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Rafael Herrera GuillénRafael Herrera Guillén

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Las piedras de San Esteban

Permalink 18.01.10 @ 14:58:46. Archivado en Rafael Herrera Guillen

Detesto los movimientos populares porque soy un gran partidario de los movimientos cívicos. Los movimientos cívicos implican madurez y racionalidad entre los miembros que los conforman; cada uno de ellos es un partícipe siempre crítico tanto de la causa que defienden como de las iniciativas que se llevan a cabo para su consecución. Así pues, los movimientos cívicos son siempre jueces tan atentos hacia fuera (causa que persiguen) como hacia dentro (su propia actuación hacia la causa). Los movimientos populares, por el contrario, son la caricatura irracional y resentida de lo que pudo ser un movimiento cívico maduro. Surgen cuando un grupo de interesados manipulan la causa justa para, indirectamente, satisfacer sus propias ansias de poder. Para lograr esto, los cabecillas del movimiento deben asegurarse de insuflar visceralidad hacia fuera, señalando culpables, mientras que inoculan entre sus acólitos y en sí mismos ingentes dosis de santidad.

Los acontecimientos que se han venido sucediendo en el caso de las ruinas de San Esteban bien pueden servirnos de ejemplo de cómo un movimiento cívico absolutamente legítimo, va camino de convertirse en un movimiento popular en el cual algunos desean más ajusticiar a sus “odiados” preferidos, que realmente jugar a favor de los intereses generales de Murcia. Bien es verdad que yo de piedras no sé absolutamente nada, pero de comportamientos humanos alguna cosa sé. En tal sentido, puedo sugerir que algunos no están tan interesados en salvar un patrimonio arqueológico común, como en destruir personas para así satisfacer su propia causa: la del resentimiento político. Vamos, que si pudieran, cogerían las piedras de San Esteban, una a una, y las lanzarían contra Valcárcel, Cruz y Ujaldón y contra cualquier ciudadano poco o mal dispuesto a comulgar con sus inquinas políticas.

Si han seguido ustedes el caso en la prensa, convendrán conmigo en que el gobierno regional siempre ha manifestado la intención de conservar el patrimonio. Es más, la idea de elevar los restos in situ (y no destruirlos) pretendía ser una solución avalada técnicamente cuyo propósito central era generar una cámara de aire debajo del yacimiento, que así quedaría aislado de las humedades, al margen de si el parking se hacía o no. Yo, como ciudadano, nunca he escuchado ni leído otra cosa en los comunicados de prensa emitidos por la Dirección General de Bellas Artes. Estaría encantado de que cuantos afirman lo contrario, ofrecieran a la opinión pública los documentos en los que basan sus acusaciones. Pruebas objetivas y racionales de sus denuncias es lo que convierte a un grupo de ciudadanos en un movimiento cívico; el griterío por el griterío, bajo el cual se ocultan los ajustes de cuentas personales, es prueba evidente de que la ciudadanía está siendo reducida a masa, a mero movimiento popular.

Los ciudadanos dijeron que no deseaban el aparcamiento y el Gobierno Regional les ha escuchado. Esto revela que la democracia funciona y que los políticos que gobiernan la región escuchan a sus ciudadanos. Como debe ser. Sin embargo, ahora que los ciudadanos hemos comprobado que nuestro gobierno nos escucha, algunos se sienten frustrados porque su “causa” prioritaria no era salvar el patrimonio común, sino lanzárselo al gobierno sobre la cabeza como escombros de animadversión resentida y partidaria. Quieren convertir las piedras de San Esteban en pedradas partidistas con las que empedrar sus torpes pasos hacia el poder. ¡Ah, salvíficos pedreros de sí mismos! ¡Mas qué le vamos a hacer! La mayoría de los murcianos, una y otra vez, hemos de elevar una plegaria al Santo Job para soportar la pétrea pesantez de los palestinillos de San Esteban. Por eso es poco probable que quienes sólo escuchan su odio gobiernen alguna vez esta región. Hay una cosa peor que perder un patrimonio arqueológico: perder el patrimonio cívico. Y esto es lo que algunos intentan a la mínima oportunidad para satisfacer sus ocultos intereses narcisistas ¿o debería escribir partidistas? Tanto da.

Dicho queda.

Publicado en La Opinión de Murcia, papel y digital, el 26 de diciembre de 2009.

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