Más libertad y menos tolerancia
23.06.09 @ 14:17:09. Archivado en España
Una de las cosas que más le sorprenden a uno si mira al exterior, es el exceso de tolerancia y de corrección política en que vive España. La carencia histórica de libertad nos ha llevado, en la actualidad, a malinterpretar el ejercicio de la misma hasta el punto de sufrir lo que ya se empieza a sentir como un exceso de permisividad. La paradoja es que el exceso de tolerancia termina dificultando el propio ejercicio de la libertad. La fórmula es simple: a mayor tolerancia excesiva, menor libertad cívica.
No quiero decir que la tolerancia sea algo malo, faltaría más, pero sí afirmo que, en exceso, es terriblemente perniciosa. A mí no me cabe duda de que la causa de esta deriva cívica, está, además de en la poca tradición de libertad en España a la que aludía antes, al imperio de la moralina socialdemócrata que, como dice el filósofo John Gray, devora el continente europeo. Pero en España la situación es peor...
En Italia, por ejemplo, un país a cuyos gobernantes con tanta autosuficiencia criticamos en España, sorprende la libertad con que en la calle y en los medios se habla de ciertas cosas que aquí a uno, con solo insinuarlos, le tacharían inmediatamente de fascista para arriba. Así, por ejemplo, la población de algunas ciudades italianas del tamaño de Murcia, por ejemplo, y sus medios de comunicación, están muy sensibilizados con el hecho estadísticamente objetivo de que existe una íntima relación entre el incremento de la delincuencia y la inmigración. De hecho, en estas ciudades, un pequeño robo en una tienda o en un cajero es motivo de escándalo ciudadano y se exigen inmediatamente medidas a las autoridades –que actúan.
Naturalmente, en España, como somos megatolerantes, nos escandalizamos cuando en Italia patrullan las calles permanentemente patrullas formadas por carabinieri y soldados del ejército. “¡Oh, qué exagerados y pseudofascistas son estos italianos!”, rezongan aquí los medios. Pero, para entonces, hechos tan graves como un asesinato o una violación en un pueblo de una ciudad mediana en España, apenas escandaliza a nadie, porque los españoles padecemos una excesiva tolerancia al mal. Eso sí, cuando un grupo de descerebrados acosan a unos gitanos rumanos en Irlanda, todos los telediarios europeos enseguida se apresuran a ponerlo como noticia del día. Y yo me pregunto: ¿Cómo es posible que sea más noticia un hecho como el de Irlanda, que el asesinato o la violación de una joven que vive a escasos kilómetros de nuestras casas, por ejemplo? Y me refiero a noticia de calado socio-político, no de calado sensacionalista. Yo me pregunto, ¿por qué es noticia lo que ha pasado en Irlanda, y sin embargo, nadie dice nada de que las gitanas rumanas se dediquen a “limpiar” bolsos en los semáforos de Castellana en Madrid a las conductoras, mientras las entretienen limpiándoles los cristales? ¿Por qué nadie dice nada de las redes de mendicidad y pequeña delincuencia claramente organizadas que en menos de dos años se están asentando por el país? ¿Por qué permitimos que un grupo de hombres organizados nos extorsionen cada vez que aparcamos el coche en ciertas zonas de nuestras ciudades? ¿Por qué nosotros, y los medios y los políticos que nos gobiernan, miramos a otro lado, en un gesto de excesiva tolerancia?
Lo único que yo sé es que estos excesos de tolerancia son profundamente injustos, porque contribuyen a mermar la libertad de los ciudadanos en el disfrute de su entorno, que con tanto esfuerzo construimos y mantenemos con nuestros impuestos. La lucha por mantener lo bueno que todavía nos queda comienza hoy mismo, y requiere de pequeños gestos de valiente civismo que los medios de comunicación y los políticos que nos representan han de fomentar, en pro de la libertad, y no en pro de esa estupidez que nos oprime de la tolerancia mal entendida.
Ahora, algún lector ya puede llamarme xenófobo o fascista, que a mí, plin, faltaría más.
Dicho queda.
Rafael Herrera Guillén
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