El otro día, buscando el show de Tomás Roncero en Punto Pelota de Intereconomía, me topé con la promo de la nueva película del que fue uno de mis profesores en la escuela de cine Séptima Ars, Juan Manuel Cotelo: Te puede pasar a ti, un documental sobre ateos que viviendo las situaciones más opuestas a la religión acabaron conversos.
Hablemos claro: la crisis española va más allá de la dominancia sádica de la ama Ángela Merkel sobre nosotros, pobres rebaños de razas inferiores mediterráneas entregadas a la vagancia. Allende la economía maltrecha, España sufre una profunda crisis de valores propia de una sociedad maleada que niega en masa la trascendencia de la vida.
Comprendo que este desaguisado moral se haya alcanzado con cuarenta años de Franquismo y una Iglesia politizada que antes hablaba mal de los rojos y ahora baja en helicóptero patrocinada por Bankia, que millones de españoles se hayan alejado de Dios por culpa del Papamóvil y de un boato circense más propio de la Dolce Vita de Fellini que del profeta Jesús, por culpa de esos predicadores latinos espumeando por la boca mientras te venden a Dios como si fuese la minipimer.
Generalmente vivir en ateo, una fantasma que recorre Europa, obviar lo que el zorro le dijo al Principito -que lo esencial es invisible a los ojos-, reducir lo humano al mínimo común múltiplo -germen ideológico del Comunismo y el Nazismo, los dos totalitarismos políticos más brutales del XX- infesta al hombre de relaciones descomprometidas convirtiéndolo en criatura veneradora de inmediatas sensaciones placenteras como único destino creíble, y extendiendo entre la juventud -esa que en la fila del INEM o con un cubata en la mano espera a Godot- el derecho de pernada del ego y la instrumentalización de sus relaciones interpersonales. El ateísmo militante, no digo el agnosticismo, es conservador y reaccionario, como pintar un bodegón sin tornasoles; prefiere negar el mar para acabar escuchándolo en una caracola hueca.
El psicólogo Viktor Frankl decía que cada tiempo tiene su neurosis y necesita su psicoterapia específica. Analicemos el arte actual, por ejemplo: ¿no creen que escasean en él los valores más elevados de la experiencia humana? La bondad, la belleza, la verdad, la justicia, sustituidos por lo horrendo, provocador y escatológico. ¿Hemos prescindido de la religión y de Dios para esto?¿Creen que desde los ateos ilustrados D´Holbach y Diderot la caminata occidental hacia la fuente de la vida ha tomado el sendero correcto de los
caminos que se bifurcan?
Uno puede escoger el erróneo suicidio, porque vivir no es fácil y la vida está llena de derrotas inimaginables al principio de la partida, de victorias teñidas de fracasos, de rollitos de primavera que se transforman en cerdos agridulces, pero si se supera el resentimiento de que el mundo es imperfecto y se mantiene la fe, uno decide, a pesar de las adversidades, vivir, que es el aleph borgiano, un juego de espejo orsonwellesiano, el laberinto de Mircea Elíade. Pasar por la experiencia de la carne para acabar consumido como la vela del castillo de Drácula deja cicatrices, muchas, pero llegar a intuir la subliminal poesía que late detrás de las cosas, el arte de vivir, que diría Maurois, sobrecoge, más aún.
El camino de la ética humana no se reduce a la acumulación de conocimiento y cultura; tiene que subir un peldaño más, abrazar la matriz espiritual de la vida. Hace falta periodistas responsables que no hagan totales como el que escuché el otro día en una tele privada de cuyo nombre -como de casi todas- no quiero acordarme: “Whitney se entregó a toda clase de drogas y excesos. Era una mujer libre”. Entre los círculos mal llamados progres de mi facultad escuché decenas de veces frases parecidas. Quien naufraga en una adicción jamás es libre. Sólo cubre frustraciones o carencias afectivas.
Todo no vale. Existe un camino recto marcado por las principales corrientes espirituales, pero como nos hemos olvidado de los textos de Dios, no paramos de hacernos aguadillas en el fango de un relativismo insufrible donde vidas rutilantes vacías de contenido de pronto provocan la admiración de un vulgo sin sólidos referentes que en la carcajada perpetua pervierte cualquier atisbo de coherencia y pureza de pensamiento.
Hastiados de tanta hipocresía millones de españoles prefieren obviar que detrás de cada silencio desolado está el aliento de Dios; ese hermoso plano de Persépolis donde la protagonista, después de pasar por todas las derrotas y en mitad de su sueño de mendiga en un parque de Viena, cae, de nuevo, como al comienzo, en la infinita palma clemente y misericordiosa del Creador.
La fe se vivencia a solas entre tú y Dios -sin la interferencia de las palabras de esos otros que pasan la gorrilla para mantener el negocio- o compartida con una comunidad que no busque el lucro sino la unidad sincera con el misterio insondable. Se experimenta reconociendo humildemente los infinitos límites que la existencia pone a nuestras conquistas. Agonizando, en su apartamento de Nueva York, a Greta Garbo, sus familiares, le llevaron un cura, y esta le dijo: Váyase, para que le quiero a usted si pronto voy a charlar con su Jefe.
La escalera anarco-mística hacia Dios está lejos de guardianes que institucionalizan la religión en nombre de un Estado; cerca de la búsqueda de sentido en ese suspiro de cuando sales de una consulta con diagnóstico incierto o antes de partir a un viaje inesperado mientras hundes medio cuerpo en la bañera con la mirada quieta en los baldosines del baño.
España necesita ponerse cara al sol, con una camisa nueva que los políticos actuales no saben planchar. Imagínate una España abajo del andamio, no tan pendiente buscándole los tres pies al gato de la inocencia, de que todo alberga necesariamente perversas dobleces; una España menos botellón y Sálvame y mejor semillero de talentos para un futuro limpio que no califique cualquier manifestación religiosa de facha. Imagínate un mundo sin terroristas suicidas, ni obispos taladrando niños, ni gobiernos israelitas estabulando en guettos a los palestinos, como hicieron con ellos los nazis décadas antes. Imagina. Tú puedes decir que soy un soñador, pero no soy el único.










