables. Pero muchos años después, frente a ningún pelotón de fusilamiento, descubrí que todos podemos ser culpables, de dejar cadáveres a nuestro paso, digo.

Balulú era, antes que mi pato, alma errante de viñeta que penaba por el mundo arrastrando sus luctuosas cadenas. Me gustaba ponerle nombre a las cosas. Ahora sé que cuando encontré a mi pato lo titulé bien, porque un día, haciendo honor a su nombre, pasó de latido y primera preocupación a espectro. Gracias a Dios las heridas del crecimiento me trajeron la tirita de saber que hay personitas que aunque siempre están enfermas se deslizan por la vida como fantasmas felices que rompen la muerte a carcajadas anegando los malos rollos de los sanos. Cuando las cosas se ponen feas la oración y la fe me recuerdan, como a toda esa gente que veo en Al Jazeera salir con la determinación de vencer al tirano por las calles sirias, que esta vida sólo es ensayo sobre la ceguera.

Esta mañana, con las primeras luces del día, en un pasillo del hospital Nisa Pardo de Aravaca, he abierto la cabecera de los diarios en mi smartphone, y, como tantas veces antes, vuelvo a ver el fantasma de Balulú. En la ciudad siria de Homs, de madrugada, han asesinado a más de doscientos personas. El gobierno dice que ha sido culpa de grupos armados. El Ejército de Liberación afirma que los bombardeos fueron obra de soldados gubernamentales. La tercera versión, otra vez, porque el pato a la naranja, como en todas las guerras, siempre lo cocinan con sus vísceras los mismos civiles inocentes.

Al frente de Siria, donde ya han muerto más de seis mil personas, hay un individuo, el presidente Bashar al assad, que como responsable del garito gore que dirige, debería tener la vergüenza de levantar su dedo meñique del té de las cinco y largarse de una vez arrastrando sus oxidadas cadenas a un más allá más lejano que este más acá pequeñoburgués donde el Consejo de Seguridad de la ONU, con su sistema antidemocrático de votaciones, parece tan interesado por la Justicia como yo por el bricolaje.

Crónicas

Artículo sobre Música de un naufragio en el diario Última Hora de Menorca.



Ultima Hora Menorca

La Menorca de antes y de ahora, en una novela

El escritor Iván González publica ‘Música de un naufragio’, cuya trama de aventuras empieza en un palacio de Ciutadella

H. Martínez | 28/01/2012

La inspiración, dicen los que alguna vez la han visto, no se puede perseguir ni forzar, es ella la que decide cuando aparecer. En el caso de Iván González (Madrid, 1975) esta escurridiza ‘amiga’ lo recibió con los brazos abiertos en el mismo momento en que pisó Menorca.

Las palabras que había plantado con la paciencia de un hortelano aquí y allá en la tierra fértil de su imaginación empezaron a crecer con prometedores brotes, que resultaron tener ese sabor único de la tierra que los acunó y el agua que los regó.

Y es que Menorca está presente desde la primera página en Música de un naufragio, la novela de este joven escritor que acaba de salir a la venta con la editorial Círculo Rojo. Con ricas metáforas y un dominio de la literatura propio de un alquimista, el autor pone nombres y caras a la eterna rivalidad entre la tradición y el progreso.

La primera está representada por Don Germán, un aristócrata millonario que lamenta la destrucción que, a su parecer, ha sufrido la Isla a raíz de los años de boom inmobiliario, desarrollo incontrolado y construcción de carreteras. «Le sientan como una patada en el estómago y las critica», explica el autor, añorando lo que una vez fue y ya no es.

En el lado opuesto –también geográficamente, pues el primero reside en Ciutadella y el segundo en Maó– se encuentra un excéntrico inglés, que encarna a un mismo tiempo la invasión que en su día sufrió la Isla por parte de los ingleses y la especulación actual en manos de grandes empresas.

Con los roles repartidos, ambos protagonistas buscan, cada uno a su manera, cómo hacerse con el más preciado de los tesoros, un secreto milenario «oculto en la atmósfera conspiradora de los antiguos palacios de Menorca», revela González. En su rivalidad, llena de viajes, aventuras y misterios, se cuelan otros dos personajes –Alba, conservadora de arte de día y ladrona de noche, y Ponchoque, poeta que aún no ha escrito un solo verso– a los que la vida ha arrebatado lo que más querían pero que aún tienen algo que descubrir y mostrar.

Un viaje a un mundo de ficción en el que los menorquines, y los que no lo son pero han pisado sus calles, podrán encontrar más de un guiño cargado de realismo.

La visita que el escritor Iván González realizó al interior del palacio señorial de Cas Comte, en Ciutadella, durante un día de puertas abiertas mientras estaba en la Isla hace cinco años, fue lo que le acabó de convencerle de que Menorca era el lugar idóneo para situar la historia que llevaba en la cabeza. 
 
 La novela empieza entre las paredes de este antiguo palacete que se asoma a la Plaça des Born, y continúa con un viaje de aventuras y misterios hasta el otro extremo de la Isla. Pasando hábilmente del pasado al presente y viceversa, hace un recorrido hasta su última página por los acantilados del norte y su silencio ensordecedor, las calas vírgenes que fueron y ya no son, el sonido inconfundible de las fiestas patronales, el frescor reconfortante pero cortante del gin con llimonada, la quietud del cementerio de los ingleses de Maó y otros escenarios sin nombre pero fácilmente reconocibles para cualquier menorquín.

 

 

 

 

Crónicas

Tú de crucero, yo al sofá.

Cuando era joven, o sea, cuando era más joven, en un campamento de verano, mis amigos y yo, tuvimos que compartir una tienda de campaña para tres con dos tíos más. Uno de ellos era un valenciano larguísimo, Manolo, que tenía los pies como raquetas, le olían a podrido y se le ponían azules porque no se cambiaba jamás los calcetines. Cuando estábamos a punto de dormir todas las noches encendía su linterna y, poniendo gesto de Charles Manson, se la enchufaba a la cara martilleándonos el cerebro siempre con el mismo chiste:    -Capitá, capitá, que el barc s´hunde. -Coño, es que te has estudiado l´apostrofació.

Estuvimos un mes escuchando ese chiste sobre barcos justo antes de dormirnos en medio de un bosque donde las ratas de agua tenían la manía de acercarse demasiado a las tiendas. –Capitán, capitá que el barc s´hunde, lo mismo que alguien de la tripulación debió soltarle al cretino de Schettino, el capitán del Costa Concordia, la noche de autos. Manolo acaso hoy en día es funcionario de prisiones o político. Me pregunto qué ha sido de los otro cuatro. Uno seguro que se suicidó; otro acaso trabaja de psiquiatra; yo, escritor; el otro, que también era valenciano, debe de andar fuera de la ley.

Prefiero quedarme derrengado en casa viendo en la 2 un documental sobre el cerdo de guinea, o a Eduardo Punset, que embarcarme en un 2×1 por el Mediterráneo. Si el Bosco levantara la cabeza seguramente se inspiraría en un crucero para pintar el remake del Jardín de las Delicias. Los cruceros son el antiviaje, el paradigma turístico elevado a la enésima potencia, un universo anarca donde los niños se vuelven aún más salvajes, quizás por las luces de los tragaperras, por la presencia jaquecosa del cantante de bodas, bautizos y comuniones, acaso por la calma inquietante de los ingleses alcoholizados poblando el bar, no lo sé.

Los cruceros te narcotizan. De tanto como jalas y como bebes, acabas flotando menos. Tu biografía esos días se resume a retozar en el camarote viendo películas de serie B. Centrarse en la melodía del pianista es como ser tortuga de oreja roja y quedarse alelado sobre una roca escuchando el filtro que depura el agua de tu pecera. En un crucero vuelves al bebé. Si surgen problemas conviene que el capitán del barco tenga un buen sonajero para avisarte que todo se va la mierda, como diría Fernando Fernán-Gómez.

Dirigir un barco pelín alegre llevando en la cabina de mando una moldava de veinticinco años -todavía no se sabe si de rodillas, tumbada o derecha- que no aparece registrada en el pasaje, no parece la mejor forma de poner bajo tu mando la vida de miles de personas, sobre todo cuando por hacer la gracia violas la legislación marítima para acercarte a Giglio, una isla llena de rocas que acaban rajándote la carena setenta metros. Si hasta aquí te has pasado un poco, luego puedes maquillarlo diciendo: A ver,  señores, dejen de meter los dedos en el puding y pónganse el chaleco salvavidas porque nos vamos a pique. Pero, sin en vez de esto, te diriges al pasaje por el megáfono como el gobierno de Zapatero se dirigía a la Nación: Aquí no pasa nada, problemas técnicos, tu vida laboral, y la otra, se va al traste por problemas técnicos, ahora nos toca escribir el obituario de ese grupito de alemanes -sobre todo, entre otras nacionalidades-  que, con varios litros de cerveza en el coleto, se nos fueron a dormirla a los camarotes.

Vale. Si hubiéramos obrado bien hasta aquí nos habíamos ahorrado veintitantos muertos y más de dos mil toneladas de fuel que ahora amenazan con provocar un desastre ecológico en la Toscana. Pero la actuación un poquitín arbitraria del capitán Memo no acaba aquí. En cuanto el barco empieza a acostarse a estribor, se las pira. Antes, los capitanes se quedaban mirando nostálgicamente el reloj del puesto de mando hasta que no quedaba en cubierta ni el tato. Pero Schettino es un hombre de su tiempo, y cuando tiene al pasaje con el agua al cuello, él ya está cenando en el burguer de la isla más cercana –coordinando el rescate desde un botesalvavidas según sus propias palabras.

La estulticia generalizada de nuestra civilización lúdica -el Divertise hasta morir de Neil Postman- que vive de espaldas a los peligros consustanciales del existir se ha extendido al noble ámbito antiquísimo de viajar. Vivimos en una sociedad unplagged donde se ha convertido en norma hacer cosas riesgosas a cualquier edad. Un crucero por el Mediterráneo con buffé libre y con un capitán cachondo que no hace caso al si bebes no conduzcas de Stevie es un deporte de riesgo. El Mediterráneo no es siempre como el charquito que dejabas a tus pies en el cole cuando tenías ganas y no había un retrete cerca.

Una vez, navegando por el Nilo, volvimos al crucero con un italiano menos. Bañarse en el Nilo al atardecer, en plan Agatha Christie, mola, pero hacerlo ya cerca de Sudán no es buena idea cuando tienes cocodrilos hambrientos escondidos entre los sicomoros. Hoy en día vemos a cualquier jubileta bajando en piragua el yangtze o lanzándose en paracaídas a la selva de Birmania. Si te tumbas en primera línea en un bungalow del Sudeste Asiático, igual un tsunami malavenido te cocina al baño María; si haces puenting en Papúa Nueva Guinea igual te muerde el culo algo al rozar con la cuerda el río; si te piras en plan solidario a Gaza igual un drone israelí te manga el billete de vuelta.

La vida es como el Costa Concordia. No siempre, pero a veces. Digamos que el Costa Concordia es la música jarko en el karaoke de la vida. En la rifa tienes un cartón, y en ese cartón puedes verte inmerso en una situación similar, tú, yo, cualquiera. Nadie está a salvo. Ricos, pobres, feos, guapos, tontos y menos tontos, todos. De repente, en el mar más seguro del mundo, el mastodonte en el que viajas naufraga a pocos metros de la costa y te das cuenta que por, vaya usted a saber, eres incapaz de salvarte. Puede pasar.

No sé por qué nos asustamos tanto y pedimos el libro de reclamaciones. Si te subes a un barco, se puede hundir -sí, también en el siglo XXI y en el Mare Nostrum-. Si te montas en un avión para remojar el ombligo en las Seychelles, a lo mejor no llegas porque el bicho se cae en medio del Índico, y se queda en el fondo del mar, materile rilerile. El sentido de la responsabilidad cuando se lleva el timón es fundamental, en los barcos, en los aviones, y en la vida. Pero a veces, demasiadas, falla. Si ocurre una desgracia y asumes el mando de la nave aprende a afrontarla porque capitán, capitán, los barcos se hunden.

Crónicas

Apple me parte el corazón

Por una vez la noticia surrealista de la semana no viene de España, camisa en paro de la desesperanza laboral, sino de China, el futuro Imperio. Cuando Hillary Clinton, y el negro de los solemnes discursos, pasen a la reserva, será Hu Jintao, menos parecido a María Antonia Iglesias que Kim Jong-il, el nuevo Jefe del garito terrestre.

Érase una noche de invierno en Pekín, con un frío soriano del carajo. Érase una multitud no mendiga, con tarjeta de crédito y llaves del coche en el bolsillo, haciendo cola al raso. Érase esa misma peña pagando a los reventas para que les guarden el sitio -hasta 900 euros por el primer puesto en otras ciudades como Nueva York-, tirando huevos, rompiendo cristales, provocando decenas de heridos, cuando al alba descubren que el genio de la manzana maravillosa no va a concederles su único deseo.

No, no describo a los jóvenes árabes de la Revolución de la Primavera luchando en la plaza Tahrir por la libertad de elegir las jetas de los que van a gobernarles, sino a una masa puteada porque, por motivos excepcionales de seguridad, la tienda Apple de Pekín, decide no abrir las puertas para vender su último modelo de iPhone.

Hablemos un poco del padre de la criatura. Los medios de comunicación más poderosos en la formación de opinión global, ante el reciente fallecimiento de Steve Jobs, le han calificado de gurú visionario -seré tecnológicamente incorrecto. A mí el iPad ni fú ni fa como escritor. Prefiero la carnalidad de las teclas de un portátil. Y más ahora que van a llegar los ultrabooks- y de uno de los tipos más influyentes en nuestra sociedad contemporánea, pero cuando uno lee su biografía -estaba obsesionado por dietas metódicas y ayunos, sin apenas ingerir proteínas ni lácteos, que intensificó tras su trasplante de hígado y convirtieron su propio hogar familiar en un infierno y acaso le llevaron a morir de cáncer de páncreas tan prematuramente; jamás se habló con su padre; aunque se declaraba budista zen afirmó que estaría dispuesto a iniciar una  guerra termonuclear para destruir a Android- se pregunta si su manzana mordida, acaso podrida, en vez de inspirada por los Beattles o Newton, como algunos dicen, lo estuvo más bien por el pecadillo que llevó al primer hombre sobre la Tierra a la perdición.

¿No poder comprar el juguete póstumo de Steve Jobs es más importante en China que la democracia? Con la tostada de aceite de oliva con ajo bailándome en la boca escucho a un individuo frente a la cámara diciendo que Apple le ha partido el corazón. Apurando la leche con colacao corroboro que Apple no es una enfermedad incurable de su novia, ni una nueva modalidad de desahucio, recibo bancario o despido laboral, sino esa firma new age americana creada por Steve Jobs que, como Julio Iglesias, desde el más allá al demasiado acá, debería cantar al chino de la tele, lo mejor de tu vida me lo he llevado yo. No hay derecho. Pobre ser humano estafado por la vida. Acaban de robarle el RACE de la raza. Al chino le parte el corazón no poder comprar el último iPhone, y a mí me parte las pelotas seguir escuchándole, así que cambio de canal.

Confieso que el mundo a veces me cansa. Siempre fui un poco Rainman, ya saben, no el Tom Cruise sino el otro, el Dustin Hoffman que torcía la cabeza a un lado para no hablar con la gente. A lo mejor es que además de autista soy poco tolerante, pero creo que como se está poco por aquí este regalo maravilloso del tiempo debería servirnos para cultivar lo que de verdad importa, porque la vida es una concesión gratuita que lleva instrucciones de uso.

El hombre light, así lo llama Enrique Rojas, camina por la vida orgulloso de llevar bajo el brazo su manual del perfecto idiota, se mofa del sabio o del que busca, se preocupa de rebajar al que siente diferente amenazando su propia vulgaridad. Sólo hay que pastar por un buffé libre para comprender que el hombre actual sigue llevando el uniforme escolar a rayas hasta la jubilación -¿a los sesenta y siete, a los setenta, a los setenta y cinco?-. Sólo espabila un poco con un cáncer terminal y cosas así.

Como digo yo también soy un perfecto imbécil a menudo pero humildemente pienso de que, como diría un tertuliano de Telecinco, al menos me queda una chispa de la vida de lucidez para comprender que cuando una sociedad se pisotea y sufre por no poder comprar su último juguete está meridianamente enferma y destinada a veranear en el diván de un doctor Freud de Entrevías.

Tomar ansiolíticos por la no apertura de una tienda de Apple, porque tu mamá te impida ponerte otras tetas, porque el Ayuntamiento te prohíba el botellón, es una escala bajita del rollo de vivir. La existencia duele, modifica y malea. Aunque tengas dirección asistida en el coche, asistenta, asistencia médica privada, este planeta no es un tablao flamenco. Como este fin de semana estoy optimista diré que la vida no es una cámara de gas, sino tan sólo un valle de lágrimas.

Yo quería empezar el año bien, sin acritud, con consenso y diálogo social. Había venido al blog para hablar de mi libro, pero clama el cielo, hombre, ya tengo que volver al periodista señor Burns que me había prometido desescamar en mi último viaje. ¿Cómo voy a obedecer a un Imperio con semejante humor amarillo? Lógicamente, cuando los nuevos yanquis sean estos, me tendrán ahí, tocándoles la moral en cada crónica.

Vivir haciendo cola en una multitud de niños-grandes traumatizada porque le vetan el acceso a su juguete favorito; vivir para cortarle la cabeza al zombi de la pantalla, ¿no es un poco perderse las más altas aspiraciones de la raza -el anhelo de saber, la historia, el arte-?; ¿no es un poco volver al anís del mono? Que se haga a los quince, esos maravillosos años donde la mano se mueve rápido cuando la luz está apagada, tiene un pase, pero a los cuarenta y pico, es volver un poco, no a las pinturas rupestres, sino a antes, cuando el anís del mono no llevaba anís; es un poco no querer quitarse los calcetines blancos de Judy Garland -que luego acabó en la cocaína- en el Mago de Oz; parecerse demasiado al Pagafantas, por hablar de cine en esta crónica, o al Pagainfantas, por hablar de Iñaki Urdangarín. Uno acaba preguntándose tanto progreso para esto. Incluso, uno acaba preguntándose si este tam-tam del tuntún humano es el progreso.

Si tienes un poco de imaginación para suponer cómo sería la sociedad más idiota del mundo puedes llegar a fantasear algo parecido a lo que ha ocurrido esta semana en Pekín. Decía mi abuelo, o me hubiera gustado que lo hubiese dicho, que todo en la vida tiene grados. Uno, por ejemplo, se deprime porque le ha salido un grano en el pene, pero sólo hasta que descubre que ese grano puede ser un indicio de sífilis, de la que se olvida cuando le dicen que tienen que amputarle el miembro. Y si en vez de cercenarle el pito los médicos le anuncian que acabarán talándole las dos extremidades superiores a lo mejor hasta les da las gracias. Esto es de primero de psicología del verdugo. La vida y sus grados, vaya.

 

Crónicas

Carta al maestro Arturo Pérez-Reverte

Sería un puntito, maestro, usted que está ahí tan alto como la luna, que rematase la faena que inició hace cuatro años, aquella mañana, en la mansedumbre de rutinas sin efemérides de mi vida de parado, cuando me llamó al móvil con número oculto para felicitarme por la escritura de Música de un naufragio, diciéndome que entregaría en mano la novela a su editora.

Sería un punto, maestro, que, en una de sus faenas periodísticas semanales, me brindase el toro de hablar de mi libro, como diría un cabreado Umbral, o de la perra vida puta de los escritores anónimos, de los que se quedan en la cuneta, de esa casta de intocables a los que las editoriales siempre devuelven los sobres con un tiro en la nuca, o vaya usted a saber.

Es un punto, maestro, que destilado el fracaso y dormido lo pendiente, uno vuelva a estar listo para asomar la patita en el salón de los pasos perdidos. Lo que no lo es, es tener que soltar guita para que te publiquen. Sí, ya sé que escribir es necesidad branquial de pez; que publicar es más oscuro, más carenciado, más egoísta. Pero esto de poner tu propio parné para sacar a la luz un trabajo tan excluyente y latiguero que te aparta del resto, tan ventosa, tan monstruo de las galletas, aunque lo hayan hecho antes Borges, Sábato o Carroll, me parece luctuoso.

Aun siendo periodista, maestro, porque primero soy, como diría, no sé, José Luis Rodríguez Zapatero, ciudadasno del mundo, como me tiren mucho de la lengua, rebelaré la fuente, las Gargantas Profundas de la profesión, las editoriales medianas que incluso publican autores consagrados y que ahora, aprovechándose de la crisis, se han unido al carro de la autoedición, encubriéndola como falsa coedición puesto que te piden sumas desorbitadas de dinero por sacarte una migaja de ejemplares que, por supuesto, tampoco distribuyen adecuadamente.

En principio, al no ser que demuestre lo contrario, un escritor, a diferencia del fresador de pollos, del camarero o del albañil, no es útil para el mercado. Woody Allen dice que el dinero no da la felicidad pero que procura una sensación tan parecida que se necesita un especialista muy avanzado para verificar la diferencia. Decir, en los tiempos que corren, y hasta en los del Capitán Alatriste, que uno quiere dedicarse en exclusiva a la literatura, presupone apellidarse Koplowitz. Pero los escritores son tan necesarios para el futuro de la raza como los representantes de las tres ilustres profesiones que he citado arriba, porque con sus historias nos enseñan lo blasfemo y cobarde que es elegir la muerte fácil del suicidio; cómo, de repente, sin pedir permiso, te pasa por la cabeza el viento cortante del ayer; o lo absurdo de coronar sueños condenados a la extinción.

Bríndenos, maestro, a puerta gayola, sin vergüenza torera, por si tienen razón los mayas y el mundo se acaba este año, su próxima crónica en ABC, a los muletillas de la literatura como yo que vemos llegar al mensaka a casa con cientos de libros nuestros editados que nadie va a distribuir como Dios manda, porque aunque uno, transido por el rayo de la vocación, no se sienta perdedor global en las trampas de la vida, le duele en su corazón local ser huérfano de editor, ese apilamiento en el ángulo oscuro del salón de cajas de palabras que antes le arrancaron del mundo demasiados días y que ahora reposan para nadie en su silencio inquietante de barano.

Soy padre de una criatura sin madre que no viene de París sino de los invernaderos de Almería; padre de una criatura que llora y mama que no vea de la tarjeta de crédito; que ocupa un espacio que te cagas en mi minúsculo  piso del siete y medio; padre de una criatura que no viaja en cigüeña sino en servicio de mensajería. Yo que pensaba, como todos los jóvenes, que venía a comerme el mundo, y ahora soy padre de segundas y con esa saudade incurable del hombre corriente.

Después de Otras alas, mi primer libro, juré que no volvería a publicar en coedición, y aquí estoy, qué hay de nuevo, viejo, con la sensación de un drogata al que le ha fracasado la terapia con metadona. Prométame en la crónica que me brinde, si me la acaba brindando, maestro, que el mundo va a cambiar, que como la vocación es cosa seria, en el próximo libro no va a volver a casa el mensaka, sino, por lo menos, una editorial independiente; prométamelo aunque sea con el vértigo en la mirada a su hijo de aquel padre conducido a la cámara de gas en La vida es bella.

P.D.  Aquellos lectores de este blog que quieran comprar Música de un naufragio -sale al mercado en diferentes formatos- que se pongan en contacto con la editorial Círculo Rojo.

SINOPSIS DE LA NOVELA:

Música de un naufragio es una novela de viajes, aventura y misterio, que en su encendido lenguaje lírico de truco de mago sacando palabras blancas como palomas de la negra chistera del tiempo, sostiene el hilo de un secreto milenario aún oculto en la atmósfera conspiradora de antiguos palacios de la isla de Menorca.

Dos solitarios heridos por la vida -Alba, conservadora de arte de día y ladrona de noche, y Ponchoque, poeta que aún no ha escrito un solo verso- a los que la vida arrebató lo que más querían, se encuentran en la mansión de don Germán, un extraño millonario menorquín que les encarga la misión de recuperar un preciado tesoro huidizo a cada instante.

Alba y Ponchoque se verán inmersos en un periplo iniciático por diferentes ciudades europeas. Lo que parece pasatiempos entre dos excéntricos jugadores -don Germán y un escurridizo inglés- acaba convirtiéndose en una lucha contra la desmembración de los ideales, el retorno a la memoria como nido, y el descubrimiento de un horizonte nuevo para los protagonistas.

Música de un naufragio es una melodía verbal intensa, la literatura como alquimia, una bella alegoría de indignación contra el poder corruptor que apresa al individuo, y un complejo engranaje repleto de personajes extravagantes donde se cuela el ocultismo y lo surrealista por todos los poros de sus diálogos y párrafos de prosa poética, que destapan continuamente metáforas y juegos de espejos asomados a otras realidades.

Crónicas

Nochevieja al sur de Casablanca

He vivido la transición al año en que los mayas advierten que el mundo como lo conocemos se va a pique en una carretera entre Azemmour y el viejo Mazagán portugués, rebautizado El Jadida, vestido a la manera tradicional marroquí, con chilaba y babuchas, conversando sosegadamente sobre asuntos mundanos, sin litros de alcohol corriendo por las venas de nadie a mi alrededor, con la ventanilla abierta -la temperatura era razonable para hacerlo-, olisqueando las estrellas, generosas en su esparcimiento por un cielo africano que sostenía, como los neones parpadeantes de las farmacias, una media luna.

Antes bajamos al Sur, hasta El Oualidia, a comer ostras, navajas y erizos. No había neblina y la luz se deshacía en las simplísimas paredes de los minaretes como terrones de azúcar en el agua. Paramos a comer yerbas y cebollas. En un campo de flores había campesinos y vacas a lo suyo. Pasamos por gasolineras Oil Libia, propiedad de Saif Al islam, el mayor de los hijos de Gadafi, ahora sin todos los dedos de la mano y en el trullo, cruzando por el Infierno en la tierra -ya lo había visto en las fábricas humeantes de Tiraspol o Sofía, en las barriadas de chabolas de Belgrado o Nueva Delhi, en los vertederos de Managua o Manila-, que aquí se llama: Jorf Lasfar; un monstruo industrial que produce fosfatos, ácido sulfúrico, gas, amoniaco, donde hay vigilantes que pasan en sus garitas jornadas de doce horas y campesinos que malviven tras la enfermedad del tomate bajo su aire inhumano; estas cosas tienen que ponerse en algún lado, lo sé, pero jamás están cerca de urbanizaciones de políticos o de palacios de reyes.

El mundo ajetreado que traes pegado al aura, en El Jadida, se disipa en el regazo de un mar constante. La vida en una familia tradicional se divide entre el rezo y la degustación de sabrosa comida fresca y los paseos calmosos por la playa y trascurre sencilla como el brote de la simiente. El aire húmedo de la vieja medina, infestado de gaviotas que, sorteando las acémilas y la ropa colgada de las blancas fachadas de adobe y el humo de los hammanes, acuden al puerto a por cabezas de pescado que los críos les echan, esconde una capilla Sixtina del arte, que inmortalizó Orson Welles en Othello -un anciano guía me cuenta que mientras preparaban las luces para rodar solía quedarse en su coche fumando puros-: el aljibe portugués.

En el siglo XVI, cuando los marroquíes expulsaron a los portugueses de la ciudad, pensaron que el aljibe era un pozo y lo taparon. Permaneció en secreto hasta 1915, cuando un judío lo redescubrió durante unas obras. Es un bosque de palmeras pétreas y troncos verdes calcáreos, y una metáfora arquitectónica de la realidad dual de las cosas y del combate entre la luz y la sombra reverberado en su agua encharcada que invita al viajero a hacer balance de lo visto.

Decía Cervantes, en Los trabajos de Persiles y Sigismunda, que el viaje es una terapia que te ayuda a restar importancia a tus posibles éxitos y dificultades. Creo que estar fuera, estar lejos, estar en otra parte, es la mejor manera de saludar el desconocido futuro que nos viene. No podía acabar el año en que se quemó a lo bonzo el licenciado tunecino Mohamed Bouazizi, iniciando una cadena de revoluciones -o Intifadas, como dice Enric González-; el año en que ejecutaron al estrafalario coronel Gadafi y en que cayó el dictador egipcio Mubarak; de otra forma que en un país árabo-musulmán.

En mis correrías como periodista de viajes ya había pasado algún Fin de Año lejos de doña Manolita, de las uvas de Ana Obregón, del último comunicado de ETA, pero hacía tiempo que no recordaba un regreso al futuro tan libre de pensamientos atropellados y tan ausente del ruido y la furia y la angustia por aparcar y la comezón por alcanzar algún lado que conlleva una noche como esta cuando se está por el Occidente que la celebra a lo grande.

Crónicas