LA NUEVA INQUISICIÓN
08.07.09 @ 11:37:48. Archivado en España
O tempora, o mores, decía el clásico. Recuerdo aquellos años en los que había en España intelectuales de primer nivel que además gozaban de una clara dimensión pública. Aquellos tipos decían cosas siempre interesantes. Cualquiera de sus estupideces eran siempre más inteligentes que los sesudos análisis de esas cabareteras de la opinión que asolan los medios. ¿Quién no recuerda la narración de las pericias anales de Cela o la tranquilidad con que Umbral llamaba paletos a unos lugareños cuyo consistorio inmediatamente le declaró persona non grata? Porque no hay grandes espíritus, tampoco tenemos grandes estupideces. No contamos ni con la seriedad ni con las ironías de un gran novelista o de un gran articulista. Todo está medido y las palabras y las letras salen de los forjadores de opinión con el cálculo férreo de las editoriales y de los amancebados gubernativos.
Hoy, cretinos microfónicos, carentes de altura intelectual y moral, pretenden alzarse en paladines de la libertad de expresión. Pero no engañan a nadie, o sólo a aquéllos que confunden la crítica dura con la carnaza verbal. No hace mucho, escuché a un periodista proclamar a su gremio como representantes de la opinión de la ciudadanía. Y llevaba razón, y justo por ello, uno se da cuenta inmediatamente del lamentable nivel crítico en que se encuentra el país, cuando entre sus principales formadores de opinión ya no se encuentran intelectuales de la talla de antaño –y la talla tiene que ver con el uso libérrimo de la palabra que en público hacían aquellos hombres y que hoy brilla por su ausencia.
La censura más eficaz es siempre la autocensura. Era éste el factor decisivo que siempre explotó la Inquisición. El Santo Oficio era perverso, no por su eficacia externa sobre los cuerpos, sino por su pacífica conformación del alma. El verdadero mal de aquella institución residía en su capacidad para generar paz social a través de la homogeneidad total de las conciencias. La violencia psíquica es la más atroz porque emplea como agente de la acción censuradora al propio sujeto que la padece. Es el control ejercido como autocontrol. Aquí es donde el Santo Oficio de la Corrección Política ha anclado su efectividad a través de la autocensura y la ideología moral. Ser libre es un riesgo que hoy en España casi nadie está dispuesto a asumir. Es más productivo ser una buena persona, de esas que se ajustan a la estúpida moral pública y publicada, y que cumplirán las directrices externas con la naturalidad de quien piensa que su acción es una decisión propia.
Dicho queda.
Rafael Herrera Guillén
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