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Rafael Herrera GuillénRafael Herrera Guillén

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No nos merecemos un gobierno que nos mienta

Permalink 18.02.09 @ 14:02:15. Archivado en Rafael Herrera Guillen

Rubalcaba, en aquellos fatídicos días de infausta memoria, dijo algo que caló mucho entre los votantes: “No nos merecemos un gobierno que nos mienta” Y yo le doy ahora mismo toda la razón. No. No nos merecemos un gobierno que nos mienta, lo que necesitamos es un gobierno que se equivoque con la mejor intención por su parte.

El gobierno no nos miente; solamente se equivoca. Zapatero no engaña a nadie, porque apenas dice nada sobre la realidad. Al examinarla, sólo expresa sus deseos sobre la misma. Él jamás engaña; se dedica a edulcorar la realidad con el manto de sus esperanzas. Él vende deseos; y los deseos no son verdad ni mentira; son sólo eso, deseos. Así, pues, si la economía va mal, él dice que desea que vaya bien y que las medidas que ha puesto en marcha comenzarán a dar sus frutos en breve.

Zapatero no miente jamás; solamente da falsas esperanzas. Como un oráculo de Delfos, la pitonisa Rodríguez utiliza la vieja estrategia del: “Yo ni niego ni afirmo, sino que sólo doy señales”. Pero es que, mucho me temo que, en buena medida, por el momento los ciudadanos desean parches de esperanzas que no resuelven nada, antes que soluciones duras que contribuirían a resolver la endémica debilidad estructural de nuestra economía. De otro modo no se comprende que De la Vega, que es quien mejor traslada a la opinión pública un discurso tan insostenible como el del Gobierno, sea la ministra mejor valorada por los españoles en todas las encuestas. Y es que Zapatero no miente jamás porque el papel de edulcorante se lo deja a la vicepresidenta. Y si no, léase la entrevista a Mª Teresa Fernández de la Vega que el domingo, 11 de enero, publicó El Mundo. En ella afirma cosas que tientan la paciencia del ciudadano más templado. Afirma que el nuevo millón de parados que engrosan las filas del INEM (se dice pronto) era “una cifra que el Gobierno esperaba, como consecuencia de la crisis en nuestro mercado laboral”. No hay que ser muy avispado. ¿Quién esperaba este incremento desorbitado de parados? El Presidente, desde luego, no, porque para él no había ni habría crisis en España. En tal sentido, si es cierto que el Gobierno trabajaba con una cifra así, mintieron vergonzantemente a los españoles, o para decirlo en mejor estilo, no dijeron la verdad, o rizando el rizo, la cubrieron con el hermoso manto de la esperanza presidencial.

Inmediatamente, Mª Teresa afirma, como eco enjuto del Presidente, que “El Gobierno ha adoptado medidas de todo tipo para hacer frente a la crisis…Por ejemplo, se crearán muchos puestos de trabajo con las contrataciones de obras públicas a través de los ayuntamientos…” Sí, claro, convertir los ayuntamientos en pseudo-empresas de trabajo temporal, con cargo a los presupuestos deficitarios del Estado, es una medida sobresaliente, de pan pa hoy y hambre pa mañana, pues lo que en España sobran son ladrillos y cañas. Lo que necesita España, de una vez por todas, es construir una verdadera economía, basada en el conocimiento y la investigación. España debe terminar ya con la casposa herencia de la economía franquista, basada en el Spain is diferent, y que hace de esta península la discoteca y el geriátrico de Europa.

Los economistas están advirtiendo al Gobierno de que medidas como las de las obras públicas sufragadas con el desangre de las arcas públicas por vía consistorial, no son más que disposiciones a corto plazo, circunstanciales, que agravarán la situación económica. Por eso, cuando acto seguido, ni corta ni perezosa, la lábil vicepresidenta afirma que los presupuestos “Priorizan la inversión pública, la inversión en infraestructuras, en I+D+I, en educación, capital humano y en políticas sociales”, uno ya no puede sino alucinar, no en colores, sino entre tinieblas retóricas. Yo he escuchado que el dinero va para obras públicas, gestionadas por los ayuntamientos; pero no he oído absolutamente nada de invertir grandes fondos en investigación y en desarrollo. Y es lógico, porque, mal que nos pese, el Gobierno está haciendo lo que quiere, al parecer, la mayoría de la gente. Nadie, en España, entendería hoy, al parecer, que se llevara a cabo una transformación estructural y profunda de la economía para construir una España potente a medio plazo. Parece que no se entendería que, en lugar de invertir en ladrillo, se destinara el dinero a investigación. La gran diferencia es que, mientras en un país con grandes industrias basadas en la investigación y el conocimiento como Alemania, los ciudadanos están en contra de que se inviertan sus impuestos en ayudar a quienes van a la ruina por haber calculado mal su apuesta, en España, donde aun no se entiende bien que el Estado es el dinero de cada uno, cuando alguien escucha hablar de ayudas del gobierno, enseguida se piensa en una especie de maná salvador que brota de Moncloa. Por eso, creo que tal vez nos merecemos un gobierno que nos mienta. Y a eso se dedica Zapatero: a darnos falsas esperanzas.

Zapatero es un mentiroso… pero de buen corazón. La oposición debe hacer sus deberes, que consisten en conseguir el difícil equilibrio entre trasladar a la opinión pública la realidad de las cosas y hacerlo generando ilusión y optimismo. Zapatero ofrece amabilidad a los ciudadanos. Éstos le recompensan, pues al mal tiempo buena cara aunque se hunda el barco. La realidad hay que dosificarla con optimismo. Pero, por lo que parece traslucirse de las encuestas, parece que la oposición, a día de hoy, encarna para los votantes un realismo antipático, que no genera suficiente confianza. Rajoy dice la verdad, pero no ha conseguido ilusionar a la mayoría. La verdad y la realidad no venden; Zapatero lo sabe. Por eso no ha hecho otra cosa desde el principio que pasar por encima de ella con amable sonrisa. Este es el carisma del irresponsable que tan buenos frutos le cosecha entre los votantes. La verdad y la realidad, hoy por hoy, en España, democracia algo inmadura, no venden. “No me venga usted con realidades; déme soluciones que me animen a trabajar por cambiar el presente en un futuro cercano”, parecen decir los españoles. Y tiene sentido. Éste ha de ser el horizonte público de la oposición. Los ciudadanos lo están esperando como agua de mayo. Por el momento, se conforman con piadosas esperanzas. Pero la realidad, antes o después, terminará enseñoreándose sobre todos nosotros.

Dicho queda.


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