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El plebeyismo educativo

Permalink 01.10.09 @ 09:57:36. Archivado en Rafael Herrera Guillen

Durante muchos años, los pequeños infiernos que se han venido gestando en las aulas, han sido, para la mayoría de los ciudadanos, lejanos problemas del profesorado. A este gremio, en todo caso, se le venía señalando como primer culpable de todos los males del sistema educativo. Si había indisciplina, insultos, violencia se interpretaba como una falta, no de los autores del mal, sino del profesor, al que se le reprochaba su incapacidad para aplicar el más perfecto modelo pedagógico. Luego, los resultados de Pisa cantaban, dejando a nuestro sistema educativo a la altura del betún. Sin embargo, la ciudadanía en general no reaccionaba. De hecho, nunca ha sido una cuestión de primer orden en una campaña electoral el endémico fracaso escolar de nuestros jóvenes. En los mítines, el problema de la educación no hacía mella en los responsables políticos ante la opinión pública. Sin embargo, hora es ya de decir y de insistir una y otra vez, hasta que quede bien claro, que el principal responsable político de que nuestros institutos se hayan convertido en una fábrica de pobres morales y materiales (pues la pobreza material es el futuro que espera a los jóvenes sin formación que se multiplican en la presente generación), el principal responsable político, decía, es el Partido Socialista Obrero Español.

El PSOE debería pedir perdón a toda una generación, y a toda la nación, por un sistema educativo que ha sido un perverso experimento de ingeniería social y que ha demostrado ser un fracaso absoluto que vamos a pagar todos –y durante muchos años. No se trata de remover el pasado para politizar un asunto tan complejo y cargado de futuro como el de la educación. Se trata de entender que ese pasado sigue siendo el presente y que sus causas tienen su origen en una determinada ideología política que ha querido enseñorearse por sobre toda la sociedad.

Desde la LOGSE hasta la LOE, es decir, desde Felipe González a Zapatero, nuestro sistema educativo ha caído en las garras de una pedagogía completamente ideologizada que ha basado sus premisas en una antropología absolutamente perversa para la sociedad. La ingenuidad antropológica que muchos personifican en el zapaterismo, tiene un origen anterior, no tan evidente, pero real, en el felipismo. Esto es así, porque el socialismo, en su esencia, en su tuétano, parte de una antropología errónea que destruye la armonía y la espontaneidad social en aras de una idea de ciudadano perversamente bueno, que tiene en la noción de igualdad su piedra de toque. El fracaso de nuestro sistema educativo sin duda constituye la mejor evidencia de lo erróneo de una consideración optimista de la naturaleza humana, que el socialismo creyó poder guiar a través de la manipulación psicopedagógica, como garra del Estado en el alma buena de los estudiantes.

Ahora la sociedad comienza a darse cuenta de que todo cuanto sucede en un aula será tarde o temprano un problema de toda la sociedad. Aquellos pequeños infiernos que se iban gestando en las aulas han mostrado su verdadera cara a la sociedad con las imágenes de la juventud de Pozuelo atacando a los policías con la misma falta de respecto con que años antes rayaban el coche del profesor o le amenazaban con consciente impunidad. Ahora la sociedad comienza a darse cuenta de que sus benditos hijos, esos que la antropología del sistema educativo socialista les decía que eran ángeles a los que el profesor no sabía cuidar, no eran sino seres humanos, con su pequeña porción de bondad y de maldad, que necesitaban ser guiados con disciplina y educación hacia el respeto y el civismo. Ahora que los jóvenes han dicho a la sociedad que creen que pueden hacer lo que les dé la gana porque eso es lo que se les ha inculcado desde todas las instancias (incluida la familia en muchas ocasiones), los ciudadanos se dan cuenta de que existe un problema con sus propios hijos. Y ya no vale la cómoda estratagema de señalar al profesor.

Sólo una empecinada ceguera ideológica nos ha empujado a caer en unos errores de los que ya deberíamos haber estado advertidos al menos desde 1917, cuando José Ortega y Gasset nos previno de las perversas consecuencias para la educación de la aplicación del concepto de igualdad socialista. Aquel año, el filósofo publicó en El Espectador un artículo titulado “Democracia morbosa”. Pues bien, en aquellas breves y certeras páginas, Ortega desarrolla la idea de que la democracia política no implica que todos los aspectos de la vida social e individual se deban regir por el mismo principio democrático de la igualdad. Escribe el genial ensayista: “La democracia, como democracia, es decir, estricta y exclusivamente como norma del derecho político, parece una cosa óptima. Pero la democracia exasperada y fuera de sí, la democracia en religión o en arte, la democracia en el pensamiento y en el gesto, la democracia en el corazón y en la costumbre, es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad.” Donde Ortega escribe “democracia” nosotros hemos de entender “igualitarismo”, que es a lo que se refiere. El filósofo nos advierte del peligro de que la democracia degenere en plebeyismo, que es la forma que adquiere la vida social cuando la sana democracia política y jurídica se pretende trasplantar a todos los órdenes de la vida. Y aquí radica, justamente, el grave error de la ideología socialista: la enfermiza aplicación de la igualdad a todos los órdenes de la vida. Por eso, en la LOGSE y en la LOE era esencial inocular el igualitarismo democrático en las aulas, y para ello, era vital desposeer de autoridad al profesor, en la medida en que implicaba una jerarquía. Ortega denuncia esta actitud típicamente socialista de plebeyismo, que tiene muy poco que ver con un sano democratismo. Lo dice con todas las letras: “Quien se irrita al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales, no es demócrata, es plebeyo.”

Y en esas estamos, en el plebeyismo educativo. Ahora la sociedad se está dando cuenta de que el exceso de igualdad provoca violencia. La igualdad de oportunidades y jurídica es un valor imprescindible para la democracia. Mas su degeneración en igualitarismo, termina por destruir los pilares del propio orden democrático. En una sociedad equilibrada, la igualdad debe siempre compensarse con el derecho a la diferenciación. No a la diferencia, que esto es obvio, sino el derecho a diferenciarse que tiene un ciudadano respecto del semejante; a competir por ser mejor que él y a exigir el reconocimiento social de esta superioridad en un determinado aspecto. El superior es un modelo del inferior. Esto no es políticamente correcto decirlo así, pero se entenderá mejor si lo que decimos es que todos necesitamos modelos en nuestra vida a los que queremos imitar, e incluso, superar, porque reconocemos en ellos una superioridad en determinados aspectos de la vida. Sin superiores los ciudadanos nos quedamos sin modelos. Pero si nos enseñan a despreciar lo superior, a no reconocer en el que sabe un plus que no tenemos, entonces el plebeyismo se adueñará de toda una generación, que se verá así condenada a la indigencia.

Nuestra democracia no debe volver a tolerar los desmanes socialistas sobre nuestros educandos y sobre la moral cívica general de España. El socialismo debiera hacer un acto de contrición pública que dudo que pueda hacer, porque esto les llevaría a poner en duda todo un sistema ideológico antropológicamente equivocado. Ellos continuarán insistiendo en extender el plebeyismo por la sociedad. Y lo harán con la mejor intención. No me cabe duda. Pero nosotros, los ciudadanos, debemos estar muy atentos a los ataques de bondad política del socialismo en su versión psicopedagógica. El socialismo querrá volver a convencernos de que es necesario imponer la igualdad a toda costa. Pero nosotros debemos recuperar el espíritu de Ortega y decir que la democracia no implica la anulación de la jerarquía. La democracia es jerárquica. Sólo la anarquía no lo es. Y sólo el plebeyismo y la violencia nos aguardan cuando la autoridad de los que enseñan desaparece y cuando la política deja sin modelos a los ciudadanos, en aras de un halagador igualitarismo que finalmente destruye los cimientos del orden y la estabilidad democrática.

Dicho queda.

Aparecido en La Opinión, jueves 01 de octubre de 2009.


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