Pronto se cumplirá un año del nacimiento del movimiento llamado de “los indignados”, un movimiento de inesperado éxito que descolocó a la clase dirigente española, que creía dormido el espíritu crítico ciudadano. La crisis estaba dejando al descubierto al verdadero poder que mandaba detrás de los políticos: el capital. Una enorme frustración había acompañado el giro neoliberal de Zapatero. La mayoría de la juventud y de los trabajadores se sentían decepcionados y traicionados por el presidente, no parecía haber alternativas dentro del sistema. Las elecciones próximas no generaban ninguna esperanza, pues ganase quien ganase los recortes estaban garantizados. La primavera árabe hacía soñar a algunos.
Y he aquí que los que creían dormida la conciencia colectiva se llevaron una sorpresa cuando, poco antes de las elecciones, un gran número de ciudadanos comenzaron a tomar las plazas y a expresar su malestar ante la impresentable situación, dejando al descubierto como el pueblo era consciente de la corrupción y el carácter meramente formal del sistema político democrático español.
Acabamos de celebrar una nueva Pascua, es decir, celebramos nuestra confianza en el triunfo final de la “revolución cristiana” a pesar de la aparente victoria de las fuerzas de la injusticia, del egoísmo, del pecado, de la desigualdad, de la violencia, del mal… Al celebrar la Pascua decimos que, pese a todo, el mal no tiene la última palabra en la historia, que el Mercado no es el final de la historia, proclamamos que la historia camina hacia una mayor humanización, una mayor fraternidad, una mayor conciencia y comunión universal, que ya se ha realizado en Cristo.
Con su Resurrección, Cristo ha puesto en marcha una nueva dinámica en la historia humana, la dinámica cristiana, que busca manifestar y construir el Reino, ya presente, pero todavía no realizado plenamente. Este “Reino de Dios” fue la meta de toda la vida y la predicación de Cristo; Reino que es una nueva sociedad y un nuevo hombre, viviendo en comunión con Dios, con el cosmos, con todos los hombres; un mundo y una humanidad que rompen con el egoísmo y el individualismo, sin caer en la uniformidad o el gregarismo, respetando la unicidad de cada persona, entendida como lugar de comunión y no de separación; y a la vez, consciencia de que toda separación es una ilusión, que todos nos necesitamos y estamos en relación, sin exclusiones, dando siempre prioridad a los más débiles, los más pobres, los marginados…
Hemos iniciado una nueva Cuaresma en medio de una de las crisis económicas y sociales más graves sufridas por el capitalismo en los últimos tiempos. Lo que parecía un sistema sano y al que algunos consideraban como el mejor, con el que se inauguraba “el final de la historia”, se descubre, a cada momento, como un sistema enfermo de corrupción, de injusticia, de avaricia y ambición, causantes de muertes y sufrimientos.
En un sistema estructuralmente enfermo e injusto, nadie puede considerarse totalmente “justo”; esta crisis saca a la luz nuestra colaboración con esa injusticia, si tenemos un poco de sensibilidad. El sistema está en crisis y nosotros mismos también, es tiempo de ver en qué hemos colaborado en esta situación y cómo ponerle remedio.
Una de las tareas más importantes a realizar, para ir avanzando en el camino monástico de unificación, es el trabajo contra los pensamientos erróneos que nos asaltan y nos confunden. Así lo señala Casiano (s. V), el monje que enseñó a Occidente la sabiduría de los monjes de Egipto.
La mente, cuando se encierra en sí misma y deja de estar conectada con el resto de la realidad (cuando pretende ser autosuficiente), es una de las mayores fuentes de fragmentación y sufrimiento en nuestra vida. Esto lo señalan todas las tradiciones espirituales. Por eso, las tradiciones místicas y monásticas han señalado la importancia de “educar” nuestra mente para que pueda ser un instrumento adecuado que nos ayude a conocer la realidad y no nos la deforme.
El monacato podría calificarse como un “humanismo del desierto”, no porque sea una “filosofía” que pretenda rechazar lo humano sino porque busca descubrir “lo verdaderamente humano” al despojarnos de las muchas capas de artificiosidad, sugestiones y fragmentación interior, con las que nos hemos identificado, a través de los condicionamientos culturales y sociales. “Marchar al desierto” es así ir a descubrir nuestro verdadero rostro más allá de lo que la sociedad y la cultura nos han dicho que somos. Poner durante un tiempo en cuestión nuestra cultura y sus supuestos (y mucha veces reales) beneficios, alejándonos de ellos –yendo a la naturaleza por ejemplo-, para conectar con la realidad más allá de ellos, que los sustenta y les da sentido.
Como explica José Mª. Castillo en su libro “El Futuro de la Vida Religiosa”, el primitivo monacato, nacido en Egipto y otros lugares del Cercano Oriente hacia finales del siglo III, al salir de las ciudades y marchar al desierto, no hace otra cosa que practicar el modo de protesta que los rebeldes, disidentes y marginados sociales de la época solían emplear para expresar su rebeldía con el sistema social dominante.
Por ello, los monjes serán vistos con mucha desconfianza por la Iglesia institucional del Imperio hasta que San Atanasio de Alejandría no salga en defensa del monacato (buscando seguramente recuperar su fuerza y autenticidad para evitar la burocratización de la Iglesia institucional), escribiendo una biografía elogiosa de San Antonio, considerado el primer monje ermitaño, la llamada Vita Antonii.
Desde los años sesenta el monacato cristiano católico ha vivido con intensidad un movimiento de renovación que tomó especial impulso tras el Concilio Vaticano II y que todavía continúa. Muchas cosas, no esenciales, han cambiado, tras el Concilio, en las comunidades. Se han vuelto a vivir los valores esenciales de la tradición monástica, limpios de prácticas de otros tiempos, que en muchas ocasiones deshumanizaban las relaciones o extremaban aspectos (como la penitencia, por ejemplo) desequilibrando el conjunto de la vida.
Naturalmente, como en todo proceso de cambio, se han cometido, en ocasiones, errores. Arriesgarse a errar, dentro de unos límites claro, es absolutamente necesario para cambiar y mejorar. Los errores no son acontecimientos terribles, son oportunidades de aprender si los sabemos aprovechar. Sin ellos, por ejemplo, un campo del conocimiento como la ciencia no habría podido avanzar. Ahora bien, hay que aprender de ellos y no quedarse ahí.
Celebramos ayer la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, una de las fiestas católicas más importantes, que tiene a María como referente. En un momento como el que estamos viviendo de una grave crisis, que parece conducir a una ineludible transformación del modelo de cultura y sociedad que hemos conocido hasta ahora, la figura apocalíptica de la Inmaculada cobra una gran fuerza simbólica, mostrándonos el camino y los peligros que estamos atravesando.
En la reciente reunión del Papa en Asís con representantes de las diversas religiones y del mundo no religioso, se hizo un llamamiento a que todas las tradiciones religiosas y laicas unan sus esfuerzos para lograr la paz en el mundo. Por supuesto, esto no es ninguna novedad, pues ya desde hace tiempo, la Iglesia viene interesándose en este tema y haciendo gestos en esta dirección. No está sola en esta tarea, en el resto de las tradiciones religiosas o laicas también encontramos esta preocupación.
He conocido personas que valoran la Iglesia, sus doctrinas, sus sacramentos, la Escrituras, el humanismo y solidaridad de muchos de sus miembros, incluso la santidad y la experiencia espiritual de sus místicos, y que, sin embargo, nunca entrarían en la institución eclesial por una variedad muy diversa de motivos, en muchos casos muy comprensibles.
Ya hace tiempo numerosos pensadores nos habían anunciado que no estábamos atravesando una época de cambios sino un verdadero cambio de época. La crisis, ahora, nos ha puesto delante la grave situación de injusticia y desequilibrio que se ha instalado en nuestra sociedad y que reclama un cambio en profundidad y urgente. El cambio no se trata pues de un loable deseo, es ya una necesidad apremiante.
La propuesta de desarrollo humano y espiritual que propone el monacato cristiano es una gran desconocida, a veces, incluso entre los mismos cristianos. Muchos creen que el monacato es una propuesta espiritual para una minoría de ascetas perfeccionistas, olvidando que los primeros monjes sólo quisieron ser cristianos coherentes (no diferentes), viviendo la vida cristiana propia del momento en el que el monacato cristiano nació (finales siglo III). Así, conservando estas tradiciones de manera fiel y creativa, el monacato cristiano actual ha mantenido viva una corriente espiritual, que entronca con la iglesia de los primeros siglos, un periodo que es referencia permanente para la Iglesia de todas las épocas. La sabiduría y la espiritualidad del monacato pueden, por tanto, ser una referencia para todo cristiano.
Lunes, 28 de mayo
Julián Moreno Mestre
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
JC Rodríguez, A Eisman
Josemari Lorenzo Amelibia
Movimiento Rural Cristiano
Angel Moreno
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Jose Gallardo Alberni